jueves, 26 de febrero de 2009

26 febrero 2009

La Biblioteca Vaticana

Considerada actualmente como una de las principales bibliotecas del orbe –y quizá también una de las más extensas y antiguas- la Biblioteca Vaticana conoció en sus comienzos una historia tortuosa, llena de altibajos. Domenico Zanelli se dio a la tarea en 1857 de bosquejar su historia, lo que daría por fruto el libro titulado ‘La Biblioteca Vaticana dalla sua origine fino al presente’ [La Biblioteca Vaticana desde su origen hasta el presente]. Aventurándose en los primeros años del cristianismo, nos permite asistir al desfile de los pontífices dedicados al establecimiento y fortalecimiento de la Biblioteca, que aunque similar en muchos aspectos a las actuales bibliotecas esparcidas por todo el mundo, tenía una peculiar forma de estar constituida y conformada: la intención primigenia de la Biblioteca no consistía en ser sólo un conglomerado de libros, archivo o almacén de escritos y nada más. Se pretendía conservar los libros canónicos, hagiográficos –especialmente martirologios- y los escritos de los primeros pontífices, con la finalidad de que los fieles del naciente cristianismo pudiesen instruirse y educarse, y dilucidar cualquier duda. Entre las precursoras de la Biblioteca Vaticana puede citarse la Biblioteca de Jerusalén, iniciada y sostenida por Alejandro de Capadocia [o Alejandro de Jerusalén], quién murió mártir alrededor del año 250 bajo la persecución emprendida por Decio contra los cristianos. Alejandro se trasladó a Jerusalén donde en efecto, fundó una Biblioteca y una escuela, mismas que adquirieron rápidamente fama y renombre; ya esta Biblioteca mostraba cierto adelanto en las iniciales expectativas de una Biblioteca Apostólica: además de contener escritos sacros o libros sagrados, Alejandro se dio a la reunión de distintas obras escritas por los ingenios más notables de su tiempo, aunque no estuviesen relacionados directamente con el cristianismo. Otro insigne fundador de una biblioteca magnífica –que se perdió en el siglo VII a manos de los sarracenos- fue Pánfilo de Berito [conocido también como Pánfilo de Beiruth, o como Pánfilo de Cesarea], martirizado en febrero del 309. 
Descendiente de una familia ilustre, se dio a la producción de ‘copias fieles’ de las Sagradas Escrituras, reuniendo una biblioteca que contó bajo sus cuidados con la increíble cantidad de 30,000 volúmenes. Tenía por costumbre difundir entre los estudiantes cristianos copias de las Escrituras, así como entre las mujeres piadosas a quienes encomendaba encarecidamente su lectura y estudio. 
Suele existir una confusión cuando se habla de la Biblioteca Vaticana como Biblioteca Apostólica Vaticana: se le ha llamado apostólica no porque haya sido directamente iniciada por los apóstoles, sino porque los primeros pontífices se encargaron de reunir ejemplares de los Evangelios, de los libros del Antiguo Testamento, así como de las Cartas Apostólicas y las Actas de los mártires.
Ya el papa Clemente I [el tercer sucesor de Pedro] mandó establecer siete notarías distribuidas en Roma, con la finalidad de registrar y conservar todos los martirios de los cristianos. Dicha práctica persistió hasta el pontificado de Antero [c. 325] y las Actas fueron ‘depositadas en la iglesia’. El sucesor de Clemente sustituyó a los siete notarios por siete diáconos, quienes se dieron con mayor ahínco a la elaboración de las Actas y frecuentemente asistían a los cristianos a punto de ser martirizados, paliando con su sola presencia las torturas a que eran condenados. A pesar del encono de las persecuciones de Alejandro Severo, Decio, Valeriano, Galerio, Diocleciano y Maximiano que buscaban acabar a una con los cristianos y sus libros, la Biblioteca –entonces constituida principalmente por obras de los pontífices, de los primeros Padres de la Iglesia y decretos conciliares- se mantuvo hasta cierto punto intacta, permitiendo que ya Silvestre I [c.270 - c. 335, y primer papa que no murió siendo mártir y primer canonizado que no sufrió martirio] realizase el primer inventario de la Biblioteca, y que su sucesor, Julio I [muerto el 12 de abril del 352], fuese quien estableciera la investidura de ‘Notario Apostólico’, cuya función principal consistía en la búsqueda de todo escrito relacionado con la religión cristiana, y fungía también como censor llegado el caso: todo escrito recopilado era sometido a su juicio, y si se consideraba conveniente después se depositaba en el ‘archivo’, o ‘scrinio’, directo precursor de la Biblioteca Apostólica Vaticana.
