miércoles, 27 de mayo de 2009

28 mayo 2009

XXX

El marqués. El conde.
Ambos títulos poseyó y usó el aristócrata francés Donatien Alphonse François de Sade, quien tuviese una educación esmerada y refinadísima en extremo. Su primera instrucción la recibió bajo la supervisión de su tío paterno, Jacques-Francois-Paul-Aldonse, abad de Saint-Leger d'Ebreuilel, quien le designa como tutor a otro abad, Jacques Francois Amblet. Posteriormente ingresó en un liceo al cuidado de los jesuitas. A los 13 años ingresa en la academia militar, participando activamente después en la Guerra de los Siete Años, donde alcanzó el grado de Coronel del Regimiento de Dragones.
A partir de este momento sus andanzas son prácticamente imposibles de seguir. El libertinaje que acusó su comportamiento, escándalos sexuales, sus libros que fluctúan entre la pornografía más descarnada y una moral y filosofía bien definidas, originaron que finalmente su nombre fuese reemplazado por su apellido –reconocimiento que sólo alcanzan pocos entre pocos-. Actualmente, el Conde ha sido desplazado por el Marqués.

El Divino Marqués.
Los alcances de la tutoría de Amblet son insospechados. Le acompañó durante años y fue quien leyó algunas de las primeras novelas escritas por Sade, dándole a éste de manera continua consejos literarios, y manteniéndose a su lado mientras el Marqués cumplía varias condenas de encarcelamiento, mudando de residencia según le exigían los dictámenes judiciales. Y si sus obras mantienen el mismo nivel de fascinación que ejercieron sobre sus contemporáneos –y siguen causando la misma aversión entre los puritanos- es por la profunda disección que logró hacer de los más oscuros y mórbidos pensamientos y deseos de hombres y mujeres.
Sade comparte el pedestal con Byron, Casanova y Rimbaud –hay quienes agregan a John Wilmont e incluso a Jim Morrison- en la categoría de ‘libertinos’ famosos. El término ‘libertino’ tiene un origen que se pretende yace en la respuesta a algunas acciones políticas de Calvino, cuando Ami Perrin se opuso rotundamente a la idea de que el concejo se estableciera en Ginebra, estando aún fresca en la memoria de los ginebrinos la masacre francesa: el nombre de sus simpatizantes les fue dado por Calvino y fue ‘libertinos’.
Posteriormente el término adoptó el carácter moral y filosófico que ha mantenido hasta nuestros días, para identificar a quien ‘ignora las restricciones morales y cualquier norma de comportamiento que se pretenda imponer por la sociedad’.
Y aunque en el siglo XVII se especuló sobre la existencia de un grupo llamado ‘La orden secreta de los libertinos’, la existencia de dicha orden jamás pudo ser comprobada, aunque se haya pretendido que estuvieron afiliados a ese grupo –según la leyenda- el mismo Sade, Casanova y Byron.

