jueves, 25 de junio de 2009

25 junio 2009

Ciencia, literatura y música

Barriles de petróleo y fábula
En 1990 apareció el álbum ‘En attendant Cousteau’ [Esperando a Cousteau] de Jean-Michel Jarre. Considerado como un representante avant-garde de la música electrónica, formó parte del Groupe de Recherche de Musique Concrète fundado en 1951 por Pierre Schaeffer, con quien trabajó a mediados de los sesenta. A principios de los noventa viajó por diferentes islas caribeñas, hasta encontrar una donde los marines norteamericanos dejaran una herencia por demás desagradable, y nada acorde con los movimientos medioambientalistas que en ese entonces comenzarían a cobrar dimensiones globales: doscientos contenedores de hidrocarburo vacíos, a la orilla de la playa. Nadie tenía los medios de reciclar, retirar, mover siquiera esos tambos metálicos; lo que tenían los habitantes de la isla era sólo el ritmo. La música en la sangre.
Jarre emprende un proyecto que sólo le ocupó 4 meses orquestar, diseñar, y llevar hasta los estudios de grabación: ‘Calypso’. Los habitantes de la isla cortaron los contenedores de petróleo, los pulieron, abrillantaron, y habilitaron como enormes tambores, dando un concierto sobre una plataforma a los espectadores congregados en la orilla de la playa.
El nombre de Calypso dado a la pieza principal del álbum tiene una triple justificación: es el nombre de la nereida que mantuviera preso a Ulysses u Odysseus, también es el nombre que la tradición ha dado a la isla mediterránea donde se supone habría tenido lugar el cautiverio del héroe homérico, así como el nombre dado a un género musical netamente antillano, popular en Jamaica y Trinidad y Tobago. Un solo nombre en manos de Jarre fue capaz de congregar tradición literaria, tradición musical y tradición geográfica con la música electrónica y los efectos ocasionalmente devastadores del crecimiento económico y los avances científicos, representado en aquellos tambores metálicos, contenedores de petróleo vacíos.

Ciencia, Literatura y Música
Los orígenes de la literatura científica se confunden con la narrativa y la poética. Las teogonías griegas proponen explicaciones de fenómenos cotidianamente observables por los hombres, echando mano del verso –con fines eminentemente pedagógicos- y figuras literarias bien definidas: apenas el hombre comienza a escribir aquello que es capaz de hablar, aparece la metáfora, el oxímoron, o la sinestesia. En el Medioevo el panorama no era muy distinto, el Trivium y el Quadrivium son herencia de aquellos modelos pedagógicos: antes de ‘pensar correctamente’ el estudiante debía aprender a ‘escribir correctamente’. Y el desarrollo científico tardó aún varios siglos antes de sufrir el divorcio forzado de la literatura; Newton y Leibniz aún escribieron en un latín culto y para cultos, con la intención de agradar tanto al intelecto como al buen gusto de sus interlocutores. Al poco tiempo de la emancipación lingüística respecto del latín en el siglo XIX, se comienza a llevar a cabo la separación total de lo que será la narrativa de la ciencia propiamente dicha. El saber científico adquirió tales niveles de especialización y abstracción, que los hombres capaces de entenderlo eran minoría, y aunque los libros escritos a raíz de determinadas investigaciones o descubrimientos científicos seguían teniendo tiradas de un par de centenares de ejemplares, los hombres capaces de entenderlos rara vez superaban un par de decenas.
Así, el científico se vio obligado a escribir sus descubrimientos en libros donde comenzaba por expurgar cualquier tipo de afectación retórica, mientras los escritores literarios miraban con recelo cualquier asunto que tuviera como base el avance científico, sus abstracciones, predicciones y problemas, considerando a la ciencia alejada de la vida del hombre común y corriente, a quien pretendían bosquejar en sus distintas obras. Para retratar el alcance de estas disquisiciones, basta con recordar al filósofo español Ortega y Gasset, quien retrocede aterrorizado ante la figura de ese científico que inmola su vida por descubrir el punto o la coma que cambiará el sentido de una ecuación, o la detección de un error mínimo en la obra de alguno de sus predecesores: ‘La máxima especialización equivale a la máxima incultura’ escribió. La especialización científica se confunde con la barbarie más abyecta.

