jueves, 26 de noviembre de 2009

26 noviembre 2009

Del amor y otros demonios

En la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, allí estaba la noticia. La lápida saltó en pedazos al primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta. El maestro de obra quiso sacarla completa con la ayuda de sus obreros, y cuanto más tiraban de ella más larga y abundante parecía, hasta que salieron las últimas hebras todavía prendidas a un cráneo de niña. En la hornacina no quedó nada más que unos huesecillos menudos y dispersos, y en la lápida de cantería carcomida por el salitre sólo era legible un nombre sin apellidos: Sierva María de Todos los Ángeles. Extendida en el suelo, la cabellera espléndida medía veintidós metros con once centímetros.

El método
Si Borges utilizaba la misma técnica que empleara Dante para lograr aprehender en una sola palabra la esencia, vida y obra de una persona, Gabriel García Márquez en cambio hace de la delimitación exacta de distintas circunstancias la puerta de entrada que deberá traspasar cualquier lector de sus obras.
Esta novela, publicada en 1994, tuvo no obstante su propaganda y campaña de mercadotecnia espectaculares, una fría acogida en nuestro país. Apareció en los entrepaños de las principales librerías, se le dedicaron algunas páginas en periódicos y minutos en noticieros radiales y televisivos, pero el cuento novelado, o la historia cuentística fue poco leída.
La razón: es una novela que juega con la filosofía aristotélico-tomista, que poco tiene que ver con el modo de vida actual y el concepto de eso que es ‘el amor’, y quizá exceptuando algunos pasajes de otras novelas del mismo autor –como los debidos a Melquíades en Cien años de soledad- tiene poco en común con otras historias del escritor colombiano.

La rabia
"No veo el porqué de una peste", dijo el marqués. "No hay anuncios de cometas ni eclipses, que yo sepa, ni tenemos culpas tan grandes como para que Dios se ocupe de nosotros".
La mordedura de un perro arrabiado a Sierva María de Todos los Ángeles, su hija, desata conmoción en la familia, y el pueblo: es la primera víctima del can que terminara colgado de un almendro para avisar a toda la población que había sido muerto por la rabia, pero las cicatrices que le dejara la mordida sanaron, sin dejar siquiera leves excoriaciones.
El marqués comienza la búsqueda de un remedio y se vale de las opiniones más autorizadas sobre la enfermedad, para terminar admitiendo que el tiempo corre demasiado lento, que su mujer Bernarda y él sólo tienen el lazo de la hija, y que Sierva María tendrá que luchar sus propias batallas, inmersa entre la voluntad de un dios que no se sabe a ciencia cierta si se ocupa de los negocios de los hombres, y la voluntad humana que pretende tener una cura para toda dolencia, aunque dichos remedios sean de efectividad dudosa.

El escolástico
La niña termina enclaustrada, viviendo en un mundo regido por leyes extrañas, la última en darse cuenta de la presencia de la niña es la abadesa, una ‘mujer enjuta y aguerrida, y con una mentalidad estrecha que le venía de familia’, contra la que habrá de estrellarse Sierva María, quien ‘ayudó a degollar un chivo que se resistía a morir. Le sacó los ojos y le cortó las criadillas, que eran las partes que más le gustaban. Jugó al diábolo con los adultos en la cocina y con los niños del patio, y les ganó a todos. Cantó en yoruba, en congo y en mandinga, y aun los que no entendían la escucharon absortos.’
El eterno pleito entre distintas concepciones religiosas es resaltado aquí: por un lado el convento que recibe a la niña que será exorcizada, y por el otro lado la opción desechada de dejarla en manos de los negros, que sólo sacrifican gallos en sus oscuros dialectos a dioses mucho más oscuros.
Cayetano Delaura, el bibliotecario y asistente del obispo tiene conocimiento de la niña por medio de un sueño. Jamás la ha visto, pero ya sabe cómo es:
Habían hablado mucho de ella. Habían repasado juntos las crónicas de endemoniados y las memorias de santos exorcistas. Delaura suspiró: "Soñé con ella".
"¿Cómo pudiste soñar con una persona que nunca has visto?", le preguntó el obispo.
"Era una marquesita criolla de doce años, con una cabellera que le arrastraba como la capa de una reina", dijo. "¿Cómo podía ser otra?"
García Márquez juega aquí con elementos típicamente novohispanos: la escolástica y el clero, la inquisición y sus exorcismos, la rabia y los esclavos negros con sus propios ritos.
En un arranque humorístico, el escritor realza: ‘Por gestiones del obispo, Delaura estaba en la lista de tres candidatos al cargo de custodio del fondo sefardita en la biblioteca del Vaticano’. Delaura teme ante la empresa que le encomienda el obispo: encargarse del exorcismo de la niña. Tiembla, le sudan las manos, no se siente capaz. Pero termina cediendo.
Aunque la abadesa les llamara ‘dueños de Dios’ al obispo y a él, el encuentro entre Delaura y la niña maniatada y tirada en un catre dentro de un cuartucho de paredes cubiertas por moho, es decisivo.
Ese primer encuentro lo deja helado, ella era tal cual aparecía en sus sueños. Y toma la decisión de ganar en aquella batalla contra los demonios, regresando al obispado a encerrarse en la biblioteca, de donde salió cinco días después, sintiéndose ‘con las alas del Espíritu Santo’.
Pero en la siguiente entrevista, ella se lanza sobre él a la primera oportunidad, arañándole el rostro y mordiéndole la mano. Delaura muestra sus heridas cual si fuesen trofeos de guerra al obispo y no cede en su empeño, regresa, y se permite hablar con la niña. El paso de la inconciencia a la lucidez es imperceptible, ‘se fue enardecido por la revelación de que algo inmenso e irreparable había empezado a ocurrir en su vida.’
El bibliotecario escolástico exorcista está a punto de luchar contra algo más que los demonios conocidos a través de los libros: deberá luchar contra aquello que jamás pensó confrontar, su propia alma.

