jueves, 29 de octubre de 2009

29 octubre 2009

Del sentimiento trágico de la vida

La filosofía responde a la necesidad de formarnos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida, y como consecuencia de esa concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima y hasta una acción. Pero resulta que ese sentimiento, en vez de ser consecuencia de aquella concepción, es causa de ella. Nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma. Y esta, como todo lo afectivo, tiene raíces subconscientes, inconscientes tal vez.
No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen filosófico o patológico quizá, tanto el uno como el otro, el que hace nuestras ideas.
Tales son los postulados con los que el filósofo español Miguel de Unamuno comienza su libro, terminado de escribir en 1912 y publicado apenas un año después, en 1913. Considerado uno de sus libros principales, Del sentimiento trágico de la vida aborda temas tan espinosos como la fe, la creencia en la vida después de la muerte, y finalmente, la existencia de Dios.

Homo sum
¿Qué es ser hombre? ¿Qué es lo que distingue al hombre de los demás animales? ¿Qué es eso que comúnmente llamamos ‘razón’?
Unamuno se enfrenta a las cuestiones fundamentales, base y fuente de toda filosofía. Descarta a la razón como sustentante de la identidad, de la esencia humana, y se inclina por el lado del ‘sentimiento’ o el ‘afecto’: “El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado.”
Es precisamente en esta lucha sempiterna entre la razón y el sentimiento, entre el sentido común y el instinto, que podemos situar al hombre con sus aspiraciones, sueños y obras.
Las armas con las que cuenta Unamuno son su inconmensurable bagaje filosófico, y su erudición crítica [aprendió, por ejemplo, danés, para leer a Kierkegaard]. Repasa de manera rápida y también profunda distintas escuelas y corrientes filosóficas y propone distintos ejemplos mediante los cuales se observa ese vaivén que se ha mantenido constante, desde las primitivas filosofías representadas por aquellas obras de teatro escritas por los cómicos latinos [Terencio, por ejemplo] y deteniéndose también en la filosofía de Tomás de Aquino, de Kant, de Kierkegaard, de Juan Bautista Vico [quien ‘vio que la filosofía espontánea del hombre era hacerse regla del universo guiado por instinto d'animazione’] haciendo una observación demoledora en lo tocante al ‘positivismo’ [entre otros males que hizo, fue el de traernos un género tal de análisis que los hechos se pulverizaban con él, reduciéndose a polvo de hechos], desbrozando la filosofía de Spinoza a quien ‘le dolía Dios’, y proponiendo una nueva filosofía del conocimiento, otra epistemología.

¿Utilidad?
Todo conocimiento tiene una finalidad, dictamina Unamuno. No es fortuito que arremeta contra los filósofos que se empeñan en recrearse en sus silogismos, raciocinios falseados, que poco o nada tienen que ver ‘con el hombre de la calle’, el hombre que sufre y se atormenta al no poseer una respuesta clara ante la existencia o la negación absoluta de Dios, o siquiera de una vida humana guiada según un ciego propósito extra-humano. Su idea es muy clara: ‘Si un filósofo no es un hombre, es todo menos un filósofo; es, sobre todo, un pedante, es decir, un remedo de hombre.’
Unamuno gustaba de leer entre líneas, y era el maestro experto en desenmascarar las intenciones ocultas detrás del discurso. Por eso hablaba con un corazón atormentado que da la impresión de estar indefenso, incomprensiblemente expuesto, y aún así, permitiéndole mantenerse firme, coherente con su exposición y discurso. Filosofar es algo indispensable para poder vivir, por más que el hombre necesite vivir para poder filosofar. Es por esto que la Ethica de Spinoza puede leerse no ya como una apretada y árida amalgama de silogismos y corolarios, ‘ordine geometrico demonstata’ [demostrada con orden geométrico] sino como un salmo lúgubre, un desesperado poema elegíaco.
Unamuno consigue que el hombre común adquiera conciencia de su obligación de filosofar y hacer frente a esas preguntas que se pueden acallar con mil y un vicios, con mil y una evasiones, y que sólo son verdaderas y genuinas manifestaciones de la naturaleza humana en cuanto lucha y esfuerzo continuos contra lo insondable.

No quiero morirme del todo
Si la filosofía es útil al hombre y le ayuda a hacer frente a este ‘sinsentido’ que es la vida, es porque sobre todo nos ayuda a gritar, a dolernos, poniéndonos en la boca aquello que el corazón y el cerebro pocas veces se atreven a formular, a susurrar siquiera: el miedo a la muerte, la incerteza de no saber si todo se acaba aquí.
Comúnmente hay dos posturas, irreconciliables una con otra. Unamuno las sobrepasa, dejando claro que ambas juegan partidas de antemano empatadas, donde la incerteza es lo único seguro:
…hay tres soluciones: a) o sé que me muero del todo y entonces la desesperación irremediable, o b) sé que no muero del todo, y entonces la resignación, o c) no puedo saber ni una cosa ni otra cosa, y entonces la resignación en la desesperación o esta en aquella, una resignación desesperada, o una desesperación resignada, y la lucha.
Y si en algo cotidiano que todo hombre experimenta, no hay certeza alguna que nos acompañe sino tan sólo la seguridad de que la vida del hombre es una duda y lucha constantes, qué decir cuando pensamos en la posibilidad de la existencia de Dios.

Dios, inmortalidad y dignidad humana
¿Cómo puede vivir y gozar de Dios eternamente un alma humana sin perder su personalidad individual, es decir, sin perderse? ¿Qué es gozar de Dios? ¿Qué es la eternidad por oposición a tiempo? ¿Cambia el alma o no cambia en la otra vida? Si no cambia, ¿cómo vive? Y si cambia, ¿cómo conserva su individualidad en tan largo tiempo?
La antítesis entre una conciencia personal y un Dios que tiende a absorberlo todo y es perfecto sólo porque en él serían todos y cada uno de los hombres, todas y cada una de las cosas creadas -es decir, sería la unidad absoluta, la totalidad conciente-, despiertan en el filósofo más dudas y preguntas que respuestas.
Pero Unamuno no cede. Se encuentra ante aquello que, sólo al ser formulado, podría abatir a cualquiera menos dispuesto a la lucha.
El último giro, las últimas reflexiones de Unamuno, devuelven al hombre aquello que la concepción mojigata de la religión, de Dios, de la filosofía y de la historia –entendida como una concatenación más o menos afortunada de hechos- le arrebatan día tras día: su dignidad, empañada por la figura del hombre sufriente, del hombre dolido, herido.
Entre tantas incertidumbres, tanto dolor, sufrimiento y falsas esperanzas, entre tantas apuestas a lo desconocido y alienaciones voluntarias, Unamuno rescata al hombre mostrándole que en su individualidad tiene el germen de la divinidad.
Cada hombre es, en efecto, único e insustituible; otro yo no puede darse; cada uno de nosotros -nuestra alma, no nuestra vida- vale por el Universo todo.
Dignificado el hombre, Unamuno también consigue dignificar la obra del hombre, su filosofía, su historia, la fuerza y el empeño de la razón que ya no arremete contra aquello que está fuera de nuestra limitada y miope intelectualidad. El deslinde que hace Unamuno sigue manteniendo su vigencia, noventa y siete años después de haber sido formulado:
Y ahora viene de nuevo la pregunta racional esfíngica -la Esfinge, en efecto, es la razón- de: ¿existe Dios? Esa persona eterna y eternizadora que da sentido -y no añadiré humano, porque no hay otro - al Universo, ¿es algo sustancial fuera de nuestra conciencia, fuera de nuestro anhelo? He aquí algo insoluble, y vale más que así lo sea. Bástele a la razón el no poder probar la imposibilidad de su existencia.



