jueves, 24 de diciembre de 2009

24 diciembre 2009-07 enero 2010

Darwin : Autobiografía

Los apuntes autobiográficos que Darwin escribiera a lo largo de su vida no fueron destinados al público, sino a su familia. Algunas ediciones incluyen las observaciones de su hijo Francis Darwin –reconocido como botanista-, quien consideró conveniente suprimir algunos episodios y hacer correcciones donde los errores debidos a la pluma eran evidentes.
Con todo, la versión que comúnmente aparece publicada y editada tiene un título que sólo pudo haber sido ideado por un hombre de ciencia: ‘Recollections of the Development of my Mind and Character’ [Memorias de desarrollo de mi pensamiento y mi carácter]. Documento ameno y esclarecedor, la Autobiografía de Darwin se erige como una de las creaciones más originales y elevadas de dicho género.

Diversión, trabajo y libros
Darwin apuntó que la idea del esbozo autobiográfico no surgió de la iniciativa propia, sino como petición de cierto ‘editor alemán’ del cual no menciona el nombre. La sola idea pareció divertida al científico, quien inmediatamente advirtió el interés que podrían tener dichos apuntes para sus hijos y los hijos de sus hijos. La exigencia del editor ‘anónimo’ era que dichas notas versaran directamente sobre el pensamiento y carácter de Darwin, enfatizando el desarrollo de ambos en el transcurso de su vida.
Percibiendo el riesgo de la subjetividad en algo tan difícil como la autobiografía, el científico emprendió la tarea '... as if I were a dead man in another world looking back at my own life. Nor have I found this difficult, for life is nearly over with me. I have taken no pains about my style of writing.' La traducción de Aarón Cohen revisada por María Teresa de la Torre redacta en español como sigue: ‘[He intentado componer el relato de mí mismo que viene a continuación] como si hubiera muerto y estuviera mirando mi vida desde otro mundo. Tampoco me ha resultado difícil ya que mi vida casi se acaba. No me he tomado ninguna molestia en cuidar mi estilo literario.’
La sinceridad con la que escribe Darwin es aséptica, el tono de confidencia no admite juicios fáciles, sus notas autobiográficas son también otro más de sus trabajos e investigaciones, y el ‘estilo literario’ que no cuida al elaborarlas, es el mismo que podemos encontrar en sus obras mayores y más reconocidas.


Juegos peligrosos
Emitir un juicio sobre la validez de las notas autobiográficas de Darwin no es tarea fácil, primeramente porque están pensadas para ser leídas por la familia y en segundo lugar, porque al confesar algunos episodios de su niñez evidencia ya ciertos comportamientos que bien podrían poner en entredicho sus investigaciones posteriores, aunque se encontrasen basadas en hechos científicos irrefutables.
De los juegos de infancia rescata algunos que al lector actual obligan a cuestionarse sobre si no sería Darwin ya desde una edad temprana alguien que buscaba el reconocimiento público a cualquier costa. Escribe:
‘También puedo confesar aquí que cuando pequeño era muy dado a inventar historias falsas, y lo hacía siempre para causar admiración. Por ejemplo, en una ocasión cogí de los árboles de mi padre mucha fruta de gran valor y la escondí en los arbustos; después corrí hasta quedar sin aliento para propagar la noticia de que había encontrado un montón de fruta robada’ [I may here also confess that as a little boy I was much given to inventing deliberate falsehoods, and this was always done for the sake of causing excitement. For instance, I once gathered much valuable fruit from my Father's trees and hid them in the shrubbery, and then ran in breathless haste to spread the news that I had discovered a hoard of stolen fruit.]
La reflexión sobre las cualidades de los hombres y el peso que tuvo la educación y compañías de la infancia sobre su propio carácter y virtudes son oportunidades que aprovecha para insertar sus observaciones, espontáneas e inequívocas, que poco lugar dejan a la excusa o justificación. Escribiendo sobre una virtud específica, la compasión, reconoce el papel decisivo del ejemplo que recibiera de sus hermanas: “Puedo decir en mi favor que era un muchacho compasivo, si bien esto lo debía por completo a la instrucción y ejemplo de mis hermanas. En efecto, dudo que la humanidad sea una cualidad natural o innata.’
Será algunos años después, en la adolescencia, donde Charles entrevé la causa que le llevaría a tomar la decisión de embarcarse años más tarde: se debería a la lectura de un libro, ‘Wonders of the World’ [Maravillas del mundo], que ‘leía con frecuencia, y discutíamos con otros muchachos sobre la veracidad de algunos relatos; creo que este libro me inspiró el deseo de viajar por países remotos que se cumplió finalmente con el viaje del Beagle.’


