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19 febrero 2020

Una pistola en el ombligo:
Entre Sor Juana, Kahlo, Félix y Violetta R. Schmidt


A Ana M. Márquez,
lectora insobornable de discursos imposibles.



Confieso que he leído
Diablo guardián es una novela profética. Se redactó con un lenguaje visionario que poco tenía que hacer en el México de finales de los noventas, y aunque utilizó técnicas magistralmente desarrolladas que la anclan en ese último suspiro del siglo veinte, la novela en sí estuvo pensada para ser leída por otra generación, con otros ojos.
A pesar de ello, Diablo guardián no es una ‘novela para todo público’. El lenguaje despreocupado, valemadrista de quien sabemos en las primeras páginas, es la hija de pelo detestablemente oscuro de un par de pránganas, es un lenguaje cuyo discurso y sintaxis escapan impunemente en el momento que osamos abrir la puerta para husmear en la historia que propone Xavier Velasco.
Me he ayudado de unos y ceros para leer esta novela. Desde que la vi en los estantes hace quince años, y leí la contraportada de aquella edición donde abundaba el color rojo sangre, me sentí amenazado por la sinopsis, aquel remedo de síntesis que hablaba de una chica huyendo con una maleta llena de dólares y haciendo vida en Nueva York. [Mi capacidad lectora, en aquel entonces, no daba para tanto, y menos aún mi situación geográfica: quienes vivimos en la frontera hemos desarrollado una especie de indiferencia ante los sueños y expectativas de aquellos que creen que verdaderamente existe un sueño americano que pueda ser soñado legítimamente por un latinoamericano.]
Me hice con algún pdf un par de años más tarde, a mediados del 2006 y confieso que no pasé de las primeras veinte páginas. Mis ojos de entonces no estaban calibrados para Diablo guardián. Transcurrieron otros seis años antes de volver a hacer el intento de acercarme a la novela, y confieso que fue peor. La dejé quizá antes de llegar a la docena de páginas. Y no fue hasta este tercer intento que la he leído con grandes pausas, no de un solo tirón.
La primera mitad me llevó un par de meses, entre febrero y marzo. Rumiaba, leía, criticaba, analizaba y me dije, de acuerdo, vamos a darle otra oportunidad, aunque no le compro a Velasco la historia de Violetta. Mucho menos la historia de Rosalba, que pareciera el cliché o la confirmación de aquel adagio que reza ‘quien por dinero está dispuesto a todo, termina haciéndolo todo por el dinero’. La dejé por la paz, me atoré allá por la página 180 del pdf y realmente entonces pensé que no regresaría a sus páginas.
Pero volví a ratos, un par de páginas cada vez, y confieso que me intrigó no tanto la historia de Violetta/Rosalba sino la historia de Pig.
Pareciera que, a partir de Nietzche y sus gritos desgarradores que intentan despertar a un dios que ha muerto, nos quedamos también irremediablemente privados, amputados, de los dioses narrativos. El deus ex machina nos evade y ya no es posible insertarlo en la narrativa actual, mucho menos pedirle ayuda en una narrativa que desde Cien años de soledad dejó de lado la providencia divina para estrellarnos en la cara una humanidad encerrada y condenada en sus burdos excesos.
Sin embargo, la literatura tiene sus propias normas y, basándose en sus propias reglas, se las ha apañado para suplantar el deus ex machina con el scriptor in fabula. Proust lanzándose en una búsqueda que aún retiene el aroma de las lociones que usaban nuestros abuelos, Melquiades vaticinando en sus pergaminos un apocalipsis muy latinoamericano, Umberto Eco transcribiendo toda la historia de la Edad Media en los folios monacales de un convento italiano, Duras viéndose niña y amante del chino en una buhardilla francesa. Este balancín entre narrador y narración otorga una simetría muy sui generis a Diablo guardián y nos lleva a pensar que, a pesar de los pesares y a pesar de todas las cintas y lo que la misma Violetta piensa de Rosalba, estamos leyendo la historia que escribió Pig y no sólo una burda transcripción de las cintas que funcionan como una confesión y paradójicamente, como una absolución y defensa.
