jueves, 5 de noviembre de 2009

05 noviembre 2009

Mé-xi-co

Caudales de tinta han empapado las hojas de libros, tomando la forma de concienzudos ensayos, diatribas, disertaciones u opúsculos históricos, tratando de dilucidar lo que se esconde detrás de esa palabra engañosamente clara.
Gutierre Tibón emprendió el resumen de las teorías y explicaciones, que tomaron la forma de reflexiones en torno al nombre y la no menos difícil y oscura fundación de la ciudad, en una obra monumental titulada ‘Historia del nombre y de la fundación de México’, donde, en poco menos de novecientas páginas, va demostrando la cada vez más huidiza etimología que encierra esa palabra total, segundo nombre de nuestro país, y aún no oficializada por los gobiernos en turno.

Los nombres
Si pensamos que el libro de Tibón es una árida mescolanza de datos dispersos, estaremos minimizando una obra que resuma frescura, ingenio, y una erudición que parece más anécdota que cita bibliográfica. Y aunque el tema de su búsqueda, y la dirección de la obra está bien definida, el autor enriquece el libro con observaciones propias que ayudan muchísimo a esclarecer hasta dónde el alcance de esa oscuridad aún nos alcanza, y está lejos de ser sobrepasada.
En el turbulento año de 1970 acude a una marcha, y nos confiesa maravillado, que el antiguo grito de guerra sigue escuchándose en las tierras aztecas, brotando contundente de cada garganta. Esto sucedía 646 años después de la fundación de México, el 7 de junio de 1970: ‘Una multitud radiante por una victoria en cierto tlachtli jugado contra la gente de Cuzcatlan e Izalco, gritaba enardecida, escandiendo las sílabas: ¡Mé-xi-co, Mé-xi-co! Había una mezcla de alegría y de amenaza en sus voces; faltaba la segunda parte del nombre, Te-noch-ti-tlan; pero era en sustancia el viejo grito de guerra azteca como lo habían oído, justamente aterrorizados, los habitantes de Orizaba, en tiempos del hueitlatoani Ilhuicamina, y como lo oyó, dese lo alto de un teocalli en Xochimilco, cierto capitán español, de apellido Cortés, en tiempos del hueitlatoani Cuauhtémoc.’