Sería Hilario [muerto el 26 de febrero del 468] quien fundaría las dos bibliotecas de Letrán donde fueron colocados ‘tutti gli scrìtti appartenenti alla Chiesa romana, le lettere dei Sommi Pontefici, i decreti e gli alti dei Concili, le opere dei Padri, le sentenze pronunciale contro gli eretici e le loro ritrattazioni’ [‘todos los escritos referentes a la Iglesia romana, las cartas de los Sumos Pontífices, los decretos y actas de los Concilios, las obras de los Padres, las sentencias pronunciadas contra los herejes y sus retractaciones’] y quien por vez primera establece que dichas bibliotecas estarían sometidas ‘e tutte ad uso comune de' fedeli‘ [del todo al uso común de los fieles].
Ya entonces [según testimonios de Jerónimo, y Eusebio de Cesarea] ‘de todas partes del mundo Cristiano se recurría a la Biblioteca Pontificia, cuando era menester disipar alguna duda, explicar algún canon, o corregir textos corruptos y usados sin aprobación contra la disciplina eclesiástica’ [da tutte parte del mondo Cristiano si avea ricorso alla Biblioteca Pontificia, quando era mestieri sciogliere qualche dubbio, spiegare qualche canone, o correggere testi corrotti e usi daprovati contro la eclesiástica disciplina]. Asunto grave para la Iglesia, la corrupción deliberada de textos y libros sagrados mereció de Gelasio I severísimas sentencias, ya que continuamente llegaban escritos y libros a la Santa Sede plagados de exageraciones o en franca contraposición a la verdad, estableciendo rotundamente en el año 494 que ‘los únicos libros que admite la Iglesia son las Sagradas Escrituras, los concilios de Nicea, de Constantinopla, de Éfeso, de Calcedonia y las obras de los Santos Padres’ [i libri, che animoltova allora la Chiesa, cioè le Sante Scritture, i concili di Nicea, di Costantinopoli di Efeso e di Calcedonia e le opere dei Santi Padri], siendo también este el momento en que se establecieron cuáles libros eran los que constituían las Sagradas escrituras, y expresando que la Iglesia romana no daba acogida a libros escritos por herejes y cismáticos.
Muy pronto el Papado como tal se dio cuenta del poder y los alcances de la Biblioteca Pontificia, y esta a su vez se constituyó como una autoridad indiscutible tanto para los cristianos como para los paganos. 
La historia del establecimiento de la Biblioteca Apostólica en el Vaticano tampoco está exenta de altibajos: en 1305 Clemente V traslada la corte papal a Avignon, y con ella mudó también de lugar la Biblioteca Apostólica. Serían tiempos turbulentos en los que la Biblioteca permanecería en el palacio papal, tiempos mismos que culminarían con el llamado ‘cisma de Occidente’. Poco más de cien años después, en 1417 Martino V al ser elegido pontífice y buscando establecer de nuevo la paz y tranquilidad, elige como sede nuevamente la ciudad de Roma, mandando que la Biblioteca fuese trasladada desde Avignon hasta allí. En este viaje la Biblioteca sufrió grandes pérdidas, algunos libros se dañaron irremediablemente, otros quedaron en Avignon: la parte que pudo llegar a Roma y conservarse ya no fue depositada en Letrán, sino que permaneció desde entonces en el Vaticano, ‘tan confusa y desordenada que hacía prácticamente imposible su consulta y lectura’. A Nicolás V le estaba reservada la gloria de ordenarla y disponerla, amén de acrecentarla de manera extraordinaria, haciendo de la Biblioteca Apostólica Vaticana uno de los lugares más extraordinarios existentes sobre la tierra, otorgándole un renombre que aún conserva intacto en nuestros días. 
Ágil, ameno y bien documentado, el libro de Zanelli retrata magníficamente la tortuosa historia de la Biblioteca Apostólica Vaticana, casi tan desgarradora como la historia del cristianismo.