El diablo guardián ha resultado ser también y sin proponérselo, un excelente amanuense de la memoria infecta de Pig.

De Sor Juana a Rosalba: la prisión de los nombres
La invención de ese personaje, forzado a pintarse el cabello según el capricho de unos padres que le escatiman hasta el último centavo y en los capítulos finales, hasta la última palabra, tiene una forma curiosísima de llegar hasta nosotros.
Si cedemos a la tentación del juego y nos dejamos llevar por las confesiones de Rosalba/Violetta, veremos que es la suya una narración que emula las famosas muñecas rusas -con la salvedad de que se comienza a ensamblar desde adentro hacia afuera-. Cada cinta, cada espacio, cada página, va cubriéndose con otra y otra capa, como si regenerase la piel que ha perdido al estrellarse contra todas las convenciones sociales, culturales y religiosas.
Rosalba no es una mujer atea, ni siquiera una mujer no-creyente. Es su fe la fe pisoteada y desencantada del feligrés promedio, que comprende el negocio fantástico en que deviene cada una de las empresas altruistas cuando son comandadas por hombres y mujeres de pocos o nulos escrúpulos. Allí acaba el papel práctico, o si se quiere, didáctico, del cristianismo en su modalidad católica que no ofrece sino un conjunto de sumandos y dividendos en el que ella vislumbra un futuro donde terminará estafada y esquilmada.
El llanto, la confesión ante un sacerdote que adolece también un apego al dinero y más que al dinero, a las cosas que pueden comprarse con este, son el punto final con el que Violetta rompe de una vez por todas con el sometimiento dictado por una religión que es incapaz de librarla del influjo que ejerce sobre ella el dinero y más específicamente, lo que el dinero puede comprarle pero que ella no puede usar ni ostentar.
¿De qué sirven cien mil dólares guardados en el clóset, si no pueden gastarse, presumirse, disfrutarse?
Ella no podía, pero sus padres, los pránganas, sí. Confiesa los pecados ajenos sin afán de encontrar la absolución, contentándose momentáneamente con una revancha casi instantánea.
Al escabullirse después de aquella confesión catastrófica, irónicamente, ella sabe que está huyendo de ellos y también de lo que ella es cuando está con ellos. Ella sabe que tiene ante sí la muñeca más pequeña, la que está tallada en madera sólida y desconoce en ese momento cuál será la forma final, la que ostentará la última muñeca que ocultará y protegerá a las demás y que será la figura que verán los otros, cuando ella decida que los otros pueden verla y recibir lo que ella ofrece.
Los homenajes librescos están a la orden del día y quizá habrá un par de capítulos donde no encontremos algún título propuesto por Violetta para algún manual o método. Con los volúmenes nombrados podría armarse una pequeña biblioteca de la infamia, muy semejante a cualquiera de las bibliotecas propuestas por Borges. Pero, ¿es realmente esa dilección de etiquetar episodios y sucesos un gusto innato de Rosalba, o un gusto aprendido y adquirido por Violetta al convivir con Pig? El trasvase de uno a otro es inmediato más que evidente y como si de mantras se tratasen, los títulos están aderezados al modo de los libros que pueden encontrarse en cualquier estante de una tienda de autoservicio:

  • ·         Cómo pasar de Luisa Lane a Superniña.
  • ·         Técnicas avanzadas de aperrizaje forzoso: una nueva mirada a la golfería ligera.
  • ·         El arte del High Bluffing (nociones y fundamentos).
  • ·         El Manual de jaques para reinas desubicadas: cómo framear al rey sin mover una pestaña.
  • ·         Violetta o el amor: Manual para peleles y otras bestias.
  • ·         Cómo convertir más de cien mil dólares en mierda.
  • ·         Cómo aprender a vivir al chilazo, en 4 prácticas lecciones.
Esa es la Dra. Violetta Schmidt, proyectando mentalmente libros que jamás escribirá y cuyos títulos cede generosamente a Pig.