Filosofía, pornografía, y moral.
La carga subversiva de los libros escritos por Sade es evidente, en las descripciones de orgías y juegos sexuales no se amedrenta ante la descripción más pequeña y detallada de las prácticas diversas que consigna. Su narración, gráfica y minuciosa, resultó idónea para que algunos grabadores contemporáneos reconstruyeran algunas escenas escritas en papel brindándoles un escenario siquiera de tinta y papel: la aparición de viñetas y ediciones ‘ilustradas’ es muy temprana, y frecuentemente resultan exactas y fieles al texto.
Y aunque a primera vista pareciera que ‘leer un libro de Sade es leer todos los libros de Sade’, las variaciones y paráfrasis que elabora sobre los mismos temas no ocultan el lado crítico, la sátira y la demolición mordaz de aquello que la sociedad considera ‘un buen comportamiento’. Las lecturas que pueden realizarse sobre sus novelas son varias: buscando al nihilista se verá que efectivamente, la sensación de una seguridad basada en la perennidad de la carne y la muerte de la conciencia paralela a la muerte física del cuerpo es el alimento que nutre y desencadena los comportamientos más desesperados de sus personajes; el moralista dictaminará que todo hombre y mujer, apenas liberados del yugo de la moral y las buenas costumbres puede tornarse inmisericorde en su búsqueda del placer y la satisfacción personal, olvidándose fácilmente de los derechos, cualidades y sentimientos ajenos.
No obstante, una lectura más profunda y detenida de sus libros mostrará una filosofía muy peculiar que, sin ceder del todo al epicureísmo ni al pesimismo, tampoco llega del todo a fraguar en un materialismo. Sus disquisiciones en torno a las causas y los efectos de la virtud como una actualización de la pérdida de la gracia original ocupan páginas y páginas. 
La figura de la doncella, candorosa y virginal, presta a participar de la vida en sociedad según dicta la costumbre y que resulta finalmente la aprendiz, el discípulo idóneo para las prácticas más abyectas, es una idealización de lo que la ‘filosofía perenne’ obra en quienes intentan acercarse a ella. Las ‘verdades trascendentales’ como la existencia de una Conciencia superior, la supervivencia del espíritu a la muerte física o la existencia de cualquier tipo de misterio sacro es puesta en duda aduciendo en sus argumentaciones la innegable prueba de la infelicidad de sus contemporáneos. El estudio de cualquier tipo de filosofía con miras a alcanzar el conocimiento de las verdades más altas termina siendo una irremediable pérdida de tiempo, no alcanza felicidad alguna y esclaviza más que libera. En ‘La filosofía en el tocador’ Sade argumenta:
‘Esperemos que se abran los ojos, y que, al asegurar la libertad de todos los individuos, no se olvide la suerte de las desgraciadas muchachas; pero, si son tan dignas de lástima que resultan olvidadas, deben colocarse ellas mismas por encima de la costumbre y del prejuicio y pisotear audazmente los hierros vergonzosos con que pretenden esclavizarlas; triunfarán entonces al punto de la costumbre y de la opinión; el hombre, vuelto más sabio porque será más libre, sentirá la injusticia que cometía por despreciar a las que así actuaron, y que el hecho de ceder a los impulsos de la naturaleza, mirado como un crimen en un pueblo cautivo, no puede serlo en un pueblo libre’.
La ruptura con los estatutos de la sociedad, sus costumbres y su moral, traerá la libertad a las doncellas y la sabiduría al hombre que pueda leer correctamente el comportamiento emancipado de tales mujeres, por tanto la sabiduría no reside en el estudio y la reflexión, sino en el encuentro inmediato y libre de prejuicios con quienes también han optado por liberarse.

Literatura y psicología.
Admírese o no, la calidad literaria de los textos del Marqués es evidente. Sus argumentaciones –independientemente de lo ‘correctas’ o falseadas que puedan ser y parecer- son brillantes y están armadas según las más estrictas normas de la deducción lógica aristotélico-tomista. Silogismo por silogismo, corolario por corolario, sus novelas entremezclan un discurso convincente y sólido que es difícilmente digerible por quien no está al tanto de la formación académica de Sade.
Sus novelas ejercen una atracción enorme en guionistas de cine, y aunque un sinfín de filmes pornográficos ha recreado escena por escena algunos capítulos de sus libros, también pueden encontrarse películas de corte más formal, que abordan desde diferentes puntos de vista la enigmática existencia y la obra de este escritor.
Otro campo donde abundan los escritos sobre su persona y su obra es la Psicología. El mote de ‘Divino marqués’ es de factura reciente, fue formulado por vez primera en la década de los sesenta cuando aparecieron los primeros estudios psicológicos que toparon con un obstáculo a primera vista insalvable: la justificación de la pornografía como una obra de arte, y del discurso erótico y lascivo como una argumentación moral y filosófica. 
Si bien sus escritos circularon con cierta popularidad durante el siglo XIX, también es cierto que su mera lectura resultaba por sí misma un acto moralmente ‘detestable’: la sombra de su apellido causó dolores de cabeza a más de un descendiente de su familia. Uno de los últimos descendientes que enfrentó el dilema de usar o no el título de ‘Marqués’ acompañado de su apellido, ‘Sade’ -cediendo finalmente a la tentación de llevarlos a cuestas- fue el Conde Xavier de Sade, quien abrió una vinatería a finales de la década de los ochenta, negocio dedicado sobre todo a ‘honrar la memoria del Marqués’.
La opinión femenina sobre la obra de Sade también es contradictoria. Por un lado sobresalen escritoras como Ángela Carter quien en su libro 'La mujer sadista: una ideología de la pornografía' propone una lectura feminista de Sade calificándolo de 'pornógrafo moralista', y considerándolo como alguien que buscó crear y abrir espacios para las mujeres. También Susan Sontag lo defendió de la censura en su libro 'La imaginación pornográfica' argumentando que sus textos son sobre todo, textos de transgresión más que de agresión gratuita. En el extremo opuesto encontramos a Andrea Dworkin quien ve en Sade un 'pornógrafó misógino ejemplar', aduciendo que su pornografía inevitablemente conduce a la violencia contra las mujeres, y dedica en su libro 'Pornografía: hombres poseyendo mujeres' un capítulo completo al análisis de Sade.