La nariz de Darwin
El viaje en el Beagle tuvo lugar, según las notas de Darwin, del 27 de diciembre de 1831 al 2 de octubre de 1836. Fitz-Roy, el capitán, comentó a Henslow, el amigo y protector de Darwin que buscaba un joven voluntario a quien cedería parte de su camarote, quien viajaría como naturalista, aunque sin recibir paga alguna.
Darwin comentó inmediatamente a su padre la intención de aceptar la oferta, y la respuesta que recibió fue decisiva: ‘Si puedes encontrar una persona con sentido común que te aconseje ir, te daré mi consentimiento’.
Darwin echó mano de los recursos que tenía, y acudió a un tío suyo, a quien su padre consideraba una de las personas más inteligentes del mundo. El tío acompaña a Darwin y en un santiamén logra arrancarle el consentimiento.
Con todo, Darwin se da tiempo para hacernos una confesión extraña y no falta de humor, estuvo a punto de no ser admitido como naturalista a causa de la forma de su nariz:
“Al día siguiente salí para Cambridge, para ver a Henslow y de allí a Londres a entrevistarme con Fitz-Roy, y todo se arregló pronto. Más tarde, cuando ya había intimado mucho con Fitz-Roy, me dijo que había estado a punto de no ser aceptado ¡a causa de la forma de mi nariz! Él era un discípulo apasionado de Lavater y estaba convencido de que podía juzgar el carácter de un hombre por la configuración de sus facciones; y dudaba de que una persona con una nariz como la mía tuviera la energía y decisión suficientes para hacer la travesía. Pero creo que posteriormente se alegró de que mi nariz hubiera mentido.’

Correcciones, supresiones y adiciones
Actualmente, las ‘Recollections’ de Darwin cuentan con 2 ediciones principales. La anotada y expurgada por Francis Darwin y la editada y ‘restaurada’ por Nora Barlow, nieta del científico, en 1958.
La versión de Francis Darwin dejó fuera los pasajes donde Charles criticaba al cristianismo, y también los párrafos donde hablaba de temas tan espinosos como su visión personal de Dios. Esta primera versión, basada en lo que Darwin escribiera entre el 28 de mayo y el 3 de agosto de 1876 fue la que se dio a la imprenta como parte de ‘The life and letters of Charles Darwin: Including an Autobiographical Chapter’, publicada en Londres por John Murray, el año de 1887.
Sería más tarde, con ocasión de los cien años de la aparición de ‘El Origen de las Especies’ que su nieta se encargaría de tomar las Recollections, incluyendo los pasajes previamente omitidos, cuidando la edición y anotando nuevamente dicha obra, a la que incluyó también un Apéndice.
La primera versión es la que ha conocido una vida editorial más activa, frecuentemente aparece en distintas versiones, encuadernados y acomodos, y es precisamente por el tino que tuvo su hijo Francis al dejar fuera los pasajes más radicales del eminente científico que la imagen que se forma el lector sobre Darwin queda muy lejos de la figura árida del académico encerrado en su mundo, analizando y buscando razones y fundamentos de los fenómenos que estudió con ahínco, perpetuada en las fotografías donde su mirada y porte se asemejan más a la de un puritano, que a la del hombre que fue capaz de hurgar en lo más profundo de su historia, encontrando virtudes y también confesando sus más humanos, y comprensibles defectos.

Ad notanda: Darwin y la Estética

He dicho que en un aspecto mi mente ha cambiado durante los últimos veinte o treinta años. Hasta la edad de treinta, o algo más, muchos tipos de poesía, tales como las obras de Milton, Gray, Byron, Wordsworth, Coleridge y Shelley me procuraban un gran placer, e incluso cuando colegial me deleitaba intensamente con la lectura de Shakespeare, especialmente en las obras históricas. También he dicho que antaño la pintura me gustaba bastante, y la música muchísimo. Pero desde hace muchos años no tengo paciencia para leer una línea de poesía; poco tiempo atrás he intentado leer a Shakespeare y lo he encontrado tan intolerablemente pesado que me dio náuseas. También he perdido prácticamente mi afición por la pintura o la música. Por lo general, la música, en lugar de distraerme, me hace pensar demasiado activamente en aquello en lo que he estado trabajando. Conservo un cierto gusto por los bellos paisajes, pero no me causan el exquisito deleite de antaño. Por otra parte, durante años, las novelas, que son obras de la imaginación aunque de no muy alta categoría, han sido para mí un maravilloso descanso y placer, y a menudo bendigo a los novelistas. Me han leído en voz alta un número sorprendente de novelas, y me gustan todas si son medianamente buenas y no terminan mal -contra éstas debía promulgarse una ley. Para mi gusto, una novela no es de primera categoría a menos que contenga una persona que lo conquiste a uno por completo, y si es una mujer guapa, mucho mejor.
Esta curiosa y lamentable pérdida de los más elevados gustos estéticos es de lo más extraño, pues los libros de historia, biografías, viajes (independientemente de los datos científicos que puedan contener), y los ensayos sobre todo tipo de materias me siguen interesando igual que antes. Mi mente parece haberse convertido en una máquina que elabora leyes generales a partir de enormes cantidades de datos; pero lo que no puedo concebir es por qué esto ha ocasionado únicamente la atrofia de aquellas partes del cerebro de la que dependen las aficiones más elevadas. Supongo que una persona de mente mejor organizada o constituida que la mía no habría padecido esto, y si tuviera que vivir de nuevo mi vida, me impondría la obligación de leer algo de poesía y escuchar algo de música por lo menos una vez a la semana, pues tal vez de este modo se mantendría activa por el uso la parte de mi cerebro ahora atrofiada. La pérdida de estas aficiones supone una merma de felicidad y puede ser perjudicial para el intelecto, y más probablemente para el carácter moral, pues debilita el lado emotivo de nuestra naturaleza.
Charles Darwin, 'Autobiografia'. Alianza Cien. pp. 85-87. Madrid, 1993.