Sabido es que Borges, aquel ciego bonaerensemente universal, indicó que en una adivinanza sobre el ajedrez sólo hay una palabra que está prohibida. La Dra. Violetta R. Schmidt parece intuir aquel axioma y va dejando categórica y sistemáticamente fuera de su lista de títulos propuestos, aquel que deberá llevar su vida una vez que Pig la transcriba al papel y anote religiosamente el punto final al transcribir la grabación del último casete. Allí, un juego de espejos que se desplazan nos devuelve un fragmento del aborto de novela con que Pig se encamina hacia un mundo donde busca enterrar de una vez su vocación de novelista. Rosalba, desnuda y echadas a un lado las prendas y los afeites de la Dra. Schmidt, recita de memoria la página con el texto de Pig que pareciera escrito para ella.
Homenaje sorjuanino en toda forma, aquellos párrafos encierran una síntesis virreinal que incluye frases desbordantes de filosofía y teología escolásticas. Entre ellos, el párrafo más curioso es el que cierra con un remate cartesiano que remata el discurrir sorjuanino, exponiendo un punto de vista radicalmente nuevo, complementando y enriqueciendo su discurrir silogístico:
El amor es un bien que no he perdido. Cuando entre las condiciones que se le ponen al amor no se halla la correspondencia de quien se ama, y en realidad tampoco puede hallarse ninguna otra porque se ha decidido amar incondicionalmente, el amor, que por su propia vehemencia vive más allá de posesiones tan irrelevantes como el bienestar y la cordura, sólo puede perderse con la vida. No he muerto, luego amo.
Un párrafo de semejante calibre no podría haber sido escrito para Violetta. Un párrafo como ese exige, por fuerza, una destinataria de pelo negro, dueña de un carácter que no posee Violetta pero sí Rosalba, capaz de autoinmolarse para resurgir de las cenizas con la figura caleidoscópica que Violetta percibe en los ojos de sus compañeros y amantes, algo que antaño hiciese la poetisa virreinal, al renunciar públicamente a su vida de estudio y creación para refugiarse en una celda de la que emergería al cabo de los años y después de una vida, cual Fénix Mexicano.

De Kahlo a Violetta: la vivisección de Rosalba
Terminada de ensamblar, Violetta carga con la figura maciza y robusta de un conglomerado donde fluyen pensamientos, planes de acción, pequeñas traiciones y grandes confesiones. La figura que ostenta aquella última capa de la matrioshka y que ofrece a empleadores, amantes de ocasión, dueños y jefes, es viviseccionada ante Pig con cada vuelta de las cintas.
Cuando ella, en un regreso que se figuraba triunfante y omnipotente al México donde le esperaban enfrentamientos míticos con coatlicues de pelo oscuro y maquillajes comprados en el tianguis más cercano, se ve forzada a vivir más que convivir con su familia, decide que ella es prescindible, una indeseable sin mayor lazo con su familia biológica que el apellido.
Velasco no explicita en momento alguno el resumen o la síntesis de aquella acción. Ni Violetta ni Rosalba ni Pig consiguen ahondar o desbrozar aquel tránsito, el Camino de Santiago que lleva a Rosalba desde una realidad gris y apocada, hasta el lujo de los hoteles de la Quinta Avenida neoyorkina y su regreso al México idealizado y aborrecido. Violetta renuncia a ser ella misma, revistiéndose nuevamente con la piel y el rostro de Rosalba y, no obstante, evita llegar a la misma conclusión del lector de la transcripción de Pig: ni siquiera Rosalba, la de cabello pintado y desnudista por gusto propio, advirtió que no tomaba decisiones por sí misma, sino por los diferentes sucesos y eventos que fueron confluyendo hasta hacerla brincar, expulsada, como un corcho que taponase una botella de champagne.
Se dice que para alcanzar el conocimiento de Dios existe una vía positiva y también puede echarse mano de una vía negativa. Sería esta última, la vía negativa, la que abriría los ojos a Rosalba quien, no obstante, sí pudo prever cómo caería y en dónde caería una vez que dejase el núcleo familiar. ella padeció directamente las carencias que facilitaban los viajes europeos a sus padres, padeció el pecado de la desprevenida adolescencia del hijo del jardinero, recibió la absolución condenatoria de un sacerdote capaz de asar a fuego lento a sus padres con un simple comentario vertido en los oídos adecuados, se dejó purificar en el fuego infernal de las resacas gloriosas del alcohol, la coca y el sexo.