Virtud, vicio y elección.
Quizá la mayor tragedia que Sade quiso perfilar en sus novelas es la responsabilidad insalvable de cualquier acción del hombre que afecte a su prójimo. La solución que propone en su ‘Justine, o los infortunios de la virtud’ resulta estremecedoramente actual:
‘No es la opción que el hombre hace de la virtud lo que le permite encontrar la felicidad, querida muchacha, pues la virtud sólo es, al igual que el vicio, una de las maneras de comportarse en el mundo; así pues, no se trata de seguir la una más que la otra; se trata de caminar siempre por el camino principal; el que se aparta de él siempre se equivoca. En un mundo enteramente virtuoso, yo te aconsejaría la virtud, porque al estar las recompensas vinculadas a ella, allí reside infaliblemente la felicidad; en un mundo totalmente corrompido, siempre te aconsejaré el vicio’.
Doscientos años después poco puede agregarse a su visión exacta y clínica de la conciencia humana. Página por página, Sade aceptó su condición mortal, liberándose finalmente de la muerte por medio de sus libros.




Xxx Lll - 28 Mayo 2009 - Xxx
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jueves, 21 de mayo de 2009

21 mayo 2009

El nombre de la rosa: una novela de protesta

Asesinatos, literatura y protesta
El 9 de mayo de 1978 Aldo Moro, cristiano demócrata, fue asesinado por las Brigadas Rojas Italianas. Su proyecto político buscaba alcanzar la unión entre el comunismo y el catolicismo italianos. Figura emblemática de una época, su asesinato caló hondo en el ánimo de Umberto Eco –a la sazón simpatizante de la izquierda y profesor de la Universidad de Bolonia, ‘la Universidad Roja italiana’-, quien se lanzó a la escritura de una novela que sería una forma de protesta contra ese atentado, y contra la ideología encubierta en ese atentado.
Gonzalo Soto Posada en su ensayo ‘Sagrada Escritura y Filosofía en el Medioevo: Una analítica desde El nombre de la rosa de Umberto Eco’ desbroza minuciosamente las causas que llevaron a Eco a escribir su primer novela ya pasados los cincuenta años y con un prestigio académico bien establecido, y las consecuencias que se desprendieron automáticamente de la estructura e intencionalidad que rigen esa novela: nos encontramos quizá ante la obra literaria más ambiciosa de la segunda mitad del siglo XX, y una de las referencias obligadas en la cultura libresca de los últimos treinta años.