Lx Lll [a II No x] - 24 Diciembre 2009 - Darwin - Autobiografia

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jueves, 17 de diciembre de 2009

17 diciembre 2009

Batirse a duelo en México

Entre los títulos admirables de la bibliografía mexicana de principios del siglo XX sobresale el del libro escrito por Ángel Escudero, Maestro de Armas, publicado en 1936: “El duelo en México. Recopilación de los desafíos habidos en nuestra República, precedidos de la Historia de la esgrima en México y de los duelos más famosos verificados en el mundo desde los juicios de Dios hasta nuestros días.’
Prologó dicha obra ni más ni menos que don Artemio de Valle-Arizpe, quien comienza a su vez la introducción con estas notables y curiosas palabras:
“Yo soy un pequeño burgués. Tengo hábitos pacíficos; vida sedentaria es la mía. No sueño realizar grandes empresas. Envidio y admiro por su audacia a los que las acometen, aunque fracasen. No tengo -¡qué bueno!, ¡qué lástima!- ese fuego de ansiedad delirante que quema a otros. Una vida mansa que va por cauces serenos. Vienen las penas a tocar a mi puerta y les abro. Yo soy un pequeño burgués que sonríe ante la vida.”
Mas don Artemio da poco lugar para que el lector se forme un juicio simple sobre el libro que está por leer, las palabras finales de su prólogo son una invitación dedicada, con toda intención, al posible futuro lector:
“Es este don Ángel un ágil maestro de armas y sabe enseñar a la perfección su manejo al que lo quiera aprender. Dicen que saca excelentes discípulos. Yo lo quiero y lo respeto. Lo quiero por su siempre inalterable afabilidad; lo respeto porque tiene el alma pura, limpia, y, además, ¿quién no va a respetar a un señor, aunque sea de ánimo pacífico, que sabe tan hábilmente manejar una espada, y disparar con gran tino una pistola?’
El uso elegante, fino y perfecto de las armas también es un arte.

Los juicios de Dios
Contradiciendo lo que cualquiera pudiera pensar, Escudero aclara en la primera página de su libro: ‘El duelo, tal como se ha realizado siempre, es una institución cristiana que tuvo un origen germánico. Entre esas hordas bárbaras que conquistaron la Galia y parte de la Europa durante el siglo V, el duelo se efectuaba públicamente y terminaba siempre con la muerte de uno de los adversarios. Es a esos conglomerados de los que descienden las sociedades modernas, a quienes se debe la institución del duelo, que fue tomando distintas fases hasta llegar a ser lo que es en la actualidad.’
Con este precedente ya puede el lector comprender la razón de existir de algo que se llamó en su tiempo, ‘el juicio de Dios’.
La parte de suerte que siempre intervino en tales situaciones llevó a la superstición más acentuada, que aparecía de buenas a primeras en cualquier encuentro de armas, cuando los caballeros y los asistentes a los duelos pretendían que aquel que resultaba triunfador, tenía automáticamente la razón y el favor de Dios de su lado. Es decir, la victoria legitimaba el uso de la violencia, y también la muerte del adversario.
Tal sentimiento llegó a fraguar en la forma de un estatuto de la llamada ‘Ley Gombette’, establecida por Gondebaldo, rey de los burguiñones. La justificación de tal código la explicita Escudero citando: “Es para que nuestros súbditos no juren sobre hechos oscuros ni perjuren sobre hechos ciertos”.
¿En que consistía tal uso?
Someramente añade Escudero: “Al entrar a la liza el caballero pronunciaba las siguientes palabras, que constituían un verdadero juramento: Me voici pret avec l’Evangile d’une main, et l’épée de l’autre.” [Me presento aquí con el Evangelio en una mano, y la espada en la otra.]
La seriedad de tales lances llegaba al grado de contar directamente con la aprobación o la negación de los reyes. Escudero trae a cuento el caso de dos súbditos que no pudieron batirse bajo el reinado de Francisco I, y que aguardaron la muerte del monarca para, bajo el reinado de Enrique II –marido de Catalina de Médicis- conseguir el permiso correspondiente, tales fueron Guy Crabot y Francisco de Vibonne.
Apreciada la pelea por asistentes y la realeza reunida con tal ocasión, el desenlace no podía ser otro: ‘Este duelo se verificó ante el rey y toda su corte, y mientras el caballero de Chasteigneraye gemía tirado en el suelo herido de muerte, el caballero de Jarnac era llamado por el rey y abrazado por él, recibía como elogio las siguientes palabras que se referían a cómo había luchado y al juramento que presó antes de hacerlo: Habéis combatido como un césar y hablado como un Aristóteles’.

