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martes 26 de octubre de 2010
Una respuesta para Nina Kressova
jueves 11 de febrero de 2010
LLL. SS. IV. Donde el corazón te lleve
No es fortuito que esta novela haya tenido su versión cinematográfica en 1996, apenas un par de años después de haber sido publicada. Susanna Tamaro, nacida el 12 de diciembre de 1957, estudió cinematografía y realizó diversos documentales para la RAI [Radiotelevisione Italiana]. Antes de esta novela escribió otras cuatro –entre ellas dos para niños-, y aunque en el año 2007 apareció su secuela, ‘Donde el corazón te lleve’ sigue considerándose la obra más famosa y exitosa de esta escritora italiana.
Entre el psicoanálisis y la terapia
Es difícil leer ‘Donde el corazón te lleve’ sin advertir los clichés y las frases que están pensadas para hacer llorar al lector desprevenido. Con frecuencia se menciona que la brecha generacional -la difícil relación entre una abuela de mediados del siglo XX y su nieta aferrada a la semiderruida década de los noventa- es la trama principal de la novela. Llega a hablarse también de ‘el diario de la abuela’ escrito a la nieta ausente, como el motor principal de la historia.
Mas el papel que juega la relación de la hija –puente entre la nieta y la abuela- con su psicoanalista y fallido terapeuta es la columna que sostiene todo el relato, y de donde brotan los hilos que van hilvanando la historia. Al final de la lectura se tiene la impresión de que quien efectivamente asistió a la terapia fue la abuela, y su diario o ‘carta’ sólo es una invitación abierta a la nieta –y de forma velada, al lector- para hacer lo mismo. No llega a caer en los excesos de las novelas de ‘auto-superación’, aunque las páginas finales son un continuo vaivén de indecisión entre seguir los dictados de un ‘corazón’ o ‘espíritu’ casi innombrable, y hacer un alto en el camino para dictaminar qué es lo que ha fallado en nuestra vida y enderezar el sendero empleando para ello la razón o un pensamiento lúcido.
El psicoanálisis como disciplina exige primeramente que el psicoanalista se someta a el, según lo pidió Jung a Freud. Y el proceso dura generalmente varios años, antes de los cuales es imposible –ética, social y moralmente hablando- brindar ayuda a los pacientes. El psicoanálisis como disciplina no excluye riesgos, al contrario, requiere un cuidado especial y una relación de seguimiento que en un momento dado fragua en lo que se conoce como ‘transferencia’ donde los afectos que estuvieron dirigidos a padres, hermanos o hijos son ‘actualizados’ y redirigidos a los sujetos de relaciones nuevas y actuales. La transferencia supone una cura ya cercana, aunque alcanzar dicho estadio puede requerir un periodo de tiempo muy prolongado, computable en meses, e incluso años.
Ya puede entreverse, por tanto, lo peligroso que resulta para el paciente no advertido, y para el terapeuta no apto, someterse al proceso psicoanalítico.
Tamaro lleva al límite las consecuencias de ese fallido proceso de seguimiento psicoanalítico. Tanto la hija como su terapeuta resultan afectados por tal fallo, y si la hija es quien muere en un accidente de carretera, el displicente trato de esta hacia la abuela afectará también a su propia hija que terminará alejándose, sumiéndose con la abuela en una soledad e incomunicación casi absolutas.
El padre ausente
La figura masculina ha sido sistemáticamente minimizada en esta novela. De la trama se desprende que la razón para esto era la elaboración de un claroscuro constante, que hiciese más efectivo el conflicto entre la hija que duda y cuestiona a la madre, y la nieta que se aleja de la abuela encerrándose en una etérea y maciza burbuja de cristal que aterriza en Norteamérica.
Los amoríos confesos de la abuela imploran la aceptación del lector. Los desplantes de la nieta son una acusación directa contra un mundo plagado de objetos, sentimientos y conceptos caducos, herencia directa de una generación desencantada, cansada de los grandes conflictos internacionales que a ningún lado conducían: tales son las ‘brechas generacionales’ mencionadas antes.
Y si a lo largo del relato se tiene la impresión de que la abuela busca un acercamiento con la nieta, el resultado que se obtiene de la lectura de el ‘diario’ o ‘carta’ es el contrario: su relato es más una vindicación y justificación de las decisiones tomadas, y una forma muy sutil de reprocharle a la nieta no desear recibir el ‘legado’ que supone una espontánea confesión casi terapéutica:
El ‘esposo’ de la abuela no es el abuelo de esa nieta que emigra a los Estados Unidos, el esposo de la madre no es el padre de esa hija deshecha y destrozada por el psicoanálisis y la dialéctica. La figura del padre, del esposo, del compañero, se diluye en un cuestionamiento poco escrupuloso:“¡Imagínate luego si cayese en manos de algún psicólogo! Podría escribir un ensayo entero sobre la relación fracasada con mi hija, sobre todo aque¬llo que inhibí. Y aunque hubiera inhibido algo, ¿qué importancia tiene, a estas alturas? Tenía una hija y la he perdido.”