El amor
Delaura se encara al obispo manifestándole sus dudas sobre la posesión diabólica de Sierva María. Pero sigue obedeciendo y regresa al convento una y otra vez. Poco a poco la plática se extiende y profundiza, hasta que el eclipse solar esperado y superado lleva una noticia a la niña: sabe que va a morir.
A partir de entonces Delaura ya no encontrará paz ni en lo más recóndito de la biblioteca ni en los sesudos libros que lee, Leibniz incluido.
El amor de Sierva María y Delaura sobrepasa el ámbito de la carne, ya que no logra consumarse en la unión íntima. Delaura se arrepiente en el último momento, y sólo entonces vuelve a rezar.
Ya no hay marcha atrás, ‘en los días siguientes sólo tuvieron instantes de sosiego mientras estaban juntos. No se saciaron de hablar de los dolores del amor. Se agotaban a besos, declamaban llorando a lágrima viva versos de enamorados, se cantaban al oído, se revolcaban en cenagales de deseo hasta el límite de sus fuerzas; exhaustos pero vírgenes. Pues él había decidido mantener su voto hasta recibir el sacramento, y ella lo compartió.’

Matrimonios profanos
García Márquez consigue esbozar un dibujo muy claro de lo que sería un matrimonio ‘santo’, según la idea cristiana del sacramento y la vida virtuosa de ese entonces. Los dos enamorados viven su amor cual marido y mujer, sin que medie el contacto abrasador de la carne: ‘ella mantenía la celda limpia y en orden para cuando él llegaba con la naturalidad del marido que volvía a casa. Cayetano la enseñaba a leer y escribir y la iniciaba en el culto de la poesía y la devoción del Espíritu Santo, a la espera del día feliz en que fueran libres y casados.’
El desenlace de la historia no es feliz, quizá porque desde el principio García Márquez tenía en mente escribir la historia de una muerte, más que la historia de una vida, o dos vidas. La sinrazón de la maravilla y el milagro se extiende hasta nosotros, enturbiando aquello que pensamos claro y diáfano, demostrándonos con sus escenas perfectamente ambientadas que algunas obras de Dios difícilmente pueden ser entendidas si no se tiene también una perspectiva y una mirada divina:
‘A veces atribuimos al demonio ciertas cosas que no entendemos, sin pensar que pueden ser cosas que no entendemos de Dios.’ El amor es tanto o más inexplicable que la existencia del mal, el problema de la Providencia divina, o el libre albedrío.
Y la razón sigue asistiendo a Cayetano Delaura, sólo Dios sabe cuántas aberraciones, injusticias, crímenes u horrores son tan sólo difíciles senderos y tortuosas rutas que sigue el Creador para hacer cumplir sus planes.

Ad notanda

Es casi imposible saber si García Márquez leyó a Umberto Eco, y si lo hizo cómo y de qué manera le impactó aquella explicación erudita que leyó en la biblioteca monástica el entonces joven Adso de Melk:
‘Finalmente, ya no tuve dudas sobre la gravedad de mi estado cuando leí ciertas citas del gran Avicena, quien define el amor como un pensamiento fijo de carácter melancólico, que nace del hábito de pensar una y otra vez en las facciones, los gestos o las costumbres de una persona del sexo opuesto: no empieza siendo una enfermedad, pero se vuelve enfermedad cuando, al no ser satisfecho, se convierte en un pensamiento obsesivo, que provoca un movimiento incesante de los párpados, una respiración irregular, risas y llantos intempestivos, y la aceleración del pulso. Para descubrir de quién estaba enamorado alguien, Avicena recomendaba un método infalible, que ya Galeno había propuesto: coger la muñeca del enfermo e ir pronunciando nombres de personas del otro sexo, hasta descubrir con qué nombre se le acelera el pulso... Y yo temía que de pronto entrase mi maestro, me cogiera del brazo y en la pulsación de mis venas descubriese, para gran vergüenza mía, el secreto de mi amor... ¡Ay!, el remedio que Avicena sugería era unir a los amantes en matrimonio, con lo que el mal estaría curado. Bien se veía que, aunque sagaz, era un infiel, porque no pensaba en la situación de un novicio benedictino, condenado, pues, a no curar jamás -mejor dicho, consagrado por propia elección, o por prudente elección de sus padres, a no enfermar jamás. Por fortuna, Avicena, aunque sin pensar en la orden cluniacense, consideraba el caso de los amantes separados por alguna barrera infranqueable, y decía que los baños calientes constituían una cura radical. Pero después leí que, siempre según Avicena, hay otras maneras de curar este mal: por ejemplo, recurrir a la ayuda de mujeres viejas y experimentadas para que se pasen todo el tiempo denigrando a la mujer amada; al parecer, para esta faena las viejas son mucho más eficaces que los hombres. Quizás aquella fuese la solución, pero en la abadía no podía encontrar mujeres viejas (ni tampoco jóvenes). ¿Tendría que pedirle, entonces, a algún monje que me hablase mal de la muchacha? Pero ¿a quién? Además, ¿podía un monje conocer a las mujeres tan bien como las conocía una vieja cotilla? La última solución que sugería el sarraceno era del todo indecente, porque indicaba que el amante infeliz debía unirse con muchas esclavas, procedimiento que en nada convenía a un monje.’
Sí, parece que leemos un extracto de la novela de García Márquez.





