jueves, 30 de julio de 2009

La magia de la necedad: una apostilla

La [necedad/necesidad?] de los cuentos de hadas* 


Infinidad de apologías y defensas en favor de Harry Potter se basan en un solo argumento: la defensa de lo lúdico como origen de la literatura, y raíz y fundamento de la mal llamada 'literatura infantil'.

Se aduce que el carácter de la literatura 'para niños' debe ser precisamente de juego, la capacidad de hacer malabares con conceptos e ideas que permitan al intelecto del infante crecer, desarrollarse y mantener viva la chispa de la exploración, la maravilla y el descubrimiento que parecieran perderse, o atrofiarse, en la mayor parte de los adultos.

Tales apologías surgen falseadas al intentar establecer como punto de partida los tan llevados y traídos cuentos de hadas, e irremediablemente todas inciden en los cuentos de los hermanos Grimm, y los de Perrault. Quizá un poco menos, los de Andersen. 

Dichos cuentos no fueron escritos propiamente para 'divertir' a los niños. Es más, los cuentos originales eran verdaderas historias de terror, cuya finalidad consistía más en asustar y prevenir a los infantes sobre los peligros que rodeaban las aldeas donde crecían, y lo mortíferas que podían resultar algunas situaciones, como el solo hecho de desviarse del sendero marcado para ir a la casa de la abuela.

En la versión original -rescatada y maquillada por el cuentista- Caperucita Roja no sólo es despedazada y después comida por el lobo, sino que asiste a un suculentísimo banquete donde el platillo principal fueron los bocadillos hechos con la carne molida de la abuela previamente asesinada. Caperucita los degusta con fruición, ante la mirada complaciente del lobo.

No hay ni leñador ni salvador alguno, Caperucita muere irremediablemente, devorada por el mal resguardado y oculto en el bosque, cuya sola figura y mención hizo sobrecoger el corazón y la razón de generaciones y generaciones de oyentes.

Ahora bien: si el carácter admonitorio de esos relatos, de esos cuentos de hadas en sus 'versiones originales' estaba dirigido sobre todo a los niños y adolescentes, también es de notar que todos esos cuentos eran narrados una y otra vez por los padres, las madres, los abuelos. No consistían en un mero ejercicio de reflexión infantil alrededor de un relato determinado, o en la repetición mecánica de una historia, sino en la actualización de los propios miedos y las advertencias que permanecían válidas aún para los adultos y las nuevas situaciones a que tenían que hacer frente.

Una creación cualquiera que tenga como finalidad la mera diversión -es decir, la pérdida de tiempo, la evasión, la distracción del medio circundante- responderá efectivamente a una situación determinada, envejeciendo irremediablemente tras un par de años. Lo saben los especialistas en modas y vanguardias.

En cambio, las amonestaciones encerradas en aquellas primeras narraciones siguen soportando sin mayores problemas la actualización constante, la reinterpretación y el análisis de sus distintos elementos.

Como se mencionó líneas arriba, a la defensa de lo lúdico acompaña infaltablemente la afirmación formulada como sigue: 'la pérdida de lo lúdico es lamentable en el adulto' o 'los adultos han olvidado al niño que llevan en su interior'.

Se verá que estas brazadas de ahogado esconden una realidad que es aplastante e innegable: un adulto que se comporta como niño más que merecer alabanza y elogio, terminará atado de pies y manos dentro del acolchado cuarto de una clínica psiquiátrica.

El mundo tal como lo conocemos ha sido creado por adultos, y sólo en últimas fechas comienza a ponerse de manifiesto que la niñez en cuanto tal necesita sus espacios y resguardar hasta donde sea posible su experiencia del mundo. Llegar a estas conclusiones no fue tarea fácil, ayudó mucho el psicoanálisis, y textos de la talla de 'Psicoanálisis de los cuentos de hadas' escrito por Bettelheim, quien estudia el papel que juegan las historias ya maquilladas en el desarrollo efectivo del infante. Pero advirtamos una cosa: maquillados y todo, los cuentos tienen como trasfondo historias no pensadas originalmente para divertir a los niños, sino para advertir sobre distintos peligros y las posibles respuestas ante esos peligros.

El maquillaje de las historias hace que el 'descubrimiento' del valor de la amistad, la lealtad, la traición, el coraje, la astucia, se de como punto de partida sobre una reflexión del propio crecimiento. A nadie hoy día se le ocurrirá leer un cuento sin maquillaje al infante antes de dormir, recostado ya en su cama: hacerlo sería cruel. Mas la versión suavizada, expurgada, puede leerse sin ninguna preocupación, ya que los condicionamientos si bien se encuentran en lo más oculto, perdidos en lo profundo del subconciente humano, siguen siendo los mismos. Se parte de una historia atroz para llegar por medio de una historia aparentemente inicua, a los niños actuales de forma tal que puedan entenderla.

En el caso de Harry Potter el procedimiento funciona al revés: el niño-mago no es una imagen surgida de la tradición oral cuentística ni tiene sus raíces en una herencia literaria determinada, es la proyección de las frustraciones, deseos, miedos y anhelos de cualquier infante moderno. Harry Potter no tiene límites, como tampoco lo tiene su antagonista incorpóreo, que no se toca el corazón cuando decide 'quitar del camino' a sus contrincantes.

Estamos ante el subconciente desatado de niños que buscan sin encontrar jamás, una salida, la forma de escape, a la muerte inevitable, que llegará en forma de un hechizo, una maldición, o una traición rastrera. Sus personajes no conocen límites, preocupados como están en conseguir una magia capaz de mutar cualquier cosa en otra, y que en un momento dado pueda defenderlos de un ataque a punta de varitas mágicas y conjuros cómicamente mal pronunciados.

¿Evasión, crecimiento, cultura, diversión? Sí, y más aún: libertinaje irrefrenado e irrefrenable. Es la libertad del niño que encuentra el revólver escondido por el padre, en el rincón más apartado e inaccesible del armario. El padre sabe que dicho revólver matará si es accionado en contra de alguna persona, el niño -y el adolescente incluso- sólo sabe que es un arma de defensa. Y también un arma de agresión con propiedades muy efectivas. ¿Tendrá dicho infante la claridad mental que le permita distinguir entre defensa y agresión? Lo dudo, y no parece que así sea.

Y también lo dudan quienes en este momento, en España, se enfrentan a las violaciones en masa perpetradas por 'niños' de no más de 14 años: se les abre efectivamente las puertas de la sexualidad con la pretendida ilusión de que también se les brinda educación y orientación sexual. La realidad muestra que ambas ceden fácilmente ante el instinto, ciego en toda su crudeza.

'Nadie, hasta donde sé, una vez que termina de leer El Señor de los Anillos sale a buscar la Comarca y a los elfos del bosque', se oye citar y decir frecuentemente. La respuesta a tal argumento es: porque sabemos que la Comarca y la Tierra Media fueron descritas por un autor que no buscaba que ambas fuesen encontradas, sino recreadas en el pensamiento. Harry Potter pretende 'enseñar a los niños a crecer', a madurar haciendo frente 'a todas esas situaciones que encontramos en el mundo real'. Pero no obviemos que dichas situaciones las afrontan los infantes con sus propios medios, desde su cosmovisión y con sus propias destrezas y habilidades. Nunca tampoco, con una varita en la mano, ni con conjuros mágicos que transformen una piedra en una rana. Pretender que el infante comprenda esto, es harto más complicado que explicarle a un graduado de preparatoria la Teoría General Unificada.