Referencias:
  • Domenico Zanelli, 'La Biblioteca vaticana dalla sua origine fino al presente'. Roma, 1857. Edición digital disponible en Internet Archive.
  • Website de la Biblioteca Apostólica Vaticana.
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jueves, 19 de febrero de 2009

19 febrero 2009

Jami' al-mabadi' wa-al-ghaat

‘Colección de principios y fines’ es la traducción literal de este título, aunque ‘Relación de causas y efectos’ vendría más a tono con el libro. Prácticamente se trata de un recuento detallado y minucioso de los distintos artefactos y técnicas astronómicas en boga entre los árabes, escrito en el siglo trece por Abqul Hhassan Ali y rescatado por la Biblioteca Real de Francia con el registro de ‘Manuscrito 1147’.
Jean-Jacques-Emmanuel Sédillot lo tradujo íntegramente al francés dándole por título 'Traité des instruments astronomiques des arabes composé au treizième siècle par Abqul Hhassan Ali, de Maroc, intitulé Collection des Commencements et des fins' [Tratado de los instrumentos astronómicos de los árabes escrito en el siglo trece por Abqul Hhassan Ali, de Maruecos, intitulado Colección de los Principios y los fines]. Sería su hijo Louis-Pierre-Eugène Amélie Sédillot quien en 1834 lo llevaría a la imprenta, como un homenaje póstumo a su padre.
Sédillot conjugaba lo más refinado de la educación formal astronómica con un bagaje lingüístico que le permitió acercarse a manuscritos y libros orientales, escritos en sus lenguas originales. Así es como lo encontramos siendo nombrado miembro de la Legión de Honor, además de Secretario de la Escuela Real de lenguas orientales ‘vivas’, y como astrónomo adjunto del Departamento de las Longitudes para la Historia de la Astronomía Oriental. Nacido el 27 de abril de 1777, fue uno de los primeros egresados de la Escuela para la enseñanza de las lenguas orientales vivas, misma que fuese fundada en 1795, y en la que posteriormente fungiría como maestro de árabe, persa y turco.
En 1808 [1810 según el recuerdo de su hijo] su traducción concursó en los Grandes Premios Decenales [Les Grand Prix Décennaux] ‘destinés aux traducteurs de quatre ouvrages, soit manuscrits, soit impnmés en langue orientale ou en langue ancienne, les plus utiles, soit aux sciences, soit à thistoire, soit aux lettres, soit aux arts’ [‘destinados a los traductores de las cuatro obras –ya manuscritas, o impresas en lengua oriental o en lengua antigua- más útiles, sean sobre ciencias, sobre historia, sobre literatura o sobre las artes’] . El jurado encargado de premiar las obras en concurso le concedió el segundo de los cuatro premios; una idea de la calidad de sus escritos la podemos encontrar en el hecho de que sus obras fuesen públicamente reconocidas y estimadas por astrónomos de la talla de Laplace, y Delambre.
La introducción a su traducción en la edición impresa fue escrita por su hijo, y comienza con un planteamiento claro, simple y unívoco: mientras en el auge de la Edad Media el pensamiento intelectual se encontraba sumergido en una tiniebla permanente –sobre todo la Europa cristiana- el mundo árabe se daba a la conquista de diferentes pueblos, adueñándose simultáneamente de la sabiduría griega y ayudando así a los pueblos conquistados a alcanzar un grado más avanzado de civilización, cultivando sobre todo la ciencia y la literatura.
Repasando sumariamente el panorama de la ciencia y culturas árabes de los siglos VIII a X, prosigue su exposición estableciendo las diferentes deudas que astrónomos contemporáneos –Delambre y Laplace incluidos- tienen con los árabes, afirmando incluso que Laplace mismo escribía sobre el valor de los escritos árabes al determinar que elaboraron un sistema autónomo, independiente de Ptolomeo, y Delambre afirmaba que lamentablemente sólo siete u ocho siglos después era posible advertir que en esos escritos estaba implícita la superación de pensamientos erróneos griegos, y que gracias a sus observaciones fueron capaces de modificar sus propias teorías comenzando algunas veces prácticamente desde cero.
