jueves, 18 de junio de 2009

18 junio 2009

Lucifer

El mal
Jeffrey Burton Russell escribió en 1986 un libro con el sugerente título de ‘Lucifer, the Devil in the Middle Ages’ [Lucifer: El Mal en la Edad Media]. Este libro, pensado como el tercero y último de una serie sobre Satán, contiene la reflexión teológica de un filósofo y estudioso del fenómeno religioso, y crítico perspicaz de los mismos fenómenos que estudia. Las palabras con las que inicia su libro contienen la narración somera –un párrafo de once líneas- de un crimen que no deja de estremecer a quien lo lee:
“El brutal asesinato que hizo que el día presente fuera el último día en la vida de Judy ocurrió alrededor de las ocho de la mañana el sábado 28 de abril de 1979. Terry Lee Chasteen, de veintitrés años, llevaba a sus hijos -Misty Ann, de 5 años, Steven de 4, y Mark de 2- a la niñera camino a su trabajo en un supermercado de Indianápolis cuando fue orillada en la carretera interestatal por un hombre que le indicó que había un problema con el carro que ella conducía. Era Judy, sólo cinco días después de salir de la cárcel por el robo de 750 dólares a mano armada, jugando el rol del buen samaritano. Pero mientras pretendía ayudar, encubiertamente inhabilitó el carro por completo y le ofreció un aventón a la familia. El aventón terminó al lado de la carretera a White Creek donde él violó a la mujer y luego la estranguló con un torniquete que hizo con pedazos de su ropa interior. Cuando los niños comenzaron a gritar, Judy los ahogó uno por uno en el río.”
Russell es contundente. ‘Evil is real and immediate’ es lo que dice al comienzo de su libro, y dicha afirmación es algo que sin mayor problema podemos constatar hoy día: ‘El mal es real e inmediato’.

Padre Nuestro, que estás en los cielos…
El estudio de Russell sobre el concepto que abarca tanto a la existencia del mal como una entidad conciente y con voluntad propia, y la idea del mal como una inclinación más o menos latente en el hombre, no se detiene ante la tradición, la presión histórica ni los convencionalismos morales. Su discurso tiene raíces fuertemente hundidas en una bibliografía que se advierte consultada, leída y asimilada a fondo. Resaltan los grandes cuerpos de la Patrología y los grandes Corpus de escritos y escritores cristianos, así como ediciones monográficas de trabajos individuales en una lista aplastante de escritores eclesiásticos.
El interés de abarcar en su libro sobre la evolución del concepto del mal la época medieval tiene una justificación legítima: es en el Medioevo donde fraguan los conceptos, ideas, percepciones y desviaciones que en gran parte aún poseen las culturas occidentales cuando se trata de acercarse al estudio de Dios y el problema del mal desde puntos de vista teológicos, morales, éticos y filosóficos. Abundan en sus páginas las citas de los Padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos sobre la consideración del mal como algo tangible, y del Maligno como una entidad innegable. Los problemas del mal [o El Problema del Mal] dentro del cristianismo comienzan con la oración cristiana por excelencia: el Padrenuestro. El paso que se dio desde el primitivo ‘sed libera nos a malo’ hacia el ‘líbranos del mal’ se presta a confusión y malos entendidos, la primera fórmula se traduce por ‘mas líbranos del Malo’ y la segunda fórmula implora una protección de todo tipo de mal, el Maligno incluido. Las explicaciones pueden ser varias, aunque en este caso hay dos principales: la primera, pedir a Dios que libre del Maligno es otorgarle al Maligno una potestad y poder que no se aviene con las creencias de un buen cristiano, y segunda, pedir por la protección que nos libere de todo tipo de maldad es una acción mucho más acorde a la idea de un Dios omnipotente y omnipresente, que puede vérselas con el Maligno y sus obras.
Poco después del estremecedor párrafo que narra el asesinato de la madre y sus tres hijos, Russell apunta otra verdad innegable: ‘The heart of evil is violence’ [El corazón del mal es la violencia]. Nos encontramos en la lucha titánica de antiquísimas deidades antagónicas, y los alcances que esta lucha tiene en la cotidianeidad humana.

Pecados mortales y acedia
La reflexión primitiva sobre el origen del mal, su explicación como algo que interviene en las decisiones y en la vida del hombre, y la superación de ese mal por medio de la virtud y la búsqueda incansable del bien fueron las tónicas de la primitiva vida monástica, que alcanzó su culmen con los llamados Padres del desierto –monjes ermitaños que se retiraban a la soledad inclemente de los parajes más ríspidos y arenosos- con una doble intención: alejarse de la vida mundana y profana, y prepararse para librar personalmente su propia batalla contra el Maligno y sus tentaciones.
Posterior a la etapa de los Padres del desierto se advierte la organización de pequeñas comunidades que compartían la misma vida austera, y el rechazo de toda comodidad. Se asiste al nacimiento de las primeras comunidades conventuales, que tienen su auge con el ingreso de jóvenes de distintas clases sociales, buscando llevar una vida alejada del vicio, de los pecados, y alcanzar por la mortificación del cuerpo la salvación de su alma. A la vez que se confortan comienzan a darse los primeros intercambios de consejos, amonestaciones e indicaciones que fraguarían en las primeras ‘Reglas’ monacales, o lineamientos para el funcionamiento cabal de un convento o monasterio.
Los pecados mortales en ese tiempo no eran siete, como hoy día, sino que alcanzaban el total de ocho, según Evagrio: της γαστριμαργίας (gula), της πορνείας (luxuria), της οργής (ira), της ακηδίας (accidia o acedia, pereza espiritual), της λύπης (tristitia, desesperación), της φιλαργυρίας (avaricia), της κενοδοξίας (vana gloria o vanitas) , της υπερηφάνειας (superbia, soberbia). Desde Gregorio Magno –papa del 590 al 604- se adoptó un esquema de siete pecados mortales que ejerció una fuerte influencia posterior, y donde comúnmente se excluía la ‘desesperación’, o tristeza.
Así, los monjes se encontraron con el pecado de la acedia, la más ruin de las artimañas que el Maligno puede urdir contra aquellos que pretender huir de su influencia, a poco de huir de los pecados en cualquiera de sus ocho (o siete) formas principales y su infinidad de formas derivadas.