El adulto observa el lado lúdico, desde su perspectiva adulta, superada ya la etapa de la adolescencia, por más que suspire y añore dicha etapa en conjunto con su niñez.

El niño y el adolescente observan el lado práctico. Y es allí donde el aspecto lúdico tan defendido e invocado desaparece: en manos de los niños, las historias -y más que historias, proyecciones de instintos e impulsos reprimidos- son verdaderos 'manuales de buena conducta y costumbres'.

¿Usted como adulto puede distinguir la ficción y el juego, de la realidad? Entonces podrá leer a gusto y a sus anchas a Rowling como un ejercicio despiadado de extrovertida psicología infantil.

De lo contrario, en cuanto usted tome su varita mágica y comience a conjurar, correré a ponerme a salvo. Porque podrá tomar el viejo máuser del abuelo, y ni se dará cuenta de que este puede matar... realmente.

Igual que su varita mágica dentro de los libros.


*En la edición de hoy, dentro de Reloj de Arena, la sección 'Ciencia para desatarugarse' a cargo de Gerardo Fernández ofrece una apología en favor de Rowling y sus novelas sobre Harry Potter. Dicha apología ha sido escrita por Justo Serna.
La apostilla que aquí incluyo es una reflexión en torno a los argumentos presentados en dicha apología, como un ejercicio de clarificación en torno a mi participación de el día de hoy, dentro de la sección 'Libres libros de a libra'.

Francisco Arriaga.

30 julio 2009

Harry Potter: la magia de la necedad


El primer gran éxito editorial de la época moderna lo tuvo Alexander Dumas, con su novela por entregas donde relataba las desventuras, aventuras y posterior buena ventura de Edmundo Dantés, a quien la posteridad reconoce inmediatamente como ‘El Conde de Montecristo’.
Esta novela, terminada de escribir en 1844, cautivó lectores no sólo dentro de Francia, su país natal, sino que en algunos sitios tan distantes de este país, como Rusia, causó furor y la expectación originada por sus escritos era mayúscula, ocasionando verdaderos desaguisados en las oficinas postales si una sola entrega llegaba por alguna razón, a retrasarse. Se publicó no como un solo volumen, sino repartida en 18 fascículos.
Se ha dicho que El Conde de Montecristo es al ejercicio de la lectura lo que dentro de la música es el ejercicio de la audición de ‘El arte de la fuga’ de Bach: acá tenemos no sólo cuatro, cinco o seis voces, cada personaje aparece y desaparece de manera articulada, y lo que aún hoy día causa admiración, es el cierre magnífico que va entretejiendo Dumas alrededor de cada uno de sus personajes. Al terminar de leer la novela advertimos que no hay cabos sueltos: cada historia tiene su propio final, sus propias peripecias, a pesar de encontrarse engarzadas en la obra principal, el destino que va tejiendo puntada por puntada Edmundo Dantés.

La magia de la necedad
A poco de aparecer en el mercado, el éxito editorial moderno que más presencia ha tenido en escaparates, recibió críticas tanto de amantes del género de lo fantástico, como los conservadores críticos de ‘la moral y las buenas costumbres’. El fenómeno de Harry Potter sólo puede entenderse si se echa de ver que su autora supo leer acertadamente los signos de los tiempos en el justo momento en que comienza a escribir su novela: el Internet está a punto de ser el acontecimiento mediático que marcará irremediablemente el final de un siglo y inicio del siglo actual, ya está fortalecido y constituido como escritor Stephen King –quien emulará ciento sesenta años después a Alexander Dumas al publicar en el verano del año 2000 la primera novela por entregas que sería distribuida netamente a través de Internet: ‘The plant’- y se encuentra a la vuelta de la esquina el inicio de la nueva década, del nuevo siglo, del nuevo milenio. A nivel cibernético se temía el llamado ‘fallo del año 2000’ que supuestamente dejaría en estado comatoso a la mayor parte del mundo al enloquecer los equipos de cómputo –y con ellos los sistemas de vuelo, sistemas bancarios, sistemas de tiendas de autoservicio y hospitales- y se pensaba que por arte de magia la hambruna, las guerras, las diferencias étnicas y económicas cesarían, dando paso a un periodo de progreso, paz y tranquilidad, representado por un crecimiento acelerado de la conciencia humana.
Nada de ello sucedió: las computadoras no fallaron, los sistemas bancarios no se colapsaron, las guerras siguieron su curso, los enfrentamientos religiosos continuaron su sangriento transcurrir y el consumo se incrementó exponencialmente al encontrar en el Internet un medio efectivo para hacer incluso las compras que antaño se hicieran en el supermercado. La literatura y las artes en general no pudieron escapar a este impasse: la explosión de best sellers que resumían las teorías conspiratorias más descabelladas –emergidas directamente de movimientos New Age del último cuarto de siglo- inundaron el mercado. La literatura se convirtió en el sucedáneo de la realidad ideal que ningún hombre pudo encontrar el sábado primero de enero del año 2000: en los libros se encontraban los mundos posibles –mundos abortados y con briznas de sueños esparcidas entre la paja- a que el hombre como tal no podría tener acceso.
Pero escritores, músicos, críticos, cineastas, especialistas del consumo y del marketing olvidaron un nicho importantísimo de mercado: los niños también leen, y los adolescentes serán los consumidores de los productos que han de venderse apenas cinco o diez años después. Ante tal necedad, se operó la creación de una obra que consumiría horas y horas de lectura, amén de infinidad de hojas de papel y tinta: la saga del mago contemporáneo más famoso, a quien quizá sólo sobrepasa –porque aún hay adultos que lo recuerdan- el antiquísimo y mítico Merlín.