Iniciado el siglo XIII el pensamiento árabe había alcanzado una identidad propia y la galería de estudiosos, astrónomos, matemáticos y filósofos que enriquecían con sus distintos tratados los distintos campos de su interés, propiciaron la aparición de un libro como el de HHassan Ali. Siguiendo un orden clásico y adquiriendo la forma de un tratado, dividió su ‘Colección’ en dos partes.
Respetando un orden estrictamente geométrico, la primera parte la consagra a la exposición de los distintos elementos que conforman las ramas de la Astronomía: la cosmografía o descripción del cielo y del globo terrestre, la cronología [estudio del tiempo] y la gnomónica [estudio del movimiento terrestre]. En dicha exposición enfatiza el uso y empleo de las tangentes y secantes trigonométricas, resalta la invención del 'remontante' [pariente del astrolabio], así como el estudio de las ‘paralelas, arcos y signos de las horas desiguales o antiguas’, conocimientos aplicados por los árabes en su división horaria del día civil, además de merecerles la honra de ser los primeros en explicar la construcción de las superficies cilíndricas, cónicas y esféricas.
Ya entrado en materia, los tres primeros libros de la segunda parte los dedica enteramente al estudio de los instrumentos utilizados para medir el tiempo, y los cuatro últimos versan sobre instrumentos eminentemente astronómicos, entre los que sobresalen los cuartiles [quarts de cercle], una esfera y un planisferio con cuatro mesatirahs [?] trazados sobre las paralelas del horizonte y los meridianos. Distingue, además, 10 tipos distintos de astrolabios, culminando con el sextante y el ‘anillo’, estos últimos instrumentos especialmente diseñados para la observación de eclipses, ciclos lunares y ‘otros fenómenos celestes’.
La admiración del padre por la cultura árabe la compartió íntegramente el hijo, quien en su introducción al libro laureado no duda un momento en afirmar que lo cálculos de Abqul Hhassan no tienen nada qué envidiar al más avezado de los geómetras modernos [Abqul-Hhassan ne se montre pas inférieur à nos géomètres].
…Y no sólo eso. En esas deliciosas páginas preliminares del texto, aparece, tangencialmente, el sempiterno problema de la preeminencia de unas Artes sobre otras. El joven Sédillot no titubea un momento al afirmar que la obra completa de Vitrubio desmerece al lado de los estudios de Hhassan Ali:
‘Si Vitruve nous avait conservé les termes de quelques pratiques connues de son temps, ses descriptions étaient tellement équivoques qu'on en était réduit à des conjectures. Les descriptions d'Abqul-Hhassan, plus exactes, lèvent tous les doutes, et son ouvrage renferme de plus un grand nombre d'inventions évidemment dues aux Arabes’ [Si Vitrubio –s. I a. C.- nos ha conservado los términos de algunas prácticas conocidas de su tiempo, sus descripciones estaban tan equivocadas que hoy sólo persisten como meras conjeturas. Las descripciones de Abqul Hhassan, más exactas, disipan cualquier duda, y su obra magníficamente reafirma el renombre de las invenciones claramente debidas a los Árabes].
Astrónomo y lingüista, Sédillot murió el 9 de agosto de 1832 por causa de una enfermedad con tintes netamente orientales: la malaria.

Referencias:

  • Traité des instruments astronomiques des arabes, composé au treizième siècle par Aboul Hhassan Ali, de Maroc, intitulé Jami' al-mabadi' wa-al-ghaat (collection des commencements et des fins) Traduit de l'arabe sur le manuscrit 1147 de la Bibliothèque royale par J.J. Sédillot (1834). Edición electrónica disponible en Internet Archive.