Libros, matemáticas y música
‘The Two Cultures and the Scientific Revolution’ es el título del libro que apareció en 1959 donde Charles Percy Snow advertía sobre los peligros de esa incomunicación o divorcio voluntario entre las humanidades y la ciencia. Dicho libro tiene su origen en la conferencia que el mismo Snow dictara el 7 de mayo de ese año en Cambridge. Snow hablaba con ‘conocimiento de causa’, científico él mismo y novelista de éxito, podía alternar entre ambos grupos y advertir claramente los riesgos de esas rencillas y desencuentros constantes. Y no solamente en terrenos de la ciencia y la literatura, o la ciencia y las humanidades en general se dio este distanciamiento, el campo de la música también tuvo sus altibajos, y alguien que con su obra acercó al gran público a la ciencia matemática fue el músico griego Iannis Xenakis.
Nacido en 1922 le tocó participar activamente en la Segunda Gran Guerra, perdiendo un ojo y sufriendo severas lesiones en el rostro, al explotar un obús cerca de él. No obstante, a los treinta años comienza su estudio formal de composición musical, de la mano de Messiaen. Antes hizo el intento de estudiar con Honegger y Milhaud, mas dichos intentos no fructificaron. Su primera gran obra sinfónica, ‘Metastasis’ sirvió para establecer su punto de vista sobre la escuela ‘serialista’ y la superación del serialismo como una forma de composición ‘de avanzada’. Su argumento era simple: al contrapunto más delicado y detallado -formalmente correcto- de la tradición musical más clásica y conservadora puede destruírsele por medio de la multiplicación. Si pensamos en un cuarteto de cuerdas interpretando ‘El arte de la fuga’ de Bach escucharemos cada instrumento y el desarrollo musical de los temas compuestos por Johann Sebastian muy claramente. Si pensamos en ‘El arte de la fuga’ como una interpretación donde se añadiera cuarteto tras cuarteto con los mismos intervalos de tiempo de desfase [según los procedimientos serialistas más canónicos], bastarán un par de decenas de cuartetos interpretando simultáneamente para que el contrapunto desaparezca, y surja el caos acústico: obtendríamos una masa de sonidos y nada más.
Xenakis defiende precisamente esa masa de sonidos, y aduce que la matemática proporciona ‘soluciones’ a los problemas contrapuntísticos de la música serialista. Proponiendo el ejemplo de un campo repleto de cigarras donde cada una lleva su propio canto independientemente de los millares de voces que le rodean, y donde a pesar de todo se advierten movimientos periódicos de crescendos y decrescendos que tienen resultados musicales irrefutables, es capaz de ensamblar sus obras orquestales siguiendo patrones matemáticos y científicos que poco o nada dejan al azar, así, un redactor anónimo de la Wikipedia apunta respecto a Xenaquis: Algunos de los procedimientos utilizados en sus composiciones incluyen la teoría de probabilidades (teoría cinética de gases de Maxwell-Boltzmann en Pithoprakta, distribución aleatoria de puntos en un plano en Diamorphoses, restricciones mínimas en Achorripsis, distribución gaussiana en ST/10 y Atrées, cadenas de Márkov en Analogiques), la teoría de juegos (en Duel y Stratégie), la teoría de grupos (en Nomos Alpha), y el álgebra booleana (en Herma and Eonta). En consonancia con su uso de teorías probabilísticas, muchas de la piezas de Xenakis son, en sus propias palabras, "una forma de composición que no es el objeto en sí, sino una idea en sí, esto es, los comienzos de una familia de composiciones".
Xenakis fue también uno de los primeros compositores en incluir algoritmos de computación en sus obras.

Historia, presente y futuro
Reflexionando sobre la literatura, música y la ciencia como partes inherentes del espíritu humano, se advierte que no será un movimiento ‘espontáneo’ lo que haga posible el aparecimiento de esa ‘Tercera cultura’ tan añorada por humanistas y científicos, y propugnada por diversas iniciativas actuales. Al igual que la poesía sirvió para narrar la creación del mundo helénico, y tal como la música –o el canto- era elemento indispensable en la Ilíada cuando los rapsodas ambulantes la declamaban ante ‘el gran público’, de la misma forma el espíritu humano actual no puede prescindir de cualquiera de ellos sin mutilarse, privándose de parte de su esencia.
El mayor esfuerzo de Jarre ha sido incluir los avances científicos en el diseño y construcción de sus escenarios: láseres, instrumentos ergonómicos, distintos artefactos –algunos diseñados y construidos exclusivamente para él, como el ‘monochordion’- animan al espectador y oyente a estar pendiente de los nuevos descubrimientos científicos. 
Las portadas de las grabaciones de distintas obras orquestales de Xenakis ofrecen gráficos de matrices matemáticas con llamativas paletas cromáticas, permitiendo al oyente encontrar la belleza encerrada tras las más áridas fórmulas numéricas.
El surgimiento de esa Tercera cultura se dará como el esfuerzo conjunto de humanistas y científicos de sobrepasar la validez de sus diferentes puntos de vista, advirtiendo lo perjudicial que resulta el divorcio conciente y voluntario de la ciencia y las humanidades en cuanto tales. Atisbos de esos ímpetus, la obra de Snow ha fructificado en la imagen de distintos escritores y científicos preocupados por acercar recíprocamente literatura y ciencia: la novela del alemán Marcel Beyer ‘El técnico de sonido’ aúna la descripción de la caída del régimen nazi con las reflexiones profundas sobre los alcances físicos y el trasfondo psicológico y sociológico del acto mismo del habla. Neal Stephenson en su Criptonomicón echa mano de la historia de la criptografía, la construcción de las primeras computadoras y el análisis del desarrollo actual de las comunicaciones y la ciencia a favor de nuevos e invisibles imperios económicos y tecnológicos, incluyendo también la descripción detallada de las primeras computadoras que trabajaban con tarjetas perforadas, o diferentes aplicaciones de los campos electromagnéticos con fines cibernéticos y computacionales.
Hace cincuenta años todo lo que recibió Snow cuando preguntó a un grupo de literatos si podía enunciar la Segunda Ley de la Termodinámica fue el silencio desaprobatorio de los oyentes. ‘Yet I was asking something which is about the scientific equivalent of: Have you read a work of Shakespeare's?’ [Lo que preguntaba era algo así como el equivalente científico de: Ha usted leído alguna obra de Shakespeare?].
El reto del hombre actual consiste no sólo en leer a Shakespeare, sino también a Einstein y a Hawking. No es posible que el hombre siga enorgulleciéndose de su ignorancia humanista y/o científica: humanismo y conocimiento científico son el legado que la posteridad ha dejado a las generaciones actuales, y tenemos el compromiso de no permitir que dicho legado se pierda.