Vana erudición
El dieciocho de diciembre del año 2000, apenas seis meses después de emprendido su proyecto, Stephen King interrumpe su novela por entregas. Se presumen dificultades técnicas, y el lado económico no estuvo ausente: no se recabó la suma que se buscaba reunir, suficiente para mantener funcionando y andando ese proyecto.
Ya para entonces los primeros libros del niño-mago se habían convertido en todo un suceso editorial. Ayudó –y mucho- la mescolanza de nombres inventados y con raíces vagamente anglosajonas y teutónicas, la palabrería que mezclaba latín y griego –si bien macarrónicos- en los nombres de las cosas y encantamientos, se creó un mundo donde las escobas voladoras de último modelo –que semejan más motocicletas que utensilios de limpieza- conviven forzadamente con mandrágoras y viejísimos libros de pergamino, y donde los deportes son extrañamente parecidos al rugby -o football americano- haciendo de la magia y hechicería los temas secundarios que sucumben ante el ideal de representar una sociedad londinense que semeja en muchísimos aspectos a la sociedad ‘ideal’ norteamericana. Las historias, libro tras libro, terminan adoptando el mismo patrón: comienzan con el inicio de clase y terminan con la clausura del curso, la omnisapiente Hermione acude puntual en la ayuda del mago que se empeña en seguir la vía rápida instintiva en lugar de ceñirse puntualmente al método mágico que se pretende enseñar en la escuela de magos.
Su enemigo jurado aparece y desaparece a voluntad, y termina siendo una caricatura que tiene poderes quizá sólo sobrepasados por los antiguos dioses paganos. El mundo paralelo que pretende gobernar es sólo un conglomerado de sujetos y situaciones que no escapan, por ninguna vía y bajo ninguna condición, a la muerte, omnipresente en cada hoja y cada página de la historia. La magia resulta ser una futilidad empleada sólo como paliativo y en conjunto ofrece sólo una solución momentánea para un mundo que desaparecerá presa de su propia fuerza centrípeta: se inunda tanto con elementos tomados del mundo real, grosero y apático, que finalmente esos mismos elementos terminan ahogando y matando toda credibilidad en un mundo mágico, paralelo y coherentemente gobernado por sus leyes propias. La inhumana erudición de Hermione sólo funciona dentro de su propio mundo: ella también es testigo y partícipe de un universo a punto de colapsarse.

Un tiempo sin tiempo
La escritora no puede escapar a esa misma cifra de muerte que se esforzó por circunnavegar a lo largo de su narración: por lo menos dos fechas hacen posible situar la línea narrativa de la historia del niño-mago y su mundo. La etérea actualización de métodos narrativos de éxito probado –como la estructura de las historias de Sherlock Holmes y su resolución de misterios- hacen de la historia en su conjunto un elemento más acorde con las transmisiones televisivas, la narración cinematográfica o el diseño multimedia, que una obra merecedora de tomarse –literariamente hablando- en serio. Los estereotipos fácilmente identificables, las situaciones tan elaboradas que terminan siendo amén de irreales, increíbles, las historias en vastos círculos que giran alrededor del frustrado intento de asesinar al niño-mago cuando se encontraba aún siendo un infante que dormía en su cuna, la cansada explicación de personajes y la necesidad –que se pregona por razones más filantrópicas que narrativas- de escribir libros agregados a la serie, hacen que la estructura interna de la historia se tambalee y no soporte el análisis somero a que ha de someterse cualquier obra que se precie de ser efectivamente literatura.
Los niveles de lectura –se argumenta equivocadamente, no hay ‘nivel’ sino ‘cantidad’- entre jóvenes y niños aumentaron considerablemente en el Reino Unido desde la aparición de esta serie. Se olvida que con frecuencia es más importante la calidad que la cantidad: el alimento chatarra en cantidades industriales matará de hambre a cualquier infante, por más que tenga el estómago lleno de materia digerible.
El peligro de la historia del mago radica esencialmente en la pérdida de un eje que soporte algún intento de crítica. La primera traducción del texto tuvo que hacerse… ¡de inglés británico a inglés norteamericano! Este detalle indica no una excelencia de la escritura, sino una pobreza increíble de recursos. Sólo es posible leer esta obra bajo un punto de vista bien determinado, y no soporta lecturas alegóricas ni hermenéuticas elaboradas: es el producto listo para ser consumido según un protocolo estricto, más semejante a una pizza congelada que requiere de una cantidad determinada de tiempo en el horno de microondas, que a una lectura capaz de brindar, efectivamente, los puntos de reflexión necesarios para obrar en el ánimo del lector un cambio cualquiera.

Entre el pastiche y el collage
A ciencia cierta no podría definirse como una de las dos: tiene del pastiche la imitación de estilos y desarrollos narrativos perfectamente identificables. También tiene del collage la técnica de agregar elemento sobre elemento buscando sostener el edificio por la acumulación informe de un montón de ladrillos en lugar de cimentar firmemente su estructura.
Y ante la pregunta obligada: ¿leer o nó los libros de la historia de Harry Potter? Sólo puedo responder: léalos, sí, pero no los compre. Y si los compra, no imprima su ex libris en ellos. Hasta el momento, los lectores de la saga escrita por Rowling que me ha tocado tener cerca han leído el libro que ‘alguien más’ les prestó, y por lo general, dicho libro carece del nombre del propietario. El furor ha pasado, la moda terminará algún día, y será mejor así: sin su firma en el frontispicio de las historias del niño-mago.
¿Sabía usted que Stephen King se refirió a Harry Potter como ‘shrewd mystery tales’? En español esto se puede traducir más o menos como ‘astutos cuentos de misterio’.
Y vaya que King sabe de lo que habla, él es un veterano de los cuentos, historias, novelas de misterio y terror.
Si hay algo por reconocer en Rowling es la excelente tarea de mercadeo que ha hecho con su obra: derechos reservados a nivel mundial, demandas contra otros autores, su conocimiento empírico de las necesidades y exigencias de sus lectores, el eficiente análisis del impacto de sus historias en el mundillo editorial.
A fin de cuentas, Harry Potter es sólo eso: una novela hecha a medida del lector –y en este caso, un lector infantil, con la cabeza repleta de comerciales y programas de televisión más que de libros leídos en la biblioteca- y que como tal, merece su lugar en los estantes de aquellos que se conforman con la forma, desechando a priori toda sustancia y nutrimento.
Sí, no lo olvide, estamos en la época de la fast-food. Y si existe la Fast-food también puede existir la fast-literature. Una arruina el estómago y el aparato digestivo completo. La otra… de la otra mejor ni hablemos.
Le sugiero que lea algo de provecho, y olvide lo aquí acaba de leer: también esto fue escrito en un par de horas, ‘quick and easily’.
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jueves, 23 de julio de 2009

23 julio 2009

Se llevaron el cañón para Bachimba

Contra ellos íbamos a pelear con nuestros soldados, vestidos unos de azul desteñido en mezclilla, otros de amarillo sucio en caqui, los más, de trapos de color indefinible, provistos de armas diferentes, unas largas, otras cortas, viejas carabinas Winchester amarradas con alambre en la culata rajada, rifles Máuser desechados por el ejército, raspados como suela de zapato. Había que darles órdenes a gritos, porque no entendían toques de corneta y podían equivocarse en lo que debían hacer. Por último, si todos eran hábiles en el tiro de fusil, no había nadie que supiera manejar una ametralladora.