Ad notanda

Avalanchas de estudios críticos y concienzudos análisis de la obra de Unamuno se han estrellado, haciéndose añicos, al enfrentar la polémica cuestión de si la filosofía de Unamuno tendía a una reconciliación con el catolicismo, si finalmente estuvo a un paso de reconciliarse consigo mismo, retornando a la fe que perdiera en su adolescencia.
Lo cierto es que, leyendo sin prejuicios sus libros y sobre todo, aquellos escritos en la última etapa de su vida, no se encuentra afirmación alguna que permita suponer siquiera que Unamuno volvería al catolicismo, con una renovada fe en el Cristo.
Su vida se mantuvo honesta, coherente hasta el extremo, con aquello que sus libros y ensayos, poemas y ‘nivolas’ resuman: una humanidad que no se resigna a perecer, y que es indispensable para la comprensión y existencia de Dios, tanto o más que aquella ‘materia prima’, el ‘ser’ que la metafísica se empeña en poner por sustrato de todo lo creado, quasi emanación directa de Dios mismo.
‘Del sentimiento trágico de la vida’ es el antecesor directo de ‘El laberinto de la soledad’, de Octavio Paz.
Las máscaras que acusó y denunció Paz en la sociedad mexicana a mediados del siglo pasado Unamuno las identificó y aunó en el orgullo español de proclamarse ‘ateo’. Hermanó ateísmo con el racionalismo: ambos serían la réplica al catolicismo involucrado en las esferas de la sociedad, intelectualidad, economía, tradición y moral españolas.
Con su estilo punzante, casi inmisericorde, Unamuno, el español, habla de los españoles, Unamunos a sabiendas o sin saberlo y también entre la espada y la pared.
‘La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida’, escribió Paz. Unamuno, quien afirmara que la ‘la metafísica es siempre, en su fondo, teología, y la teología nace de la fantasía puesta al servicio de la vida’, logró identificar dónde se encontraba la raíz de esa contradicción que acuciaba a los españoles -contradicción que de alguna extraña manera también hemos recibido en herencia-:
Y puesto que los españoles somos católicos, sepámoslo o no lo sepamos, queriéndolo o sin quererlo, y aunque alguno de nosotros presuma de racionalista o de ateo, acaso nuestra más honda labor de cultura y lo que vale más que de cultura, de religiosidad -si es que no son lo mismo-, es tratar de darnos clara cuenta de ese nuestro catolicismo subconciente, social o popular. Y esto es lo que he tratado de hacer en esta obra.





LII LLL [A II No II] - 29 OCTUBRE 2009 - Del sentimiento trágico de la vida
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jueves, 22 de octubre de 2009

22 octubre 2009

Muerte en el Vaticano

Maurice Serral y Max Savigny no pudieron haber imaginado que su novela sería tan famosa -y también boicoteada- hasta el punto de arrancarlos del anonimato y ser acusados de conspiración y complicidad en el supuesto asesinato del papa Juan Pablo I.
La imaginería popular que gusta ver enigmas donde hay sigilo y silencio vio en la prematura muerte de Juan Pablo I un asesinato flagrante, y en la inmediata sucesión de Juan Pablo II el regreso de la Iglesia Católica a su situación de cerrazón moral, política, cultural e intelectual, tal como se viviera en la época inmediatamente anterior al Concilio Vaticano II.
La idea de la novela es simple, y el desarrollo de la misma lineal, con pocas fracturas espacio-temporales: el seminarista brillante que opta por seguir su propio camino en la búsqueda de la iluminación, que no teme ‘ensuciarse las manos’ practicando ritos ajenos al cristianismo que lo acercan peligrosamente a las filosofías y teologías orientales, en un peregrinaje que le lleva prácticamente a una iluminación mística más acorde con un santón hindú o un lama tibetano que con un sacerdote católico.
Pero antes de ser sacerdote, Martello [Martillo, en italiano] ha sido hombre.

Mujeres y dialéctica
Nina aparece en la vida de Martello como una sombra fugaz. Él se entrega por primera –y única- vez, y no sólo cede el cuerpo: también cede su alma. Andreani, su maestro, confidente y guía espiritual esperaba todo de él, mas no que sucumbiera al embrujo de la carne, igualándose al resto de sus compañeros.
Bruno Martello era la viva imagen del seminarista ideal, perfecto.
Nina se sitúa en el extremo de lo que para Martello es permisible: activista y reaccionaria, no dudó en robar –al lado de sus compañeros- un banco, robo durante el cual resulta herida por una bala. Después del sobresalto y la entrega, con un cigarrillo en los labios, Nina se permite analizar rápidamente su pasado, su situación. ‘Sonrió, recordando que la noche anterior estuvo a punto de confesarle a Bruno que era la primera vez que besaba a un hombre sin sentir en su boca el olor a tabaco. Pero calló a tiempo.’
Bruno, el hombre, se sabe incapaz de renunciar a la muchacha que ha sido suya, a la que ha curado, lavado, medicado y después poseído. Opta por denunciarla ante las autoridades, y su denuncia no puede tener un desenlace feliz.
Nina es la única mujer que aparece en la novela, y aunque su interacción con Bruno Martello es tal que termina en una escena de cama y después en una entrevista donde los separa la reja de una cárcel, su sola presencia no basta para compensar la férrea y pétrea presencia de los cardenales, sacerdotes, seminaristas e incluso matones a sueldo que aparecen en el resto de las páginas.