Referencias:

  • The Two Cultures and the Scientific Revolution. Book by C. P. Snow; Cambridge University Press, 1959. 60 pgs. Versión electrónica del texto disponible aquí.
  • Jean Michel Jarre au GRM (1969/1971). Artículo disponible aquí.






XXXIIII LLL - 25 JUNIO 2009 - Ciencia, literatura y música
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jueves, 18 de junio de 2009

18 junio 2009

Lucifer

El mal
Jeffrey Burton Russell escribió en 1986 un libro con el sugerente título de ‘Lucifer, the Devil in the Middle Ages’ [Lucifer: El Mal en la Edad Media]. Este libro, pensado como el tercero y último de una serie sobre Satán, contiene la reflexión teológica de un filósofo y estudioso del fenómeno religioso, y crítico perspicaz de los mismos fenómenos que estudia. Las palabras con las que inicia su libro contienen la narración somera –un párrafo de once líneas- de un crimen que no deja de estremecer a quien lo lee:
“El brutal asesinato que hizo que el día presente fuera el último día en la vida de Judy ocurrió alrededor de las ocho de la mañana el sábado 28 de abril de 1979. Terry Lee Chasteen, de veintitrés años, llevaba a sus hijos -Misty Ann, de 5 años, Steven de 4, y Mark de 2- a la niñera camino a su trabajo en un supermercado de Indianápolis cuando fue orillada en la carretera interestatal por un hombre que le indicó que había un problema con el carro que ella conducía. Era Judy, sólo cinco días después de salir de la cárcel por el robo de 750 dólares a mano armada, jugando el rol del buen samaritano. Pero mientras pretendía ayudar, encubiertamente inhabilitó el carro por completo y le ofreció un aventón a la familia. El aventón terminó al lado de la carretera a White Creek donde él violó a la mujer y luego la estranguló con un torniquete que hizo con pedazos de su ropa interior. Cuando los niños comenzaron a gritar, Judy los ahogó uno por uno en el río.”
Russell es contundente. ‘Evil is real and immediate’ es lo que dice al comienzo de su libro, y dicha afirmación es algo que sin mayor problema podemos constatar hoy día: ‘El mal es real e inmediato’.

Padre Nuestro, que estás en los cielos…
El estudio de Russell sobre el concepto que abarca tanto a la existencia del mal como una entidad conciente y con voluntad propia, y la idea del mal como una inclinación más o menos latente en el hombre, no se detiene ante la tradición, la presión histórica ni los convencionalismos morales. Su discurso tiene raíces fuertemente hundidas en una bibliografía que se advierte consultada, leída y asimilada a fondo. Resaltan los grandes cuerpos de la Patrología y los grandes Corpus de escritos y escritores cristianos, así como ediciones monográficas de trabajos individuales en una lista aplastante de escritores eclesiásticos.
El interés de abarcar en su libro sobre la evolución del concepto del mal la época medieval tiene una justificación legítima: es en el Medioevo donde fraguan los conceptos, ideas, percepciones y desviaciones que en gran parte aún poseen las culturas occidentales cuando se trata de acercarse al estudio de Dios y el problema del mal desde puntos de vista teológicos, morales, éticos y filosóficos. Abundan en sus páginas las citas de los Padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos sobre la consideración del mal como algo tangible, y del Maligno como una entidad innegable. Los problemas del mal [o El Problema del Mal] dentro del cristianismo comienzan con la oración cristiana por excelencia: el Padrenuestro. El paso que se dio desde el primitivo ‘sed libera nos a malo’ hacia el ‘líbranos del mal’ se presta a confusión y malos entendidos, la primera fórmula se traduce por ‘mas líbranos del Malo’ y la segunda fórmula implora una protección de todo tipo de mal, el Maligno incluido. Las explicaciones pueden ser varias, aunque en este caso hay dos principales: la primera, pedir a Dios que libre del Maligno es otorgarle al Maligno una potestad y poder que no se aviene con las creencias de un buen cristiano, y segunda, pedir por la protección que nos libere de todo tipo de maldad es una acción mucho más acorde a la idea de un Dios omnipotente y omnipresente, que puede vérselas con el Maligno y sus obras.
Poco después del estremecedor párrafo que narra el asesinato de la madre y sus tres hijos, Russell apunta otra verdad innegable: ‘The heart of evil is violence’ [El corazón del mal es la violencia]. Nos encontramos en la lucha titánica de antiquísimas deidades antagónicas, y los alcances que esta lucha tiene en la cotidianeidad humana.