Los extremos se tocan
Si el ejemplo anterior pareciera brotar de alguien que escribe enfebrecido y cegado una recopilación, reseña o semblanza sobre el nombre de México y los sucesos acaecidos alrededor de su fundación, en otras partes del libro establece lo cerca que está el nacionalismo exacerbado de la traición y de la ignominia. Demostrando su conciencia y la tranquilidad de todo sabio y estudioso al tanto del conocimiento que posee y que desea transmitir a sus interlocutores, Tibón repasa someramente el papel que juega Aztlán entre los mexicanos estadounidenses, aquellos que orgullosamente se hacen llamar ‘chicanos’. En la enumeración rápida y jugosa de ciertas actitudes que nos obligan a replantearnos exactamente no sólo nuestra identidad, sino también nuestra idea de lo que es ‘ser mexicano’; el autor resalta que a partir de la década de los setenta, el movimiento chicano puso ‘en boga’ a Aztlán, y quien contribuyó notablemente a este nuevo interés fue ni más ni menos que un norteamericano, Jack D. Forbes.
Forbes establece que el sur-oeste norteamericano era la ‘patria de los chicanos’, y su escrito mimeografiado fue ampliamente distribuido entre 1962 y 1963. Siguiendo con el detalle y deslinde de los hechos, Gutierre apunta que cierta Sara Estrella escribió en 1971 un poema titulado ‘Soy chicana de Aztlán’.
Y aún se permite agregar una referencia por demás escandalosa:
‘En 1972 Ester R. Pérez, con la colaboración de James y Nina Kallas, publicaron en Guadalajara una “reseña de historia mexicana” bilingüe, titulada Orgullo de Aztlán-Pride of Aztlan, que dedican “al espíritu de valor y nobleza que ha permanecido en nuestra raza desde que salió de Aztlán, hasta encontrarse nuevamente en la tierra de origen de sus antepasados, el México Americano.” Prologa el libro, escrito con tanta buena voluntad como abundancia de errores, Jorge Terrazas Acevedo.’
Tibón recoge un párrafo de este prólogo, en donde actualmente no encontramos rastros del lamentable espanglish, aunque parezca escrito por alguien que habla y escribe en español pensando en inglés, y preocupado, por si esto fuera poco, por mantener intacta e incólume su simpatía y compromiso por y con el chicanismo: ‘Orgullo de Aztlán pertenece al bilingüismo y biculturalismo fulcro de nuestra autoidentificación y radicalización (sic) como chicanos. La reconquista del poder y la reconquista de nuestra imagen, ambos son una responsabilidad dentro del chicanismo’.
¿De dónde proviene la difícil identificación de lo mexicano con lo azteca, de la búsqueda del ‘Return to Aztlan’ como una vuelta al paraíso perdido o al vientre materno? Tibón se atreve a esclarecerlo, por más que las razones sean dolorosas, casi increíbles:
‘Dice el mismo historiador [Durán] que los aztecas, según resulta por las pinturas y caracteres de la historia antigua eran del linaje de los toltecas y de la familia de Huetzitin. Este caballero, al decir del mismo cronista escapó con su gente y familia cuando la destrucción de los toltecas en el puerto de Chapultépec (…) y fue con ella por las tierras del reino de Michoacan hasta la provincia de Aztlan. El sucesor de Huetzitin, Ocelopan, acordándose de la tierra de sus pasados, acordó de venir a ella, trayendo consigo a todos los de su nación (…)Venía con ellos una hermana suya, mujer varonil llamada Matlálatl (…) Traían por su particular ídolo a Huitzilopochtli. Es fácil deducir que las raíces raciales, religiosas y lingüísticas de los aztecas eran toltecas […]’

El extranjero y la tierra
Se sabe que Gutierre Tibón fue sobre todo, un autodidacta, recibiendo a los 41 años su primer doctorado Honoris Causa [por la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en Michoacán], esto por su labor de investigación y difusión de la historia de México, su lengua y sus tradiciones. Filólogo en toda la acepción de la palabra, Tibón nació en 1905 en Milán, Italia, viviendo prácticamente su vida toda en México, falleciendo en Cuernavaca, Morelos, en 1999. Su libro fue publicado en 1975, y es reconocido ampliamente como una exposición de la más alta erudición, y también de la preocupación máxima de un hombre que aprendió a amar, a querer a la tierra que le diera abrigo.
Quizá por esto mismo pocos tan calificados y capaces como él, de sacar adelante la empresa de recolección y explicación de los distintos sucesos que fueron fortaleciendo, enriqueciendo y también difuminando, lo que se encuentra detrás de la palabra México y la fundación de la ciudad que llevase el mismo nombre.
La lista de autores a quienes cita minuciosa y detenidamente se nutre con los nombres de Sahagún, Durán, Boturini, Ixtlilxóchitl, Tezózomoc, Torquemada, Molina, Seler, León-Portilla, León y Gama, Clavijero, Eguiara, Bernal Díaz, y Cortés.
Y por si esto fuera poco, se permite incluir referencias que a más de un lector podrían haber hecho brincar, como la siguiente:

México y las conejitas… de Playboy
Mé-xi-co significa, entre otras ochocientas cosas ‘el conejo en la luna’, y ‘el ojo del conejo’. Filólogo trabajando, Tibón define claramente al animalillo silvestre: ‘El conejo: humano, demasiado humano’. ¿Por qué nos agradan tanto los conejos? Responde Gutierre que es algo perdido en lo más profundo de nuestros instintos. ‘Nos agrada instintivamente la vida de esas criaturas, con sus preocupaciones inocentes: una vida infantil, despreocupada y serena.’
Además, y aquí viene la justificación de la referencia, los varones inconscientemente asocian al conejo con ‘el atributo de femineidad esencial: su prodigiosa fecundidad’. Mirando de cara al pasado, Tibón observa que a últimas fechas la simbiosis entre la simbología del conejo y la mujer joven ha dado paso a la aparición de un símbolo innegable de nuestra sociedad actual:
‘Me refiero a las conejitas, las bunnies que representan (antes en los Estados Unidos y en Canadá, y luego en todo el mundo) gracia y ternura femenina con cierto acento picante debido a las descomunales orejas de suave pelliza blanca. No olvidemos que la revista paladina de las conejitas tiene una tirada de casi siete millones, una de las mayores en nuestros días’ [Time, 30 de julio de 1973].
Basten estas citas y estas referencias para dar una idea muy general y también muy escueta de la riqueza del libro de Gutierre Tibón. Es tal la amenidad del texto, y la fecundidad y profusión de noticias y citas, que su lectura puede comenzarse en cualquiera de sus trece capítulos, rebosantes de amor, simpatía y cariño por este país; su libro es, finalmente, una imagen exacta de la increíble riqueza, variedad, y también accidentada esencia de México, su nombre, su tierra y su gente.



Ad notanda

Tibón no dejó fuera de su libro la simbología del Escudo Nacional. La reproducimos a continuación con la seguridad de que a más de un lector le resultará muy ilustrativa, además de esclarecedora: son tantas las erratas, exageraciones y mentiras que al respecto circulan en varias publicaciones, que el texto de Tibón resulta de enorme utilidad:

«Simbolismo del Escudo Nacional

Sin el fundamento de lo que precede, no hubiera podido desentrañar la verdadera interpretación del escudo nacional. En el escudo está escrito crípticamente el místico binomio: me(ztli), Luna y conejo lunar, transfigurado por voluntad divina en nopal; xic(tli), ombligo, se presenta en su forma clásica y arquetípica de piedra; co es “en”. Las tres voces componen Metzxicco, o sea México. Sobre el nopal un águila, símbolo del Sol, desgarra una serpiente, figuración de la oscuridad nocturna, reino de la Luna. Esta lucha cósmica significa la derrota del culto lunar y el triunfo del Sol como suprema potencia divina de los mexicas.
El segundo nombre se compone con te(tl), piedra, que alude otra vez al ombligo (como el ónfalo de Delfos), pero también a la tuna dura colorada, noch(tli), cuyo jugo es rojo como sangre: la de los corazones humanos sacrificados al Sol. Con el locativo títlan se integra Tenochtitlan. Todo emerge de la laguna y de la diosa del agua. Esta síntesis genial se debe a la inteligencia de los tlacuilos.»



Los derechos sobre la cabecera, tipografías, diseño, colores, perfiles de color, gráficos y fotografía de los artículos ya impresos pertenecen única y exclusivamente a El Diario NTR Zacatecas.

Todos los derechos sobre el texto quedan reservados a su autor.

3 comentarios:

Blanca dijo...

HOla Señor Arriaga, te escribo desde Aztlán, lo enlacé desde el blog de Y ahora que hice. Veo que su blog no es un pasatiempo ligero, precisa calma y deseos de analizar. Mi blog es Monologando, y participo en el de Juan Gaspar, Crónicas reales de un mojado.Te invito a visitarnos. volveré según me lo permita mi tiempo, al que últimamente ando exprimiendo jeje. Fue un placer conocerlo.

Blanca dijo...

Ah,me olvidaba, me encanta el señor Gutierre Tibón, aunque ya esté fallecido, su obra sobrevive;admiré su lucidez preciosa y envidiable a su edad. Un intelecto enorme,además su pasión por mi tierra, a la que visitó,nos honra, aún en el recuerdo.

Francisco Arriaga dijo...

Estimada Blanca:

gracias por su visita y su comentario.

No tuve la suerte de ver los programas de Gutierre, que según comentarios que leí en varios sitios, eran una delicia.

Su libro sin duda alguna enriqueció el panorama cultural que se ha tejido en torno a México, su fundación, sus mitos e historia.

Reciba saludos desde Nuevo Laredo, Tamaulipas.

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