Cansancio y mito
El puntual retrato de Rafael F. Muñoz no se debe a una afortunada descripción de hechos basada en dos o tres lecturas y un puñado de entrevistas. ‘Se llevaron el cañón para Bachimba’ es la segunda gran novela de este escritor, autor también de la mítica ‘Vámonos con Pancho Villa’.
Y en esta, curiosamente, se ensalza a quienes en su otra novela dedicara el papel antagonista. La voz de Álvaro Abasolo va hilando las correrías de Marcos Ruiz, su fidelidad incondicional al general Campa, y a través de él, a Orozco.
El combate se libra a nivel del suelo. No hay grandes divagaciones sobre las corrientes históricas, sobre la política nacional: los combates se dan entre distintos grupos de hombres, cada quien peleando por lo que considera propio –y que puede ser, o nó, ‘justo’- y se enfrenta al enemigo conciente de su desventaja técnica –cuando el enemigo es el ejército federal, pulcro y bien organizado- y haciendo cálculos rápidos y precisos, nacidos en el diario trajinar, cuando se trata de otras facciones igualmente enemigas.
A Pancho Villa se le divisa desde lo lejos, adivinándosele por esos racimos de hombres que va dejando aquí y allá, prestos a morirse con el fusil en las manos, y que disparan hasta el último cartucho antes de dejarse abatir por las balas de ‘los Colorados’. Álvaro mismo comienza a ser, además de testigo ‘facultado’ -pues sabe leer y escribir bien, y habla inglés y francés- parte de esa Revolución, si bien de forma tempranamente conciente. Ya en el principio de la novela se advierte que nadie lo toma en serio por su cortísima edad, una trecena de años, mas andando el tiempo irá ascendiendo poco a poco, hasta llegar a ser Teniente de Marcos Ruiz.
Batalla tras batalla, escaramuza tras escaramuza, el cansancio de la tropa arrecia, es inevitable. Las travesías que culminan tienen en el pillaje de pueblos y caseríos su desenlace natural, la arrogancia de los Colorados es también la conciencia de sus limitaciones. Habiendo perdido el camino, a mitad entre Durango y Parral, Chihuahua, llegan a caseríos desconocidos. ‘Jamás preguntes’, le dice Marcos a Álvaro: ‘compórtate siempre como si supieras en todo momento lo que haces, en dónde estás, y hacia dónde vas’.
Ejemplo práctico, la mitología de la reciedumbre de aquellos revolucionarios fue fraguándose a punta de sudor y sangre, ayunos y desvelos.

Soldaditos de plomo
En el personaje de Álvaro se advierte el crecimiento forzado; su adolescencia termina con la muerte del criado de su casa inundada de pronto por los revolucionarios: Aniceto pasa al final de un corredor cuya pared, en lo más recóndito de la casa, servirá para que Marcos Ruiz enseñe a Alvarito a disparar la pistola. Aniceto no prevé la muerte, se atraviesa en el pasillo en el momento mismo en que comienza a disparar el entonces tutor de Alvarito, y cae abatido por las balas. Marcos no se inmuta, termina su carga y todos los disparos dan en el blanco. Pero Alvarito termina perdiendo el último lazo que le ligaba a la casona que fuese de su padre, y su abuelo y bisabuelo.
La narración de Rafael Muñoz es ágil, muy breve y rápida. Sin grandilocuentes discursos reflexiona tal como lo haría cualquier hombre de campo: las raíces bien enclavadas en la tierra, el olor del campo en la ropa, el furor del sol sobre los hombros. Así es como Alvarito -quien a su vez añora los juegos infantiles de sus soldados de plomo ‘con sus cuerpos siempre en tres posiciones-, desecha casa, juegos y pasado para enredarse una cinta roja en el sombrero, y seguir a ese grupo de hombres que por fin le otorgan una identidad, irrevocable, inexpropiable.
Cuando los hombres al mando de Marcos Ruiz abandonan la casona, él es el último en salir, no por debilidad o alguna momentánea flaqueza sentimental, sino porque no alcanza a ensillar a tiempo su caballo. De allí en adelante no hay regreso, a medio camino entre la retaguardia del grupo y la casona, recuerda que no echó llave al edificio. Sin importarle prosigue su camino: la casa se quedará allí, vigilando el ya maltratado y raquítico inmobiliario, con las puertas abiertas a un futuro próximo impredecible, mas avasalladoramente vivo y cálido.
Sus primeras escaramuzas las vive con el aplomo de la ignorancia: ‘No sé si eres un valiente o un bruto’, le dice Marcos cuando terminan la primera batalla en la que Alvarito participa, y donde quedara erguido, sobre el caballo de pie, en medio de la balacera. Es en esos momentos cuando Alvarito deja de serlo, y exige que se le llame Abasolo. Abasolo y nada más.

Orozco, la Historia y El hombre
El retrato de Orozco ocupa algunas de las páginas más memorables de esta novela. Alrededor de él, los revolucionarios, y sus hombres de confianza -sus más allegados-, lanzan vítores en la frenética celebración del héroe revolucionario. Pero Abasolo no se deja llevar por el júbilo inicial, observa de cerca al héroe, su mutismo, la quietud y ese carácter recio representado por sus quijadas apretadas.
Alto, flaco, más aún, casi seco, ojos opacos, sonrisa ausente. Abasolo no se decide a gritar ‘Viva Orozco’ cual hacen quienes le rodean. Opta por su propia proclama: ‘Arriba los Colorados’. Al parecer nadie le sigue, es una voz más perdida en la revuelta absurda donde hoy se es fiel a determinado general, y donde el día de mañana terminará luchándose contra el mismo.
La idea de Rafael Muñoz se traduce en otras ideas, otras posturas, cuya finalidad es realzar la diferencia que existía entre la figura que de la Revolución se forjaron los mismos hombres que la hicieron –batallas grandiosas, lluvias de balas a granel, jornadas heroicas sobre el lomo de los caballos- y la figura realista de esas mismas escaramuzas: una desordenada tropa disparando hacia donde sea al entrar en los pueblos, hambrientos, ignorantes de otra cosa que no sea disparar el fusil o tomar en sus manos el arado, con una cinta roja que a lo mejor algo quiere decir, pero nadie sabe a ciencia cierta qué cosa.