Pecados mortales y acedia
La reflexión primitiva sobre el origen del mal, su explicación como algo que interviene en las decisiones y en la vida del hombre, y la superación de ese mal por medio de la virtud y la búsqueda incansable del bien fueron las tónicas de la primitiva vida monástica, que alcanzó su culmen con los llamados Padres del desierto –monjes ermitaños que se retiraban a la soledad inclemente de los parajes más ríspidos y arenosos- con una doble intención: alejarse de la vida mundana y profana, y prepararse para librar personalmente su propia batalla contra el Maligno y sus tentaciones.
Posterior a la etapa de los Padres del desierto se advierte la organización de pequeñas comunidades que compartían la misma vida austera, y el rechazo de toda comodidad. Se asiste al nacimiento de las primeras comunidades conventuales, que tienen su auge con el ingreso de jóvenes de distintas clases sociales, buscando llevar una vida alejada del vicio, de los pecados, y alcanzar por la mortificación del cuerpo la salvación de su alma. A la vez que se confortan comienzan a darse los primeros intercambios de consejos, amonestaciones e indicaciones que fraguarían en las primeras ‘Reglas’ monacales, o lineamientos para el funcionamiento cabal de un convento o monasterio.
Los pecados mortales en ese tiempo no eran siete, como hoy día, sino que alcanzaban el total de ocho, según Evagrio: της γαστριμαργίας (gula), της πορνείας (luxuria), της οργής (ira), της ακηδίας (accidia o acedia, pereza espiritual), της λύπης (tristitia, desesperación), της φιλαργυρίας (avaricia), της κενοδοξίας (vana gloria o vanitas) , της υπερηφάνειας (superbia, soberbia). Desde Gregorio Magno –papa del 590 al 604- se adoptó un esquema de siete pecados mortales que ejerció una fuerte influencia posterior, y donde comúnmente se excluía la ‘desesperación’, o tristeza.
Así, los monjes se encontraron con el pecado de la acedia, la más ruin de las artimañas que el Maligno puede urdir contra aquellos que pretender huir de su influencia, a poco de huir de los pecados en cualquiera de sus ocho (o siete) formas principales y su infinidad de formas derivadas.

El Demonio del mediodía
La batalla contra el Demonio y sus tentaciones no sólo era una pelea meramente retórica. Las crónicas y testimonios escritos en los códices que narran aquellos combates encarnizados abundan en ejemplos donde la pelea se da cuerpo a cuerpo, el monje no sólo se enfrenta contra las imágenes –ilusiones ópticas o pensamientos vívidos experimentados en su propio cerebro- de banquetes suntuosos, mujeres lascivamente hermosas, la fama y pleitesía de magníficos reinos terrestres, sino que era común resultar arañado, herido, agotado en ese esfuerzo por alejar a tentaciones y Tentador, pecados e Incitador.
Después de innumerables luchas, el monje ya retirado y en la paz de su celda –o disponiéndose a alabar a Dios con el trabajo en huertos, establos y cocinas- debía prepararse para afrontar al Demonio del mediodía, causante de que el monje desesperara al advertir la lentitud en el paso del tiempo en esos instantes que preceden la hora de la comida, distrayéndole de sus ocupaciones, aletargándolo y haciéndole bajar la guardia en su lucha constante contra sus inclinaciones más groseras. La acedia sería después considerada como el mismo Demonio del mediodía, quien le hace añorar su hogar y despreciar la vida comunal y a sus hermanos, induciéndole a dudar de que su modo de vida sea el modo más agradable de vivir ante los ojos de Dios. El día parece extenderse sin cesar y que dura treinta horas orillándolo a mirar por las ventanas, vigilar el lentísimo avance del sol, suspirar por todo lo que pudiera ser su vida fuera de los muros conventuales. La pelea más difícil es aquella que se emprenderá contra uno mismo, sabiendo que se ha cedido a las insinuaciones del enemigo.

Mal, bondad y dogmas
La lucha de monjes contra espíritus e inclinaciones diabólicas son una parte del amplísimo espectro que abarca la palabra ‘mal’, y la entidad que concebimos como el ‘Maligno’. Hoy día las luchas del hombre –religioso o nó, creyente o nó- son tantas que no puede negarse una semilla de maldad en lo más recóndito del corazón humano. Sólo así se explican los linchamientos, los genocidios, los asesinatos con napalm, las guerras bacteriológicas, los virus mortíferos creados en laboratorios… tales son los argumentos de Russell.
Paralela a la elaboración y constitución de una tradición sobre lo que es y ha sido el mal se levanta la tradición de lo que es Dios y su bondad infinita. Las últimas páginas de su libro contienen ideas y afirmaciones que harán estremecer a más de un lector desprevenido. Russell entrevé en la figura de María la Virgen el elemento femenino que falta al Dios trinitario cristiano. Afirma que si el desarrollo que ha tenido el cristianismo hasta el momento continúa en su misma línea, llegará el día en que el concepto de un Espíritu Santo entendido como el amor entre el Padre y el Hijo será sustituido por el elemento femenino de la Virgen Madre, manteniendo así la Trinidad y añadiendo un elemento más a la divinidad que facilitará enormemente la comunicación -entendida en categorías humanas-, de los creyentes con su dios.
Los Demonios comentados por Russell siguen siendo nuestros propios demonios, la acedia monacal continúa siendo la tentación más común del hombre que trabaja y ve desfilar ante si las ocho horas laborales como si fueran dieciséis, la desesperación de saberse inmerso en situaciones y lugares donde su individualidad es puesta a prueba cada momento, la idea de que puede estar en otros sitios y realizando otras actividades que serían, al final, también prisiones de sus frustrados anhelos de felicidad y libertad.
Chesterton afirmó que el máximo triunfo alcanzado por el Demonio fue convencer al mundo moderno de que no existe. Russell se empeña con su libro en demostrar lo contrario, uniendo a una erudición y profundidad de conceptos asombrosa su claridad de pensamiento y escritura, ofreciéndonos la posibilidad de estar alertas sobre los ataques y embistes de ese Maligno, presente y operante en la vida de todos los hombres, que las generaciones modernas se han empeñado en llamar ‘Anticristo’.