El Demonio del mediodía
La batalla contra el Demonio y sus tentaciones no sólo era una pelea meramente retórica. Las crónicas y testimonios escritos en los códices que narran aquellos combates encarnizados abundan en ejemplos donde la pelea se da cuerpo a cuerpo, el monje no sólo se enfrenta contra las imágenes –ilusiones ópticas o pensamientos vívidos experimentados en su propio cerebro- de banquetes suntuosos, mujeres lascivamente hermosas, la fama y pleitesía de magníficos reinos terrestres, sino que era común resultar arañado, herido, agotado en ese esfuerzo por alejar a tentaciones y Tentador, pecados e Incitador.
Después de innumerables luchas, el monje ya retirado y en la paz de su celda –o disponiéndose a alabar a Dios con el trabajo en huertos, establos y cocinas- debía prepararse para afrontar al Demonio del mediodía, causante de que el monje desesperara al advertir la lentitud en el paso del tiempo en esos instantes que preceden la hora de la comida, distrayéndole de sus ocupaciones, aletargándolo y haciéndole bajar la guardia en su lucha constante contra sus inclinaciones más groseras. La acedia sería después considerada como el mismo Demonio del mediodía, quien le hace añorar su hogar y despreciar la vida comunal y a sus hermanos, induciéndole a dudar de que su modo de vida sea el modo más agradable de vivir ante los ojos de Dios. El día parece extenderse sin cesar y que dura treinta horas orillándolo a mirar por las ventanas, vigilar el lentísimo avance del sol, suspirar por todo lo que pudiera ser su vida fuera de los muros conventuales. La pelea más difícil es aquella que se emprenderá contra uno mismo, sabiendo que se ha cedido a las insinuaciones del enemigo.

Mal, bondad y dogmas
La lucha de monjes contra espíritus e inclinaciones diabólicas son una parte del amplísimo espectro que abarca la palabra ‘mal’, y la entidad que concebimos como el ‘Maligno’. Hoy día las luchas del hombre –religioso o nó, creyente o nó- son tantas que no puede negarse una semilla de maldad en lo más recóndito del corazón humano. Sólo así se explican los linchamientos, los genocidios, los asesinatos con napalm, las guerras bacteriológicas, los virus mortíferos creados en laboratorios… tales son los argumentos de Russell.
Paralela a la elaboración y constitución de una tradición sobre lo que es y ha sido el mal se levanta la tradición de lo que es Dios y su bondad infinita. Las últimas páginas de su libro contienen ideas y afirmaciones que harán estremecer a más de un lector desprevenido. Russell entrevé en la figura de María la Virgen el elemento femenino que falta al Dios trinitario cristiano. Afirma que si el desarrollo que ha tenido el cristianismo hasta el momento continúa en su misma línea, llegará el día en que el concepto de un Espíritu Santo entendido como el amor entre el Padre y el Hijo será sustituido por el elemento femenino de la Virgen Madre, manteniendo así la Trinidad y añadiendo un elemento más a la divinidad que facilitará enormemente la comunicación -entendida en categorías humanas-, de los creyentes con su dios.
Los Demonios comentados por Russell siguen siendo nuestros propios demonios, la acedia monacal continúa siendo la tentación más común del hombre que trabaja y ve desfilar ante si las ocho horas laborales como si fueran dieciséis, la desesperación de saberse inmerso en situaciones y lugares donde su individualidad es puesta a prueba cada momento, la idea de que puede estar en otros sitios y realizando otras actividades que serían, al final, también prisiones de sus frustrados anhelos de felicidad y libertad.
Chesterton afirmó que el máximo triunfo alcanzado por el Demonio fue convencer al mundo moderno de que no existe. Russell se empeña con su libro en demostrar lo contrario, uniendo a una erudición y profundidad de conceptos asombrosa su claridad de pensamiento y escritura, ofreciéndonos la posibilidad de estar alertas sobre los ataques y embistes de ese Maligno, presente y operante en la vida de todos los hombres, que las generaciones modernas se han empeñado en llamar ‘Anticristo’.

Referencias:

  • Sobre los ocho pecados capitales, un excelente artículo ‘ΑΓΙΟΣ ΙΩΑΝΝΗΣ Ο ΔΑΜΑΣΚΗΝΟΣ. Λόγος ψυχωφελής και θαυμάσιος’, disponible aquí.
  • Registro electrónico y extractos del libro ‘Lucifer: the Devil in the Middle Ages’ de Russell, disponible aquí.




Xxxiii Lll - 18 Junio 2009 - Lucifer
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