Dos novelas, los mismos hechos
Rafael Muñoz escribió solamente dos novelas: ‘Vámonos con Pancho Villa’ y ‘Se llevaron el cañón para Bachimba’. En ambas retrata los mismos hechos, los mismos temas, y sus mismas obsesiones. Su literatura es tan ligera y amena que comúnmente suele afirmarse que su obra precede y preludia a la de Rulfo, y que no es necesario ser un especialista en la Historia del México Revolucionario para leerla: su novela puede leerse incluso ignorando los pormenores que rodearon a la alzada Orozquista, sin detrimento de la Historia ni de la novela misma.
Pero su literatura está muy lejos de la de Rulfo. Rulfo resulta más ‘surrealista’ –si tal término puede aplicarse a El llano en llamas o a Pédro Páramo- y su vocabulario está fuertemente henchido del sabor de los Altos de Jalisco. Su gente habla como si aún viviera en la Colonia o Virreinato, sus modismos son muy jaliscienses, pero a veces lo son tanto que parecieran ser de otro país y no de México.
Muñoz, en cambio, opta por un discurso más libre, utilizando al mínimo el folklorismo, y haciendo que sus hombres hablen, se pregunten y se respondan con un lenguaje mucho más amplio, y minuciosamente libre de toda afectación.
Su novela puede ser leída como una reflexión profunda sobre aquello que la Revolución dejó en quienes atrapó, a quienes cegó con sus caras multiformes: el desencanto por un orden social que aparentemente siempre será dictado por los federales, encarnados en ese ejército de soldados bien alineados, el cansancio de luchas y escaramuzas que nadie sabía si se ganaban o perdían, el regreso a las ruinas de lo que fuera el pueblo, la ciudad o el caserío de donde se salió, sólo para confirmar que ya no pertenecemos más a ese lugar, ni a ningún otro.
Las páginas finales de la novela relatan este desencanto en los agrestes episodios que nos muestran a un Marcos que huye de Abasolo, como si Abasolo fuese a la vez que el amigo, el juez y el jurado inclemente que habrán de echarle en cara lo inútil de su lucha. Y cuando Abasolo parte en su búsqueda, los mismos federales lo desarman, dando por hecho que Abasolo se ha rendido.
‘Pasa a la ciudad de Chihuahua a presentarse en el Cuartel General, el ex orozquista Álvaro Abasolo, que se ha rendido. -El capitán segundo, del Séptimo Regimiento de Caballería...’ le escriben en un papel, dándole la libertad de que él mismo se presente en el cuartel, mientras los federales siguen en la persecución de Marcos Ruiz.
Como reza su título, la Revolución y los federales no sólo ‘se llevaron el cañón para Bachimba’, también se llevaron vidas, sueños, anhelos, la urgencia de un nuevo orden social y la exigencia de justicia a favor de los más oprimidos. Marcos, al despedirse de Abasolo, le ve ya no como un compañero de armas, un protegido dispuesto a imitarle los gestos –‘Marquitos’ le llamó la soldadesca alguna vez-, sino como el responsable de retomar, algún día, la lucha –responsabilidad que también a nosotros nos incumbe y alcanza-:
No mires la guerra como una belleza, sino como un horror. Es el último extremo, el recurso que queda ante el fracaso de todos los otros. Es la desesperación. Aunque el pueblo siempre la comienza, su enemigo es siempre quien la provoca. Cuando puedas hablar, habla; y di que no por temor, sino por afecto, por justicia, hay que sacar al pueblo de la miseria. Si todos están callados, grita; si todos gritan, únete al coro, que no sobrará ni una voz, que no se perderá una palabra, como no se pierde una sola gota del agua que llueve sobre los sembrados. Ayuda, ayuda siempre Dondequiera que estés, alto o bajo, poderoso o débil, rico o pobre, ilustrado o ignorante, siempre podrás hacer alguna cosa en favor de los que se mueren de hambre...

Referencias:
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jueves, 16 de julio de 2009

16 julio 2009

Una isla sin tiempo


Claroscuros barrocos
En los primeros siglos de la Era Cristiana, Agustín, el santo obispo de Hipona, escribió ‘si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé’. Hablaba de la noción del ‘tiempo’ y la idea clara que podemos tener sobre este fenómeno físico y psicológico, tan simple que todo hombre puede opinar sobre el, y tan complejo que sólo unos pocos serán capaces de penetrar hasta sus más profundas causas, desenmarañando la increíble complejidad del problema mismo.
En el Barroco Europeo, época donde se fragua la ciencia moderna y también estaban a punto de morir las grandes corrientes de pensamiento clásicas, –filosofía y cosmología aristotélico-tomista- la naturaleza del tiempo ofrecía a la vez un problema y un aliciente a las grandes potencias económicas: el insoluble y oscuro problema de las longitudes era visto como la solución a distintos problemas náuticos, y la solución automáticamente situaría a cualquier país que poseyera el secreto de la medición exacta de la longitud una ventaja innegable respecto de aquellos que no lo tuvieran. La latitud de un punto dado podía establecerse sin mayor problema con el uso adecuado de un sextante, instrumento astronómico pensado para tomar la medida de la altura del sol respecto al plano terrestre y obtener con base en distintos cálculos matemáticos, el paralelo en que se encontraba una embarcación cualquiera.
La siguiente medida, necesaria para establecer la ubicación exacta en cualquier carta marítima es la que ofrecía dolores de cabeza incesantes a marineros y estudiosos: ¿cómo obtener el meridiano en el que se encuentra situada una nave, en medio del mar, en un momento determinado?
Algunas soluciones eran tan atrevidas, que hoy día parecen descabelladas y fantásticas. En su momento la fe y la vida de los hombres dependían de esas mismas soluciones, y embarcaciones hubo que mataron al total de sus pasajeros por errores de cálculo que impidieron a los navíos arribar a tiempo al puerto deseado. Por ejemplo, Manuel García apunta que “En 1714, a consecuencia de haberse desviado de su longitud real, un buque estuvo errando durante un mes por el Pacífico Sur en busca e la isla de Juan Fernández y 80 personas murieron por esta causa, víctimas del escorbuto.”

Unguentum armarium
Según la feneciente teoría aristotélico-tomista de la causalidad, era posible curar a un herido aplicando el tratamiento de curación al utensilio mismo que inflingió la herida. El procedimiento se llevaba a cabo por la ‘simpatía’, fuerza invisible capaz de sincronizar causa y efecto sin que la distancia fuese ningún problema, y que podía crear relaciones entre animales y plantas, seres humanos y materia inanimada.
Respecto al unguentum armarium, Antonio Rodríguez Salvador en su artículo ‘Los ungüentos de Ricardo Riverón Rojas’ rescata la fórmula completa para la elaboración de dicho ungüento. Citando la ‘Historia de la estupidez humana’ escrita por István Ráth-Vegh, transcribe: ‘[…]para curar heridas provocadas por armas, la ciencia del siglo XVII creó un ungüento que llegó a ser muy popular. Este remedio se fabricaba tomando la grasa de un jabalí, de un cerdo macho casero y de un oso macho, media libra de cada animal. Había que recoger gran número de gusanos de tierra, ponerlos en un puchero tapado y quemarlos hasta que reducirlos a polvo. Del polvo de gusanos, se tomaba entonces lo que llenaría tres cáscaras de huevo, y después se le añadía musgo de cráneo, reducido este al tamaño de una nuez mediante sucesivas presiones de los dedos. El musgo debía provenir del cráneo de una persona ahorcada o condenada a la rueda. Luego, había que tomar cuatro onzas de piedra de sangre y seis onzas de madera santalácea; mezclarlo todo con la grasa mencionada, como Dios manda; mojarlo en un poco de vino, y ya se tenía listo el Unguentum armarium, o sea el noble ungüento de armas’.
¿Cómo unir el problema de las longitudes con la acción simpática del unguentum armarium? Umberto Eco responde a esta pregunta con una novela escrita en 1994: ‘L’isola del giorno prima’, donde los protagonistas principales son un sabio estudioso jesuita, y un hombre cortesano muy versado en el arte de la espada, Roberto de la Grive. El naufragio que le hace llegar hasta el Daphne tiene lugar en el mes de agosto de 1643, allí es donde encontraría al padre Caspar, embebido en sus estudios y reflexiones sobre la ciencia y la teología, sobre la hidráulica y la física, sobre la Historia Sagrada y la especulación astronómica.
Con la ayuda del padre Caspar va convirtiendo la nave solitaria en un verdadero Teatro de la Memoria, y se dedica a decantar puntillosamente el recuerdo de su amada, Lilia, la mujer inaccesible que tiene más de común con un ángel etéreo que con una mujer de carne y hueso.
Recuerda también las crueldades realizadas a bordo del navío en nombre de la ciencia: un perro herido por una espada es mantenido con la lesión en carne viva para ayudar en la medición del tiempo en altamar –y con esta medición, a encontrar la longitud exacta en un momento determinado-: alguien en la distancia se encarga de verter cierto compuesto en la espada que contiene la sangre del can, para hacerle sufrir dolorosos estertores en la nave, al otro lado del mundo.
Sus recuerdos recrean también batallas y escaramuzas, y el enredado protocolo cortesano que se desplegaba alrededor de Richelieu y Mazarino, quienes jugaban un ajedrez continental cuyas piezas principales eran los principales reinos europeos.
El unguentum armarium es más que un signo, una metáfora: una época está por terminar, y los nuevos tiempos habrán de desprenderse del lastre anticuado y anacrónico de las tradiciones científicas, para ensimismarse en los experimentos más osados y libres de toda preconcepción filosófico-religiosa.