Referencias:

  • Sobre los ocho pecados capitales, un excelente artículo ‘ΑΓΙΟΣ ΙΩΑΝΝΗΣ Ο ΔΑΜΑΣΚΗΝΟΣ. Λόγος ψυχωφελής και θαυμάσιος’, disponible aquí.
  • Registro electrónico y extractos del libro ‘Lucifer: the Devil in the Middle Ages’ de Russell, disponible aquí.




Xxxiii Lll - 18 Junio 2009 - Lucifer
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jueves, 11 de junio de 2009

11 junio 2009

Il pendolo di Foucault

Historia y novela
Ni siquiera Umberto Eco, al publicar su novela ‘Il nome della rosa’ pensó que tendría tanto éxito como escritor. Su primer novela se enfrentó contra limitaciones muy específicas: una época histórica bien definida y estudiada, comportamientos monacales que rehúsan todo anacronismo, una manera de narrar medieval –con el bagaje cultural que esto implica- y el conocimiento cabal del Alto Medioevo como resultado inmediato del periodo comprendido entre los siglos II y XII de nuestra era. 
No contento con el retrato puntual, exacto y meticuloso de una época realizado en ‘Il nome della rosa’, apenas siete años más tarde Eco se atrevió a formular su propia re-creación histórica de un ‘Plan’ terriblemente ambicioso, enraizado en la historia académica y la historia ‘no oficial’, lleno de referencias místicas y míticas, engarzado con las aportaciones de sociedades ocultas o secretas –y algunas otras quizá no tanto, mas con maquinaciones igualmente oscuras-: ‘Il pendolo di Foucault’ [El péndulo de Foucault]. Jesuitas y masones, bogomilos e iluminados, caballeros templarios y assassins, cada uno de ellos teniendo una parte crucial en el desarrollo de su novela, y en el resultado inmediato de semejante trama: encontrar el tesoro perdido de la Orden del Temple.

Realidad, realidad virtual, hiperrealidad
El viaje que emprende Eco en las páginas que escribe está impregnado de peligros, virajes inesperados, y también de exigencias casi inhumanas hacia el lector. Sus ciento diecinueve capítulos, encabezados por una o más citas en distintos idiomas –inglés, francés, hebreo, griego, latín e italiano-, son un enorme crucigrama de tópicos que ha de manejar medianamente bien todo aquel que se precie de ser un ‘buen lector’ de Umberto Eco. Además, su conocimiento y la inclusión de la historia europea general hasta épocas tan recientes como la Segunda Gran Guerra, hacen que el libro pueda leerse como un gigantesco compendio de teorías conspiratorias noveladas y como la aventura más ambiciosa de un escritor de novelas policíacas, todo a la vez, dentro del marco de la tradición narrativa más antigua de Europa. 
Los niveles más inmediatos de lectura sobre el texto parten desde la novela vista como una historia ensamblada de elementos ‘reales’. Con excepción de las citas de libros inexistentes o fantásticos, y las vivencias individuales de cada personaje de ficción que interviene en la trama, todas las citas y sucesos históricos son perfectamente verificables. Amalgamando estos diferentes elementos se parte hacia lo que es la ‘realidad virtual’ donde tiene lugar la novela, una noche en el ‘Musée des Arts et Metiérs’ en el corazón de la Ciudad Luz, y propiamente hablando, en los recuerdos y vivencias del protagonista principal agazapado en un rincón de dicho museo.
El paso a la hiperrealidad -el más atrevido-, antes de esta novela jamás había sido dado. La estructura narrativa y el orden de los distintos componentes obligan al lector a replantearse momento a momento qué es lo que está leyendo, y sobre todo, cómo es que ha leído todo lo escrito hasta esta novela –‘Il nome della rosa’ incluso-. La elaboración del ‘Plan’ que comienza como un juego y hobby para llenar espacios muertos de tiempo termina siendo una verdad absoluta, vocación intransigente, a la que sucumben los protagonistas de la novela. Y al final, una vez desenmascarado el ‘Plan’ y llevado hasta sus últimas consecuencias, la fascinación que ejerce la narración sobre el lector es tal que este último no puede sino preguntarse si acaso un plan como el descrito no ha existido jamás, o existió alguna vez y se ha perdido. No en balde Umberto Eco ha definido a la Hiperrealidad como ‘La falsedad auténtica’.

