jueves, 8 de octubre de 2009

08 octubre 2009

El naranjo: dulzura que amarga

Inconstante. El volumen de cuentos que Carlos Fuentes tituló ‘El naranjo’ y que fuese publicado en 1993 como cierre de lo que el escritor llamó ‘La edad del tiempo’ es un raro espécimen dentro de la narrativa contemporánea.
Los cuentos muestran una factura desigual, engarzándose como una serie de abalorios disímiles, donde encontramos desenfado, concentración, algunas páginas felices y también la ramplonería autosuficiente de quien se sabe escritor consagrado.
No obstante, Fuentes opta por una salida difícil para cerrar un ciclo, y aunque ya había ensayado suficientemente al utilizar diversos temas históricos como razones y justificantes de distintos ejercicios literarios, este libro pareciera querer abarcarlo todo, sacrificando el aspecto estético –y literario- en pos de lo utilitario, sello artificiosamente colocado sobre la etapa que el escritor asume, está por concluir.
La Historia como un continuo formado de distintos episodios es el argumento omnipresente en los relatos, y aunque sus lecturas históricas sean principalmente opiniones propias, es imposible negar que existe un gran empeño detrás de su difícil reconstrucción de los hechos: estamos ante un sobrehumano esfuerzo de la voluntad, más que ante una libertad creadora.

Cinco temas, cinco lenguas
Abarcando la Conquista de México, los primeros años de la Colonia, el Cerco de Numancia, un viaje sexoso y superficial por los mares Pacíficos que se enfrentan a la Bahía de Acapulco, y el irreal sueño tecnológico de un paraíso nipón, Fuentes busca sostener y dar volumen a cada uno de los relatos que reunió con una fórmula estandarizada que aplicó metódicamente en cada uno de ellos: el doble punto de vista.
Los títulos incluyen esta dualidad, buscando el equilibrio. Incluso el índice muestra el difícil artilugio empleado: Las dos orillas, Las dos Numancias, Las dos Américas, son los títulos del primer, tercer y quinto cuentos.
El relato ‘de’ Jerónimo de Aguilar intenta reconstruir la confusa historia de la Conquista vista por un extranjero que termina siendo también conquistado; las rencillas de los hijos de Cortés -rasados por el común nombre de ‘Martín’- son retratos pálidos de las facciones políticas que han fraguado en las revueltas, refriegas y movimientos armados del México contemporáneo. Lo que impide al lector entrar de lleno en ese juego y aceptar las sugerencias de Fuentes es el empleo de un lenguaje inevitablemente actual, con una visión contemporánea que juzga hechos de hace quinientos años con los pies puestos en el siglo veintiuno. Y si la justificación de tal proceder pareciera ser la de que Fuentes escribe literatura y no historia, se verá que estos cuentos pretenden ser la re-escritura de la historia inclusa en su mundo literario, con las consecuencias que esto implica.
Cabe aclarar que no se trata, de ninguna manera, de cuentos o ‘novelas cortas’ históricas, la historia que da los argumentos y líneas principales de la trama desaparece bajo el peso y la presencia de ese permanente punto de vista del escritor, deleitándose en el hecho mismo de narrar lo sucedido según como se piensa que sucedió.
Lo que es admirable, y demuestra por qué Fuentes ha dotado a su obra de un sello propio, son los distintos cambios de inflexión de esa lengua actual que narra en cinco ocasiones con distintos resultados. El español mexicano es tal incluso cuando habla Cortés, o cuando Colón se enfrenta a los representantes de las transnacionales japonesas, y así visto, el más arriesgado y menos venturoso de estos relatos es ‘Apolo y las putas’: Fuentes cae en su propia trampa y escribe en un español desenfadado que busca retratar fielmente el español mexicano de algunas partes del país. El personaje principal, actor cincuentón de olvidadas películas gringas, no se decide a pensar en inglés por más que hable en inglés, su discurso termina perdido entre la conciencia irlandesa norteamericana y la tierra que le sorbe la sangre, el sudor, las ganas y el semen.