De Europa a México
Escudero va relatando cada uno de los hechos de armas que pueden documentarse en crónicas y diarios personales, aumentando la galería de hombres notables que estuvieron, directa o indirectamente, relacionados con algún duelo importante. Como rareza Escudero anota por lo menos dos célebres duelos llevados a cabo… por damas.
En uno de ellos, el amor y favor del duque de Richelieu fueron los causantes, y es el mismo duque quien lo relata en sus memorias: ‘Se publicó que la señora de Polignac y la señora de Nesle se habían batido a duelo a pistola en el Bosque de Boloña, lugar en que se citaron para ver con quién de ellas me quedaría si no resultaban muertas las dos.’
Esta es la oportunidad que tiene Escudero para comenzar a hablar del tema central de su libro, insertando su breve Historia de la Esgrima en México. Sin perder la tónica europea, nos hace saber que ‘El primer maestro que hubo en México a principios del siglo pasado, fue el señor Pun Salán Zapata, filipino que estudió en Europa.’ Escudero no va mucho más atrás por la imposibilidad de hacerlo, no por la falta de intención. En sus manos tuvo un tratado que obsequió a su discípulo el general Calixto Ramírez Garrido, donde encontró que en la forma española de enseñar la ‘espada mixta’ se trazaban una serie de círculos en el piso cruzados con una serie de líneas, cuyo uso Escudero no pudo entrever ni adivinar. ‘Nunca pude entender las complicadas explicaciones del librito en cuestión, que para mí resultaban jeroglíficos chinos.’
Haciendo repaso de los duelistas y los distintos encuentros habidos en la historia de nuestro país, la lista de Escudero es a la par que curiosa, muy esclarecedora. Encontramos un par de veces mencionado a Miguel Miramón, quien se batió en duelo contra Manuel Puga y Acal y Louis Cassier respectivamente.
Otro personaje ilustre del duelo, con una lista impresionante de encuentros es Salvador Díaz Mirón, quien se batió contra Martín López, Leandro Llada, Vidal de Castañeda y Nájera, Francisco de Landero y Cos, Federico Wolter, Juan Chapital, Antonio F. Escobar, y Manuel María Migoni.
Quizá entre los nombres más inesperados de la lista se encuentra el de Manuel Gutiérrez Nájera.

El duelo del Duque Job
Cuenta Escudero que la razón del duelo entre Gutiérrez Nájera y Gonzalo A. Esteva se debió a diferencias de criterio. Cuál fuera el asunto, es algo que no nos dice.
Era Gonzalo diestro en el manejo de las armas, de tal suerte que todos temían por la vida del poeta, y pretendían que el duelo se llevase a cabo ‘a la primera arma’, esto es, dando una sola ocasión para que el ofendido resultara desagraviado, y buscando que el poeta, en este caso, recibiese como máximo algún rozón y se finiquitara el asunto.
Los padrinos respondieron que no, jamás permitirían por la honra de Gonzalo que el asunto se saldase dándole un papel ‘triste y humillante’. Lamentablemente Escudero no ahonda en las ‘componendas’ de tal asunto, y cuáles habrán sido los estira y afloja de tal encuentro, sólo nos comenta que se acordó por parte de los cuatro padrinos que los duelistas se dispararan un tiro a veinte pasos de distancia.
Ángel Escudero nos confiesa que en su juventud leyó las publicaciones de Manuel: ‘Yo fui un admirador loco del Duque Job y lo sigo y lo seguiré siendo.’
No es de extrañar, por tanto, que termine de escribir este episodio alabando la suerte del poeta, y haciendo honores a su figura finísima: ‘En estas condiciones se verificó el desafío sin resultados y el eximio poeta recibió el espaldarazo del duelo con la misma indiferencia con que agitaba la rubia champaña con un palillo de dientes para hacerle perder parte de su ácido carbónico’.

Otro México, otro tiempo
Si no bastara con la combinación sola de De Valle-Arizpe y Escudero para obligar la lectura, tenemos un tema poco abordado en la historia nacional, y que difícilmente podría haber sido estudiado por una persona más idónea que el Maestro de Armas Ángel Escudero. El México de los hombres de honor, de la sangre que lo lava todo y lo compensa todo, aparece en las páginas de su libro con un encanto y delicia que más parece que leemos una novela de finales del siglo XIX que un libro escrito con documentación en mano: los lugares, circunstancias y fechas son tan exactos, que el libro puede ser leído como una monografía seria y académica, sin perder un ápice de frescura.

Ad notanda

El honor de los hombres de México es el tema principal del libro escrito por Ángel Escudero. Y un claro ejemplo que nos muestra la hondura y seriedad de este libro es la cita puntual y exacta de sucesos hoy olvidados en la intrincada historia nacional del siglo XIX.
Relatando el duelo habido entre los coroneles Adolfo Garza y Enrique Mejía se detiene explicando el origen de Enrique, sirviéndose de alguna página de Manuel Payno. Transcribiendo textualmente uno de los párrafos memorables que se encuentran en este episodio puede leerse:
Del coronel Mejía diré lo propio. Apenas puedo anotar aquí que era hijo de aquel famoso general federalista José Antonio, del mismo apellido, rival y enemigo personal de Santa Anna, a quien éste mandó fusilar tras de la acción librada en la hacienda La Blanca, cerca de Acajete, al día siguiente de ella, o sea el 3 de mayo de 1839.
José Antonio Mejía fue ejecutado a las ocho y media de la noche. Refiere el historiador Manuel Payno que, cuando comunicaron a Mejía su sentencia de muerte, preguntó:
‘-¿Cuándo debo ser fusilado?
'-Dentro de tres horas -contestó el oficial.-
'-Si Santa Anna hubiera caído en mi poder -respondía con perfecta serenidad- le habría yo concedido tres minutos...'
Mejía -sigue diciendo Payno- era hombre notable por su valor, que rayaba en arrojo y temeridad; de carácter abierto y franco, como todos los hombres verdaderamente valientes, y de felices inspiraciones militares.
Se dice que ‘el hubiera no existe’, aunque nadie ha dicho que no podamos embelesarnos en las posibilidades que ofrece una historia ficticia y alterna: el registro de los hechos históricos, escritos y descritos por los vencedores nos hace olvidar que la parte vencida algunas veces encierra más honor, fiereza y temple que la parte vencedora y su ‘historia oficial’.
Un librito de fácil lectura y no obstante profunda erudición y conocimiento, rescata parte de esa Historia del Honor de los hombres de un México que hoy nos parece, lamentablemente, irreal e increíble.


