viernes, 30 de marzo de 2018

Libro del cielo y del infierno.

Nada en este libro es fortuito.

Si Bioy y Borges, o Borges y Bioy se permiten en el prólogo aventurar el origen de este volumen a partir de un volumen previo y más extenso, es sólo para no desalentar al lector.

Es un resumen, sí, de lecturas, apostillas, críticas hechas por autores varios en formas varias, que pasa por el ensayo, la poesía, la anotación marginal, el parágrafo sacro, la leyenda y el testimonio documental: esta cuarta edición de junio de 1983 ha envejecido bien, manteniendo la virulencia de los textos y la deshilachada trabazón que fungió como intención principal.


Pero, si hemos de ser consecuentes con lo que el prólogo dice, para esas fechas el 'libro' precedente estaría conformado por todas las hojas leídas por uno y por otro. De eso hablamos y no debe distraernos el tamaño minúsculo, casi ridículo, del librito.

El 'Libro del cielo y del infierno' no es una mera antología o crestomatía 'ad usum studiantorum', sino que se trata de una obra madura. Borges ha recién cumplido los 60 años, y han quedado lejos aquellos fervores de adolescencia y primera juventud de los que con simulado desdén intenta deshacerse. De otra forma no encontraríamos, al final, a modo de índice, el detalle puntual, preciso hasta la paranoia, de citas, autores, números de página, y más aún, del orden estructurado según una geometría libresca muy superior a la poseída por el 'lector promedio'.

El libro no discurre, argumenta.

Página tras página, asoma inquietante la pregunta que puede formularse de la siguiente manera:

'¿Hasta dónde hemos llegado, tratando de explicar lo que ni siquiera podemos observar?'.

La reductio ad absurdum es inevitable. Aflora la ironía, en cada recoveco, en cada página. Una depurada y refinada forma del ateísmo, que expurga las frases más brillantes -mero oropel- y que rasca poco a poco, hasta dejar al descubierto la piedra bruta escondida tras el resplandor inicial.

Ni siquiera los editores del libro pueden escapar a esa realidad, al hecho de que eso que se tiene entre las manos, disfrazado en la forma de un libro, es una tremenda argumentación teológica para denegar precisamente aquello de que se trata. El cielo y el infierno quedan derruídos para siempre, sin la mínima esperanza de que surja alguna vez la 'Tahafut al-tahafut' que restituya el orden perdido.

Algo pasado por alto con frecuencia por críticos y estudiosos de la obra de Borges, es el hecho de que al escritor no sólo le agradaba la teología, y más aún, el lado estético de la teología, sino que él mismo se permitía hacer teología, jugar a ser teólogo, sin detenerse o desandar el camino por más que este le llevase a obtener consecuencias nada deseables, incluso, atipáticas y proscritas por el sentido común.

La disgressio culmen de esta obra se encuentra, curiosamente, más allá del prólogo, es un 'meta-proslogio' donde lo haya: en el texto de la contaportada.

En la vida del hombre se entretejen la ventura y la desventura; el cielo y el infierno corresponden a la imaginación de estados perdurables en los que entra uno solo de esos elementos, llevado al máximo. A lo largo de los siglos y en todas las regiones del mundo, visionarios, teólogos y poetas han definido o entrevisto inmortalidades de horror o de beatitud, que serían el destino del alma después de la muerte del cuerpo.
Ajenos a toda intención polémica o proselitista, los compiladores de este volumen han explorado los textos más antiguos y más modernos, los testimonios de los viajeros, las confesiones de los místicos, las amenazas y promesas de los libros sagrados, las vislumbres de los tratados esotéricos, las invenciones de los escritores fantásticos y las revelaciones del éxtasis.
Si bien el criterio que ha guiado a los compiladores es ante todo estético, la obra presente se distingue por una enciclopédica variedad, por el vaivén de sus contrastes, por el valeroso humorismo con que el hombre suele encarar las cosas de la muerte y por lo dramático y singular de ciertos pasajes. El "Libro del cielo y del infierno" ofrece al lector un cuadro vivido y completo de la secular materia que abarca.


Pregunta ociosa: ¿quién habrá sido el autor de semejante despropósito? ¿Habrán dado Bioy-Borges/Borges-Bioy el Vo. Bo.? ¿O se trató, solamente, del esfuerzo descomunal de hacer que ese libro 'de criterio ante todo estético' no asustase al lector desprevenido?

Ese librito causa terror, y resulta, curiosamente, 'intelectualmente repugnante'.

Y por ello mismo es mandatorio que se le siga leyendo, que se acerquen a el quienes intentan tener una idea más concisa, clara y exacta, de la figura de Bioy-Borges/Borges-Bioy en cuanto hombres, alejados del mundillo de las letras, y las ideas, especulaciones, y elucubraciones netamente intelectuales. Los hombres de carne y hueso, mortales, que suspiran finalmente por el cielo, temiendo al infierno cada noche, al llegar la oscuridad.

[Originalmente escrito y publicado en Qvodago, el 19 de septiembre de 2013].

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