Lvi Lll [a II No Vi] - 26 Noviembre 2009 - Del Amor y Otros Demonios
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jueves, 19 de noviembre de 2009

19 noviembre 2009

Conversación en La Catedral

Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?

Las preguntas
El ‘examen de conciencia’ con que inicia la novela es engañosamente místico. Esta novela, empresa ambiciosa que vio la luz cuando Mario Vargas Llosa contaba apenas 33 años, es su aproximación personal al Perú que está a punto de caer abatido ante la corrupción política, moral y social del país, y que se resiste entre los últimos estertores a todo intento de redención. Con todo, la novela no es formalmente hablando una ‘novela histórica’.
‘La Catedral’ es sólo un ‘bar de pobres’, una cantinucha de mala muerte, donde el heredero de una familia colaboracionista conversa largamente con Ambrosio, armando y recuperando cada uno de los momentos que ha vivido siendo primero Santiago Zavala y finalmente ‘Zavalita’.
La historia entreteje varias historias a la vez, cada una con su propio ritmo y su propio tiempo, bajo una mirada diferente que enriquece la visión de los dos interlocutores: lo que para Zavalita es un retroceso, un hundimiento continuo al que no puede escapar -como si se tratara del guión ya previsto de una novela de bolsillo de los años cincuenta o una editorial amarillista de las que él escribe para ‘La Crónica’-, para Ambrosio es la liberación constante y definitiva de alguien que se sabe indefenso ante la muerte, remedio, solución y salida a todo lo que ha vivido.
La oposición de Zavalita a los manejos políticos de su padre cristaliza en su ingreso a la Universidad de San Marcos, donde él verá y vivirá la represión ejercida por la dictadura de Odría, siendo esta época la etapa que ha de marcar decisivamente el resto de su vida, arrancándole irremediablemente del seno familiar.
Aunque plagada de preguntas, la novela de Llosa no es tan sólo un análisis de la situación vigente en el Perú de entonces, es también la reflexión y expresión atenta de quien asiste al término de una época histórica, y al principio de otra.



Odría, la oligarquía y el pueblo
El caso de Odría merece un apartado exclusivo.
La historia de su llegada al poder se remite hasta el año 1945, cuando José Luis Bustamante y Rivero asume el cargo de Presidente del Perú, apoyado por la Alianza Popular Revolucionaria Americana o APRA. Al poco tiempo se dieron grandes desacuerdos entre Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA, y el presidente electo, desacuerdos que terminaron en la resolución del presidente de disolver su gabinete aprista, reemplazándolo por uno de índole marcadamente militar. Entre los militares, Odría fue llamado a ejercer el cargo de ‘Ministro de Gobierno y Policía’, desde el 12 de enero de 1947.
Para entonces, Odría mismo y algunos otros elementos del gabinete pedían al presidente la proscripción del APRA, a lo que el presidente respondió con una negación absoluta. Esto causó inconformidad en Odría, quien orquesta el golpe de estado llevado a cabo el 29 de octubre de 1948, medida que también le permitiera realizar su deseo de proscribir al APRA y encarcelar a sus principales líderes, declarando además la supresión de las garantías individuales y emitiendo una Ley de Seguridad Interna, para afianzarse definitivamente en su puesto con la complacencia de la oligarquía del país.
Esta empatía duró poco; Odría abandona su actitud complaciente y enfila en dirección contraria, hacia un populismo que le franqueó la simpatía de la clase baja y los más pobres aunque dicha simpatía en los últimos años de su mandato –conocido también como ‘ochenio’- fue reemplazada por el temor de que su gobierno dictatorial se eternizara. La suerte le sonrió en su periodo gubernamental, marcado por una sobresaliente prosperidad económica.
Se dice que la decisión de llamar a elecciones generales en 1956 y el anuncio de su decisión de no asistir a las mismas en papel de candidato tomó al Perú por sorpresa. Sea cual fuere la causa para que decidiera esto, su gobierno fue un vaivén continuo entre el crecimiento económico, la simpatía popular –misma que se granjeó con medidas como la tomada el 7 de septiembre de 1955 cuando concedió el derecho al voto a las mujeres- y la corrupción generalizada en todos los ámbitos gubernamentales, así como la sistemática supresión de los derechos civiles de sus perseguidos y adversarios.
Esta es la época y los acontecimientos políticos que Mario Vargas Llosa retrata fielmente en su novela, publicada en 1969.