P. S.: el título original de esta edición era, lisa y llanamente: 'El duelo en México'. Simitrio Quezada sugirió modificarlo, y tuvo razón y tino al hacerlo: suena mucho mejor, y es mucho más exacto. De nueva cuenta, mil gracias.






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jueves, 10 de diciembre de 2009

10 diciembre 2009

Description de l'horloge astronomique de la cathédrale de Strasbourg


Admiración, respeto y una profunda comprensión de mecanismos, alegorías e historia, es lo que despliega Alfred Ungerer en su libro cuya tercera edición vio la luz en 1919. Más que reducirse tan sólo al asunto indicado en su título -Descripción del horologio astronómico de la catedral de Estrasburgo- el autor se detiene en los detalles que considera necesarios para que el espectador tenga una idea muy clara de lo que está viendo, y cómo ha de ver dicho horologio.

Fabricant d'horloges
Alfred Ungerer [1861-1933] fue ampliamente reconocido como industrial y fabricante de relojes para edificios. Sería su hijo Théodore quien continuaría con el oficio, aunque después de él no existan noticias sobre el destino de la familia. La fecha –siquiera el año- exacta del nacimiento de Thédore es desconocida, aunque se sabe que falleció en 1935, dos años después que su padre.
En el frontispicio de la Description puede leerse, inmediatamente después del nombre del autor, el título que ostenta orgullosamente: Fabricant d’horloges.
Horologio, o ‘reloj’ es todo mecanismo que sirve para indicar –en forma lata- el paso del tiempo. Esto implica que no necesariamente está diseñado para marcar el paso de las horas, aunque en tiempos modernos este sea el uso más general y común que se le da.
Los distintos tipos de horologios se establecen en función de su mecanismo, así puede hablarse por ejemplo, de relojes de péndulo, de cuarzo, astronómicos, atómicos, binarios, cronómetros, incluso de relojes de pulso.
La construcción y uso de relojes es muy antigua, algunos de los primeros documentados aparecieron en China en el 3er. Milenio antes de Cristo y constaban de una vara enclavada en un lugar cualquiera, donde se advertía el alargamiento de las sombras e inclinación del sol. Algunos conjuntos monumentales como Stonehenge se sabe que son relojes solares con una precisión asombrosa.
En el caso que nos ocupa -el horologio de Estrasburgo- Ungerer comienza por dar una breve reseña de la historia de la aparición documentada de los primeros horologios fabricados en el siglo XIV, dejando en evidencia cuánto debieron los primeros relojes a la vanidad de hombres, y de pueblos enteros.

Las rivalidades
Amena e interesante, la introducción que hace Ungerer a su libro merece por lo menos la transcripción intacta de los primeros párrafos, una historia de vanidades, rivalidades y también de ingenio y aprecio por las obras más excelsas de fabricación humana:

Lorsqu'en 1344, après 16 ans de travail, Jacques de Dondis eut placé sur la tour du palais des seigneurs de Padoue sa célèbre horloge astronomique, une des premières de ce genre mue par des poids, sa gloire retentit jusqu'au delà des Alpes; bientôt les princes et les villes les plus importantes de l'Europe songèrent à rivaliser avec la cité de Lombardie, et ce fut alors que la ville de Strasbourg réussit à engager un artiste étranger (on ignore son nom) qui inventa un mécanisme si admirable et si ingénieux, qu'il effaça la réputation de l'horloge italienne et fut classé parmi les merveilles du monde.

L'horloger inconnu commença son œuvre en 1352 et la termina 2 ans plus tard. Son horloge, destinée à être placée dans la cathédrale, y fut logée dans le transept méridional, qui venait d’être achevé. Quelques consoles en pierre, encastrées dans la maçonnerie du mur opposé à I’horloge actuelle, en attestent l'ancien emplacement.

“Cuando Jacques de Dondis colocó en la torre del palacio señorial de Padua el famoso reloj astronómico -impulsado por pesas y uno de los primeros en su tipo- en 1344, tras dieciséis años de trabajo, saltó a la fama más allá de los Alpes y pronto los príncipes y las ciudades más importantes de Europa sopesaron seriamente la posibilidad de competir con la ciudad de Lombardía, y fue entonces la ciudad de Estrasburgo la única capaz de contratar a un artista extranjero -de nombre desconocido-, quien inventó el mecanismo ingenioso y admirable que eclipsó la reputación del reloj italiano, colocándose entre las maravillas del mundo.
Este relojero desconocido comenzó su trabajo en 1352 y lo terminó 2 años después. Su reloj fue diseñado para colocarse en la Catedral, aunque se instaló temporalmente en el pasaje sur que recién había sido terminado. Algunos bloques de piedra empotrados en la pared de mampostería opuesta a la ubicación actual del Horologio indican su emplazamiento anterior.”