XVI LLL - 19 FEBRERO 2009 - Jami' Al-mabadi' Wa-Al-ghaat
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jueves, 12 de febrero de 2009

12 febrero 2009

Konversationshefte

Ocho años de total sordera. Los últimos ocho años de su vida.
Aunque suele tenerse la idea de que Beethoven [1770-1827] sufrió sordera incluso desde su nacimiento, la verdad es que en el ápice de su juventud y fuerza creadora gozó de una capacidad auditiva que le permitió criticar variaciones mínimas de matices cuando algunos cuartetos de cuerda se empeñaban en interpretar su música, específicamente el cuarteto en si bemol mayor [c. 1808].
Los Konversationshefte [Cuadernos de conversación] contienen del puño de su autor las reacciones, pensamientos y opiniones que permiten construir una imagen real separándola de esa idea mítica que se ha formado alrededor de él. A partir de 1818 comenzaría a utilizarlos permanentemente.
Mimado de la aristocracia y conocido por sus arranques frecuentes de cólera y timidez, Beethoven conoció en la infancia los aspectos más crudos de la vida de los músicos: obligado por su padre, estudiaba frecuentemente en altas horas de la noche, e incluso de la madrugada. Pasó uno de los momentos más bochornosos jamás imaginados para quienes resaltan como figuras públicas, al saberse que su padre falsificó el acta de nacimiento para hacer creer al mundo que había nacido en 1772 cuando en verdad el año de su nacimiento fue 1770. Con todo, el talento de Ludwig le permitió que ya a los 14 años fuese Holforganist [Organista asistente] en la Corte del Elector Maximilian Frederick, cargo que consistía entonces en dirigir una pequeña orquesta mientras se interpretaba un acompañamiento desde el órgano, que solía ser trocado por un clavicémbalo frecuentemente para hacerlo más acorde a las salas de música de la nobleza, y fungiendo también como frecuente suplente del organista maestro Christian Gottlob Neefe, a quien se reservaban las grandes ocasiones.
Se sabe que en su adolescencia recibió algunas clases de Mozart -de esto último poco se ha conservado para la posteridad, resaltando sólo el dato-, aunque está plenamente documentado que a los 22 años estudió contrapunto y violín bajo la tutela de Joseph Haydn, considerado ‘El Padre de la Sinfonía’ y ‘El Padre del Cuarteto de Cuerdas’.
En plena juventud gozó el favor de las damas de la aristocracia, aunque el hecho de notar los primeros síntomas de sordera a partir de 1806 hizo que su carácter cambiara profundamente, tornándose más y más huraño empero, sin aislarse por completo de la sociedad y la aristocracia. Para entonces, con una carrera bien cimentada como pianista y como virtuoso prácticamente no necesitaba dar funciones públicas, redituándole económicamente sus obras lo suficiente para llevar una vida desahogada; sus composiciones las ejecutaba con frecuencia en recitales privados.
La sordera, como era inevitable, afectó su capacidad de interpretar sus propias obras: las últimas apariciones en público como ejecutante tuvieron lugar alrededor de 1814, cuando ya su excéntrica manera de interpretar hacía prácticamente imposible a sus acompañantes ejecutar las partes destinadas a ellos. En las indicaciones de pasajes forte [según lo que escribió Ludwig Spohr comentando la interpretación del trío ‘Archiduque’ el 11 de abril de 1814] Beethoven golpeaba estridentemente el teclado, mientras en pasajes piano resultaba imposible escuchar claramente las notas.
Cuatro años más tarde lo encontramos haciendo uso permanente de los Konversationshefte. Juntos abarcan varios centenares de páginas, algunas con indicaciones sobre los detalles cotidianos, y algunos otros que contienen frases con los que es posible atisbar situaciones casi incomprensibles para la vida y sociedad actuales.