El principio del tiempo, o El primer meridiano
¿Cuándo comenzó el tiempo?
Parece una pregunta muy del siglo XX, mas en aquel lejanísimo siglo XVII la pregunta causaba ya dolorosas molestias a los sabios de todo el orbe, sobre todo a aquellos que aún se apegaban a la Sagrada Escritura para intentar dilucidar estas interrogantes.
-¿Cuándo sucedió el pecado de Adán? –pregunta Roberto, ya pasada la mitad de la novela, al padre Caspar. La respuesta, inmediata, es absoluta:
-Mis hermanos han cálculos matemáticos perfectos fecho, sobre la base de las Escrituras: Adán pecó tres mil novecientos et ochenta y cuatro años antes de la venida de Nuestro Señor.
Roberto escucha mas no asiente. Es el crítico espíritu moderno ante la Sabiduría Perenne:
-Pues bien, quizá Vuestra Merced ignora que los viajeros llegados a la China, entre los cuales muchos hermanos suyos, encontraron las listas de los monarcas y de las dinastías de los Chinos, de las cuales se deduce que el reino de la China existía antes de hace seis mil años ha, y por tanto, antes del pecado de Adán, y si ansí es para la China, quién sabe para cuántos otros pueblos más.
Por si fuera poco, Roberto pretende aportar una prueba: ‘Y un sabio moro dijo que es posible deducirlo incluso de una página del Corán’.
Caspar estalla. Su respuesta apocalíptica es el reflejo de los arranques magníficamente elaborados y teatrales de los científicos eclesiásticos de su tiempo: Atanasio Kircher incluso. Llevar a cabo la síntesis entre razón y fe, entre conocimiento científico y tradición, era algo que aún entonces estaba lejos de poder realizarse. Caspar anatemiza:
-¿Y tú dices a mí que el Korán probaba la verdad de una cosa? ¡Oh, omnipotente Dios, te ruego fulmina a este vanísimo ventoso vanaglorioso petulante turbulento revoltoso asnihombre cachidiablo perro et demonio, malhadado mastín morboso, que él no pone más pie en este navío!
Ambos hacen las paces, y entonces vuelve a asomar un problema no menor que el del principio del tiempo: ¿dónde se encontraba el meridiano cero, en el momento mismo en que Dios crea cielos y tierra?

La isla y el fénix
El argumento es complicado, aunque podría resumirse así:
El cuarto día de la creación, cuando Dios hace las grandes lumbreras del cielo, ¿en qué punto comenzó el tiempo? La tierra ya creada está en reposo, el sol es creado y Caspar intuye que Dios mismo se toma 12 horas para ir insuflando el fuego suficiente al sol, para alumbrar a la tierra y proseguir su tarea milenio tras milenio de años. Comenzaría como un carbón, apagado, y la bondad del Creador iría encendiendo paulatinamente al gran astro rey, hasta que fuese capaz de alcanzar su punto álgido, exactamente a las doce del mediodía. Después, los ciclos del día y la noche quedarían establecidos de una vez por siempre, visto que Dios no puede hacer cosas imperfectas, y en razón de los meridianos terrestres, no podía permitir que existiese en lugar alguno sobre la tierra un día que sólo durase 12 horas, cosa que efectivamente sucedería de haber creado al Sol plenamente reluciente.
Caspar sabe que se encuentra justo a un lado del Meridiano Cero. Toda su vida tiene por fin una razón: se encuentra en el punto a partir del cual la historia humana tiene sentido, como un transcurrir permanente. La isla visible a una milla de distancia está del otro lado del meridiano, por lo que aunque es visible desde el navío, están viendo la isla de un día anterior. Sólo sería necesario nadar un poco para retroceder el tiempo en un día, para comenzar a vivir ‘en el ayer’. Aquí la imagen de una Paloma Naranjada, habitante singular de la isla, cobra mayor fuerza. Es esta Paloma el indicio de que se encuentran efectivamente ante la isla de la creación, la primera isla a partir de la cual comienza a correr el tiempo, y desde donde parten todos los meridianos. Más que la Paloma Naranjada sería el Ave Fénix que habitaría en el corazón mismo del Paraíso.
El calibre de una historia como esta es tan inhumano, que Umberto Eco no puede saldar la novela con un final ‘académico’. Su jesuita desaparece en el mar haciendo uso de una primitiva campana de buceo, Roberto parece que a poco se embarca en otro naufragio que comenzaría en la bahía de la isla llevándole a recorrer el Pacífico, perdiéndolo en sus entrañas de agua y sal.
Umberto Eco no dejó de lado el aspecto lúdico en esta novela, henchida de conceptos científicos y pequeños guiños históricos, aunque él mismo confiesa abiertamente en una de sus páginas:
‘Para sobrevivir, hace falta contar historias’.
Y quizá la Gran Historia Universal, que incluye a todos los pueblos y todas las épocas, no es otra cosa sino la crónica ríspida y risible de los intentos de supervivencia del hombre, aunados al afán de alcanzar el futuro ideal, al que se llega siempre irremediablemente tarde.

Referencias:

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jueves, 9 de julio de 2009

09 julio 2009

Cátaros

Otro cielo, otra tierra
Finjamos que somos otros. Imaginemos que el mundo ha sido creado por un Dios malévolo. Permitámonos creer por un momento que ese Dios malévolo crea también seres imperfectos, lascivos, perdidos en la maldad más abyecta, y que los padres del género humano serían en verdad ángeles caídos, seres desterrados de la gloria celestial, aprisionados en un grosero cuerpo con forma humana. Y pensemos en una responsabilidad inconmensurable: sólo unos pocos hombres y mujeres -que antes han sido diferentes hombres cuyo espíritu deberá reencarnar siete veces- tienen en sus manos la responsabilidad de preservar el mundo, de impedir que el mundo sea destruido y absorbido por esa maldad cósmica, presta a devorarlo todo.
Además, pensemos en un grupo de hombres muy poderosos, que se nombran ‘cristianos’, y nos persiguen sin piedad rincón por rincón en los campos y tierras de Francia, porque no quieren aceptar que nosotros también admiramos a Jesús, el mensajero del Dios benévolo, el del Nuevo Testamento, y creemos que Jesús mismo era otro espíritu, también encerrado como nosotros, en un cuerpo que debe ser despreciado, que es sólo la cárcel y la prisión en la que estamos condenados a vivir mientras dura esta reencarnación, la vida física y burda que tenemos.
…Y confesemos que sólo por creer esto -cuando los ejércitos papales y los ejércitos reales se unen-, el exterminio está cerca, nadie escapa, niño, hombre o mujer, a la par todos sufren violencia y vejaciones; los que no son pasados por la espada en las aldeas comunales -o matados entre los huertos-, son apresados para ser quemados poco después, vivos, ante el deleite de príncipes seculares y eclesiásticos, mientras la milicia nos grita una y otra vez que somos herejes. Nuestros libros han sido destruidos, nuestros bienes repartidos entre pobladores y gobernantes, los huertos pisoteados, y nada quedará de nosotros. El destino y la historia nos han condenado.