El color del corazón
-¿No te das cuenta que te puedes quedar toda la vida de empleadito? -dijo el tío Clodomiro, consternado-. Un muchacho como tú, Flaco, tan brillante, tan estudioso.
-No soy brillante, no soy estudioso, no repitas a mi papá, tío -dijo Santiago-. La verdad es que estoy desorientado. Sé lo que no quiero ser, pero no lo que me gustaría ser. Y no quiero ser abogado, ni rico, ni importante, tío. No quiero ser a los cincuenta años lo que es mi papá, lo que son los amigos de mi papá. ¿Ves, tío?
‘Zavalita’ es el heredero de una generación que no pensaba en función de ‘moralidad vs. inmoralidad’ o ‘ética vs. no ética’, sino del ‘beneficio contra inversión’ o el ‘interés contra capital’.
Ante los ojos de su padre y de su familia, los cuestionamientos sobre el sentido de la vida inmersa en la opulencia basada sobre todo en la injusticia constante y atropellos contra el pueblo, empleados y subalternos, no tienen razón de ser. La apariencia, la imagen que se impone a los demás es lo único válido, y lo que ocurre tras las cortinas, en la soledad de la alcoba, es secreto a voces pero secreto a fin de cuentas, celosamente guardado, como una confesión firmada sin fecha que tarde o temprano habrá de ver la luz.
“-No es tu culpa, no es tu culpa -gimió don Fermín-. Tampoco es mi culpa. Un hombre no puede excitarse con un hombre, yo sé.” La homosexualidad de Fermín, el padre de Santiago, es el único punto débil que puede encontrarse en ese hombre que juega a los negocios con el régimen caprichoso del dictador en turno.
El único que puede testificar es Ambrosio, el empleado más cercano a Fermín, y también el más lejano de todos: es el chofer de la familia, y el amante del próspero hombre de negocios.
“-Se pone de rodillas ¿ve? -gimió Ambrosio-. Quejándose, a veces medio llorando. Déjame ser lo que soy, dice, déjame ser una puta, Ambrosio. ¿Ve, ve? Se humilla, sufre. Que te toque, que te lo bese, de rodillas, él a mí ¿ve? Peor que una puta ¿ve?
Queta se rió, despacito, volvió a tumbarse de espaldas, y suspiró.
-A ti te da pena él por eso -murmuró con una furia sorda-. A mí me da pena por ti más bien.”
La maestría de ese temprano Vargas Llosa es evidente: remata sus historias con el acierto y el olfato que todo buen escritor afina sólo en la batalla implacable y constante que es toda escritura continua y de grandes proporciones. Quizá uno de los retos más difíciles a que se enfrenta Vargas Llosa en esta novela es al trazo delineado de personajes que ostentan una carga sentimental y emocional tremenda, mientras en el entramado principal de la novela son como piezas impasibles de un ajedrez impecablemente labrado en roca.

El futuro
Los días de Ambrosio están marcados por la tragedia de la sangre, el dolor y los gritos de los animales a quienes sacrifica inhumanamente con el pretexto de la rabia: metiéndolos en un saco y dándoles de garrotazos hasta que mueren. “Los hombres tienen ya los garrotes en las manos, ya comienzan uno-dos a golpear y a rugir, y el costal danza; bota, aúlla enloquecido, uno-dos rugen los hombres y golpean. Santiago cierra los ojos, aturdido. -En el Perú estamos en la edad de piedra, mi amigo -una sonrisa agridulce despierta la cara del calvo-. Mire en qué condiciones se trabaja, dígame si hay derecho.”
Mario Vargas Llosa ha escrito una novela redonda, que responde inesperadamente cada uno de los cuestionamientos que pueden leerse en las páginas iniciales, con un personaje que es también el Perú pobre y desesperanzado de hace cincuenta años: Ambrosio. El futuro para él, para Zavalita, para todo el país, es incierto:
“¿Y cuando se acabara la rabia se acabaría tu trabajo en la perrera, Ambrosio? Sí, niño. ¿Y qué haría?
Lo que había estado haciendo antes de que el administrador lo hiciera llamar con el Pancras y le dijera okey, échanos una mano por unos días aunque sea sin papeles. Trabajaría aquí, allá, a lo mejor dentro de un tiempo había otra epidemia de rabia y lo llamarían de nuevo, y después aquí, allá, y después, bueno, después ya se moriría ¿no niño?”



Ad notanda

El enemigo de Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa ha dicho, en varias entrevistas, que la escritura de sus novelas más ambiciosas, como La casa verde, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo, ha sido dolorosa y febril, por partes iguales. Específicamente, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo debieron terminar por circunstancias ajenas al escritor, principalmente debido al cansancio.
Si es verdaderamente asombrosa la capacidad de trabajo que ha demostrado al publicar en espacios brevísimos de tiempo algunas de sus obras mayores como La ciudad y los perros en 1963, La casa verde en 1965 y Conversación en La Catedral en 1969, más asombroso resulta constatar la serie de recursos e imaginación empleados por Vargas Llosa en sus distintas novelas y la galería exuberante de personajes que son ya parte fundamental de la narrativa latinoamericana de la segunda mitad del siglo pasado, y del siglo presente.
Veneno y antídoto, en una entrevista concedida a Alonso Cueto y publicada en ‘El Comercio’ de Perú el 14 de mayo del 2000, Vargas Llosa se permite una confidencia. Cueto recuerda: “Me dice que la única manera de combatir el cansancio del final de una novela es embarcándose en otra.” Y transcribe las palabras de Vargas Llosa, inesperadas, cálidas y humanas:
“Además tengo muchas historias en la cabeza y por primera vez siento que me va a faltar tiempo para terminarlas. Es algo que no sentía antes. A lo mejor es el primer síntoma de la vejez.”
Vargas Llosa ha peleado y continúa peleando en buena lid contra sus enemigos, y sobre todo en contra del cansancio. Qué duda cabe.