El tiempo del mundo
Pensados como parte importantísima de edificios públicos, estos horologios no se limitaban a la indicación de los distintos intervalos que conformaban el día secular. Los distintos niveles brindaban al espectador una imagen inmediata tanto de la ubicación de las constelaciones, el curso de las estaciones, las fiestas sagradas más importantes –como la celebración de la Pascua- y también proporcionaban información detallada sobre el estado de las constelaciones estelares que eran de gran ayuda para la elaboración de horóscopos y cartas astrales.
Entre los distintos elementos mecánicos que incluye el horologio y visibles hoy día, se encuentran móviles con las figuras simbólicas de los siete días de la semana, la salida y la puesta del sol, un globo celeste para indicar el tiempo sideral, un planetario, un globo lunar, un calendario civil, un calendario eclesiástico, y por si esto fuera poco, también se encuentra en el horologio una imagen de la Muerte, y una imagen del Cristo y sus Doce Apóstoles.
El mundo con sus distintos movimientos se despliega ante los ojos entrenados con una claridad apabullante, permitiendo al hombre tomar precauciones ya que el horologio facilitaba, de un solo vistazo, saber el vencimiento de plazos comerciales, y al espectador piadoso recordar la prometida existencia de una vida después de la tumba, acuciado por los retablos que también se encuentran empotrados en esa fábrica magnífica: la Creación del mundo, la Resurrección de los muertos, el Cristo juzgando al mundo, el Juicio Final, el Pecado y el Vicio, la Inocencia, un retrato de Schwilgué, otro de Copérnico y otro de Urania.

Schwilgué
La fabricación del actual reloj astronómico de la Catedral de Estrasburgo se debió a Jean-Baptiste Schwilgué [1776-1856] quien lo construyó con la ayuda de su hijo Charles, entre los años 1838 y 1843, aunque el reloj indica el año de 1842. La pericia de padre e hijo queda manifiesta cuando se constata que en 1844 ambos patentaron una máquina calculadora que utilizaba llaves, considerada como la segunda de su tipo a nivel mundial, precedida sólo por la de Luigi Torchi.
Este invento le ha valido a Jean-Baptiste un lugar en la amplia galería de personajes ilustres que preconizaron la construcción de las actuales computadoras y equipos de cálculo.
Ungerer relata en un vivo párrafo de su Descripción la magnitud que adquirió el hecho de poner en funcionamiento semejante reloj astronómico:

Les études en détail, la confection des dessins et l'exécution des mécanismes durèrent quatre années, de sorte que l'horloge put fonctionner pour la première fois le 2 octobre 1842, à l'occasion de la 10ème session du Congrès scientifique de France, qui eut lieu à Strasbourg; l'horloge fut définitivement mise en marche à l'heure de minuit du 31 décembre 1842. Pour honorer dignement l'éminent inventeur, la ville et de nombreuses corporations de métiers et autres délégations organisèrent une fête de nuit avec cortège aux flambeaux, à l'occasion de laquelle Schvvilgué fut brillamment fêté par la bourgeoisie de Strasbourg.

‘Los estudios al detalle, la elaboración de diseños y la fabricación de los mecanismos duró cuatro años, de suerte que el horologio pudo funcionar por primera vez el 2 de octubre de 1842, en ocasión de la Décima sesión del Congreso Científico de Francia, que tuvo lugar en Estrasburgo; dicho horologio fue definitivamente puesto en marcha a la medianoche del 31 de diciembre de 1842. Para honrar dignamente al eminente inventor, la ciudad y numerosos gremios y delegaciones organizaron una fiesta nocturna con una procesión de antorchas, ocasión en la que Schwilgué fue brillantemente festejado por la burguesía se Estrasburgo.’
La Descripción de Ungerer, con sus 30 páginas y sus grabados maravillosos, consiguieron preservar al mundo la historia compendiada de una de las fabricaciones más excelsas del ingenio humano, fraguada en una época donde el hombre de ciencia elaboraba utensilios a favor del hombre común, y donde a dichos hombres de ciencia se les celebraba otorgándoles el reconocimiento y dignidad que bien merecían.

Ad notanda

Agustín, el Obispo de Hipona, dejó en sus Confesiones una declaración que a los hombres actuales -mil seiscientos años después- sigue siendo familiar e innegable:

“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo decir que existe éste, cuya causa o razón deja de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser?”

