sábado, 17 de noviembre de 2018

Apostilla 5: El arte de la memoria.

Apostilla 5: El arte de la memoria.



Es poco lo que puedo añadir a esta colaboración. Ambas, la del 6 y la del 13 de noviembre de 2008, tienen una esencia y origen comunes. En el mismo sitio web era posible encontrar los trabajos mayores de ambos escritores: Bruno y Trithemio se hallaban a un par de clics de distancia.
Vanidad aparte, considero esta una de las colaboraciones más logradas que podrán encontrarse en este proyecto. Lo digo como autor que mira de frente –y sesgadamente también- a su obra, así que mi valoración bien pudiera no ser lo suficientemente objetiva como para tener alguna validez.
Sólo agregaré que a este gusto por el tema de la memoria considerada como un arte ayudaron Octavio Paz y Umberto Eco.
Tuve la suerte de leer simultáneamente a uno y otro en algunas de sus obras mayores, Sor Juana Inés del a Cruz o Las trampas de la fé, y El péndulo de Foucault y El nombre de la rosa, por decir algo.
Alguna vez, algún conocido de esa red de redes –con quien he perdido contacto y de quien ya no recuerdo ni el nombre ni el ‘nick’- me dijo que tenía yo ‘un alma vieja’.
No lo creo. Me gustaría más que se me considerara como poseedor de ‘un alma curiosa’. La vejez, cuando es gratuita, nada proporciona sino solamente los achaques y el decaimiento de las facultades naturales.
La curiosidad, esa es otra cosa. Y cuando se hace acompañar de la memoria, entonces sí, el alma baila su danza frenética aprovechando la chispa que posee y que le ha sido dada inmerecidamente por el Supremo Creador.

Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
17 de octubre de 2018.

martes, 6 de noviembre de 2018

Apostilla 4: Una computadora de papel.

Apostilla 4: Una computadora de papel.


De pronto, claro está, se entra sin querer en el terreno de las confesiones.
Informático de profesión y lector por vocación, me decidí a estudiar la carrera siete años después de saber que, de algún modo casi imposible e increíble, en un juego de cedés había sido ‘empaquetada’ la Patrologia Latina de Migne.
Supe también que existía algo llamado ‘internet’ y que la Universidad Autónoma de Zacatecas tenía acceso y utilizaba algunos recursos disponibles con esa herramienta. Alguien me contó una anécdota que involucraba a un docente de filosofía cuyo nombre no supe -nunca estudié en la UAZ y, de sus docentes quizá conocí sólo a un par- que pidió al responsable del acceso a internet que buscara e imprimiese para él, todo lo disponible sobre Aristóteles. ‘Es imposible’, fue la respuesta que recibió. Era el año del Señor de 1992.
‘Yo también quiero tener acceso a ese recurso’, pensé. Y así pasaron algunos años y varios vuelcos y giros imprevistos en mi vida, que me llevaron a comenzar una licenciatura en informática en septiembre de 1999.
En ese tiempo aún estaban en pañales algunos grandes recursos de los que he hablado en una apostilla anterior. Las grandes bibliotecas virtuales comenzaban a despegar y varios volúmenes que iban liberándose poco a poco eran óptimos para leerse e imprimirse como versiones netamente digitales, mas no como los sucedáneos que son prácticamente facsimilares digitales, es decir, escaneos en altísimas resoluciones para pantallas led.
Ese fue el tiempo, la época dorada de las ‘transcripciones’ y se buscaba simultáneamente un acceso rápido al recurso y un mínimo de confiabilidad –si era posible- en las fuentes responsables de colgar en la red de redes algún recurso para su consulta.
Entre estos sitios una biblioteca virtual que visité una y otra vez, y de donde descargué e imprimí ‘para mi uso personal’ varios capítulos de Bruno, Agrippa, Trithemius, fue la Twilit Grotto: Archives of Western Esoterica.
Entre el año 2000 y 2001 visité con asiduidad el centro de cómputo del Laredo Community College, que ofrecía servicio de internet gratuito y un máximo de 25 impresiones por usuario/sesión.
A ese servicio debo haberme hecho con los artículos y fragmentos de libros que mencioné, y que pude leer no ya sólo como páginas html, sino impresos en papel para su relectura posterior.
Así, además de tener acceso al texto formateado para su lectura en el ordenador, pude investigar al mismo tiempo cuestiones menos ‘académicas’ aunque relacionadas también con el abad esteganógrafo.
La comunicación con los ángeles, el envío de mensajes, la idea revolucionaria que implicaba esconder contenido dentro de otro contenido, todo aquello estaba adelantándose cinco siglos a su época, antes de poder validarse como algo práctico y como un método que daría seguridad y privacidad al usuario avezado y preocupado por la creciente invasión de las libertades individuales que sufrimos por igual, desde aquel once de septiembre del dos mil uno.
Las tareas de encriptado/desencriptado, los algoritmos necesarios para manejar aquella información y el resultado impreso en libros que requirieron un esfuerzo considerable antes de romper las últimas claves del tomo tercero, apenas en 1996, todo aquello supone la formulación inherente de una máquina capaz de realizar aquello de una manera automática. El abad no podía hablar de autómatas, le estaba vedado el paso desde lo netamente analógico hasta lo automatizado, y la labor manual de escribir las oraciones necesarias y buscar las alineaciones planetarias y la venia de las entidades angélicas, aquellas eran las herramientas y métodos con los que contaba para hacer ‘su trabajo’.
Sobre esto último, hay una abundante lista de referencias disponibles en internet. Basta con hacer una búsqueda con los nombres Thomas Ernst y Jim Reeds para hacerse una idea muy exacta del camino recorrido por los libros criptográficos y cierta duda que aún permanecen rondando en diferentes sitios, de si el resultado aparentemente ingenuo de la tarea de desencriptado de ese volumen tercero no será a su vez otra clave o un conocimiento encriptado con otra forma mucho más elaborada.
Ateniéndome a esto, al uso de algoritmos que echan mano de elaboradas tablas matemáticas, es que he podido hablar de computadoras estructuradas en papel. Aquellos libros, hoy superados en infinidad de aspectos, nos proporcionan una visión fresca y novedosa de un mundo al que era posible acercarse sólo con las precauciones debidas, esto es, con la presencia vigilante de las entidades angélicas y con un manejo diestro del lenguaje divino por excelencia: la matemática pura.

Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
05 de noviembre de 2018.

lunes, 29 de octubre de 2018

Apostilla 3: Los rollos del Mar Muerto.

Apostilla 3: Los rollos del Mar Muerto.




Una semana después de liberar el primer número de la sección, pude hacerme una idea mucho más clara del compromiso que había aceptado.
Esta colaboración adolece tres o cuatro errores evidentes, y hoy vistos en la distancia bonachona del tiempo, leo una redacción donde no acaban de cuajar algunas ideas. Con todo, algo habrá que pueda rescatarse.
La decisión de incluir no propiamente libros sino como su nombre lo indica, los famosos rollos que tanto han dado de que hablar a estudiosos de la talla del Prof. Larry W. Hurtado o los colaboradores de algunas series mayores de la casa editorial Brill, -Dead Sea Discoveries y Studies on the Texts of the Desert of Judah, por ejemplo- surgió como fruto de un interés personal en el tema, que no ha decrecido con el paso de estos años.
La literatura ‘no oficial’, esa que pareciera en momentos haber sido quirúrgicamente extirpada del colectivo y del imaginario que sería la base y sobre la que se desarrollaría el pensamiento cristiano en la época dorada de la Patrística, nos proporciona una mirada fresca y en cierto modo, inusitada de lo que fue la explosión de la prédica evangélica arraigada en los ambientes y latitudes más inesperadas.
Si atendemos a esa época de transición, a ese parteaguas que significó la vida y predicación del Cristo en las tierras subyugadas por el Imperio Romano, los rollos del Mar Muerto resultan imprescindibles para tratar de visualizar en su justa medida la radical extravagancia de aquellas comunidades que parecieran calcas de las comunidades esenias, viviendo a horcajadas entre un judaísmo ya entonces insuficiente para ofrecer una cosmovisión y siquiera una ética aplicable en el transitar cotidiano, y el mensaje mesiánico que trastocaba la tradición mosaica, devolviéndole su valor y resaltando los alcances de una tradición anquilosada y ahogada en el formulismo absurdo de la parafernalia farisaica -esa que resaltan multitud de pasajes en los evangelios canónicos-.
Este ambiente dominado por una visión farisaica de la moral y la ética es lo que el común de los creyentes identifica como la causa de la crucifixión del Cristo: un conflicto religioso con tintes y claroscuros políticos donde convergieron fuerzas y movimientos irreconciliables. Los rollos del Mar Muerto evidencian la insuficiencia de la tradición mosaica, coto cerrado que en el que no existía lugar alguno para la disidencia, donde las voces discordantes fueron obligadas a permanecer en el anonimato de esos trazos y escondidas para poder traspasar los límites de aquella temporalidad inmediata, resguardándonos al mismo tiempo un testimonio de pensamientos y visiones de un mundo alterno y apenas esbozado, así como la crítica y el comentario de los textos y los ritos que formaban parte de la idiosincrasia judía que devendría posteriormente en la tradición judeo-cristiana de la que bebe el cristianismo actual.
Por ello, en cuanto literatura los rollos del Mar Muerto enriquecen el acervo literario de la tradición judeo-cristiana, y nos permiten participar de la crítica, las discrepancias y los anhelos de quienes pensaron y creyeron que otra manera de vivir y de creer eran posibles.


Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
29 de octubre de 2018.


sábado, 20 de octubre de 2018

Apostilla 2: Bibliotecas virtuales.


Apostilla 2: Bibliotecas virtuales.



El veintitrés de octubre del año dos mil ocho apareció publicada en el suplemento Reloj de arena del Diario NTR Zacatecas, una página que fue escrita más como una editorial que como el inicio de una sección semi-fija.
Al escribirla no pensé que el texto aparecería acompañado por una imagen. Todo el trabajo de diseño fue realizado por el equipo de diseñadores del diario y bajo la supervisión directa de Simitrio Quezada. A partir de ese momento el trabajo de revisar, corregir y además coordinar la publicación de los Libres Libros añadiría otro tanto a lo que ya estaba realizándose desde algunos meses antes, y siempre bajo su mirada concentrada y atenta.
Desconozco cómo habrá sido en su inicio el Reloj de arena. Cuando se me invitó a colaborar era ya un proyecto redondo y con un carácter muy bien definido, así que, tratando de ser congruente con lo que pensé podría ser una columna de información general, decidí que ese primer tema fuese un elogio y a la vez un repaso muy rápido de algunos servicios que aún hoy sigo frecuentando asiduamente.
Las bibliotecas virtuales han mejorado muchísimo sus prestaciones y desempeño en estos diez años. Se han digitalizado millones de libros y rescatado del olvido y la incuria valiosísimos volúmenes que antaño sólo podían ser soñados por el común de los mortales e investigadores sin los recursos económicos para viajar y hurgar entre las bibliotecas y los fondos bibliográficos de más fama y renombre.
Hoy, con una conexión decente es posible hacerse con cualquier ejemplar indexado en alguno de los motores monstruosos que sirven de esqueleto a las mayores colecciones digitales. Y para no decir más, la innovación está haciendo posible que el común de universidades tenga acceso dedicado a alguna base de datos donde pueden consultarse y descargarse para lectura en dispositivos móviles, artículos y ejemplares de revistas, ‘journals’, libros en formato electrónico, como meros préstamos que expirarán según se desee, en 1, 7, 14 o 30 días incluso.
Internet Archive está ofreciendo este servicio, aunque hay que suscribirse y agregarse a la lista de espera, para poder consultar un ejemplar con la característica de impresión bloqueada, para ser leído por un tiempo determinado. De allí que puedan encontrarse títulos recientes e insospechados, como varias novelas de García Márquez, Vargas-Llosa, críticas y estudios literarios editados y publicados en fechas recientes.
Como podrá leerse, la intención de esa primera colaboración sirvió tanto como una declaración de principios como de un plan de acción. Quizá en partes iguales los Libres Libros de a Libra trataron sobre libros impresos y leídos en el papel, como de libros escaneados o digitalizados y leídos en el ordenador. Algunos títulos los he leído en ambos formatos, como El péndulo de Foucault, que sigo releyendo de manera más o menos constante.
Las bibliotecas digitales comparten con las bibliotecas de libros impresos con papel y tinta, algunas características. La de ser adictivas es una de ellas.
Y la de proporcionar siempre un buen consejo, la sabiduría de sus contenidos y el descubrimiento de mundos infinitos es otra.
Así, antes de acometer la impresa de liberar libro tras libro, fue necesario establecer el bastión desde el cual se pelearían batallas y escaramuzas.
Esa es la razón de que en el primer espacio asignado a los Libres Libros no se hable de libros, sino de los grandes repositorios digitales donde podemos encontrarlos.

Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
20 de octubre de 2018.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Apostilla 1: Libres libros de a libra.

Apostilla 1: Libres libros de a libra.


En la región sur de Zacatecas, hay un dicho hasta cierto punto enigmático que reza: ‘lo que se dice no se hace’.
Traducirlo cabalmente a un español más ‘neutro’ requerirá algunas palabras más. Aunque bien vale el intento:
‘Lo que se comenta –antes de hacerse- no llegará a bien lograrse –realizarse- ‘.
Quienes están familiarizado con el mundillo de escribanos, escritores, editores y demás, sabrán de las supersticiones que están tan extendidas entre sus agremiados. Una de ellas, la de jamás mencionar ni una coma ni una frase de alguna obra en la que se esté trabajando.
Al parecer, ignorar esta superstición ha causado algunos de los fracasos más estrepitosos a la vez que atenerse a ella ha conseguido varios laureles que han valido la consagración de varios autores.
Hoy, diez años después, creo que esta fue la razón por la que Simitrio Quezada se atrevió a incluirme así, de buenas a primeras, en ese proyecto que tantas satisfacciones nos diera a ambos: el Reloj de arena.
He mencionado en una entrada del treinta de octubre del dos mil ocho el singular proceso que dio por resultado la publicación del primer libro liberado. Aunque hubo premura y estuvimos jugando contra reloj, parece que no nos fue del todo mal.
Principalmente a esa columna que devendría en sección semifija, afianzándose en unos pocos meses y superando un año de publicaciones casi ininterrumpidas.
Sé que en ese momento no era posible ponerme al tanto de los alcances de la empresa. De conocerlos quizá hubiese dicho, simple y llanamente: ‘no’.
Jamás antes de esa primera publicación había sido sometido a las exigencias de una escritura ‘por entregas’, atendiendo tiempos y extensiones, revisando y releyendo antes de enviar por vía electrónica. Lo que comenzó como un ejercicio sistemático para echar a correr la tinta y deslizar la pluma, se convirtió en un hábito al que debo algunas satisfacciones muy personales que, como tales, las dejo sólo para mí.
Y como una empresa nacida al amparo de la tecnología y la comunicación y colaboración a distancia, también deberé decir que me persigue, diez años después, cierta desazón que a pesar de los pesares, incluso pensando en Borges que se vanagloriaba de no tener ejemplares de sus propias obras entre los libros que más atesoraba, me sigue siendo un tanto doloroso.
No he visto a uno solo de esos hijos en su forma impresa; diez años tienen ya y al parecer nunca podré tener un solo ejemplar ni del Reloj ni de los Libres Libros en las manos.
Pudiera ser que ese fue el precio a pagar, la cuota debida a los dioses para que ese proyecto diese frutos. Renunciar a la forma impresa para dejar sólo el texto, la plantilla electrónica que sería enviada a la plancha e impresa a todo color.
Pudieran ser tantas cosas, pero lo único seguro es una certeza doble: puse a prueba mis pobres dotes de escritor, y este proyecto le debe a Simitrio Quezada no sólo la vida, sino la justificación y el tono.
¡Gracias, Maestro!

Derechos reservados.
www.libreslibrosdealibra.info

viernes, 30 de marzo de 2018

Libro del cielo y del infierno.

Nada en este libro es fortuito.

Si Bioy y Borges, o Borges y Bioy se permiten en el prólogo aventurar el origen de este volumen a partir de un volumen previo y más extenso, es sólo para no desalentar al lector.