Káballah y código binario
El estudio de la Káballah, misterioso y lleno de anatemas, exige al discípulo o adepto una disposición interior que puede seguir y adoptar una de dos vías. La vía ‘ortodoxa’ o ‘clásica’ consiste en una meditación gradual que ocupa años, para encontrar la perfecta comunión con la divinidad, y así poder a la vez degustar algunas de sus cualidades más humanas, la inmortalidad, la sabiduría total, la conciencia completa. Paralela a esta vía se ofrece la ‘vía rápida’, peligrosísima, que ofrece más riesgos que beneficios al estudiante. A través de esta vía se obtendrán los mismos resultados que aproximándose ortodoxamente al estudio de la Káballah, mas el riesgo de perecer o ser fulminado al obrarse esta comunión con la divinidad es enorme, y como lo menciona Eco, ‘puede dejar al adepto en estado vegetal’. La muerte de la conciencia humana como una respuesta inmediata y natural a una fuerza que la sobrepasa será lo único que obtenga el discípulo que no esté convenientemente preparado:
‘A esto dedicó su vida Abraham Abulafia, en tanto que Santo Tomás se afanaba por encontrar a Dios con sus cinco callejuelas. Su Hokmat ha-Seruf era al mismo tiempo ciencia de la combinación de las letras y ciencia de la purificación de los corazones. Lógica mística, el mundo de las letras y de sus vertiginosas, infinitas permutaciones es el mundo de la beatitud, la ciencia de la combinación es una música del pensamiento, pero fíjate, has de proceder lentamente, y con cautela, porque tu máquina podría proporcionarte el delirio, no el éxtasis. Muchos discípulos de Abulafia no fueron capaces de detenerse en el tenue umbral que separa la contemplación de los nombres de Dios de la práctica mágica, de la manipulación de los nombres a fin de transformarlos en talismanes, instrumentos de dominio sobre la naturaleza. No sabían, como tampoco tú sabes, ni sabe tu máquina, que cada letra está ligada a uno de los miembros del cuerpo, y si desplazas una consonante sin conocer su poder, una de tus extremidades podría cambiar de posición, o de naturaleza, y quedarías brutalmente contrahecho, por fuera, de por vida, y por dentro, para toda la eternidad.’
El nivel de un dios interactuando con su creación, y permitiéndose negociaciones con los hombres tiene su correspondiente en la computadora que realiza cálculos y manipula cifras que están fuera del alcance de cualquier intelecto común. Los códigos binarios, los programas de computación que también aparecen en las páginas de la novela, los algoritmos para encontrar las variaciones posibles entre las grafías del nombre de Dios son, más que meros adornos y estratagemas narrativas, resultado necesario del hilo principal de la narración. No es fortuito que los involucrados en la elaboración del gran plan aparezcan todos hermanados en el aquelarre nocturno bajo la bóveda principal del museo, ni que existan miembros de un grupo que pertenezcan simultáneamente a otros; la búsqueda constante de aquello que está más allá del alcance de la capacidad humana puede obrar el milagro de crear lazos fraternales entre los pensamientos, convicciones y filosofías más disímiles.

El estigma
Un par de años después, y simultánea a la aparición de ‘Il pendolo’ en castellano, la revista Álbum Letras-Artes publicada en España incluyó una reseña de esta novela donde se mencionaba y subrayaba la temeridad del salto dado por Eco. Su argumentación fundamental se basaba en el hecho de que ‘Il nome’ había alcanzado su éxito y renombre gracias a los elementos extra-literarios que Eco acomodó magistralmente en sus páginas: la conciencia europea, el orgullo italiano, la frialdad intelectual inglesa. El escritor por tanto podía haber prescindido legítimamente de todo elemento extra-literario para escribir ‘Il pendolo’ y obtener un resultado igualmente sugerente. Mas en esas mismas fechas nadie había que pudiera narrar dentro de una hiperrealidad como la de Eco, incluso el Diccionario Jázaro publicado por Pavic en 1984 ha sido considerado reiteradas veces más como una obra de meta-ficción que como una obra hiperrealista; los ingredientes de su novela son tres diccionarios o ‘mini-enciclopedias’ cada una escrita según el punto de vista de las tres grandes religiones nacidas de Abraham: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo, con la peculiaridad de que cada diccionario o mini-enciclopedia es completamente ficticio; fueron creados dentro y para la novela. Por ello, y a pesar de estar situada cronológicamente después de ‘Il nome’, ni siquiera el ‘Diccionario Jázaro’ pudo anticipar de manera crucial lo que sería ‘Il pendolo’.
El riesgo que se advirtió en ese entonces supuso el estigma de Umberto Eco los próximos seis años, hasta la aparición de su tercer novela: ‘L’isola del giorno prima’. 
‘Una saeta ensimismada en sus propios giros’ fue como calificó dicha reseña a la novela de Eco. Hoy, a veintiún años de distancia, podemos ver que por fortuna no fue así: sus novelas posteriores se encargarían de esclarecer este punto de vista.