¿Cómo podría alguien que no fuese Pig, soportar la confesión exacta y fría que escucha casete tras casete, sin saber de antemano que ha sido grabada para él y para nadie más? El papel que tiene la imagen, estampa tras estampa, escena tras escena, sólo puede entenderse como un todo, especie de proyección multimedia con un único destinatario. Funge también como preparación para el neófito, que deberá atravesar la iniciación sumergiéndose en el fango y sabiendo el riesgo que existe de perecer antes de conseguir salir.
Las andanzas de Violetta en las calles neoyorkinas, aquel dictado desesperado y solitario que va desgranando Rosalba, encuentra su contraparte en la narración de las andanzas en la tierra de las coatlicues donde resuena segura y decidida, la voz de Violetta. Las imágenes, cada una de las escenas trazadas con un pincel más que honesto, descarado, busca exaltar el falso puritanismo del oyente en pos de una verdad lastimera y patética: todos hemos sido buscadores del placer y todos hemos traicionado esa búsqueda al besar los clavos de un Cristo que jamás abrió los ojos para mirarnos a la cara.
No existen alcatraces, colores chillantes ni estampados en los cuadros que Violetta presenta a Pig. Tampoco encontraremos órganos sangrantes y extirpados, ni huesos expuestos y suspendidos en el aire. La similitud con la otrora maltrecha pintora, cortada y suturada en una agonía eterna, tiene su símil en la narración de Rosalba, que va desnudando a Violetta con cada frase, tratando de fijar en un espejo de cuerpo entero las formas de aquella mujer transfigurada que fue capaz de sobrevivir al embiste brutal de Nueva York y también de escapar relativamente intacta de la trampa mortal enclavada en la mitad del desierto norteamericano.
Al despojar a Violetta de todo aquello que ella consideraba importante, va dejando al descubierto las cicatrices, la mancha oscura de las heridas que no han cerrado aún y que Pig está destinado a curar ofreciendo injertos de su propia piel y dejando en aquella cirugía, pedazos de alma también.
Violetta, Rosalba, Rosa del Alba: ya ninguna era yo. Vivía dividida todo el tiempo. Rosalba en la oficina, Rosa del Alba en la casa (me lo decían por joder, eso estaba clarísimo) y Violetta en el espejo. Me miraba por horas, unas veces sentada dentro del coche, otras en el espejo del baño, otras en mi espejito del buró. Decía: ¿Dónde estaré yo? ¿En los ojos, en los labios, en la frente? Casi toda mi vida sucedía a espaldas de mí misma. Yo, Violetta, no estaba en ninguno de los personajes que representaba a diario. No sólo porque me llamaran con otro nombre, también porque las cosas las hacía desconectada, con el cinismo en cien y la conciencia en ceros. Así como la gente apaga la luz para poder dormirse, yo tenía que apagar la conciencia para despertarme.
Pig funge como el ancla que requiere la mujer despojada de roles y de rostros para evitar el naufragio, aunque también él deberá someterse a esa purificación, una prueba más dolorosa por la soledad absoluta en que deberá afrontarla. Al ordenar las escenas, al ir desensamblando pieza por pieza la idea que se ha hecho de Violetta/Rosalba, conseguirá asir, finalmente, la esencia de aquella voz, el brillo de aquella mirada y sin proponérselo y muy a su pesar, deberá renunciar a lo que habrá quedado entre sus manos, lo que Rosalba/Violetta le han cedido. La metamorfosis sólo puede entenderse como la renuncia incondicional del cuerpo y sus memorias, del alma y sus anhelos, de su historia y sus traiciones.
La última cinta, la última frase, encierra el enigma que deberá dilucidar Pig. Ese es el precio a pagar por la iluminación, por el entendimiento de la galería magnífica y descarnada que Violetta/Rosalba ha puesto ante sus ojos. Descifrar aquel enigma conlleva una sentencia de vida o muerte, resultado y condición no negociable sine qua non le sería imposible siquiera mirar aquella última figura, la esencia incólume y prístina de una mujer que está más allá de todo nombre.