Es un resumen, sí, de lecturas, apostillas, críticas hechas por autores varios en formas varias, que pasa por el ensayo, la poesía, la anotación marginal, el parágrafo sacro, la leyenda y el testimonio documental: esta cuarta edición de junio de 1983 ha envejecido bien, manteniendo la virulencia de los textos y la deshilachada trabazón que fungió como intención principal.


Pero, si hemos de ser consecuentes con lo que el prólogo dice, para esas fechas el 'libro' precedente estaría conformado por todas las hojas leídas por uno y por otro. De eso hablamos y no debe distraernos el tamaño minúsculo, casi ridículo, del librito.

El 'Libro del cielo y del infierno' no es una mera antología o crestomatía 'ad usum studiantorum', sino que se trata de una obra madura. Borges ha recién cumplido los 60 años, y han quedado lejos aquellos fervores de adolescencia y primera juventud de los que con simulado desdén intenta deshacerse. De otra forma no encontraríamos, al final, a modo de índice, el detalle puntual, preciso hasta la paranoia, de citas, autores, números de página, y más aún, del orden estructurado según una geometría libresca muy superior a la poseída por el 'lector promedio'.

El libro no discurre, argumenta.

Página tras página, asoma inquietante la pregunta que puede formularse de la siguiente manera:

'¿Hasta dónde hemos llegado, tratando de explicar lo que ni siquiera podemos observar?'.

La reductio ad absurdum es inevitable. Aflora la ironía, en cada recoveco, en cada página. Una depurada y refinada forma del ateísmo, que expurga las frases más brillantes -mero oropel- y que rasca poco a poco, hasta dejar al descubierto la piedra bruta escondida tras el resplandor inicial.

Ni siquiera los editores del libro pueden escapar a esa realidad, al hecho de que eso que se tiene entre las manos, disfrazado en la forma de un libro, es una tremenda argumentación teológica para denegar precisamente aquello de que se trata. El cielo y el infierno quedan derruídos para siempre, sin la mínima esperanza de que surja alguna vez la 'Tahafut al-tahafut' que restituya el orden perdido.

Algo pasado por alto con frecuencia por críticos y estudiosos de la obra de Borges, es el hecho de que al escritor no sólo le agradaba la teología, y más aún, el lado estético de la teología, sino que él mismo se permitía hacer teología, jugar a ser teólogo, sin detenerse o desandar el camino por más que este le llevase a obtener consecuencias nada deseables, incluso, atipáticas y proscritas por el sentido común.

La disgressio culmen de esta obra se encuentra, curiosamente, más allá del prólogo, es un 'meta-proslogio' donde lo haya: en el texto de la contaportada.

En la vida del hombre se entretejen la ventura y la desventura; el cielo y el infierno corresponden a la imaginación de estados perdurables en los que entra uno solo de esos elementos, llevado al máximo. A lo largo de los siglos y en todas las regiones del mundo, visionarios, teólogos y poetas han definido o entrevisto inmortalidades de horror o de beatitud, que serían el destino del alma después de la muerte del cuerpo.
Ajenos a toda intención polémica o proselitista, los compiladores de este volumen han explorado los textos más antiguos y más modernos, los testimonios de los viajeros, las confesiones de los místicos, las amenazas y promesas de los libros sagrados, las vislumbres de los tratados esotéricos, las invenciones de los escritores fantásticos y las revelaciones del éxtasis.
Si bien el criterio que ha guiado a los compiladores es ante todo estético, la obra presente se distingue por una enciclopédica variedad, por el vaivén de sus contrastes, por el valeroso humorismo con que el hombre suele encarar las cosas de la muerte y por lo dramático y singular de ciertos pasajes. El "Libro del cielo y del infierno" ofrece al lector un cuadro vivido y completo de la secular materia que abarca.


Pregunta ociosa: ¿quién habrá sido el autor de semejante despropósito? ¿Habrán dado Bioy-Borges/Borges-Bioy el Vo. Bo.? ¿O se trató, solamente, del esfuerzo descomunal de hacer que ese libro 'de criterio ante todo estético' no asustase al lector desprevenido?

Ese librito causa terror, y resulta, curiosamente, 'intelectualmente repugnante'.