Nostalgia de la divinidad
La exagerada abstracción que requiere la lectura de una novela como ‘Il pendolo’ –que no carece, con todo, de momentos humorísticos y juegos mínimos pero interesantes- sólo puede entenderse como un largo y penoso rodeo hacia lo trascendente –sentido que al parecer cada día se pierde un poco más- y la reivindicación de lo no-común como una vía de subsistencia. Así, las sociedades y grupos secretos serían guardianes celosos de una sabiduría a punto de desaparecer, endeble al ser endebles y mortales sus depositarios.
Eco no ignora esto último, y sus personajes echan mano de todo cuanto tienen a su alcance para sobrepasar el momento que les ha tocado vivir: programan computadoras y reseñan libros, arman inconmensurables planes para la dominación del mundo con secretos ancestrales, se embarcan en la búsqueda del perdido Nombre de Dios y encuentran el amor redentor para perderlo poco después en una oscura selva amazónica plagada de rituales y hechizos afro-brasileños. Estamos ante el hombre intentando justificar su existencia ante el Creador supremo:
‘¿Dónde he leído que en el momento final, cuando la vida, superficie sobre superficie, está cubierta por una costra de experiencia, sabemos todo, el secreto, el poder y la gloria, por qué hemos nacido, por qué estamos muriendo, y que todo podría haber sido distinto? Somos sabios. Pero la mayor sabiduría, en ese momento, consiste en saber que lo hemos sabido demasiado tarde. Comprendemos todo cuando ya no hay nada que comprender.’
Eco lo ha expresado demasiado bien: el tiempo es la cifra de la vida del hombre, y el medio que tiene la Divinidad para seguir interactuando con nosotros, perdidos entre el pensamiento y la sensación, la abstracción y el impulso… el amor y el odio, todo ello más allá de la realidad concreta que nos atrapa en un cuerpo de músculos, sangre y huesos.


Referencia:

  • Umberto Eco, ‘Il pendolo di Foucault’, versión electrónica disponible vía Scribd




XXXII LLL - 11 JUNIO 2009 - Il Pendolo Di Foucault
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jueves, 4 de junio de 2009

04 junio 2009

Memoria de dos amantes

Once años
Entre las novelas escritas por mujeres en la última mitad del siglo veinte, pocas hay que sean tan vivas y seductoras como las que marcan el inicio y final de la odisea literaria que escribió Marguerite Duras en el mínimo lapso de tiempo comprendido entre los años 1984 y 1991. Nacida de padres franceses en la enigmática y lejana Indochina, se trasladó a Francia en 1932, después de haber sufrido la estrechez económica que atormentaba a su familia, y haber vivido un romance que se encargaría de escribir [¿transcribir?] frenéticamente cincuenta años más tarde.
Autora de una veintena de novelas, estudió en su juventud Matemáticas, Derecho y Ciencias Políticas, publicando su primer novela en 1943. En aquellos mismos años cambiaría por Marguerite Duras su verdadero nombre: Marguerite Donnadieu. Sería quince años más tarde cuando saltaría a la fama, tras escribir el guión de ‘Hiroshima, mon amour’, y publicar una novela que la crítica recibió favorablemente: ‘Moderato cantabile’. Y aunque Nabokov escribiera ya en 1955 sobre la relación atormentada de un hombre que aventaja considerablemente en edad a la mujer que desea, en el caso de Marguerite se trata de una autobiografía novelada, y el amante que protagoniza su libro contaba veintiséis años cuando se conocieron. Él era once años mayor que ella.

Dos amantes, un amante
La novela de Duras derrama sobre los hechos una visión milimétrica, casi matemática. La descripción de los deseos, de los pensamientos, la historia que rodea cada elemento que va insertándose en la historia principal es examinada detenidamente, y sólo cuando se ha podido encontrar su justificante, se injerta en el texto como algo establecido, que ya no podrá ser quitado jamás.
Con todo, la escritura de Duras en esta primera parte de esa odisea es la escritura de una mujer que escribe su autobiografía, y lee lo que escribe como escritora: corrección y oportunidad en las descripciones, las imágenes y escenarios narrativos acabados y sin puntos débiles, el desarrollo de la historia como algo que se sigue necesariamente a partir de un conjunto de premisas ya conocidas y estipuladas al comienzo de la novela.
Es la autobiografía de una escritora conciente de escribir su autobiografía, con los pros y lo contras que esto supone: ‘El amante’ recibió poco tiempo después de publicado uno de los premios más distinguidos, el Premio Goncourt.
Por esto mismo, el salto colosal que da en tan sólo seis años, hasta ‘El amante de la China del Norte’, es a la vez que un malabar fulminante, una proeza narrativa: esta última fue escrita en sólo un año, invirtiendo su máxima concentración en ese libro, fraguado ‘en la enloquecida felicidad de escribirlo’, y teniendo como trasfondo la noticia recién recibida de ‘la muerte del chino, la muerte de su cuerpo, de su piel, de su sexo, de sus manos. Durante un año reencontré los tiempos de la travesía del Mekong en el transbordador de Vinh-Long.’
Y aunque el tiempo, los hechos y las razones son los mismos en ambos libros, el papel que juega la memoria y la determinación de la escritora por situar en su justa dimensión lo vivido por ‘la niña’ durante esa relación permite que ambos libros se complementen, profundizando y enriqueciendo ese viaje vertiginoso en la memoria de los sentidos: dos recuerdos de un amante, un solo cuerpo, y la misma pasión.