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jueves, 12 de noviembre de 2009

12 noviembre 2009

Un sueño barroco

Nutrida con frecuencia de las más oscuras, olvidadas y ocultas elucubraciones de la psique, la cantidad de obras literarias que giran en torno a los sueños sólo pueden ser superadas en número por las debidas a la muerte y al amor, eternos antagonistas.
Desde las primeras y más tempranas aproximaciones a este género, como el ‘Somnus Scipionis’ escrito por Cicerón, hasta las más intrincadas y difíciles como ‘Sylvie and Bruno’ de Lewis Carroll, las obras de carácter onírico denotan una extraña cantidad de rasgos comunes que pueden resumirse en la libertad incondicionada del mundo soñado como contrapuesta a la asfixiante realidad de un mundo oprimido por sinfín de normas y reglas y no obstante, tanto o más absurdo que el otro.

El sueño de la razón
Enigma entre enigmas, el Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz se yergue en su obra como si fuese un obelisco, retrato exacto de algún dibujo tomado de los libros de Atanasio Kircher. Sor Juana llegaría a afirmar retóricamente que su obra completa se debía a peticiones y encargos expresos, exceptuando el Primero sueño: ‘Yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos, de tal manera que no me acuerdo haber escrito por mi gusto si no es un papelillo que llaman el Sueño’. La exageración de esta afirmación resalta no el gusto descuidado y distraído, sino la concentración y el empeño de quien se esmera y vierte su mayor esfuerzo sobre una obra cualquiera.
Se considera al Primero sueño como un poema filosófico, más a tono con la poética filosófica o filosofía poética clásica griega y latina, que como un poema lírico, escrito en un arrebato sentimental o melancólico.
Las aproximaciones que se han vertido en los últimos cien años sobre el texto han podido esclarecer un tanto –sin agotar- el sentido del poema, que sólo puede ser aprehendido cabalmente si se toma en cuenta el monstruoso caudal de conocimientos que en el momento de su escritura Sor Juana empleó en los versos, y si no se excluye el análisis profundo de la situación de la mujer y la valía de su intelecto en la época histórica que le toca vivir.
Octavio Paz en su magnífico ensayo ‘Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fé’ aborda el Primero sueño desde una perspectiva simbólica, elaborando una hermenéutica que debe mucho a los emblemas de Pierio Valeriano y a la imaginería sorprendente que Sor Juana toma directamente de los libros de Kircher y la tradición hermética.
Un par de años después, otro estudioso del poema de Sor Juana nos legaría su análisis, esta vez desde el punto de vista científico, demostrando una vez más las profundas raíces del saber enciclopédico de Sor Juana. Elías Trabulse dedica varias notas marginales del tomo segundo de su ‘Historia de la ciencia en México’ a explicarnos por qué ese poema no tiene equivalente en su tiempo: ‘Los conocimientos considerados heterodoxos se desarrollaron a la callada y tuvieron como paradigma las creencias mágicas introducidas a través del jesuita Kircher, de quien Sor Juana era vehemente lectora, en su Musurgia Universalis que inspiró la sección científica del Primero sueño.’

La física y el jeroglífico
Octavio Paz no puede dejar escapar a la tentación de ver en el Sueño de Sor Juana la lucha y búsqueda incesante del alma que pretende alcanzar las esferas superiores, esas que por su naturaleza misma –mujer y más aún, ‘mujer de claustro’- le estaban vedadas en un mundo marcado por la exclusión sistemática de lo femenino. Y en todo caso, cuando lo femenino aparece en escena, estará siempre supeditado a lo masculino, jamás en rivalidad, y mucho menos en superioridad evidente.
La única salida que tiene esta mujer la obliga a saltar sobre cualquier convencionalismo, transgrediendo las reglas mismas y el orden establecido, al escribir un poema que bajo el engañoso título de ‘Sueño’ engarza pieza por pieza la escala que le permitirá no sólo sobresalir en el mundo masculino en el que se desenvuelve, sino más aún, alcanzar lo que a todo interlocutor vecino está prohibido. Si la simpatía que siente por el sabio jesuita alemán aparece en gran cantidad de versos de este poema, ella supera el argumento de los libros leídos y aprendidos de memoria para hacer de su poema un verdadero espejo del mundo y de la razón empeñada en sobrepasar la esfera de la materia.
Sería en 1983 cuando Elías Trabulse emprendería su aproximación al Sueño, con métodos que al mismo Octavio Paz pudieron haber resultado, si no escandalosos, sí por lo menos reprobables: en vez de analizar uno por uno los 976 versos que componen el poema, inicia con la sección más ‘científica’ del texto [a partir del verso 192], resaltando y rescatando cada uno de los elementos que Sor Juana introduce y explicando también hasta que punto la visión del alma atormentada del poema es la imagen fiel del intelecto acuciado por las distintas dudas, incertezas, y también seguridades, creencias y confianzas.
Ambos, Paz y Trabulse, son los extremos del amplio especto de interpretaciones, aproximaciones y explicaciones que se han hecho sobre el mismo texto.