Open and/or close
El acentuado aspecto visual de la novela, con sus descripciones detalladas pulcramente y los diálogos de dimensiones cinematográficas no se deben al azar: Eco ha confesado reiteradamente haber pasado un año completo armando esquemas, construyendo su abadía, cronometrando el tiempo que se empleaba en ir del refectorio a la entrada de la biblioteca, o de las caballerizas al huerto. Dibujó también los rostros y contornos de los monjes implicados en la trama, convivió día a día con ellos, y los conoció a la perfección antes de escribir la primer línea de su novela. Empero, una vez comenzada su escritura ya no había marcha atrás: la inserción de citas cultas en latín de autores oscuros, la exposición psicológica de los pensamientos más retorcidos y del misticismo oculto en la locura, las dicotomías personificadas tajantemente en las figuras de Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos son el punto de partida que soporta incluso el servir para hacer una interpretación del quehacer político de Italia –y gran parte del mundo- a principios de la década de los ochenta.
Existe un punto a menudo olvidado incluso por quienes conocen de cerca la historia de Aldo Moro y el origen del Partido Demócrata Italiano: antes de ser asesinado Aldo fue secuestrado por aquellos que se oponían al acercamiento entre la Iglesia y el sector comunista; su cautiverio duró 54 días, durante los cuales miembros de las llamada entonces ‘Segunda Brigada Roja’ –ya que los jefes de las Brigadas Rojas se encontraban todos encarcelados, y quien llevó a cabo el secuestro y ejecución del político italiano fue una célula de las mismas- le permitieron incluso enviar correspondencia a familiares y amigos.
El tamaño y los alcances de estas acciones fueron tales que el mismo Pablo VI se ofreció para ser intercambiado por Aldo Moro.

Secuestro, silencio y verdad
Las similitudes entre los hechos acaecidos a Moro y los crímenes de la abadía de Eco ahogan a quien quiera intentar una hermenéutica política del texto. La biblioteca secuestrada por Jorge sería finalmente destruida por él mismo en su afán de defenderla de aquello que consideraba más pernicioso y dañino: un libro de teología pagana. A su vez, el gobierno italiano no quiso negociar la liberación de Aldo, y echó mano de un recurso que le funcionó muy bien a Giulio Andreotti -contrincante político de Moro-: la doble moral. Al detener a un sospechoso del secuestro, un agente de los Servicios de Seguridad sugirió el uso de la fuerza para obtener información. El gobierno italiano declaró en boca del general Carlo Alberto Dalla Chiesa: ‘Italia puede sobrevivir a la pérdida de Aldo Moro. Pero no podría sobrevivir a la institución de la tortura’.
Las cartas de Moro permanecieron ocultas, inéditas por más de diez años. En ellas pidió que el gobierno italiano cediera ante las demandas de las Brigadas Rojas que eran prácticamente el intercambio de su persona por la de algunos jefes detenidos. Fue precisamente Carlo Alberto quien encontró copias de las cartas en una casa de seguridad de los terroristas, corre el rumor de que dichas cartas pudieron ser dadas a conocer fragmentariamente, es decir, incompletas. Se supone que las partes faltantes contendrían mensajes crípticos cuyos destinatarios fueron la familia y amigos de Aldo. Y de nada valieron las peticiones de su familia al gobierno italiano, como tampoco sirvieron las peticiones del Papa a favor de Moro: su cuerpo sería encontrado en un automóvil aparcado entre las oficinas del Partido Demócrata Cristiano y el Partido comunista, hecho considerado ‘eminentemente simbólico’.