Circunstancia y ambiente
Actualmente, ‘Muerte en el Vaticano’ se cataloga con frecuencia entre las ‘novelas documentales’. Dicha clasificación es sobre todo amarillista, y poco crítica.
Si las atmósferas y los diálogos rápidos en las escenas claves están perfectamente logrados y delineados se debe al hecho, principalmente, de la participación de dos escritores en la redacción del libro. Se percibe que lo escrito ha sido revisado, releído innumerables veces, y que la afinación de detalles nimios busca aumentar los contrastes y crear también un escenario plagado de claroscuros: Andreani, el maestro y guía espiritual de Martello, resulta elegido papa y manda llamar a Bruno, para pedirle consejo antes de tomar la decisión ‘de abrir las puertas de la Iglesia’. Andreani quiere, finalmente, que Martello guíe a la Iglesia en su búsqueda de acercamiento hacia otras ideologías, credos y cosmovisiones. Pero ya Martello ‘viene de regreso’: él ha visto los peligros que encierran las prácticas místicas que tanto embelesan a los amantes de lo exótico, ha llegado hasta el límite de lo que todo occidental –la Iglesia católico-romana- puede soportar, antes de desmoronarse.
Con tales situaciones y argumentos, Serral y Savigny consiguieron orquestar una novela que no pudo ser publicada en mejor momento: la primera edición apareció en 1979, pocos meses antes del papado de Juan Pablo I, y su muerte. Por boca de Martello, los autores especifican a qué se enfrentaba en aquel entonces la Iglesia católica, y el papado mismo:
“Esta guerra que se está librando ahora es entre todas las religiones y una nueva que viene sacudiendo al mundo. Andreani lo miró, preguntándose a dónde querría ir a parar. Había cierta estridencia en el tono, cierto brillo de iluminado en los ojos del joven profesor, que lo inquietaron. -La religión que nos está dando la batalla en todos los frentes, se llama marxismo.”

Ideología
Martello defiende y admira a Judas. Ya en el seminario Andreani había preguntado a cada seminarista cuál era su personaje evangélico más admirado, él escribió decididamente: ‘Judas’. Ya nombrado obispo, Andreani asiste al teatro a ver una representación cuya trama y argumento parecieran estar escritos por el mismo Martello, pero que firma algún desconocido autor alemán. Cinco años más tarde vuelven a encontrarse, Andreani ya es cardenal y Martello regresa a Verona, a morir. Un tumor cerebral está a punto de matarlo.
Es en este punto donde la novela comienza a formular lo que será el final.
Martello aparece traicionando una y otra vez: a sí mismo porque debe la vida a un milagro científico y de fé -y que le hace abjurar de los afanes de ‘modernización’ con los que se identificara anteriormente, obligándose y comprometiéndose con una Iglesia anclada en el pasado-, así como antes traicionó a Nina -quien buscaba si no un cómplice por lo menos sí un aliado-, y finalmente a Andreani que confía en él pidiéndole su ayuda para guiarse en el azaroso mundo que pocas personas conocen tan bien como Bruno.
Este juego con las ideologías ha alcanzado tal maestría, que momentos hay en que lo escrito rozó el nivel de la profecía.
Muere Pío XII. La noticia causa revuelo. Y los autores ponen en boca de un seminarista una observación que apenas esta semana en pleno año 2009 –el 20 de octubre-, hizo vibrar al mundo entero: ‘Pope makes it easier for Anglicans to convert’ [El Papa facilita la conversión a los Anglicanos]. En aquel 1979 los autores escribieron: ‘Ha llegado el momento de cambiar, ¿no cree usted padre Andreani? -Dijo un fogoso muchacho de pelo rojo y anchas espaldas que más parecía un levantador de pesas que un seminarista-. Es necesario salir del aislamiento, buscar contactos nuevos. ¿Por qué mirar con hostilidad a las demás iglesias cristianas, si son más las cosas que nos unen que las que nos separan? He leído que la iglesia anglicana trató varias veces de establecer comunicación con el Vaticano, pero Su Santidad se negó siempre.’

De mortuis nil nisi bonum
El mayor escándalo que envolvió la salida de esta novela estuvo en el hecho de que los autores hubiesen emergido del sistema noticioso de Radio Vaticano. En la red de redes, las noticias en torno a su persona son prácticamente inexistentes, aunque aparecen indicios de que en su tiempo recibieron acusaciones airadas de más de un fanático religioso. El asesinato de un Papa y las justificantes en torno a este hecho consiguen estremecer al lector, sembrando la duda sobre los alcances reales o ficticios de esta novela.
Algo es seguro: si acaso existe un complot y un asesinato efectivo detrás de la temprana y prematura muerte de Juan Pablo I, dicho complot y asesinato estarán muy lejos de parecerse a lo que fue escrito en las páginas de este libro, aunque sus personajes hayan podido estar basados en figuras con nombre y apellido.
‘Muerte en el Vaticano’ tuvo su versión cinematográfica apenas 3 años después, en 1982. Ambas se perfilan, a treinta años de distancia, como los termómetros de la feligresía preocupada por el rumbo que tomaría la Iglesia Católica ante las distintas corrientes y fuerzas históricas que se encontraban en juego. Lo más sobresaliente de la novela es que acertó en muchísimos detalles, y esto último debido sin duda, a la extraordinaria capacidad de observación y análisis que tuvieron sus autores.

Ad notanda

La historia de la sucesión papal ofrece no pocas fechas interesantes y datos curiosos, algunos enigmáticos o insospechados. ’A manual of patrology’ [Un manual de patrología], escrito por Wallace Nelson Stearns en 1899, incluye casi al final del volumen la lista precisa de los pontífices en tablas muy detalladas. También agregó rápidas listas de las sucesiones dentro de los distintos reinados europeos, cubriendo casi dos milenios.
Dentro de la sucesión papal, un caso especial lo constituye la línea de los papas que han llevado el nombre de ‘Esteban’. El primero fue papa del 254 al 257. El segundo murió antes de la consagración, en el año 752, mas su sucesor sería papa del 752 al 757, y llevaría por nombre ‘Esteban II’. La situación es muy curiosa, ya que algunos otorgan efectivamente al papa ‘no consagrado’ el nombre de Esteban I… en cuyo caso el primero sería sólo Esteban, sin numeral.
Otro momento interesante lo constituyen la elección del primer papa alemán, del primer papa francés, y la aparición de un antipapa, todo esto en el lapso de tan sólo ¡siete años!
El primer papa alemán -996 al 999- fue Gregorio V. Le sucedió en el Trono de San Pedro el papa Silvestre II, francés, quien presenció el paso de un milenio a otro: 999-1003. Al pontificado de Gregorio V lo ensombreció la aparición del antipapa Juan XVI, que abarcó del 997 al 998.
Y aunque parezca increíble, existió una época marcada por un ‘doble papado’, que tuvo como sedes Roma y Avignon, respectivamente.
Mientras en Roma eran papas Urbano VI [1378-1389], Bonifacio IX [1389-1404], Inocencio VII [1404-1406] y Gregorio XII [1406-1415] en Avignon establecieron sus sedes Clemente VII [1378-1394] y Benedicto XIII [1394-1424]. No obstante, el Concilio de Constanza depuso a Juan XXIII [1410-1415] y a Benedicto XIII. Al renunciar en 1415 al papado Gregorio XII [quien acusara a Benedicto XIII de ser un papa herético] se eligió a Otto Colona, quien tomó el nombre de Martín III [V]. Gregorio XII fue nombrado entonces legado con carácter de perpetuidad en Ancona y cardenal obispo de Porto, lugar donde falleció.
El papado así visto se despliega ante el mundo como un gran imperio, un reino con sus propias leyes, donde los hombres no pueden olvidar del todo su condición de seres humanos, poseedores de virtudes, e innegables defectos.