Las tentaciones
La dualidad no escapa ni siquiera en ese que pareciera ser su cuento más alejado de asuntos históricos. ‘Apolo’ busca siete prostitutas –no ‘sexo-servidoras’, sino ‘putas’ a secas- que acompañen sus andanzas, todas comandadas por una matrona que toma el timón de un velero que se adentra en altamar, sin saber exactamente hacia dónde pero firme en su determinación de mantener el mando. Son siete las que suben, la matrona no es una mujer sino el guardián asexuado que vigila ‘a las enanas’, supervisor complaciente que ofrece a las mujeres una por una, sabiendo que someterán inmediatamente al hombre que pretende poseerlas a todas. El número ocho aquí es el cubo de ese número dos resaltado con anterioridad, y los juegos sexuales que se llevan a cabo sobre la cubierta iluminada por un sol que cae a plomo sobre ellos -desenlace soñado y buscado a lo largo de una vida marcada por la mediocridad y el desencanto- a fin de cuentas nos dejan con la misma impresión que nos ha acompañado a lo largo del relato: tibieza llena de rabia, de frustrada impotencia.
El protagonista habla de su Óscar como lo único que realmente valió la pena en su vida. No pasa mucho tiempo antes de que el lector perciba que tal premio es un reconocimiento al director, y que su actuación será recordada y resguardada por las cinetecas aunque no por méritos propios, sino por el nombre del director, responsable directo de la filmación. El personaje sabe que sólo es un agregado secundario en lo que fue el momento más importante de su vida, y se resiste a aceptarlo: ‘¿Dónde está mi película italiana? Ellos tienen razón. Está en las cinetecas. Si bien le va, está en una videocasete de escasa venta. Película europea clásica en blanco y negro. Ganga: $5.45. Menos que la entrada a un cine legítimo.’
Su revancha a bordo de la nave que enloquece de sol y sal tampoco le pertenece: las mujeres se la otorgan más como un acto de compasión o conmiseración que como un regalo o presente con visos de ofrenda. ‘Con este ruco no arriesgamos nada’. Saben que cualquiera de ellas puede acabar con la virilidad de aquel hombre, a quien consideran indefenso. Y tienen razón.
Después de la muerte del personaje Fuentes no puede sustraerse a la tentación de prolongar la conciencia del mismo en un plano incorpóreo, y le da los atributos de la omnivisión divina. La principal tentación que aqueja a Fuentes termina por vencerlo. Premios, honores, hommages entre escritores, las frases insertadas como al descuido entre los relatos son clichés inconfundibles que hacen a veces muy penosa la lectura de los cuentos. En ese mismo de ‘Apolo y las putas’ escribe: ‘Acabo de leer el bestseller de García Márquez en Los Ángeles y pienso en el amor en tiempos del sida. No importa. No vine aquí a ser cauto.’ Poco después, el mismo protagonista se permite reflexionar: ‘Alburearon de lo lindo, como es la costumbre en México y en Los Ángeles, ciudades hermanas en las que el lenguaje sirve más para la defensa que para la comunicación, más para disfrazar que para revelar. El juego del albur aleja, disfraza, esconde; se trata de sacar de una palabra inocente otra palabra soez, hacer que todo tenga doble sentido y que éste, con suerte, se vuelva triple.’
¿Realmente un irlandés que piensa en inglés norteamericano puede tener una visión tan mexicana de lo que es el habla cotidiana salpimentada incesantemente con los albures?

Naranja dulce, limón partido…
Si los temas históricos y sus justificantes es lo más difícil a que se enfrentó Carlos Fuentes en ‘El naranjo’, los recursos que emplea con frecuencia rayan en lo fácil, moldes prefabricados.
Esa omnivisión que comprende la segunda mitad de ‘Apolo y las putas’ es también la omnivisión desde la que narra Jerónimo de Aguilar, reflexionando sobre la historia –su historia- con el detenimiento de un erudito académico, bien lejos de su experiencia personal. ‘Lo he visto todo. Quisiera contarlo todo. Pero mis apariciones en la historia están severamente limitadas a lo que de mí se dijo. Cincuenta y ocho veces soy mencionado por el cronista Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Lo último que se sabe de mí es que ya estaba muerto cuando Hernán Cortés, nuestro capitán, salió en su desventurada expedición a Honduras en octubre de 1524. Así lo describe el cronista y pronto se olvida de mí’.
A caballo entre el hiperrealismo, la historia y la ficción literaria, Fuentes acierta y desconcierta por igual en sus cuentos, revistiendo con su retórica el habla propia de cada personaje en cada situación, como si la única finalidad del libro fuera la de concluir rimbombantemente con la serie de trabajos entre los que destacan ‘Terra nostra’, ‘La región más transparente’ y ‘La muerte de Artemio Cruz’, ‘Cambio de piel’ y ‘Diana o la cazadora solitaria’. Utilizando un símil de teoría musical: puede cantar en distintos tonos y en distintas alturas… pero su tesitura y color siempre será los mismos.
La elección del naranjo, de la naranja que se chupa y su fusión-confusión con los pechos maternos es la vía que elige Fuentes para clausurar el volumen de cuentos. Colón recuerda –en un tono y lenguaje lamentablemente impostados- que hasta el Paraíso que buscó fue expropiado por las grandes transnacionales, que los nipones llegaron con sus políticas de trabajo en equipo obligándole a abdicar a favor del progreso, que el Paraíso, Inc. está abierto a todos y pertenece a la humanidad y la cocacola que acompaña al pollo frito son la nueva naturaleza, amorosa madre que alimenta por igual a sus hijos.
Colón firma papel tras papel, asiste a los desfiles, y al final siente el deseo de volver, regresar a España. Pisó nuevas tierras, vivió y bebió de ellas, trajo el ‘Novum Ordum’ además de animales y plantas jamás antes vistos, pero no puede disfrutar de lo que trajo, de lo que hizo, ni de lo que vivió. Decide regresar a España y sembrar nuevos naranjos: lleva con él las semillas que siempre le acompañaron.

La ciudad y el hombre
El cuento que tituló ‘Las dos Numancias’ ofrece la clave para leer el volumen completo. Exposición detallada de las razones, motivos y pretextos, opta por el discurso académico, impersonal, quizá con el deseo de disfrazar la base común de los cinco relatos que ha engarzado en su libro: ‘Me obsesiona el problema de la dualidad. Invento una teoría de la dualidad geométrica. […]Toda unidad, una vez obtenida, reclama una dualidad para prolongarse, para mantenerse.’
Empresa y aventura arriesgada -con altibajos evidentes- ‘El naranjo’ puede ser leído como un libro no que habla de temas, historias o personajes de antemano conocidos o intuidos, sino como la confesión entre líneas del escritor que revalora su obra, cómo piensa, cómo siente, ama y odia. Es la profesión y abjuración de dogmas, una voz que necesita otras voces a fin de sincerarse en medio de sus amplios monólogos.
Espectáculo del escritor perdido ante lo que es, lo que ha sido, y lo que habrá de ser, Carlos Fuentes es muchos Carlos Fuentes, y a la vez todos… y ninguno.



Xlix - 08 Octubre 2009 -El Naranjo

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