Las razones del deseo
Las primeras líneas de esa ‘novela sobre El amante’ o ‘La novela de El amante’ marcan la distancia entre ambos ejercicios literarios. ‘El amante’ gira sobre la figura del hombre de negocios, apuesto, con una vida desenfadada y pronto a casarse -según la tradición con una mujer a la sólo verá por primera vez en la ceremonia nupcial-, quien podía darse el lujo de tener varias amantes a la vez; la escoge a ella como quien selecciona un buen vino: basándose en el olfato y ese sexto sentido heredado por la costumbre y la práctica.
La figura de Marguerite es compacta, maciza, con una extraña conciencia de los estragos que la vejez comienza a obrar en su cuerpo casi adolescente. Sus observaciones y emociones tienen el equivalente en las palabras y caricias de su amante, su reconstrucción de los paisajes de Indochina es magistralmente perfecta; el ambiente, el clima, el barullo de esa lengua asoman en cada página, aunque Duras sabe que quedarán palabras ahogadas en el tintero: ‘He escrito mucho acerca de los miembros de mi familia, pero mientras lo hacía aún vivían, la madre y los hermanos, y he escrito sobre ellos, sobre esas cosas sin ir hasta ellas.’
Esta es la gran diferencia entre ambos libros: el enfoque de quien escribe; la misma persona, mirando los mismos hechos, desde dos perspectivas distintas. En ‘El amante de la China del Norte’ Duras se permite dejar de lado el espíritu matemático y perfeccionista –cargado de elementos nostálgicos y sensuales- para rescatar lo que aquella niña que aún no sabía que escribiría sobre su vida años después, se permitió vivir. La forma cambia: su narración lineal y continua de 1984 adquiere la forma de una inmensa galería donde inserta recuerdos muy gráficos y aislados: ‘La niña viene de la pensión Lyautey. Va al liceo. A esa hora la Rué Lyautey está casi desierta. La niña es la única en la pensión en hacer estudios secundarios en el liceo de Saigón, así pues en pasar por allí. Es el inicio de la historia. La niña todavía no lo sabe.’
Una de las características más admirables de este segundo libro es la imparcialidad de Marguerite: jamás emite un juicio moral sobre lo sucedido aunque indaga sin miramientos en cada instante y cada recuerdo buscando lo que era aquella niña, a punto de ser mujer y de cambiar su vida por completo.

Alcohol y mar
Paralela a la historia del romance principal se teje la historia de aquella familia marcada por la desesperación. Figura eminente que termina rindiéndose ante la inclemencia de la naturaleza es la de la propia madre de la escritora, quien se empeña en una lucha de antemano perdida: hacer cultivables los campos que compró a la orilla de un mar que inunda todo al menor motivo. Esta lucha duró años, agriando el carácter de los hermanos y tornando la figura de la madre en un ser que causa compasión y repulsión, simultáneamente; por un lado su confianza ciega causante de sus desgracias, y por otro la dureza que iba acentuándose conforme el tiempo marchaba inclemente constatando los errores cometidos por la madre. A media novela, en ‘El amante’ escribe Marguerite: ‘Duró todo ese tiempo, siete años. Y después, al final, se renunció a la esperanza. Se abandonó. Se abandonaron también las tentativas contra el océano. A la sombra de la veranda contemplamos la montaña de Siam, muy oscura a pleno sol, casi negra. La madre, por fin, está tranquila, aislada. Somos niños heroicos, desesperados.’
Y como si se tratara del eco amplificado de una antigua tragedia, la vida misma de Duras se encargó de hacerle luchar su propia batalla, esta vez no contra el océano, sino contra el alcohol. Distancia de por medio, el tiempo le permite una vez más encontrar los antecedentes para afrontarlos sin falsas afectaciones ni sentimentalismos baratos: ‘Ahora comprendo que muy joven, a los dieciocho, a los quince años, tenía ese rostro premonitorio del que se me puso luego con el alcohol, a la mitad de mi vida. El alcohol suplió la función que no tuvo Dios, también tuvo la de matarme, la de matar. Ese rostro del alcohol llegó antes que el alcohol. El alcohol lo confirmó. Esa posibilidad estaba en mí, sabía que existía, como las demás, pero, curiosamente, antes de tiempo. Al igual que estaba en mí la del deseo. A los quince años tenía el rostro del placer y no conocía el placer. Ese rostro parecía muy poderoso. Incluso mi madre debía notarlo. Mis hermanos lo notaban. Para mí todo empezó así, por ese rostro evidente, extenuado, esas ojeras que se anticipaban al tiempo, a los hechos.’
Imágenes paralelas, reflejos precisos y trágicamente luminosos, las historias de ambas mujeres se entretejen en una claridad escalofriantemente vívida. Duras consigue liberar con su escritura el recuerdo de su amante, su propia niñez a punto de dejar de serlo, y la figura materna despiadadamente segregada por una sociedad acentuadamente masculina.

Teléfono, memoria y voz
Al proyectarse la versión cinematográfica de ‘El amante’ la crítica más común fue la de incluir escenas eróticas que aunque estuvieron magníficamente logradas, ocupaban demasiado tiempo y dejaban relegados aspectos igual o más importantes que los encuentros íntimos de la alcoba.
Y curiosamente, lo que la crítica alabó en más de una ocasión fue la escena final de la película, con esa voz en off sobre la imagen de una escritora que da la espalda a la cámara mientras escribe y escribe sin parar lo que es al mismo tiempo la parte final de su novela.
Declaraciones de amor, restitución de un tiempo irrecuperable pero constante, aquella última llamada telefónica marca un final memorable tanto en el ámbito cinematográfico como en el literario, pocos momentos tan emocionantemente decisivos:
‘Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. El le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. El dijo: sólo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz, de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Sabía que había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte.’

Referencias:
  • Marguerite Duras, ‘El amante’. Versión electrónica disponible en Scribd
  • Marguerite Duras, ‘El amante de la China del Norte’. Versión electrónica disponible en Scribd.
     




XXXI LLL - 04 JUNIO 2009 - Memoria de Dos Amantes
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