Una anotación que ha causado el escándalo y suele citarse frecuentemente –Maynard Solomon en su biografía de Beethoven analiza detalladamente este pasaje- es la que su amigo Karl Peters hiciera en uno de dichos cuadernos, y que dice ‘¿Le gustaría acostarse con mi esposa?’.
La respuesta de Beethoven se ha perdido y no conocemos la contestación textual a semejante pregunta. Mas para Karl debió significar una afirmación, ya que se lee después: ‘Iré a buscarla’.
En los Cuadernos de conversación se retratan muy al vivo los últimos altercados del compositor y músico con su cuñada Johanna. Muerto su hermano -Caspar Carl van Beethoven- en 1815, Ludwig se da incesantemente al empeño de conseguir la custodia de su sobrino Carl van Beethoven [1806-1858]. Entre ires y venires su sobrino es forzado a estudiar música, Carl Czerny -entonces discípulo de Beethoven-, recibe directamente la indicación de darle lecciones. Cuando éste le dice a Ludwig que su sobrino carece de talento, Beethoven hace caso omiso y no desiste en su intención de hacer de Carl un gran concertista y pianista virtuoso, ayudado sobre todo por el nombre y reconocimiento con que él contaba.
Sufriendo periodos de iracundos ataques de furia contra su cuñada, y contrastantes periodos en los que desvivía en delicadas atenciones hacia su sobrino y ella, pueden encontrarse en los Cuadernos comentarios demoledores: ‘Anoche esa Reina de la Noche estuvo en el Baile de los Artistas hasta las tres de la madrugada no sólo exponiendo su desnudez mental sino también la física. Se murmuraba que ella podía venderse por 20 gulden ¡Horrible!’.
Respecto a su propio hermano y su familia llegó a decir lo siguiente: ‘Tuve que afrontar una conducta tal como sólo sufrí en el caso de su fallecido padre, un sujeto grosero... sospecho que ese monstruo de madre de nuevo se enredó en este jueguito y que eso es en parte una intriga de dicho caballero, mi hermano insensato y cruel... con su sobrealimentada prostituta y su bastardo’.
Resulta muy difícil creer que los últimos días de Beethoven hayan sido tan sombríos y grises. Se sabe que contaba con una considerable suma en acciones bancarias, mismas que él nunca llegó a tocar, por considerarlas herencia para su sobrino Carl.
Buscando compensar los años de disgustos, en su lecho de muerte declaró a ‘Carl van Beethoven, mi bienamado sobrino, único heredero de toda mi propiedad’ especificando que ‘mi sobrino Carl será mi único legatario, pero el capital de mi propiedad irá a manos de sus herederos naturales o testamentarios’, esto último, pensando indudablemente en su cuñada.
Los infortunios de la familia Beethoven parece que con la muerte de Ludwig amainaron, aunque su apellido estaría condenado a desaparecer antes de comenzar el nuevo siglo: su sobrino Carl se casó en 1832 con Caroline Naske, y tuvieron dos hijas y un hijo. Al niño le pusieron por nombre Ludwig. Éste emigró años después a Estados Unidos de Norteamérica donde trabajó en la Compañía de Ferrocarriles Centrales de Michigan, en Detroit. Se casó con la pianista María Nitsche. Su hijo único, Carl Julius, murió en plena infancia.
Fuente invaluable para atisbar el lado humano de Beethoven, los Cuadernos de conversación retratan el lado más oscuro, solitario y desgarrador de quien alguna vez tuvo toda la razón al escribir ‘mi deseo es que tengan mejor vida que yo, con menos preocupaciones: Exhorten a sus hijos a la virtud, esto solamente puede traer la felicidad, no el dinero, yo hablo de la experiencia; aquello fue lo que me sostuvo aun en la miseria, a aquello y a mi corazón tengo que agradecer que no haya terminado mi vida con el suicidio’.