Identidad e Historia
Los alcances y la presencia de los Cátaros fueron tantos, que se organizó una verdadera cruzada [la Cruzada Cátara o Cruzada Albigense, del 1209 al 1229] para darles caza y exterminarlos de los territorios cristianos [Languedoc, específicamente], la idea era perseguirlos hasta la muerte para que no quedase de ellos ni el nombre, ni una letra, ni un solo rostro. …Pero algo había en esos hombres de vestiduras inmaculadas, que gustaban de la poesía, la filosofía y la arquitectura, quienes también eran capaces de trabajar en comunidades bien organizadas, desechando toda violencia, escuchando, comprendiendo, tolerando a quienes estaban a su alrededor, aunque no pensaran ni creyeran lo mismo que ellos. Se intentó perseguirles y exterminarles, pero la memoria colectiva de la vieja Europa no permitió que su recuerdo fuera aniquilado por completo y les perpetuó con diversos nombres. Albigenses es uno de ellos, ‘la Secta de los Tejedores’ es otro. ‘Cátaros’ es el más común.
En The Gale Encyclopedia of the Unusual and Unexplained, leemos: En 1208 el Papa Inocencio III declaró a los Cátaros –una secta del crisianismo (también conocida como Los Albigenses)- a la herejía y condenó a los ciudadanos de Beziers, Perpignana, Narbonne, Toulouse y Carcassone a morir como ‘Enemigos de la Iglesia’. [In 1208, Pope Innocent III (c. 1161–1216) declared the Cathars, a sect of Christianity (also known as the Albigenses), to be heretical and condemned the citizens of Beziers, Perpignan, Narbonne, Toulouse, and Carcassone to death as “enemies of the Church”.]
La razón de la fiereza empleada para acallar a la secta de los Albigenses sólo puede entenderse si se observa detenidamente el comercio intelectual que tenían con otras sectas no menos importantes, y que en su tiempo también fueron perseguidas por el papado y los poderes seculares: los bogomilos y los paulicianos. Ya en la época de esas primeras persecuciones la idea de sus creencias y ritos era muy vaga, con frecuencia se les confundía con paulicianos, dando por hecho que se castigaba a cátaros mientras los acusados eran otros. Al menos en la forma, las comunidades cátaras tenían una cantidad indeterminada de coincidencias con las comunidades esenias de los primeros tiempos de la era cristiana, y se servían frecuentemente de los Evangelios Gnósticos, donde al parecer fundamentaban su curiosa cosmovisión y teología. Desechaban el Antiguo Testamento porque lo consideraban protagonizado por el Dios malévolo, vengativo y sediento de sangre, y ensalzaban una y otra vez el Evangelio de Juan como la máxima expresión de sus creencias sobre Jesús y el Dios benévolo. Su división entre diversas clases según el tipo de vida de los albigenses es comúnmente conocida, así como el vegetarianismo y la abstinencia de algunos miembros de la comunidad.
Y aunque algunas crónicas y descripciones de la época nos los pintan negativamente –como los Annales de Raynaldus- atribuyéndoles un sinfín de defectos, vicios y pecados, lo más acertado es ver en las acciones del Papado el intento de deshacerse de un grupo de hombres cuya vida y ejemplo ponían en jaque tanto a la jerarquía eclesiástica como a las enseñanzas de esta.

Vida, oraciones, encantamientos y muerte
Algo innegable es que los Cátaros fueron exterminados junto con la mayor parte de sus obras escritas. En ello yace la mayor dificultad cuando se intenta establecer cuáles eran sus dogmas de fe, cuáles sus rezos, qué ordenanzas y normas regían su vida diaria. La mayor parte de lo que de ellos se sabe se debe fuentes de segunda mano, memorias, anotaciones marginales, comentarios, sobre autores que por lo general condenaban la vida y las obras de los Albigenses, atacándolos duramente.
Entre todas las acusaciones se resaltan dos aspectos principales, que parecían ser fundamentalmente verdaderos soportes de su predicación y ejemplo, y escándalo para sus contemporáneos.
Si el cuerpo humano fue creado por un Dios malévolo, la suprema virtud era matar ese cuerpo para liberarse de el, y disfrutar plenamente de la vida espiritual. Por tanto la procreación engrandecía aún más ese pecado. Por ello predicaban la abstinencia y daban un lugar especial a la virginidad, y de allí también se desprende su aversión a comer carne, leche y huevos, es decir, productos de procedencia animal.
La segunda característica, en perfecta armonía con el vegetarianismo y desprecio del cuerpo, era la inmolación por voluntad propia según el rito de la endura. Dicha endura consistía llanamente en dejarse morir de hambre, mas en la sociedad cátara dicha muerte era asistida en cada momento por la comunidad, que rodeaba de cuidados y atenciones al hermano que había decidido poner fin a sus días, y alcanzar prontamente la victoria con la muerte de su cuerpo material. Recientemente se ha hecho hincapié en el carácter casi sacramental de la inmolación, se arguye que dicha práctica era más bien rara y escasa, y se realizaba cuando los enfermos se consideraban graves, como si se tratara de eutanasia en lugar de suicidio.
Uno de los pocos poemas-encantamientos-oraciones donde algo de esa visión del mundo ha podido ser conservada, se supone rescatado para la posteridad en fecha tan reciente como el año 1939. Se trata del ‘Davant Dius’ que se puede traducir como ‘Delante de Dios’. Sus cinco párrafos son a la par que hermosos, una reflexión sobre la vida y la muerte, la salvación y la perdición. Los primeros versos rezan:
‘S'es faita davant Dius am'una crotz tant bela que resplendis del cèl jusca la tèrra. Nostra Dama va arribar am'un cièrge a la ma; Tres armetas rencontrèe: Armetas, que fasètz aici? - Nos autras, ploràm, sospiram, que i a pas cap dènfant de sèt ans que plore las plagas de sos sants.’ [Ha sido hecha delante de Dios una cruz tan bella que resplandece del cielo hasta la tierra. Nuestra Señora va a llegar con un cirio en la mano: tres almas encontró: Almas, qué hacen aquí? –Nosotras, lloramos, suspiramos, que no hay ni un niño de siete años que llore las llagas de nuestros santos].
Pocas veces la pureza y la frugalidad fueron tan avasalladoramente coherentes: vida y pensamiento, razón y fe, permitieron a los Cátaros persistir, si no con sus libros, al menos sí en la multitud de lápidas, villas y monumentos que han llegado hasta nosotros. Y aunque insospechadamente, los versos finales de esa oración-amuleto encierran la vida y la muerte, la tragedia y la grandeza de esos hombres admirables, y admirados aún hoy día:
¡Mon Dius, fasetz-me la gràcia de plan viure e de plan morir! [¡Dios mío, házme la gracia de bien vivir y de bien morir!].
A todos y cada uno de ellos les tocó en suerte ver cumplida su petición; quizá ese Dios benévolo de alguna manera los escuchó, y atendió a sus súplicas.