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jueves, 15 de octubre de 2009

15 octubre 2009

Valle de Cardos

Impreso en el 2002, el primer volumen de cuentos de Simitrio Quezada ofrece una serie de relatos de variable extensión donde se advierten ya los giros que tomarían su producción cuentística y novelística posterior. La riqueza de sus temas, la bien cuidada ambientación y el juego de personajes que vibran con una voz capaz de superponerse a otras dándonos la sensación de asistir a un extraño concierto de palabras, son sólo algunas de las características que posee dicha publicación.
El título, feliz descubrimiento a pesar de su carga semántica y psicológica, no da pie a duda alguna sobre lo que se encontrará en el volumen: la presencia de las tradiciones –y contradicciones- de los creyentes encerrados en los universos de sus caseríos, la lucha feroz de los pueblos que quieren evitar a toda costa ser un remedo de las grandes ciudades, la conciencia de una pequeñez que choca constantemente con la visión miope de la opinión popular que busca erigirse ídolos cuando no los encuentra.

La metáfora y la cruz
Uno de los principales hallazgos de la Opera Prima de Quezada es el redescubrimiento y uso temerario de la metáfora. ‘Faustino’, el cuento con que inicia el volumen, contiene la actualización exacta de las muchachas transformadas por la noche: ‘Rome, mi niña bonita. Así como estaba Romelia parecía una luna. Muchacha luna, con el rostro bañado en la luz blanca y el aire calientito de acá dentro, en la camioneta. […]Todo era blanco, afuera y adentro, hasta la cobija parda era del color de la luna.’ El color pardo de las cobijas, de todas las cobijas bajo el fulgor de la luna, empareja continuamente la sensación de quien piensa tocar el cielo en medio de la noche, y quien asegura también que por la noche este mundo es un cielo, el cielo de los amantes que se encuentran, de los amantes que recuerdan.
La metáfora sacra no fue olvidada, y la simbología cristiana aparece –era imposible que no sucediera así, sobre todo en los cuentos más fuertemente cargados de temas o referencias ‘provincianos’- sin dejar de lado el carácter lúdico ni el metafísico.
El enfermo desquiciado de ‘Las paredes’ no puede ignorar el aspecto fatídico, la predestinación de su propio sino: ‘Eres reina, obsesivo yo; pero tú con tu fijación en la limpieza de tu mundo convencional. Pronto tendría que amanecer. En la ventana, una cruz. Era esa forma la que dividía en cuatro el cielo y la cumbre de los cerros de Valle de Cardos, cerros que alcanzaba a divisar.’
Sin alejarse del terreno de lo sacro, Quezada aún se permite recrear una escena, la más difícilmente alterable, el ‘Día del Juicio’, que emprende de la mano de un suicida fallido; el baile de la Gloria Celeste meciéndose sobre una tierra que no se decide a dejar morir al aprendiz de suicida, quien desea más que nada en el mundo cortarse las muñecas, gesto ahogado por la irreal algarabía de un cielo que muda su color: ‘Eran rojas y él las vio correr: esas nubes habían engordado, el horizonte comenzó a nublarse, no tuvo tiempo para hacer el corte transversal en la muñeca pues el juicio final, el famoso fin del mundo, llegó como anciana ciega a estropearle el numerito’.

La mujer, el destino y el baile
Exhaustivos y nada fáciles, los senderos de exploración en torno a la mujer, sus problemas, situaciones y valoración según las miradas masculinas, en algunos cuentos ofrecen la radiografía inclemente y descarnada del alcance de las acciones y decisiones femeninas. Mujeres de carne y hueso, con presencias casi tangibles.
‘La rosa del Dionisios’ narra con una exuberante desenvoltura la dignificación de una matrona, quien más allá del grosero y mercenario deleite de los clientes de su local busca hacer de cada una de sus protegidas la amante perfecta, la compañera de los juegos sexuales más extraños, siempre con la conciencia de saberse reinas de la noche, las dueñas de la alcoba y de los clientes que pagan puntualmente por su compañía y su cuerpo. Pero aquí el cuerpo de las mujeres no es sólo la carne que se ofrece para el placer efímero, o el arma, instrumento o herramienta: es la prolongación de aquello que mueve los hilos, lo que está detrás del telón y que no es otra cosa más que la idea clara de que el negocio es el negocio, y aunque el cliente no siempre tiene razón, sí en cambio tiene la última palabra. La clientela queda así relegada a segundo rango, es la que da para comer y para vivir, pero también es sólo un requisito para lograr alcanzar la realización de cada mujer que vive entre las dos esferas independientes de saberse buena amante en venta, y poseedora de una dignidad que jamás nadie podrá comprar: “Aquí no deben enamorarse ni apendejarse ni creerse de nada. Deben coger sin coger, como si estuvieran cosiendo o barriendo o viendo la novela; pero haciéndolo bien. Un cliente busca atención, quiere sentirse el rey del mundo montado en sus espaldas o caderas. Puede montarse en sus cuerpos pero no en ustedes, niñas.’
Con todo, aceptar que lo que se hace es un trabajo bien hecho implica por lo menos dos cosas, primera: que todo es perfectible, y segunda: que nada es eterno.
La matrona tiene en mente esto último cuando afirma, artilugio empleado por oradores motivacionales, que cederá su puesto a quien demuestre ser mejor que ella. Al mismo tiempo alienta y desalienta, sólo es posible resaltar, sobresalir, cuando se ha aprendido hasta el último punto y la última coma lo que la matrona dictamina, lo que la maestra exige a sus alumnas: sumisión completa. ‘Esto es negocio, pero también cuna de artistas. Artistas de la seducción. No se trata de abrir piernas y ya. Hay que saber hacerlo. El día que alguna me demuestre ser más reina que yo le dejo el lugar sin rencores. Mientras tanto, somos una familia. Y su hogar es el Dionisios.’
La mujer que no puede escapar de un destino que la fortuna o la desgracia le imponen, asoma con una claridad deslumbrante en ‘Niñas blancas’. La protagonista sin saber por qué, ni para qué, acude a la transformación radical de su fisonomía; poco antes de dejar por completo la pubertad se encuentra ante un espejo que le devuelve la mirada de sus ojos cuyos iris y niñas se han tornado completamente blancos. El escándalo, la noticia que causa revuelo la orillan a tomar una decisión drástica, para la que utiliza un pedazo de cristal del recipiente roto, que alguien le regalara relleno de agua bendita. La madre y el espectador asisten a aquel derecho de réplica, a aquel don –o maldición disfrazada de don- cuya meta final la constituye la muerte por mano propia.
Y si la fuerza de voluntad y el destino ciego son dos formas, no agotan por sí mismas los alcances de la conciencia de la mujer que sabe que es bella. ‘Noche anterior’ retoma en el título aquella referencia de Borges y ‘La noche de las noches’ o ‘La noche que es todas las noches’. Queda el enigma del título avalado por la trama de su tema. La mujer que baila se goza en sí misma, a su alrededor gira el mundo como el escenario de su belleza, el imperativo que situará su figura –y la de la madre, omnipresente- en el centro inequívoco de un mundo que se subyuga ante la belleza hipnótica de la muchacha: ‘Tengo dieciséis años, me entrego a la noche bailando. Bailando, el que es mi rey, padrastro y tío, me dará cualquier cosa. Y yo lo consultaré con mi madre.’