El claustro y el laberinto
De habérsenos conservado una copia de ‘El caracol’ probablemente poseeríamos dos obras cumbre en la amplia producción literaria de Sor Juana. El caracol pretendía ser un compendio de armonía; se sabe que Sor Juana fue ejecutante de varios instrumentos musicales, y algunos poemas que se nos han conservado versan directamente sobre el asunto de la música, demostrando el dominio que poseía sobre esta materia.
Pamela H. Long en su ensayo ‘De la música un cuaderno pedís: Musical Notation in Sor Juana’s Works’ clarifica estos asuntos:
“Sor Juana Inés de la Cruz (m. 1695, México) vivió, escribió, estudió y compuso música durante una época de intensa experimentación en los aspectos prácticos de la música, sobre todo en lo relativo a armónica (sic), notación, composición e instrumentación, además del desarrollo de la ópera. Lorente, Mersenne, Ronsard, Galilei, Zarlino, Cerone y Kircher habían intentado codificar el sistema de la representación de las notas musicales, y Sor Juana versó sobre muchos aspectos relativos a la práctica de la notación musical. Compuso un tratado titulado El caracol, en el cual procura simplificar el sistema de la escritura musical como se practicaba en la época.”
El caracol es laberinto y conlleva también, siempre, una salida.
Esta faceta de la vida de Sor Juana, minimizada frecuentemente sobre todo por la crítica con tintes meramente literarios, nos obliga a reflexionar el papel que la ciencia y la razón juega a lo largo de la obra de Sor Juana. Si bien es cierto que varios poemas y versos de la pluma de Inés se debieron a encargos explícitos de la nobleza virreinal, también es cierto que estos mismos encargos le valieron la posibilidad de escribir sobre temas que no siempre tocaban el amor y asuntos sacros, incluyendo con frecuencia temas eminentemente profanos y cortesanos en sus escritos.
El que sería un discurso filosófico, Imago mundi, toma forma de poema, permitiendo a la poetisa establecer de una vez por todas su valía entre los grandes de su tiempo, atacando no de frente –hecho imposible debido a las vigentes restricciones del Nihil obstat imperante y en manos de clérigos cuyo saber dejaba mucho que desear- sino desde el bastión de lo femenino –la poesía- a lo masculino –el discurso escolástico-, dejándola bien librada en este trance.
En cambio, el pretendido compendio de armonía al parecer se trataba de una obra más acorde con los manuales escolares y libros de texto en uso, lo que a su vez sería simultáneamente fuerte restricción y gran reto: abordar científicamente lo que en el papel y la teoría puede ser abarcado con leyes que deben mucho a la escuela pitagórica, aunque la ejecución y vivencia se deba sobre todo al estado anímico del ejecutante.
Sor Juana pudo hacer, mediante un virtuoso y bien afinado olfato para las cuestiones prácticas, un coto en el convento que le permitió escribir en el como si estuviese en su bastión más seguro y emprendiendo no obstante, a cada momento escaramuzas fuera de la seguridad de aquellos muros, escaramuzas que llegó a ganar ante el público, y que le acarrearían los dolores, altibajos y tropiezos que son ampliamente conocidos.
Citando de nuevo a Trabulse:
‘La importancia que Sor Juana da a los números como clave, nos indica su inmersión (no sabemos si explícita) en las doctrinas pitagóricas. Lo mismo ocurre con su interés por las proporciones y sus explicaciones basadas en el orden de las vibraciones musicales. Debe considerarse seriamente el estudiar estas influencias pitagóricas y herméticas de la poetisa para poder entenderla cabalmente, pues son inseparables de su afición a observar fenómenos particulares, la cual sería la nota más “moderna” de su criterio científico.’

Sor Juana sueña a Inés
Maravillada por la Combinatoria de Kircher, Sor Juana crea un verbo, ‘kirkerizar’: a tanto llegó su asombro y admiración por el jesuita. Y si el sueño puede ser leído como el ascenso del alma y el intelecto desde los más groseros elementos y humores hasta la contemplación extasiada de la gran fábrica del mundo, también es cierto que Sor Juana se permitió soñar a Inés, liberada de su cuerpo de mujer, y remontando sobre la prisión de la materia inerte.
Travesía desgarradora, Sor Juana despierta al final del poema, recluyendo a Inés de nueva cuenta en el claustro, en su cuerpo, en su tiempo. Aunque no todo está perdido: el ‘Sol madeja hermosa’ distribuye su luz al mundo nuevamente iluminado: aún queda la belleza.


AD NOTANDA

Sor Juana Inés de la Cruz y la ortodoxia
Después de 1990, y coincidiendo con la conmemoración del V Centenario de la llegada de Colón a América, comenzaron a ver la luz distintos estudios donde se resaltaba un aspecto ignorado en la vida y obra de la poetisa, y que Paz vislumbró en su ensayo antes mencionado. Comenzó a hablarse de la posibilidad de que la familia de Sor Juana fuese conversa, habiendo sido originalmente una familia judía.
Esto explicaría varias cuestiones que dejan de parecer insolubles si se piensa en la adopción de la vida religiosa más como la mejor opción para disipar las dudas sobre un probable oscuro origen judío, que el mil veces resaltado aspecto práctico de la decisión tomada por una mujer que quiere saber lo que saben los hombres en una época donde esto era prácticamente imposible.
Otra de esas cuestiones antaño insolubles la aborda Robin Ann Rice en un ensayo sin fecha escrito para la Universidad de las Américas, donde abunda sobre el tema de la fuerte influencia que tuvo la Escuela de Alejandría, y más específicamente Clemente, San Gregorio y Orígenes, en la poetisa mexicana:
“En resumen, a mi juicio, sor Juana rompió todos los moldes cuando optó por usar a Narciso como figura cristológica en su auto El divino Narciso. Primero, porque esta figura mitológica en particular no tenía ninguna tradición mística o sagrada como los protagonistas de otros autos como Orfeo, Jasón, etc. Por lo tanto, tuvo que recurrir a Clemente y Orígenes para idear su propia metamorfosis de Narciso en Cristo. El resultado es una transformación fortuita de Narciso en Cristo por medio de la transformación de Narciso en una especie de Logos mundano, un Cristo convertido en Logos que desencadena su propia muerte cuando el Logos crea a una Naturaleza Humana en la imagen de Dios.”
Estamos, en efecto, un paso más allá del judaísmo, aunque este cristianismo simbólico tenga muy poco de ortodoxo.