De Félix a Violetta R. Schmidt: la invención de lo femenino
Cuando recién comenzaba a utilizar el correo electrónico, hará una veintena de años ya, alguien me hizo un comentario advirtiendo que mi cuenta personal mandaba sin ambages, mis nombres y apellidos completos. ¡Vaya! ¡Eso es estar seguro de sí mismo!, fue el comentario, cuyos alcances no vislumbré en ese momento. La falsa modestia que adolece el país queda expuesta en esa costumbre, de presentarse formal e informalmente con un nombre de pila y el apellido paterno, dejando los nombres completos para eventos públicos y de carácter especial: presentarse haciendo uso del nombre y apellidos completos es algo vedado, socialmente inaceptable, y sólo se excusa el uso de ambos si se ciñe a la parafernalia más abyecta, esa que incluye títulos académicos, puestos y cargos gubernamentales, amén de reconocimientos meramente sociales: máster en administración de empresas, secretario general de finanzas, el señor don.
Violetta, inmersa en esas ceremonias rancias, firma sus anécdotas no con su nombre ficticio y completo, sino con el formato corporativo que se permite el uso de un nombre abreviado o, en el límite, indicando sólo una inicial seguida de un punto.
Violetta R. Schmidt.
¿Cuánto le debe a María Félix la Rosalba transfigurada en Violetta? Aquí, apenas asumida la personalidad de esa Violetta que intenta superar si no es que incluso suprimir a Rosalba,
Siempre me ha dado asco la gente que vive del porno. Claro que todo el mundo vive un poco del porno, pero en New York lo ves mucho más cerca. Ves sus fauces, sus garras, sus tentáculos. No te voy a decir que de repente no me llamara la atención la idea de hacer una locura inmensa. Pero siempre pensaba que eran eso, no sé, cosa de locos. Porque te mentiría si te contara que no me puse loca con esas dos películas. Eran muy malas, como todas las porno, pero también muy buenas. Como todas las porno. Por eso, así como me daba pavor la idea de que cualquiera me viera encuerada en el cine, coge y coge, me gustaba soñar que me filmaban. Veía las películas y en la noche soñaba que era Porno Queen. ¿Sabes cuál era el título de la que más me gustaba? Gang Bang 7: Snow White Does The Horny Seven. O sea Blanca Nieves oliendo a manada. Como que las películas porno te enseñan tus alcances. Parece que son límites, pero no, son alcances. Cuando veía a esos puercos manoseando y babeando los senos de las Porno Queens, me acordaba del limosnero del Waldorf: ¿Qué no habría conseguido ese hombre tan decente con unos senos firmes y de buen tamaño?
María Félix no actuaba. Se echaba encima los papeles trazados en los libretos y salía al set de grabación para seguir algunas indicaciones y tomar algunas decisiones sobre lo que el público recibiría: su figura y sus palabras. El gesto y la intención.
Pig, el crítico de cine, es el único facultado para saber que no es Rosalba quien ha salido para posar ante la cámara personificando a Violetta. Escucha, analiza, recuerda y reconstruye hasta donde le es posible la vida y los engranes que pusieron en marcha el gran mecanismo de aquella dualidad Rosalba/Violetta. Y puede, finalmente y después de sufrir el calvario de las cintas y las confesiones no pedidas, llegar a la última conclusión: Rosalba siempre fue Violetta.
Las privaciones, las vejaciones, aquella escuela criminal que tuvo por casa y los pránganas que fungían como padre y madre de unos hermanos que, unidos en una sola misión -hacer hasta donde fuese posible que Rosalba tuviese una vida miserable y apocada-, todo aquello fungió como herramienta, cincel y maza capaces de fracturar esa existencia y obligando a Violetta a tomar el timón, siguiendo la estrella polar con la intención de regresar jamás.