En un breve pero sustancioso ensayo publicado en los ‘Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, núm. 7’ de la Ed. Univ. Complutense de Madrid, Gemma Muñoz-Alonso López expone las razones por las cuales la ‘Ciudad de Dios’ es a la vez que una filosofía-teología, también la solución a la concepción pagana de una historia cíclica:
“La radical originalidad de la Ciudad de Dios, en cuanto justificación de su historia y su sentido, sería incomprensible sin la previa justificación y sentido de la superación de la noción de tiempo cíclico y movimiento eterno de los griegos. Nos encontramos así con dos de los conceptos nucleares que cambiarán el rumbo de la concepción de la ‘historia’ en el mundo occidental: la creación y el tiempo en el universo cristiano.’
Esta observación no es gratuita, en el mismo ensayo encontramos a un Agustín que en su afán de encontrar un sentido a la historia, termina resaltando la Sempiterna Sabiduría del Creador y la efímera vida del hombre. Muñoz-Alonso López añade:
“Desde estas consideraciones san Agustín se enfrenta a la problemática de una medición del tiempo, pues ha de ser medido 'cuando pasa', en el instante indivisible e inextenso del presente. El tiempo, entonces, 'va de lo que aún no es, pasa por lo que carece de espacio y va a lo que ya no es'. El tiempo histórico, el tiempo 'integral' como lo llama J. Guitton, es, pues, casi inaprehensible, aunque sea el eje sobre el cual gira la historia universal.”
La visión plural de los hombres permitió que Agustín se cuestionara sobre el sentido último de la historia y de la vida y el tiempo humanos, mientras esas mismas preocupaciones –cómo medir el paso del tiempo- levantaron obras magníficas, el Horologio de Estrasburgo entre ellas. El elemento divino embebido en el hombre le hace a la vez advertir su pequeñez, y festejar la grandeza de un intelecto que nos ha sido misteriosamente dado en préstamo.





LVIII LLL [a II No VIII] - 10 DICIEMBRE 2009 - Description de l'Horloge Astronomique
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jueves, 3 de diciembre de 2009

03 diciembre 2009

La muerte y la brújula

Además de tener en común el lugar geográfico donde se desarrollan ambas historias, ‘La muerte y la brújula’ y ‘El sur’ comparten otra circunstancia: el intento de suicidio que Borges no llegó a realizar.
En el mes de febrero de 1935 el entonces joven Borges compra un revólver, y dirige sus pasos hacia el hotel ‘Las Delicias de Adrogué’, donde su familia solía veranear continuamente.
Sólo es posible hacernos una idea de la angustia que terminó imponiéndose a la voluntad por medio de los cuentos en los que relata de una manera transfigurada su intento fallido, y los pensamientos sombríos que rodean dicho momento de su vida.

Los suicidios
Entre los leitmotivs de la obra de Borges que son ampliamente conocidos destacan los libros, espejos, laberintos, sueños, el infinito, la eternidad, el doble y/o ‘el otro’.
El suicidio como tal, parece permutado: es una decisión que sigue tomándose por deseo propio, pero que busca su ejecución a través del otro. El autor intelectual del crimen es también la víctima del crimen. Ejemplo de ello lo encontramos en los cuentos ‘Tema del traidor y el héroe’, ‘Abejacán el bojarí muerto en su laberinto’, y también en ‘La muerte y la brújula’. Sus personajes principales saben que marchan a una muerte segura, desenlace forzoso de una historia enigmáticamente predeterminada desde tiempos inmemoriales.

Policías y bibliotecarios
El cuento policíaco sirvió a Borges como una herramienta insuperable para la experimentación y la exploración argumental. Sus reflexiones científicas, metafísicas, filosóficas, teológicas e incluso antropológicas se embebieron en los textos con tanta naturalidad que incluso aquellos libros inventados y jamás escritos terminan por tener una presencia –y consistencia intelectual- tan fuerte como los volúmenes impresos en papel que conforman cualquier biblioteca.
La razón de esto puede encontrarse en el caso mismo de Borges.
El 12 de septiembre de 1933 apareció el primer número de la ‘Revista Multicolor’ del diario ‘Crítica’ que se entregaba los sábados junto con el periódico y que recién Borges comenzaba a dirigir. Natalio Félix Botana, el director del diario deseaba que sus periodistas fueran ‘cultos’, y se encargó de agrupar a algunos de los intelectuales más notables del momento, entre ellos Roberto Arlt, Carlos Mastronardi y Pablo Rojas Paz.
Exigió también a los colaboradores que entregaran un artículo cada quince días, oportunidad que dio a Borges la posibilidad de publicar algunos de sus primeros cuentos, críticas de libros y algunas traducciones de sus autores favoritos.
El trato constante con colaboradores, periodistas, y el mundillo editorial de los diarios permitió a Borges conocer y practicar la nota periodística, exigiéndole además el mantener un alto y constante nivel de calidad en los textos que escribiera en ese entonces.

El tiempo y el laberinto
En los primeros párrafos del cuento se lee una referencia esclarecedora: ‘la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia) su noveno atributo, la eternidad -es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el universo.'
La afirmación de la eternidad aparentemente lleva a la invalidación de los laberintos: todo laberinto será resuelto tarde que temprano, siempre y cuando el plazo de tiempo de que se disponga para solucionarlo sea infinito.
Es en este momento donde Borges encuentra en la concepción del tiempo según Hume el punto de partida de lo que serían algunos de sus cuentos más memorables: no se trata de un todo continuo sino de una sucesión de instantes.
Las implicaciones de esto causan vértigo, cada hombre sería muchos hombres, la personalidad surgiría como la suma de una cantidad indefinida de sucesos determinados y la conciencia humana como tal se hermanaría -hasta el punto de confundirse- con la memoria.
Teóricamente la posibilidad de que exista un laberinto sin solución o laberintos lineales donde no existan recovecos ni caprichosos giros, fragua en la escritura de un cuento que es también un laberinto, y un mapa y una explicación del mundo.