LIIII LLL [A II No IIII] - 12 NOVIEMBRE 2009 - Un sueño barroco
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jueves, 5 de noviembre de 2009

05 noviembre 2009

Mé-xi-co

Caudales de tinta han empapado las hojas de libros, tomando la forma de concienzudos ensayos, diatribas, disertaciones u opúsculos históricos, tratando de dilucidar lo que se esconde detrás de esa palabra engañosamente clara.
Gutierre Tibón emprendió el resumen de las teorías y explicaciones, que tomaron la forma de reflexiones en torno al nombre y la no menos difícil y oscura fundación de la ciudad, en una obra monumental titulada ‘Historia del nombre y de la fundación de México’, donde, en poco menos de novecientas páginas, va demostrando la cada vez más huidiza etimología que encierra esa palabra total, segundo nombre de nuestro país, y aún no oficializada por los gobiernos en turno.

Los nombres
Si pensamos que el libro de Tibón es una árida mescolanza de datos dispersos, estaremos minimizando una obra que resuma frescura, ingenio, y una erudición que parece más anécdota que cita bibliográfica. Y aunque el tema de su búsqueda, y la dirección de la obra está bien definida, el autor enriquece el libro con observaciones propias que ayudan muchísimo a esclarecer hasta dónde el alcance de esa oscuridad aún nos alcanza, y está lejos de ser sobrepasada.
En el turbulento año de 1970 acude a una marcha, y nos confiesa maravillado, que el antiguo grito de guerra sigue escuchándose en las tierras aztecas, brotando contundente de cada garganta. Esto sucedía 646 años después de la fundación de México, el 7 de junio de 1970: ‘Una multitud radiante por una victoria en cierto tlachtli jugado contra la gente de Cuzcatlan e Izalco, gritaba enardecida, escandiendo las sílabas: ¡Mé-xi-co, Mé-xi-co! Había una mezcla de alegría y de amenaza en sus voces; faltaba la segunda parte del nombre, Te-noch-ti-tlan; pero era en sustancia el viejo grito de guerra azteca como lo habían oído, justamente aterrorizados, los habitantes de Orizaba, en tiempos del hueitlatoani Ilhuicamina, y como lo oyó, dese lo alto de un teocalli en Xochimilco, cierto capitán español, de apellido Cortés, en tiempos del hueitlatoani Cuauhtémoc.’

Los extremos se tocan
Si el ejemplo anterior pareciera brotar de alguien que escribe enfebrecido y cegado una recopilación, reseña o semblanza sobre el nombre de México y los sucesos acaecidos alrededor de su fundación, en otras partes del libro establece lo cerca que está el nacionalismo exacerbado de la traición y de la ignominia. Demostrando su conciencia y la tranquilidad de todo sabio y estudioso al tanto del conocimiento que posee y que desea transmitir a sus interlocutores, Tibón repasa someramente el papel que juega Aztlán entre los mexicanos estadounidenses, aquellos que orgullosamente se hacen llamar ‘chicanos’. En la enumeración rápida y jugosa de ciertas actitudes que nos obligan a replantearnos exactamente no sólo nuestra identidad, sino también nuestra idea de lo que es ‘ser mexicano’; el autor resalta que a partir de la década de los setenta, el movimiento chicano puso ‘en boga’ a Aztlán, y quien contribuyó notablemente a este nuevo interés fue ni más ni menos que un norteamericano, Jack D. Forbes.
Forbes establece que el sur-oeste norteamericano era la ‘patria de los chicanos’, y su escrito mimeografiado fue ampliamente distribuido entre 1962 y 1963. Siguiendo con el detalle y deslinde de los hechos, Gutierre apunta que cierta Sara Estrella escribió en 1971 un poema titulado ‘Soy chicana de Aztlán’.
Y aún se permite agregar una referencia por demás escandalosa:
‘En 1972 Ester R. Pérez, con la colaboración de James y Nina Kallas, publicaron en Guadalajara una “reseña de historia mexicana” bilingüe, titulada Orgullo de Aztlán-Pride of Aztlan, que dedican “al espíritu de valor y nobleza que ha permanecido en nuestra raza desde que salió de Aztlán, hasta encontrarse nuevamente en la tierra de origen de sus antepasados, el México Americano.” Prologa el libro, escrito con tanta buena voluntad como abundancia de errores, Jorge Terrazas Acevedo.’
Tibón recoge un párrafo de este prólogo, en donde actualmente no encontramos rastros del lamentable espanglish, aunque parezca escrito por alguien que habla y escribe en español pensando en inglés, y preocupado, por si esto fuera poco, por mantener intacta e incólume su simpatía y compromiso por y con el chicanismo: ‘Orgullo de Aztlán pertenece al bilingüismo y biculturalismo fulcro de nuestra autoidentificación y radicalización (sic) como chicanos. La reconquista del poder y la reconquista de nuestra imagen, ambos son una responsabilidad dentro del chicanismo’.
¿De dónde proviene la difícil identificación de lo mexicano con lo azteca, de la búsqueda del ‘Return to Aztlan’ como una vuelta al paraíso perdido o al vientre materno? Tibón se atreve a esclarecerlo, por más que las razones sean dolorosas, casi increíbles:
‘Dice el mismo historiador [Durán] que los aztecas, según resulta por las pinturas y caracteres de la historia antigua eran del linaje de los toltecas y de la familia de Huetzitin. Este caballero, al decir del mismo cronista escapó con su gente y familia cuando la destrucción de los toltecas en el puerto de Chapultépec (…) y fue con ella por las tierras del reino de Michoacan hasta la provincia de Aztlan. El sucesor de Huetzitin, Ocelopan, acordándose de la tierra de sus pasados, acordó de venir a ella, trayendo consigo a todos los de su nación (…)Venía con ellos una hermana suya, mujer varonil llamada Matlálatl (…) Traían por su particular ídolo a Huitzilopochtli. Es fácil deducir que las raíces raciales, religiosas y lingüísticas de los aztecas eran toltecas […]’