El descubrimiento del botín -aquel centenar de miles de dólares-, tiene una doble función en esas primeras páginas. La primera: descubrir que lo que otros -su familia- pueden gozar y disfrutar también puede ser gozado y disfrutado por ella. Segundo: tasar exactamente cuál es su precio. El rescate que Rosalba tuvo que pagar a Violetta cabe en aquellas seis cifras. Avanzada la novela y casi a punto de llegar al fin, descubrimos que el rescate que pagó Violetta por Rosalba se infló hasta las siete cifras.
¿Podría separarse acaso, la figura de La Doña de aquel otro personaje de la vida real, la de entrevistas, fotografías, frases brillantemente afiladas y miradas displicentes? ¿Cuál fue el precio que pagó La Doña para hacerse con su imagen, expropiándosela a filmes, fotografías y la imaginería popular? María Félix sólo se debía a María Félix y a nadie más.
Injertado en la psique nacional y, por ende en el subconsciente femenino, las figuras populares escalan hasta alcanzar la función de figuras arquetípicas cuyas representantes van asumiendo identidades cada vez más complejas. El abanico que barre con la realidad y dispersa sus fragmentos para dar paso a los ideales y arquetipos incluye figuras que han llegado prácticamente intactas hasta nuestros días, después de tres o cuatro generaciones –si hablamos de la época del cine de oro mexicano, o la etapa gloriosa del muralismo mexicano-. Por ello no es descabellado hablar de La Doña ni de Kahlo ni Sor Juana –a pesar del periodo de tiempo que separa a unas de la otra-; también les acompaña en ese panteón arquetípico la figura desdentada de la abuelita que sonríe dulcemente en los envases de cartón amarillo con bases hexagonales. Todo ello, en ese México previo al advenimiento milenariamente apocalíptico del fatídico año dos mil, le permite a Violetta intuir que ha vivido atrapada en la situación -o circunstancia- de Rosalba.
Así, cuando en el país soñadamente detestado comienza con el fructífero negocio de los videos, el placer amplificado del sexo por el sexo y la autoconciencia de ese placer vencieron la pudicia y el asco que confesase Violetta en la mitad de la novela. Rosalba había encontrado el precio y lo pagó a sabiendas de que Violetta, ensimismada cual Narciso sobre la fuente, jamás podría agradecerle y mucho menos, justificar ni darle la razón por abrirle las puertas ante el horizonte de una vida liberada por sus propios medios y dibujada trazo por trazo según su capricho.

De Pig a Velasco: la negación de lo masculino
Como he mencionado supra, el juego de espejos que se desplazan permite leer la transcripción que hace Pig de las cintas con las confesiones de Rosalba/Violetta, haciéndose a un lado y dejando que la voz se transforme en letra, como si nos pudiésemos adentrar en aquellos oscuros orígenes de la palabra escrita en la civilización sumeria.
Pig, el escritor asexuado, decide mimetizarse y hacerse uno con la voz principal, observando frase con frase cómo el mundo cuyas reglas pretendía dominar le ha subyugado, arrancándole hasta la última gota de voluntad y autoestima.
No obstante, Pig goza. El placer de la subyugación, la incapacidad de construir, esa esterilidad creativa será paliada -y con creces- por Violetta.
Es necesario detenerse y advertir que Pig no dibuja ni retrata el ideal femenino que pudiesen representar Rosalba/Violetta. La construcción y la transcripción puntillosa y esmerada de Pig no atañen al terreno de la literatura fantástica y mucho menos, al terreno de la fácil literatura romántica e idealista. Pig puede asistir como experto cirujano, a la vivisección de Violetta que dará con los huesos de Rosalba. Es precisamente por la incapacidad creadora que Pig puede realizar la tarea titánica de la transcripción sin caer en la trampa de la re-creación.
La masculinidad ausente, o llevada al ínfimo y básico compañerismo de juerga y cama, comienza por seducir al requerir elevar las apuestas y dejar paso franco al azar del capricho. Pero ese juego de seducción cuyas normas impone Violetta permite a Pig dar el siguiente paso y franquear la puerta de la seducción para asumir las burdas tareas de los copistas. La masculinidad visceral y acaso animal de Pig es contrarrestada hábilmente por Violetta, quien funge como la maestra experta que requiere un pupilo, un diácono que descifre las liturgias mundanas y realice cabalmente los rituales requeridos por la diosa.