Referencias:



Nota:

No se confundan los Konversationshefte con los Tagebuch. Estos últimos, diarios y cuadernos de bitácora, suelen incluir incluso apuntes musicales, observaciones del compositor sobre la sociedad de su tiempo, y anotaciones sobre su propia vida. Han sido editados innumerables veces y poseen una circulación muchísimo más amplia que los Konversationshefte.





XV LLL - 12 FEBRERO 2009 - Konversationshefte
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jueves, 5 de febrero de 2009

05 febrero 2009

1554

Pocas vidas tan profusamente documentadas y aún así, envueltas en el misterio, como la de Francisco Cervantes de Salazar [c. 1515-1575]. Español de nacimiento vino a terminar sus días en la entonces Nueva España, dando clases y publicando algunos libros, llegando a ser Rector de la recién fundada Universidad de México; y aunque su familia gustaba de renombre y fama en la sociedad y tierra españolas, la fortuna –por lo menos de bienes- le fue ajena. En su juventud se dio a viajar –según era lo corriente entre los estudiantes de la época-, se sabe que estuvo un tiempo en Flandes acompañando al Lic. Girón, y a su regreso a España en 1540 pudo emplearse como secretario latino del cardenal D. Fr. García de Loaysa, ‘General de la orden de Sto. Domingo, obispo de Osma y de Sigüenza, arzobispo de Sevilla, consejero de Estado, comisario de Cruzada, inquisidor general, y sucesor del arzobispo Fonseca en la presidencia del Consejo de Indias.’
Diez años después le encontramos como ‘autor catedrático de retórica en la universidad de Osuna’, y como co-autor de varias obras de las que da cuenta Joaquín García Icazbalceta en el magnífico estudio introductorio sobre las obras de este autor.
De las razones para pasar a México García Icazbalceta rechaza las dos generalizadas: la primera y más rimbombante que pone a Cortés como quien le invita a la Nueva España, y la segunda más factible aunque también débil, que resalta el papel que jugaría el Dr. Rafael Cevántes, tesorero de la Iglesia Metropolitana, a quien se consideró pariente de Francisco. Apunta García Icazbalceta que el uso en boga era que peninsulares en busca de mejor fortuna viajasen a la Nueva España, y que el parentesco de Francisco con Rafael es harto improbable, al igual que prácticamente imposible que fuese por invitación directa de Cortés que llegase Francisco a estas tierras.
Con todo, la fecha comúnmente aceptada para situarle en México es alrededor de 1550, y ya para el 12 de julio de 1553 tomaba Francisco posesión de su Cátedra de Retórica en la Universidad de México, con un sueldo de 150 pesos anuales, que ya entonces se consideraba corto e insuficiente, y que permite justificar las quejas de éste que incluye en uno de sus Diálogos, sobre los que hablaremos a continuación.
Con una tradición antiquísima, el ‘diálogo’ como forma literaria hunde sus raíces en la enseñanza de Sócrates siendo adoptado por Platón como forma predilecta para transmitir su enseñanza filosófica. Esta forma literaria continúa a lo largo de la Edad Media conociendo expositores insignes y memorables como Boecio y su Consolación de la Filosofía [Consolatio Philosophiae], siendo rescatada completamente en el Renacimiento por Erasmo de Rotterdam y sus seguidores, comúnmente llamados ‘erasmistas’. En tiempo de Cervantes de Salazar dicha forma había adquirido el renombre suficiente para permitir publicar una obra y darle a la vez un carácter serio, formal y ampliamente reconocido: dicha forma se encontraba en el ápice de su éxito y comenzaría a decaer ya entrado el siglo XVII, coincidiendo con el auge del teatro barroco español.
El título completo de sus Diálogos es ‘Francisci Cervantis Salazaris, Toletani, ad Ludovici Vivis, Valentini, Exercitationem aliquot Dialogi. 1554.’ [‘Varios Diálogos añadidos a los de Luis Vives, Valenciano, por Francisco Cervantes Salazar, Natural de Toledo. 1554.’] Dichos Diálogos ofrecen una mirada fresca e inmediata de la vida en México, y considerando que fueron escritos apenas treinta y tres años después de la entrada de los españoles en la gran Tenochtitlán, resultan una fuente de primera mano para recrear fielmente el ambiente imperante en la vida, pensamiento y sociedad del naciente México.