El extranjero y la tierra
Se sabe que Gutierre Tibón fue sobre todo, un autodidacta, recibiendo a los 41 años su primer doctorado Honoris Causa [por la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en Michoacán], esto por su labor de investigación y difusión de la historia de México, su lengua y sus tradiciones. Filólogo en toda la acepción de la palabra, Tibón nació en 1905 en Milán, Italia, viviendo prácticamente su vida toda en México, falleciendo en Cuernavaca, Morelos, en 1999. Su libro fue publicado en 1975, y es reconocido ampliamente como una exposición de la más alta erudición, y también de la preocupación máxima de un hombre que aprendió a amar, a querer a la tierra que le diera abrigo.
Quizá por esto mismo pocos tan calificados y capaces como él, de sacar adelante la empresa de recolección y explicación de los distintos sucesos que fueron fortaleciendo, enriqueciendo y también difuminando, lo que se encuentra detrás de la palabra México y la fundación de la ciudad que llevase el mismo nombre.
La lista de autores a quienes cita minuciosa y detenidamente se nutre con los nombres de Sahagún, Durán, Boturini, Ixtlilxóchitl, Tezózomoc, Torquemada, Molina, Seler, León-Portilla, León y Gama, Clavijero, Eguiara, Bernal Díaz, y Cortés.
Y por si esto fuera poco, se permite incluir referencias que a más de un lector podrían haber hecho brincar, como la siguiente:

México y las conejitas… de Playboy
Mé-xi-co significa, entre otras ochocientas cosas ‘el conejo en la luna’, y ‘el ojo del conejo’. Filólogo trabajando, Tibón define claramente al animalillo silvestre: ‘El conejo: humano, demasiado humano’. ¿Por qué nos agradan tanto los conejos? Responde Gutierre que es algo perdido en lo más profundo de nuestros instintos. ‘Nos agrada instintivamente la vida de esas criaturas, con sus preocupaciones inocentes: una vida infantil, despreocupada y serena.’
Además, y aquí viene la justificación de la referencia, los varones inconscientemente asocian al conejo con ‘el atributo de femineidad esencial: su prodigiosa fecundidad’. Mirando de cara al pasado, Tibón observa que a últimas fechas la simbiosis entre la simbología del conejo y la mujer joven ha dado paso a la aparición de un símbolo innegable de nuestra sociedad actual:
‘Me refiero a las conejitas, las bunnies que representan (antes en los Estados Unidos y en Canadá, y luego en todo el mundo) gracia y ternura femenina con cierto acento picante debido a las descomunales orejas de suave pelliza blanca. No olvidemos que la revista paladina de las conejitas tiene una tirada de casi siete millones, una de las mayores en nuestros días’ [Time, 30 de julio de 1973].
Basten estas citas y estas referencias para dar una idea muy general y también muy escueta de la riqueza del libro de Gutierre Tibón. Es tal la amenidad del texto, y la fecundidad y profusión de noticias y citas, que su lectura puede comenzarse en cualquiera de sus trece capítulos, rebosantes de amor, simpatía y cariño por este país; su libro es, finalmente, una imagen exacta de la increíble riqueza, variedad, y también accidentada esencia de México, su nombre, su tierra y su gente.



Ad notanda

Tibón no dejó fuera de su libro la simbología del Escudo Nacional. La reproducimos a continuación con la seguridad de que a más de un lector le resultará muy ilustrativa, además de esclarecedora: son tantas las erratas, exageraciones y mentiras que al respecto circulan en varias publicaciones, que el texto de Tibón resulta de enorme utilidad:

«Simbolismo del Escudo Nacional

Sin el fundamento de lo que precede, no hubiera podido desentrañar la verdadera interpretación del escudo nacional. En el escudo está escrito crípticamente el místico binomio: me(ztli), Luna y conejo lunar, transfigurado por voluntad divina en nopal; xic(tli), ombligo, se presenta en su forma clásica y arquetípica de piedra; co es “en”. Las tres voces componen Metzxicco, o sea México. Sobre el nopal un águila, símbolo del Sol, desgarra una serpiente, figuración de la oscuridad nocturna, reino de la Luna. Esta lucha cósmica significa la derrota del culto lunar y el triunfo del Sol como suprema potencia divina de los mexicas.
El segundo nombre se compone con te(tl), piedra, que alude otra vez al ombligo (como el ónfalo de Delfos), pero también a la tuna dura colorada, noch(tli), cuyo jugo es rojo como sangre: la de los corazones humanos sacrificados al Sol. Con el locativo títlan se integra Tenochtitlan. Todo emerge de la laguna y de la diosa del agua. Esta síntesis genial se debe a la inteligencia de los tlacuilos.»



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