Los cómics y el ‘Made in USA’
La época de la escritura de ‘Valle de Cardos’ coincide con una larga estancia en la Frontera Norte de México. Simitrio Quezada escribe con la memoria puesta en el pueblo que le vio nacer, ese pueblo con forma de pez cuya fotografía ilustra la portada del volumen. Y su reflexión sobre esta memoria, sobre lo que recuerda y lo que intuye a través de la distancia, resalta en cada una de las páginas que escribe, o reescribe. ‘Ayudar a Supermán’ no sólo demuestra la capacidad lúdica de Quezada, sino que es también una crítica a la idiosincrasia provinciana de un pueblo que es todos los pueblos de México. El niño que termina hiriendo, quizá matando, por ayudar a la madre al ver que Supermán no llega –o llegará tarde- funciona además como una acusación puntual en contra de la presencia norteamericana, su cultura y los estragos que causa en quienes no están al tanto del proceso destructivo que conlleva toda digestión a-crítica de cualquier elemento cultural externo.
El otro lado de la moneda lo presenta en la figura del migrante que regresa a casa, del hijo que emigró al norte, y al que echaban de menos los amigos, la novia, los maestros y la familia, y que algún día, tarde que temprano, habría de regresar. ‘…las cartas no faltaron: tanto novia como madre conservan las hojas con corazones y ángeles que dibujaba el bracero. […]Por la prolongación se ven pasar más coches y Amparo no se cansa de mirar a través del polvo. « Va a ver, mamá –le dijo Leo en la última llamada telefónica-, la próxima vez que vaya al pueblo voy a partir plaza en una camionetota blanca »’.
La capacidad gráfica de Simitrio Quezada queda de manifiesto en la mayoría de sus cuentos, ‘El oponente’ relata la justicia tomada por propia mano, de alguien que se mira a sí mismo como ‘instrumento del Señor’ y no duda en acudir al asesinato para hacer la ‘voluntad de Dios’. Esta misma temática, las insondables decisiones de la Divinidad, llevan a reescribir el episodio de Saúl [Esaú] y Jacob y el famoso plato de lentejas. El personaje de Quezada descubre algo terrible: ‘Mi hermano es un estúpido. No entiende que el dios está jugando con nosotros, como lo hizo en aquel monte con mi abuelo y mi padre.’
‘Panteón de Santa María’, ‘La grabación’, ‘Salve Cruz Bendita’, ‘Las hadas’ permitirían sin mayores problemas una edición gráfica con las típicas viñetas brotando de la boca de sus personajes, sin disminuir un ápice la calidad literaria de los relatos. A tanto llega la destreza narrativa de Quezada, quien en ‘Las hadas’ ofrece una pista de lectura, guiño al lector: ‘No es que no existan, me dice y se acomoda los anteojos. Lo que pasa es que Perrault, Andersen, Grimm, los tatarabuelos de las villas francesas y hasta Walt Disney las personificaron como unas taradas: auténticas niñas taradas con varita y vestidos de quinceañera. Empieza a darme risa, ella me calla.’

La bicicleta
Aprovechando su estadía en la Frontera Norte de México, Simitrio Quezada fue capaz de escribir un cuentario que amalgama la vida provincial de México con la vida de las grandes ciudades, la búsqueda del ‘sueño americano’ y la búsqueda de la gloria que todo hombre –consciente ó inconscientemente- busca alcanzar. Los felices descubrimientos y encuentros y su destreza narrativa fueron acuciadas más de una vez por las interminables horas de espera, montado en la bicicleta que le acompañara en su diario trajinar entre Ciudad Juárez y El Paso, Texas.
Es por eso que el último cuento, declaración de principios, lleva el homenaje a esa bicicleta y la certeza de que la lucha solitaria es quizá la única salida digna para quien se precie de buscar vivir y andar su propio camino.
‘Después de intentos por recuperar mi ritmo, caí. No hubo abucheos, pero sí desilusión. Dijeron que era una lástima. Iba tan bien, y se equivocó. No pude notarlo claramente; nada se ve claro desde el suelo. Tras quitarme esa lágrima de la mejilla izquierda volteé a todos lados y entonces, sin asombro, no vi nada. Nadie vendría a levantarme, nadie soplaría sobre los rasponazos ni me infundiría nuevos ánimos.’ ‘Recuento’ lleva por título, y difícilmente podría haber elegido otro mejor.
Valle de Cardos se erige así, como la piedra de toque de las reflexiones y los temas más queridos del escritor, un honesto y minucioso ejercicio de la memoria, y como la creación titánica de una región geográfica que él llamó ‘Edenes’ -y es también el México provinciano que se resiste a morir ahogado entre los espinos de un futuro gris.



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jueves, 8 de octubre de 2009

08 octubre 2009

El naranjo: dulzura que amarga

Inconstante. El volumen de cuentos que Carlos Fuentes tituló ‘El naranjo’ y que fuese publicado en 1993 como cierre de lo que el escritor llamó ‘La edad del tiempo’ es un raro espécimen dentro de la narrativa contemporánea.
Los cuentos muestran una factura desigual, engarzándose como una serie de abalorios disímiles, donde encontramos desenfado, concentración, algunas páginas felices y también la ramplonería autosuficiente de quien se sabe escritor consagrado.
No obstante, Fuentes opta por una salida difícil para cerrar un ciclo, y aunque ya había ensayado suficientemente al utilizar diversos temas históricos como razones y justificantes de distintos ejercicios literarios, este libro pareciera querer abarcarlo todo, sacrificando el aspecto estético –y literario- en pos de lo utilitario, sello artificiosamente colocado sobre la etapa que el escritor asume, está por concluir.
La Historia como un continuo formado de distintos episodios es el argumento omnipresente en los relatos, y aunque sus lecturas históricas sean principalmente opiniones propias, es imposible negar que existe un gran empeño detrás de su difícil reconstrucción de los hechos: estamos ante un sobrehumano esfuerzo de la voluntad, más que ante una libertad creadora.