Redactados en latín, comenzaron a ser traducidos íntegramente al castellano en 1854 por Joaquín García Icazbalceta, el eximio historiógrafo mexicano, y quien antes de traducir emprendió una tarea titánica que muy pocos otros podrían haber conseguido llevar a cabo: establecer una ‘versión definitiva’ del texto original latino. Los constantes problemas de puntuación y la tipografía antigua y en desuso empleada en la obra original entorpecen profundamente su cabal entendimiento, y aunque García Icazbalceta contaba con suficientes y robustos conocimientos de la lengua latina, no dudó en hacerse acompañar del latinista José Bernardo Couto en este trabajo de depuración textual. La impresión de su trabajo la llevó a la imprenta finalmente veinte años más tarde, en 1874.
Aparecen a lo largo de los Diálogos las descripciones de la ciudad, la notoria división de clases étnicas, la descripción de sus alrededores -resaltando entre ellas la minuciosa y vívida que hace de Chapultepec- y de la sala de la Real Acuerdo –merecedora de tanto respeto que es necesario descubrirse la cabeza para entrar en ella- . Pasan por sus hojas el detalle minucioso de la vida en hospicios y las primeras escuelas, se detiene a considerar el por qué de la diferente arquitectura usada para la edificación de las casas mexicanas y cómo su disposición atiende a nuevas necesidades, distinguiéndola por completo de la arquitectura española.
Resalta en el Dialogus Primus [Diálogo Primero] el retrato de la Universidad de México, la vida estudiantil, y las penurias que sufría aquélla por la insuficiencia de recursos materiales. Hablando de la biblioteca –entonces inexistente- declara por boca de uno de los protagonistas de sus Diálogos: ‘Será grande cuando llegue á formarse. Entretanto, las no pequeñas que hay en los conventos servirán de mucho á los que quieran frequentarlas.’
Esto no impide que los maestros y egresados de esa novísima Universidad puedan considerarse lo suficientemente bien instruidos para ser tenidos entre los mejores de su tiempo: ‘Entre los que se han graduado en México, y los que alcanzaron el título en otras partes, pero que ahora son del claustro y gremio de esta Universidad, hay tantos, que apenas serán mas en Salamanca: á lo que se agrega, para mayor dicha de tan ilustre Academia, que D. Fr. Alonso de Montúfar, Arzobispo de México, é insigne Maestro en sagrada Teología, se cuenta el primero en el número de sus doctores; siendo tan aficionado á las letras y á los literatos, que nada procura con tanto empeño como excogitar medios para que sean siempre mayores los adelantos de la literatura.’
Francisco Cervantes de Salazar sufrió en vida la maledicencia de algunos de sus contemporáneos, entre quienes resalta por el encono de sus ataques el Arzobispo Moya de Contreras, quien le pinta lleno de vicios y defectos y carente de todo mérito para fungir como Rector de la Universidad. García Icazbalceta toma esta misma afirmación, y el hecho de que haya sido no una, sino por lo menos dos veces –hay indicios para creer que pudo haberlo sido tres- Rector de esa casa de estudios, para templar y perfilar la figura de este insigne escritor de las cosas mexicanas, que nació como peninsular y murió como novohispano. Y que se enorgullecía de la ciudad que le dio abrigo es algo que podemos encontrar escrito de su puño y letra, al decir en su Diálogo Segundo: ‘Observa ahora ademas qué multitud de tiendas y qué ordenadas, cuan provistas de valiosas mercaderías, qué concurso de forasteros, de compradores y vendedores. Y luego cuánta gente á caballo, y qué murmullo de la muchedumbre de tratantes. Con razón se puede afirmar haberse juntado aquí cuanto hay de notable en el mundo entero.’



Referencias:

  • Joaquín García Icazbalceta: 'México en 1554. Tres diálogos latinos que Francisco Cervántes Salazar escribió é imprimió en México en dicho año (1875)'. Versión electrónica disponible en Internet Archive.


Xiiii Lll - 05 Febrero 2009 - 1554
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Apostilla 6: Evangelia Apocrypha.

Apostilla 6: Evangelia Apocrypha. Decir algo que pueda añadir o enriquecer lo ya dicho en esta entrada sería pecar de pedantería y su...