“Como todas las esposas burguesas, yo sólo tenía que programar el almuerzo y la cena: por lo demás, no tenía nada que hacer. Adopté la costumbre de salir todos los días, sola, a dar largos paseos. Recorría de cabo a rabo las calles a paso vivo, tenía en la cabeza mu-chos pensamientos y no lograba poner claridad entre ellos. ¿Lo quiero, me preguntaba deteniéndome repentinamente, o todo ha sido un gran deslumbramiento? Cuando estábamos sentados a la mesa, o por las noches en la sala, lo miraba y al mirarlo me preguntaba: ¿qué es lo que siento? Sentía ternura, eso era seguro, y con toda certeza él sentía lo mismo hacia mí. Pero, ¿era eso el amor? ¿Simplemente eso? No habiendo sentido nunca otra cosa, no lograba encontrar una respuesta.”
Dialéctica, psicoanálisis y espíritu
La novela de Susanna Tamaro emplea con soltura la descripción y el monólogo, sin poder escapar del grave peligro que rodea a toda obra que abusa de los modismos y sintaxis de épocas bien determinadas: el tiempo. Apenas tres lustros después de aparecida dicha novela, tanto la abuela como la madre y la nieta semejan seres anquilosados, y han envejecido muchísimo. Esta distancia temporal, no obstante, permite apreciar el principal talento de Tamaro: su capacidad descriptiva.
Heredada directamente de su formación cinematográfica, la descripción minuciosa y obsesiva consigue la recreación de cuadros con altos contenidos visuales, una paleta muy flexible de colores y gradaciones cromáticas, acompañada por una inflexión de voz muy a tono con las circunstancias que se narran en las páginas del libro.
‘El espíritu’ o ‘el corazón’, el psicoanálisis y la dialéctica que aparecen a lo largo de las páginas de esta novela terminan en una situación de empate. Si es el corazón quien intenta hacer oír su voz, y espacialmente ocupa la mayor parte del texto, la dialéctica y el psicoanálisis son más concisos y determinantes: las páginas donde aparecen referencias directas a ambos neutralizan el murmullo de espíritu que busca expresarse de algún modo.
Futuro
Lo que resulta más atractivo de esta novela es el desarrollo de la historia que exige, implora un futuro. Una continuación, una segunda parte. La abuela comienza a escribir no porque necesite cerrar ciclos o saldar cuentas. Escribe porque aún le quedan por delante seis o siete meses, antes de que su cuerpo deje de responder definitivamente. El futuro, incierto y con sus giros determinados hasta por las acciones más insignificantes, aparece desde las primeras páginas de la novela:
La amalgama de elementos empleados -dialéctica, psicoanálisis, diarios, confesiones, descripciones, reflexiones- y zurcidos con poquísimos diálogos, aseguraban el éxito entre el gran público de esta novela. La pluma de Susanna Tamaro se yergue así como una de las más diestras en la descripción de tipo cinematográfico: su libro adolece de clichés y discursos sentimentalistas, aunque ofrece una lectura amena y rápida, indudablemente rebosante de color.Poco antes de casarme, la hermana de mi pa¬dre la amiga de los espíritus había encargado a un amigo suyo, astrólogo, que me hiciera mi ho¬róscopo. Un día se me plantó con un papel en la mano y me dijo: «Mira, éste es tu futuro.» Había en esa hoja un dibujo geométrico, las líneas que unían entre sí los signos de los planetas formaban muchos ángulos. Apenas lo vi, recuerdo haber pensado que ahí dentro no había armonía ni con-tinuidad, sino una sucesión de saltos, de giros tan bruscos que parecían caídas. Detrás, el astrólogo había escrito: «Un camino difícil. Tendrás que ar¬marte de todas las virtudes para recorrerlo hasta el final.»
Ad notanda: ¿Buena o mala literatura?
Entre los primeros conflictos que agobian a todo incipiente lector o melómano se encuentra el de la clasificación y apreciación de lo leído, o escuchado. Conforme se afina el gusto y reconocen influencias se va profundizando también en la identificación de las grandes corrientes, tendencias, temas, desarrollos narrativos, recursos literarios, o soportes sonoros, matices y tonalidades de una obra cualquiera.
Cualquier creador, por el hecho mismo de crear según su preparación y experiencia, echa mano a los recursos que posee e inserta automáticamente su obra en un marco estético que admite un número indeterminado de variaciones y valoraciones.
El lado material de la obra facilita siempre la apreciación de las cualidades y su valoración. Es también el primer aspecto que suele considerarse al realizar una crítica por elemental que sea. En la literatura se tiene: la riqueza de vocabulario, la destreza en descripciones y elaboración de diálogos, la ambientación que sirve a la acción realizada por los personajes. A ello se superponen los grandes temas y las emociones que embargan el comportamiento de los actores principales. Y aún encima de ello puede situarse el nivel ideológico, político, religioso, científico, que frecuentemente denota una obra ya considerada en su totalidad, como algo acabado. [Algunos críticos llaman a esto ‘el discurso’.]