Referencias:


  • Descripción de los Cátaros o «Albigenses». Anales de Raynaldus, trad. S. R. Maitland, Historia de los Albigenses y Valdenses, Londres, 1832, pp. 392-394. Disponible en Biblioteca Virtual Cervantes
  • The Gale Encyclopedia of the Unusual and Unexplained Vol. 1, p. 277, 'Cathars'.
  • Breve nota y versión musicalizada de ‘Davant Dius’ disponible en Tiphareth




XXXVI - 09 JULIO 2009 - Cátaros
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jueves, 2 de julio de 2009

Reloj de arena: al servicio de la comunidad

Pasado el susto, la explicación es simple:

El día de hoy el suplemento cultural Reloj de Arena no hizo su aparición debido a la inserción en la edición del jueves 2 de julio de 2009 de un listado in extenso de casillas electorales, y su respectiva ubicación, como preparacion para los comicios del próximo domingo 5 de julio.

Aclarado esto, el próximo jueves podreemos leer sin contratiempos el Reloj de Arena.

Francisco Arriaga.





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Muertes de papel. Nota.

El día de hoy no fue publicado Reloj de Arena. Ignoro en este momento si ha sido una supresión completa de ese suplemento Cultural, si habrá cambios posteriores, en fin, cualquier noticia que pueda ayudar a dilucidar la razón de que dicho suplemento no haya sido publicado este jueves.


Con todo, la breve colaboración que envié fue insertada en la sección 'Nuestras plumas', lo cual agradezco infinitamente a Simitrio Quezada, editor y responsable directo del ya mencionado suplemento cultural.


Y como esta colaboración también estuvo pensada para aparecer en la sección de Libres libros de a libra, respetaré el formato y sin modificación alguna, publicaré en el sitio correspondiente el archivo pdf.


Cualquier otra noticia, en cuanto tenga acceso a ella, la daré a conocer en este mismo espacio, y por este mismo medio.


Francisco Arriaga.


 

02 julio 2009

Muertes de papel


El placer de la lectura es el placer del voyeurista. Se asiste al crimen como mero espectador o cual cómplice impenitente, o se consume en la pasión desenfrenada de los amantes que ceden su cuerpo, mercadería y letra de cambio. Se corteja a la dama y se mata al contrincante en amores, se hilvana hebra por hebra la traición más infame, y se acordonan las amistades verdaderas, libres de sospecha y dobles intenciones.
A poco de leer y ensimismarse en la lectura como un ejercicio placentero y voyeurista, se encara a la muerte. Frente a frente y sin otra salida, la muerte ocupa su lugar de juez inamovible, pasando sobre los personajes, apoderándose de la obra, del pensamiento del escritor, y también del papel en el que han sido escritas e impresas las obras que se leen.
La primera vez que la encontré me conmovió hasta lo más profundo, indeciblemente: fueron dos muertes, simultáneas, que hoy no puedo desligar por más que lo intento.
Héctor Cárdenas, el maestro de literatura, nos pidió que leyéramos -cada alumno de su clase- diez novelas, fueran las que fueran. El examen sería oral, preguntas sobre lo leído, no había posibilidad de hacer trampa, y menos tratándose de ese maestro, especializado en literatura latinoamericana ‘contemporánea’. Sería el mes de febrero de 1992.
Se me atravesó entonces ‘La tregua’. La muerte de Avellaneda, esa frase repitiéndose de una vez para siempre, sencilla, sin adornos, profunda, inmediata. La muerte de Avellaneda confluyó con aquella otra, novela que leí mas no incluí en la lista de las diez novelas obligadas: ‘Muerte en el Vaticano’.
La idea de la muerte coronando el libro, página tras página sabiendo de antemano el final mas no encontrando cómo, de qué manera el escritor podía llegar hasta los episodios finales de la obra sin dejar pistas que deshicieran el encanto de la historia. La muerte del pontífice en aquella novela era el espectáculo morboso e hipnótico de saber que el lector es omnisapiente, el escritor es omnipotente, y los personajes son mortales, irremediablemente mortales y prestos a caer bajo la mirada cómplice de quien lee.
La muerte de Laura Avellaneda es inesperada y dolorosa por encontrarse en el punto donde la novela realza su relación con Martín Santomé. Comienza con una ausencia y la anotación desesperada de alguien que no se sabe si grita, si implora o busca, es la suspensión espaciotemporal de los sentidos, de la memoria, y del presente.
La muerte del pontífice es la síntesis inaplazable de una tragedia que oscurece las páginas paulatinamente: las confesiones finales del asesino y su explicación de los hechos convencen mas no absuelven. La muerte de Avellaneda petrifica.
Dejé la tercera muerte que como lector y espectador también me ha impactado, aunque en otro campo, y con otras características: una muerte en el cine.
La obra de Wells y su hipotética máquina para viajar en el tiempo fue llevada recientemente a la pantalla grande, bajo la dirección de su homónimo Simon Wells, en el 2002. En dicha cinta, el viajero se encuentra ante un computador omnipresente que hace las veces de único testigo de la desaparición de la civilización –al menos en la forma que tiene actualmente- y resguarda olvidadas bibliotecas y edificios vacíos, muertos. El viajero se entusiasma. ¡Libros! El estante ordenado e incólume muestra la colección esmerada de algún lector, quizá el desaparecido recepcionista de la biblioteca.
Intenta tomar uno.
Se pulveriza entre sus dedos.
La desesperación.
Los demás también se pulverizan, no soportan el tacto, la caricia humana.
La ira.
Destruye y aniquila todos los libros muertos -hojas secas y frágiles- del estante y el computador en una proyección tridimensional le informa que por miles y miles de años no ha habido lector alguno que lea los libros que yacen pulverizados en el suelo.
La muerte de los libros es finalmente la muerte del género humano.
Y no puede ser de otra manera: los libros son espejo fiel del pensamiento y las pulsiones más escondidas del hombre, y la declaración más acertada de sus anhelos, búsquedas y miedos. En todo libro se encuentra una parte de la verdad que busca el género humano, y las respuestas a preguntas que no alcanzamos a plantearnos -las preguntas que seguimos formulando constantemente, generación tras generación-, y que son el motor del pensamiento, y origen por excelencia de toda reflexión sobre la naturaleza humana.




XXXV LLL - 02 JULIO 2009 - Muertes de Papel
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Apostilla 5: El arte de la memoria.

Apostilla 5: El arte de la memoria. Es poco lo que puedo añadir a esta colaboración. Ambas, la del 6 y la del 13 de noviembre de 200...