Cinco temas, cinco lenguas
Abarcando la Conquista de México, los primeros años de la Colonia, el Cerco de Numancia, un viaje sexoso y superficial por los mares Pacíficos que se enfrentan a la Bahía de Acapulco, y el irreal sueño tecnológico de un paraíso nipón, Fuentes busca sostener y dar volumen a cada uno de los relatos que reunió con una fórmula estandarizada que aplicó metódicamente en cada uno de ellos: el doble punto de vista.
Los títulos incluyen esta dualidad, buscando el equilibrio. Incluso el índice muestra el difícil artilugio empleado: Las dos orillas, Las dos Numancias, Las dos Américas, son los títulos del primer, tercer y quinto cuentos.
El relato ‘de’ Jerónimo de Aguilar intenta reconstruir la confusa historia de la Conquista vista por un extranjero que termina siendo también conquistado; las rencillas de los hijos de Cortés -rasados por el común nombre de ‘Martín’- son retratos pálidos de las facciones políticas que han fraguado en las revueltas, refriegas y movimientos armados del México contemporáneo. Lo que impide al lector entrar de lleno en ese juego y aceptar las sugerencias de Fuentes es el empleo de un lenguaje inevitablemente actual, con una visión contemporánea que juzga hechos de hace quinientos años con los pies puestos en el siglo veintiuno. Y si la justificación de tal proceder pareciera ser la de que Fuentes escribe literatura y no historia, se verá que estos cuentos pretenden ser la re-escritura de la historia inclusa en su mundo literario, con las consecuencias que esto implica.
Cabe aclarar que no se trata, de ninguna manera, de cuentos o ‘novelas cortas’ históricas, la historia que da los argumentos y líneas principales de la trama desaparece bajo el peso y la presencia de ese permanente punto de vista del escritor, deleitándose en el hecho mismo de narrar lo sucedido según como se piensa que sucedió.
Lo que es admirable, y demuestra por qué Fuentes ha dotado a su obra de un sello propio, son los distintos cambios de inflexión de esa lengua actual que narra en cinco ocasiones con distintos resultados. El español mexicano es tal incluso cuando habla Cortés, o cuando Colón se enfrenta a los representantes de las transnacionales japonesas, y así visto, el más arriesgado y menos venturoso de estos relatos es ‘Apolo y las putas’: Fuentes cae en su propia trampa y escribe en un español desenfadado que busca retratar fielmente el español mexicano de algunas partes del país. El personaje principal, actor cincuentón de olvidadas películas gringas, no se decide a pensar en inglés por más que hable en inglés, su discurso termina perdido entre la conciencia irlandesa norteamericana y la tierra que le sorbe la sangre, el sudor, las ganas y el semen.

Las tentaciones
La dualidad no escapa ni siquiera en ese que pareciera ser su cuento más alejado de asuntos históricos. ‘Apolo’ busca siete prostitutas –no ‘sexo-servidoras’, sino ‘putas’ a secas- que acompañen sus andanzas, todas comandadas por una matrona que toma el timón de un velero que se adentra en altamar, sin saber exactamente hacia dónde pero firme en su determinación de mantener el mando. Son siete las que suben, la matrona no es una mujer sino el guardián asexuado que vigila ‘a las enanas’, supervisor complaciente que ofrece a las mujeres una por una, sabiendo que someterán inmediatamente al hombre que pretende poseerlas a todas. El número ocho aquí es el cubo de ese número dos resaltado con anterioridad, y los juegos sexuales que se llevan a cabo sobre la cubierta iluminada por un sol que cae a plomo sobre ellos -desenlace soñado y buscado a lo largo de una vida marcada por la mediocridad y el desencanto- a fin de cuentas nos dejan con la misma impresión que nos ha acompañado a lo largo del relato: tibieza llena de rabia, de frustrada impotencia.
El protagonista habla de su Óscar como lo único que realmente valió la pena en su vida. No pasa mucho tiempo antes de que el lector perciba que tal premio es un reconocimiento al director, y que su actuación será recordada y resguardada por las cinetecas aunque no por méritos propios, sino por el nombre del director, responsable directo de la filmación. El personaje sabe que sólo es un agregado secundario en lo que fue el momento más importante de su vida, y se resiste a aceptarlo: ‘¿Dónde está mi película italiana? Ellos tienen razón. Está en las cinetecas. Si bien le va, está en una videocasete de escasa venta. Película europea clásica en blanco y negro. Ganga: $5.45. Menos que la entrada a un cine legítimo.’
Su revancha a bordo de la nave que enloquece de sol y sal tampoco le pertenece: las mujeres se la otorgan más como un acto de compasión o conmiseración que como un regalo o presente con visos de ofrenda. ‘Con este ruco no arriesgamos nada’. Saben que cualquiera de ellas puede acabar con la virilidad de aquel hombre, a quien consideran indefenso. Y tienen razón.
Después de la muerte del personaje Fuentes no puede sustraerse a la tentación de prolongar la conciencia del mismo en un plano incorpóreo, y le da los atributos de la omnivisión divina. La principal tentación que aqueja a Fuentes termina por vencerlo. Premios, honores, hommages entre escritores, las frases insertadas como al descuido entre los relatos son clichés inconfundibles que hacen a veces muy penosa la lectura de los cuentos. En ese mismo de ‘Apolo y las putas’ escribe: ‘Acabo de leer el bestseller de García Márquez en Los Ángeles y pienso en el amor en tiempos del sida. No importa. No vine aquí a ser cauto.’ Poco después, el mismo protagonista se permite reflexionar: ‘Alburearon de lo lindo, como es la costumbre en México y en Los Ángeles, ciudades hermanas en las que el lenguaje sirve más para la defensa que para la comunicación, más para disfrazar que para revelar. El juego del albur aleja, disfraza, esconde; se trata de sacar de una palabra inocente otra palabra soez, hacer que todo tenga doble sentido y que éste, con suerte, se vuelva triple.’
¿Realmente un irlandés que piensa en inglés norteamericano puede tener una visión tan mexicana de lo que es el habla cotidiana salpimentada incesantemente con los albures?