Pero ello mismo aunque ayuda, no determina ni agota el campo de acción de la crítica y valoración literaria. Las transgresiones a las normas y estándares estéticos, cuando son realizados con destreza y coherencia interna, generan obras ‘maestras’ que rompen con los moldes estéticos previamente establecidos. Por ello es posible hablar de ‘buena’ o ‘mala’ literatura, aceptando generalmente dicotomías cuyas exclusiones son irreconciliables: pobreza contra riqueza de vocabulario, exuberancia y rebuscamiento contra sencillez y economía, extensión contra brevedad, complejidad en el desarrollo de temas y subtemas contra linealidad y acción unidireccional.
Existen obras que pueden incluir alguna característica notable, aunque excluya otras, y eso dificulta enormemente al lector ejercer un juicio crítico y defendible ante las críticas de otros lectores. Tal es la razón de que las no en balde llamadas ‘listas de bestsellers’ [a la letra, mejor vendidos] incluyan en sus listas obras de García Márquez, Vargas Llosa, Naguib Mahfuz, Umberto Eco, y también los libros de Dan Brown, Robert Ludlum, Morris West, o Laura Esquivel.
Así visto, la literatura como cualquier otra acción humana es susceptible de adquirir infinidad de significados y connotaciones que pueden escapar a la idea e intención original de su creador: la palabra escrita es, y seguirá siendo, el medio eminente que tiene el pensamiento del hombre para transmitirse a los demás. El escritor deja en manos de su lector el juicio, apreciación y crítica de su obra.
Para crear un universo sólo se requiere de un escritor y un lector. Con eso basta… y sobra. Los juicios siempre vienen después.
Los derechos sobre la cabecera, tipografías, diseño, colores, perfiles de color, gráficos y fotografía de los artículos ya impresos pertenecen única y exclusivamente a El Diario NTR Zacatecas.
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jueves 4 de febrero de 2010
LLL. SS. III. Conversación en La Habana
Sentado a la pequeña mesa donde ha escrito la Historia del Cerco de Lisboa, mirando la última página, a la espera de la palabra providencial que por atracción o choque reactivará el flujo interrumpido, Raimundo Silva debería decirse a sí mismo, como María Sara en las Escadinhas de S. Crispim ayer por la noche, Vamos, pero ahora en un tono diferente, como orden imperativa, Vamos, escribe, avanza, desarrolla, abrevia, comenta, remata, sin ninguna semejanza con la modulación suave de aquel otro Vamos, que, no perdurando en el espacio, continuó resonando dentro de ellos como un eco sucesivamente amplificado, paso a paso, hasta transformarse en un canto glorioso cuando la cama se abrió otra vez para recibirlos. El recuerdo de la noche magnífica distrae a Raimundo Silva, la sorpresa de despertar por la mañana y ver y sentir un cuerpo desnudo a su lado, el placer inexpresable de tocarlo, aquí, allí, suavemente, como si todo él fuese una rosa, decir para sí, Despacio, no la despiertes, deja que te conozca, rosa, cuerpo, flor, después la urgencia de las manos, la caricia prolongada e insistente, hasta que María Sara abre los ojos y sonríe, dijeron al mismo tiempo, Amor mío, y se abrazaron. Raimundo Silva busca la palabra, en otra ocasión podrían servir estas mismas, Amor mío, pero es dudoso que Mogueime y Ouroana sepan decirlas alguna vez, aparte de que, en el punto en que estamos, esos dos ni siquiera se han encontrado, cómo van a declarar tan abruptamente sentimientos cuya expresión parece fuera de su alcance.
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jueves 28 de enero de 2010
LLL. SS. II. Una partida de ajedrez
‘Sin saberlo casi, me arrimé más y más. Afortunadamente, el centinela no prestó atención a mi actitud, por supuesto extraña; acaso también le parecía natural que después de dos horas de estar de pie, un hombre procurase apoyarse contra una pared. Ya me había colocado cerca del abrigo, cruzados los brazos intencionalmente sobre la espalda, a fin de poder tocar aquella prenda sin despertar sospechas. Toqué el género y, realmente, a través del mismo palpé un objeto rectangular, flexible, y que crujía suavemente... ¡un libro! ¡Un libro! Y me atravesó como un tiro la idea: ¡roba ese libro! Quizá lo consigas y entonces podrás llevártelo, esconderlo en tu habitación y ¡leerlo, leer, por fin volver a leer una vez! Tan pronto como la idea se hubo posesionado de mí, obró a modo de un veneno fuerte; de repente, mis oídos empezaron a zumbar, y el corazón, a golpear con vehemencia, mis manos quedaron heladas y no me obedecían más.‘
LLL SS II - 28 ENERO 2010 - Una Partida de Ajedrez
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