Y por ello mismo es mandatorio que se le siga leyendo, que se acerquen a el quienes intentan tener una idea más concisa, clara y exacta, de la figura de Bioy-Borges/Borges-Bioy en cuanto hombres, alejados del mundillo de las letras, y las ideas, especulaciones, y elucubraciones netamente intelectuales. Los hombres de carne y hueso, mortales, que suspiran finalmente por el cielo, temiendo al infierno cada noche, al llegar la oscuridad.

[Originalmente escrito y publicado en Qvodago, el 19 de septiembre de 2013].

martes, 12 de mayo de 2015

Raída que fuiste nube: Última advertencia.


Última advertencia.

La obra poética de Simitrio Quezada se nutre directamente de la lírica grecorromana y de los poetas más osados y atrevidos del Siglo Veinte. Por ello, no es fortuito que Raída que fuiste nube sea un poema difícil -visceral en su intelectualidad meticulosa-, que exige la atención total del lector y el análisis microscópico de una segunda lectura.
El principio y el final confluyen en el mítico escarabajo sacrificado y asfixiado, que vincula en una sola acción la narrativa de Poe y el Libro de los muertos, el ritual funerario hierático y la cotidiana degradación del cementerio. Es en este vaivén que el poema, desgarrada confesión de una derrota resignada, funge como hommage y epitafio a la vez. Las correspondencias de Sor Juana, la Gran escala de los seres isabelina y la Tradición Hermética se actualizan en el balcón deslucido, ante la mirada impotente de los amantes que se saben separados por la piel y muy a su pesar, unidos en la memoria etérea y sensible del tomillo, del ají y del comino.
Mercenarios de la tierra que ya sólo ofrece amargura en sus frutos y saqueado hasta el último recoveco de la memoria y la nostalgia, sólo queda la palabra, un susurro cuyo devaneo entre el símbolo y la sentencia es incapaz de mantener firmes las amarras de los puentes, y termina cediendo ante el silencio y la sombra.
El recuerdo está hecho de eso: silencio y sombra. Poco importa si la memoria de las voces irrepetibles -perdidas y ahogadas en las arenas del reloj- nos llega en la forma de una letra, del grabado en una losa o en el gesto de la estatua que jamás volveremos a ver: la palabra yace cautiva del tiempo y nuestra visión es una visión de lo fugitivo, del presente arrancado a pedazos y devorado por un pasado siempre hambriento y del amor hecho girones por la sistemática transgresión de todos los límites.
Curiosamente, este respeto por la tradición y el uso de vocablos unívocos y ceñidos a situaciones perfectamente delineadas permite a Simitrio Quezada revindicar el sentido último de la Historia, entendida como testimonio que sobrepasa el mero trazo académico y cristaliza en la metáfora viva y ágil, vuelta escritura de caligrafía exquisita.
Es por ello que el cronista más aplicado es capaz de profetizar al escribir de aquello que yace bajo los sedimentos de la historia. Los amantes saben que después del beso y la caricia sólo queda el dolor de la separación, que después del lecho y las almohadas sólo hay una sepultura y una lápida. Relatar las dichas pretéritas es también justificar la abrupta interrupción del sueño y el regreso a una vigilia henchida de ausencias y reproches.
Pueden exorcizarse todos los demonios, pero jamás podrá exorcizarse la muerte.
Esta profecía limpísima no agota el resto de las profecías y advertencias taciturnas que asoman a lo largo del poema: todos los besos y los abrazos, las caricias maternas y las bendiciones paternas, todas las miradas cautivantes y cautivas han sido dadas ya.
Después de ceder sin oponer resistencia alguna a la desilusión de la memoria que no logra preservar la esencia del amor, sino únicamente la forma etérea de un rostro que ha sido para nosotros la suma y la superación de todos los rostros, sólo queda el último dictamen, la última advertencia:
“…ya nada será como lo sueñas”.

Francisco Arriaga
México, Frontera Norte.
23 febrero 2015


Apostilla 5: El arte de la memoria.

Apostilla 5: El arte de la memoria. Es poco lo que puedo añadir a esta colaboración. Ambas, la del 6 y la del 13 de noviembre de 200...