De docta ignorantia
Erik Lönnrot, uno de los protagonistas, comienza educándose: Treviranus –el comandante de Erik- llama ‘mamotretos’ a los libros que el asesinado Yarmolinsky escribiera, por lo que se cierra a todo intento de comprensión. Sus motivos son claros: le interesa atrapar al asesino, y nada más.
Lönnrot aventaja a Treviranus ya que desea comprender los motivos que tuvo el asesino, y presiente que encontrar las causas de esos motivos es de alguna forma encontrar los efectos consiguientes, situación que teóricamente le permitiría adelantarse al asesino y sus planes.
No obstante, Scharlach también debe instruirse y al igual que su cazador, ha de conocer los terrenos sobre los que ha de desarrollarse su destino compartido:
‘A los diez días yo supe por la Yidische Zeitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto habían llegado a cometer sacrificios humanos… Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim había sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.’
Por más que Borges dijera por boca del redactor de la Yidische Zeitung –miope, ateo y muy tímido- que el cristianismo es otra de las supersticiones judías, vemos que el conocimiento y uso de la tradición judeo-cristiana le sirvieron bastante bien al escritor argentino para la escritura de este cuento, matemáticamente perfecto.

Los desenlaces
La facultad que permite a una brújula ser útil en un laberinto tiene que ver directamente con la elaboración netamente humana de los mapas, entendiendo por ‘mapa’ la representación estilizada, simbólica e inmediata de una región geográfica que puede ser tan pequeña como una habitación o tan extensa e intrincada como un país y sus diferentes distritos o demarcaciones.
La brújula que aparece en el cuento se transforma en trampolín desde donde la apreciación meramente espacio-temporal de ciertas circunstancias cede invariablemente ante la convicción de que algo ya predeterminado en la eternidad seguirá realizándose sempiterna e invariablemente, la brújula que se utiliza continúa señalando un obsoleto norte geográfico y su principal virtud es la de permitir el despliegue de una multiplicación de direcciones que convergen en otro punto, aquel que sólo Lönnrot puede desentrañar, ya que ambos poseen las mismas claves de los asesinatos misteriosos. El último laberinto, el más estilizado de todos, resulta ser una línea: nuestra guía es entonces la matemática, sublimación de los conceptos humanos, y ya no la aguja de la brújula.
‘…Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.’
Lönnrot experimenta una súbita y escalofriante revelación: el juego de Scharlach era artificioso y elaborado, la solución y vía alterna que él mismo propone es más simple, aunque el resultado seguirá siendo el mismo: morir a manos de Scharlach. Sólo entonces sabe que el papel predestinado de Scharlach es el de ser su ejecutor, y a él le corresponde seguir siendo ejecutado, in saecula saeculorum.
El postulado de Borges que considera la vida del hombre como un fenómeno biológico que terminará inexorable y sempiternamente en la muerte, tiene en la aguja metálica de la brújula un símil difícilmente refutable: de la misma forma que in aeternum la brújula -al menos en esta tierra y en este tiempo- siempre apuntará hacia el norte, el hombre buscará realizar su destino… cuando es el destino mismo el que se encarga de moldear al hombre.

Ad notanda

Martín Gardiner, en un artículo publicado en su libro ‘Nuevos rompecabezas mentales’ -México, 1991- rescata un método práctico para la resolución de laberintos, propuesto ya en 1882 por Edouard Lucas. Citando literalmente, su opinión es la siguiente:
‘¿Existe un procedimiento mecánico -un algoritmo, para usar un término matemático- que solucione los laberintos, incluyendo los que están conectados en forma múltiple, con circuitos cerrados que rodean la meta? Lo hay, y su mejor formulación se da en el libro de Edouard Lucas "Recréations mathématiques" (volumen 1, 1882). Conforme camina a través de un laberinto, dibuje una línea en un costado del camino, digamos a la derecha. Cuando llegue a una nueva unión de caminos, tome el que desee. Si al caminar a lo largo de un sendero, regresa a una unión que previamente ha visitado, o llega a un callejón sin salida, dé la vuelta y regrese por donde llegó. Si al caminar a lo largo de un camino anterior, ya recorrido (un camino marcado sobre la izquierda), llega a una unión ya visitada, tome un nuevo camino, si uno está disponible; de otra manera tome uno de los viejos caminos. Nunca entre a un camino que esté marcado por ambos lados.’
Evidentemente, nos encontramos retrasados respecto a los laberintos casi metafísicos que propone Borges. La topología clásica permite a Lucas, en la página 46 de su libro, afirmar:
“Cela posé, nous allons démontrer que ce point mobile peut décrire successivement toutes les lignes du réseau, sans saut brusque, et sans passer plus de deux fois sur chacune d'elles. En d'autres termes, un labyrinthe n'est jamais inextricable.” [Sopesando esto, vamos a demostrar que un punto móvil puede describir sucesivamente todas las líneas de una red sin saltos bruscos, y sin pasar más de dos veces sobre cada una. En otras palabras, un laberinto jamás es inextricable.]
Hoy sabemos, gracias a Borges, que el laberinto, el espejo y los sueños, sólo son algunas representaciones, moldes o formas que poseemos los hombres para intentar aprehender el sentido último de esa palabra curiosa: inextricable.




LVII LLL [A II No VII] - 03 DICIEMBRE 2009 - La muerte y la brújula
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