Curiosamente, para un escritor masculino, la escritura de una novela de tal calibre requiere una duplicidad de capacidad engañosamente contradictoria. La primera: una sensibilidad que incluso puede tocar, rozar, la cursilería. Las metáforas, los símiles, el carácter lúdico de las obras proyectadas por Violetta/Rosalba, todo ello encaja a la perfección en una mujer con tantas aristas que el solo hecho de pretender asirla rebanará capa por capa falanges y palmas. El descaro de Rosalba/Violetta supera, con creces, el descaro masculino mexicano del recién estrenado siglo veintiuno.
La segunda: una conciencia de lo masculino que no teme enfrentarse contra el horror subconsciente de la vagina dentata. La apuesta de Velasco no puede realizarse sin ofrecer antes una prenda, el sacrificio ritual y expiatorio requerido por la purificación. Tal es Pig. ¿Y acaso podemos negarle a Pig después de esa purificación brutal y a Rosalba/Violetta después de esa degradación abyecta -descensus ad inferos more mexicano-, la dulzura y las mieles del happy ending?

Rage against the system
Con una distancia de casi veinte años, la escritura que requirió la Violetta de Diablo guardián no empata, por lado alguno, con la corriente actual de feminismos y demás movimientos incluyentes/excluyentes. Violetta, a pesar de los pesares, no es una feminista, como tampoco lo fue en su tiempo la escritora de sonetos, villancicos y poemas alegóricos.
Rosalba… la mujer de carne y hueso, ella sí.
Dejando de lado -por la imposibilidad de transpolar desde las premisas, límites y alcances mismos de la novela- la espinosa cuestión de si su feminismo fue inculcado, aprendido o impuesto, la Rosalba que se planta frente a esa dualidad monstruosa, el adefesio con dos cabezas y dos sexos que pasaba cada tanto algunos días en la mítica Europa, decide enfrentarse contra el sistema hermafrodita representado en esos padres disfuncionales que han parido hijos de quienes pueden sentirse orgullosos.
Rosalba se desmarca y pronto advierte que ella pertenece a un sistema perfecto que basa la excelsitud de su precisión en la imperfección banal de sus engranes. Los engañados son quienes están dispuestos a confiar con los ojos cerrados, los defraudados son quienes están dispuestos a confiar en la guillotina y el mazo trucado del tahúr.
El sistema predispone y asegura -¿habrá Velasco bebido en las páginas acertadamente escandalosas de Pierre Bourdieu?- los límites de nuestras acciones, pensamientos, logros, satisfacciones y gustos. Toda interacción está marcada por la estafa y el truco. Antes de comenzar a jugar, ya hemos perdido.
Rosalba lo percibe y cruza el límite. Al no tener algo que pudiese perder -todo le ha sido quitado y todo le ha sido negado- sólo tiene una opción: comenzar a ganar. El ritmo vertiginoso de la novela semeja el resplandor brutal de la hoguera de vanidades: vemos arder dólares, esnifados, degustados, bebidos, esquilmados, con una conciencia rabiosa de que aquel es el precio del desquite y quizá de la venganza.
A Violetta no le basta con ello. No contenta con el desquite y menos, con la venganza, ella busca que a Rosalba se le haga justicia. En ello radica el encanto de esa historia cruel: no en el happy ending, ni en el descenso por los círculos infernales y la posterior reivindicación por el valor propio. Asistimos a la aparición prodigiosa de un personaje que está más allá de la suma de sus sufrimientos y anhelos, y también a la destrucción meticulosa del machismo decimonónico en pos de un feminismo temprano -y extrañamente mesurado- que se va reafirmando página con página.
Velasco ha sabido -qué duda cabe- con las páginas de su Diablo guardián, dibujarnos una guía turística que incluye los vericuetos sociales, morales y políticos del México de finales del siglo veinte, con una escritura que se anticipó una generación y que nos proporcionó, por fortuna, la figura y el carácter perennes de una mujer digna de su tiempo y circunstancia.




Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
Escrito entre el 19 de agosto de 2019
y el 19 de febrero de 2020.


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