Naranja dulce, limón partido…
Si los temas históricos y sus justificantes es lo más difícil a que se enfrentó Carlos Fuentes en ‘El naranjo’, los recursos que emplea con frecuencia rayan en lo fácil, moldes prefabricados.
Esa omnivisión que comprende la segunda mitad de ‘Apolo y las putas’ es también la omnivisión desde la que narra Jerónimo de Aguilar, reflexionando sobre la historia –su historia- con el detenimiento de un erudito académico, bien lejos de su experiencia personal. ‘Lo he visto todo. Quisiera contarlo todo. Pero mis apariciones en la historia están severamente limitadas a lo que de mí se dijo. Cincuenta y ocho veces soy mencionado por el cronista Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Lo último que se sabe de mí es que ya estaba muerto cuando Hernán Cortés, nuestro capitán, salió en su desventurada expedición a Honduras en octubre de 1524. Así lo describe el cronista y pronto se olvida de mí’.
A caballo entre el hiperrealismo, la historia y la ficción literaria, Fuentes acierta y desconcierta por igual en sus cuentos, revistiendo con su retórica el habla propia de cada personaje en cada situación, como si la única finalidad del libro fuera la de concluir rimbombantemente con la serie de trabajos entre los que destacan ‘Terra nostra’, ‘La región más transparente’ y ‘La muerte de Artemio Cruz’, ‘Cambio de piel’ y ‘Diana o la cazadora solitaria’. Utilizando un símil de teoría musical: puede cantar en distintos tonos y en distintas alturas… pero su tesitura y color siempre será los mismos.
La elección del naranjo, de la naranja que se chupa y su fusión-confusión con los pechos maternos es la vía que elige Fuentes para clausurar el volumen de cuentos. Colón recuerda –en un tono y lenguaje lamentablemente impostados- que hasta el Paraíso que buscó fue expropiado por las grandes transnacionales, que los nipones llegaron con sus políticas de trabajo en equipo obligándole a abdicar a favor del progreso, que el Paraíso, Inc. está abierto a todos y pertenece a la humanidad y la cocacola que acompaña al pollo frito son la nueva naturaleza, amorosa madre que alimenta por igual a sus hijos.
Colón firma papel tras papel, asiste a los desfiles, y al final siente el deseo de volver, regresar a España. Pisó nuevas tierras, vivió y bebió de ellas, trajo el ‘Novum Ordum’ además de animales y plantas jamás antes vistos, pero no puede disfrutar de lo que trajo, de lo que hizo, ni de lo que vivió. Decide regresar a España y sembrar nuevos naranjos: lleva con él las semillas que siempre le acompañaron.

La ciudad y el hombre
El cuento que tituló ‘Las dos Numancias’ ofrece la clave para leer el volumen completo. Exposición detallada de las razones, motivos y pretextos, opta por el discurso académico, impersonal, quizá con el deseo de disfrazar la base común de los cinco relatos que ha engarzado en su libro: ‘Me obsesiona el problema de la dualidad. Invento una teoría de la dualidad geométrica. […]Toda unidad, una vez obtenida, reclama una dualidad para prolongarse, para mantenerse.’
Empresa y aventura arriesgada -con altibajos evidentes- ‘El naranjo’ puede ser leído como un libro no que habla de temas, historias o personajes de antemano conocidos o intuidos, sino como la confesión entre líneas del escritor que revalora su obra, cómo piensa, cómo siente, ama y odia. Es la profesión y abjuración de dogmas, una voz que necesita otras voces a fin de sincerarse en medio de sus amplios monólogos.
Espectáculo del escritor perdido ante lo que es, lo que ha sido, y lo que habrá de ser, Carlos Fuentes es muchos Carlos Fuentes, y a la vez todos… y ninguno.



Xlix - 08 Octubre 2009 -El Naranjo

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jueves, 1 de octubre de 2009

01 octubre 2009

Las noches de Borges

Borges habló alguna vez de un testamento. Tendría forma de libro, y lo compondrían las siete conferencias que dictara en 1977. Summa perfecta de sus obsesiones, Siete noches –además de ser tal testamento- también fue el ancla que le sirviera para hacer frente a la tempestuosa época de enfermedades y depresión que viviera en ese entonces; sus conferencias resultaron ser la vigorosa síntesis de su obra y pensamiento, resonador minucioso de los temas queridos que aparecen una y otra vez a lo largo de su producción literaria incluyendo conferencias previas, así como poemas, ensayos y cuentos. Se trata de una obra perfecta, ciclo armónico que puede iniciar y terminar en cualquiera de sus siete textos, donde juega con el orden del universo y estimula la curiosidad del lector –y originalmente, del oyente- hasta deslumbrarlo con esa sombra llena de colores que él confesó alguna vez es la ceguera.
Nadie como él pudo hablar de la noche, de la visión desterrada de los globos oculares, de las pesadillas, los laberintos y los espejos. Si alguien puede ostentar el título de Especialista en la Noche, era él: Jorge Luis Borges.

El libro, los temas
El libro no se contenta con ser una mera versión estenográfica de las conferencias. Borges detalló cada una, revisándola a fondo, y sobre todo quitando lo superfluo, las muletillas inherentes a todo discurso hablado. Le ayudó en esta empresa Roy Bartholomew, a quien Borges encomendó buscar el material ya publicado, y confrontarlo con las cintas de audio, tomadas al vivo. El trabajo fue arduo: consistía en leer línea por línea y repetir innumerables veces cada párrafo hasta darle la forma que Borges consideraba más adecuada. Después, cada conferencia era vuelta a leer y sometida a la atención, apreciación orgánica y crítica del escritor, quien no escatimó ninguna corrección y no dejó pasar una sola errata.
Lo primero que se advierte al escuchar las conferencias tal como fueron grabadas, y después al leer la versión escrita, es la magistral utilización de ambos medios y formas. Los discursos hablados son tan intrincados, complejos y a la vez espontáneos y diáfanos, que parecieran ser la lectura de un guión y no el resultado de una reflexión detallada sobre cada tema abordado. Y la lectura del texto no descuadra dentro del conjunto de sus obras: encontramos el mismo estilo que puede hallarse en sus ensayos y cuentos más elaborados.
Los temas habían sido elegidos cuidadosamente por el escritor, y aunque el sexto fue reemplazado –magistralmente, qué duda cabe- a última hora, hoy día nadie puede imaginar ausente de esa serie la maravillosamente enigmática conferencia sobre La Cábala.
Para hacernos una idea más exacta de la cósmica dimensión de aquellas conferencias, baste mencionar que la inaugural versa sobre La Comedia, de Dante, y la final, sobre La ceguera, como si se tratase de un libro donde a la visión exaltada de lo supernatural siguiera por fuerza la aniquilación del atrevido espectador.
Las pesadillas también fueron incluidas, y con ellas El Budismo, La Poesía, y Las mil y una noches. Dentro de cada conferencia Borges coloca, deleitándose en ello, las citas de una monstruosa cantidad de libros y referencias, jugando con su bagaje de erudito y haciendo amenas e interesantes cada una de sus participaciones, que conquistaron rotundamente la atención e intelecto de los asistentes.

Lector in fabula
La obra de Borges sigue teniendo influencia no sólo en los medios netamente literarios, sino que ha traspasado los umbrales de los libros para ser considerado un precursor intelectual de lo que actualmente es el Internet. Umberto Eco profesa una admiración confesa por el escritor argentino, prueba de ello es que no dudó en citarlo y parafrasearlo al inicio de El Péndulo de Foucault.
Se reconoce que algunos cuentos suyos, como La Biblioteca de Babel ilustran a la perfección la paradoja de los conjuntos infinitos, y la visualmente prodigiosa geometría fractal; incluso, ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’ ha sido visto como una verdadera traducción literaria de trabajos como los de Hugh Everett III y su Relative State Formulation of Quantum Mechanics [Formulación del estado relativo de la mecánica cuántica], publicado como tesis doctoral en 1957. El cuento de Borges data de 1941.
En la primera conferencia, donde Borges pasea al lado de Dante y Virgilio a través del Infierno, el oyente-lector se encuentra ya con el postulado que desarrollará Eco en su ‘Lector in fabula’ publicado en 1979, donde considera que el papel del lector en la elaboración de cualquier texto es primordial, indispensable.
“Conocemos profundamente a Dante por un hecho que fue señalado por Paul Groussac: porque la Comedia está escrita en primera persona. No es un mero artificio gramatical, no significa decir “vi” en lugar de “vieron” o de “fue”. Significa algo más, significa que Dante es uno de los personajes de la Comedia. Según Groussac, fue un rasgo nuevo. Recordemos que, antes de Dante, San Agustín escribió sus Confesiones. Pero estas Confesiones, precisamente por su retórica espléndida, no están tan cerca de nosotros como lo está Dante, ya que la espléndida retórica del africano se interpone entre lo que quiere decir y lo que nosotros oímos.”
Borges termina con una afirmación que enfatiza el hecho del habla y la escucha. Esto no es gratuito, en la siguiente conferencia, donde trata de ‘La pesadilla’, prosigue con su análisis de la Comedia y de paso puntualiza:
“Ahí está Homero, espada en mano; ahí esta Ovidio, está Lucano, está Horacio. Virgilio le dice que salude a Homero, a quien Dante tanto reverenció y nunca leyó. Y le dice: honorate l’altissimo poeta. Homero avanza, espada en mano, y admite a Dante como el sexto en su compañía. Dante, que no ha escrito todavía la Comedia, porque la está escribiendo en ese momento, se sabe capaz de escribirla.”
Estamos ante el escritor que escribe, ante el lector que lee, ante el interlocutor que habla y oye: el presente de Dante es también el presente de Borges y el presente de todo lector que se atreve a leer La Comedia. Este presente inmerso en la eternidad continuará vigente, aunque hayan pasado todos los siglos del mundo, aunque la eternidad caleidoscópica nos borre de una sola vez y no comprendamos los mecanismos ocultos de esa fábrica sobrehumana: “Si Dante hubiera coincidido siempre con el Dios que imagina, se vería que es un Dios falso, simplemente una réplica de Dante: En cambio, Dante tiene que aceptar ese Dios, como tiene que aceptar que Beatriz no lo haya querido, que Florencia es infame, como tendrá que aceptar su destierro y su muerte en Ravena. Tiene que aceptar el mal del mundo al mismo tiempo que tiene que adorar a ese Dios que no entiende.”

La ceguera
Íntima y desgarradora, la conferencia que cierra el ciclo humaniza para siempre al escritor casi ciego. Confiesa que echa de menos algunos colores, el rojo y el negro, principalmente, y lamenta no haber heredado el valor de los suyos. ‘Al rojo lo veo como un vago marrón. El mundo del ciego no es la noche que la gente supone. En todo caso estoy hablando en mi nombre y en nombre de mi padre y de mi abuela, que murieron ciegos; ciegos, sonrientes y valerosos, como yo también espero morir. Se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo), pero no se hereda el valor. Sé que fueron valientes.’
La ironía que envuelve el descubrimiento de su ceguera es ampliamente conocida: coincide con su nombramiento como Director de la Biblioteca Nacional. Escribe entonces el Poema de los dones, y recuerda que Groussac fue director de la Biblioteca y también fue ciego. Mas el destino, enigmático y espléndido, le ofrecería después otro dato escalofriante, confirmación innegable de su destino casi predestinado: ‘Ignoraba entonces que hubo otro director de la Biblioteca, José Mármol, que también fue ciego. Aquí aparece el número tres, que cierra las cosas. Dos es una mera coincidencia; tres, una confirmación. Una confirmación de orden ternario, una confirmación divina o teológica. Mármol fue director de la Biblioteca cuando ésta estaba en la calle Venezuela.’
Borges no se deja vencer. Emprende en esas mismas fechas el estudio del anglosajón y no deja de escribir libros, esta vez, acuciado por las ansias de recuperar el idioma que hablaron sus antepasados, cincuenta generaciones atrás.
Carpetazo inesperado al asunto de las confesiones personales, poco después afirma que la ceguera es, sobre todo, ‘un estilo de vida de los hombres’. Y retomando el asunto principal de su conferencia, deja el terreno de las confesiones para llegar a la reflexión en torno a Homero.
Nos comparte una hipótesis ‘curiosa’, según Wilde la ceguera de Homero sería más que nada una exigencia impuesta por la tradición: se quería con ello resaltar el aspecto ‘hablado’ sobre el aspecto ‘escrito’ de la poesía. Borges advierte que no considera tal hipótesis netamente ‘histórica’, y pone en duda la existencia de un Homero. ‘No sabemos sí Homero existió. El hecho de que siete ciudades se disputaran su nombre basta para hacernos dudar de su historicidad. Quizá no hubo un Homero, hubo muchos griegos que ocultamos bajo el nombre de Homero. Las tradiciones son unánimes en mostrarnos un poeta ciego; sin embargo, la poesía de Homero es visual, muchas veces espléndidamente visual; como lo fue, en menor grado desde luego, la poesía de Oscar Wilde.’
La sensibilidad de Borges se agudiza, si es que esto es posible. Hablando de otro ciego, Milton, consigue que el lector sea partícipe de ese mundo poblado de sombras: ‘Milton tiene un soneto en el que habla de su ceguera. Hay una línea que se ve que está escrita por un ciego. Cuando tiene que describir el mundo, dice: “In this dark world and wide”, “En este mundo oscuro y ancho”, que es precisamente el mundo de los ciegos cuando están solos, porque caminan buscando apoyo con las manos extendidas.’

La voz y la letra
Treinta y dos años han pasado desde que Borges dictase aquellas magníficas conferencias, en el Teatro Coliseo, de Buenos Aires. Se dice que aún entonces el nerviosismo previo su aparición en público se mantenía intacto, y solicitó una botella de buen vino. Terminando de beber su copa, la tranquilidad se posó sobre él, y comenzó a compartir con los oyentes aquello de lo que sabía hablar, aquello para lo que había vivido: libros, y las historias contenidas en los libros. Literatura.
‘La ceguera es un don. Ya he fatigado a ustedes con los dones que me dio: me dio el anglosajón, me dio parcialmente el escandinavo, me dio el conocimiento de una literatura medieval que yo habría ignorado, me dio el haber escrito varios libros, buenos o malos, pero que justifican el momento en que se escribieron. Además, el ciego se siente rodeado por el cariño de todos. La gente siempre siente buena voluntad para un ciego.’
Esto lo decía casi al final de su séptima, la última conferencia de este ciclo. Y un par de años después, trabajando con Bartholomew, se permitió afirmar, una vez que el libro estuvo listo: ‘“No está mal; me parece que sobre temas que tanto me han obsesionado, este libro es mi testamento”.
Más que el testamento de un ciego, Siete noches en su forma actual puede leerse como la guía máxima para quien se ha acercado a la obra de este magnífico y ya mítico escritor: es el mapa de su universo, en el que nosotros, lectores, también estamos insertos.


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Apostilla 6: Evangelia Apocrypha.

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