Una ballena demasiado grande
El 26 de agosto del 2006 Antonio Gnoli entrevistó a Umberto Eco a propósito de los 25 años de El nombre de la rosa. En dicha entrevista Eco repite algunas otras observaciones escritas previamente en sus Apostillas, y en infinidad de entrevistas anteriores, aunque en esta ocasión se tomó el tiempo para arrojar un poco más de luz sobre el momento inmediatamente anterior a la escritura de la novela misma, y el momento inmediatamente posterior a su conclusión. 
Según relata Eco, al intentar buscar editor en Francia para la publicación de su novela, la casa editora Seuil –quien años antes publicara su Opera aperta- rechazó el ofrecimiento de la novela. François Wahl, su director editorial le pidió el manuscrito, y lo regresó con una carta donde escribió: ‘Estimado Umberto, la novela es interesante, pero la ballena es demasiado grande para hacerla caminar’.
La pregunta que forzosamente se hace quienquiera que sepa este detalle, es ¿qué pensarán los actuales editores de la casa Seuil y la decisión de Wahl? Y la tentación es mayúscula, ya que la historia vista en retrospectiva es más fácil de entender, y también de justificar.
Respecto a la ejecución de Aldo Moro, se sabe que antes de matarlo le pidieron que abordara un coche, y se cubriera con un cobertor. Apenas lo hizo, Mario Moretti le disparó diez veces. El simbolismo del número invita a jugar con un sinfín de referencias: los diez mandamientos, las diez plagas de Egipto, el Diez de mayo [10/5] que sería un número perfecto, y a la usanza de los judíos menos 1 significaría imperfección, la cifra de un proyecto inconcluso… como sea, el mensaje llegó a propios y extraños, y en el homenaje a Aldo Moro en el trigésimo aniversario de su muerte, el suplemento ‘Magazine Roundup’ en su sección ‘Caffe Europa’ del 4 de mayo del 2008 declaró magistralmente: ‘Moro was shot and we should not forget that one of the reasons he was kidnapped was that several parties wanted to prevent the Church and the communists from moving towards one other. Whatever you think of him, Aldo Moro did something that was light years away from the lost-in-the-detail politics of today that has become the norm. He stood for a vision, a vision which is so terribly lacking in politics today.’ [Moro fue muerto y no debemos olvidar que una de las razones por las que él fue secuestrado era que distintas partes querían evitar que la Iglesia y los comunistas se movieran uno hacia otro. Sea lo que sea que piense de él, Aldo Moro hizo algo que estaba a años luz de distancia de la política-perdida-en-los-detalles actual que hoy ha devenido en norma. Él se mantuvo por una visión, una visión que es una carencia terrible en la política actual].
Al igual que Moro, Umberto Eco estaba a punto de dar un paso decisivo con su novela, a partir de la cual ninguna otra novela en el orbe volvería ser leída como hicieran antaño nuestros padres y abuelos. La diferencia fue que a Eco le tocó en suerte ver la impresión de su obra y la realización de su proyecto, tan es así que apenas ocho meses después de la publicación de su novela en Italia -el 9 de julio de 1981- recibiría el premio Strega, que es, como dice Gnoli: ‘un reconocimiento que consagra un libro que ya vendió 300 mil ejemplares y está a punto de convertirse en un caso mediático de proporciones monstruosas.’

Fuego, papel y memoria
El Gruppo 63 fue calificado por Eco como un grupo dado a los minimalismos. De ser así, y refiriéndose a su novela, él sería un ‘maximalista’. En palabras del escritor, ‘Mi opinión es que si no hubiera existido el Gruppo 63 yo no habría escrito El nombre de la rosa’. Tampoco Eco puede escapar a la tentación de buscar razones, los motivos ocultos, las primeras intenciones. Y en esa misma tentación yace encerrada la trágica conmoción universal que sufre todo ciclo al cerrarse: la única salida para una novela de tales proporciones era el cataclismo, la tragedia, lo terrible. Las lágrimas de Guillermo de Baskerville y sus manos ennegrecidas por el tizne y los cuerpos muertos de los libros reducidos al polvo son nuestras propias lágrimas y manos: es poco lo que podemos rescatar para aquellos que vendrán después de nosotros, y menos aún lo que será digno de rescatarse.
No obstante, ni Eco ni Moro retrocedieron ante el panorama que tuvieron enfrente; emprendieron, en la medida de sus fuerzas y capacidades, la construcción de un mundo donde era posible encontrar una salida, y donde el caos es sólo el ingrediente indispensable de donde serán tomados los elementos que constituirán un nuevo orbe, una nueva sociedad, y una nueva conciencia.

Epílogo
Emanuel Amara entrevistó en el 2006 a Steve Pieczenik, enviado por Jimmy Carter como ‘psicólogo experto’ para ayudar al Ministro Interior Francesco Cossiga a integrar el ‘Comité de crisis’. En dicha entrevista, Pieczenik declaró: ‘We had to sacrifice Aldo Moro to maintain the stability of Italy.’ [Tuvimos que sacrificar a Aldo Moro para mantener la estabilidad de Italia]. 
Quizá Umberto Eco en su momento no advirtió la semejanza de su novela con el transcurrir histórico: él tuvo que sacrificar la abadía y su biblioteca para insertar su novela en la memoria colectiva, lugar de donde jamás podrá ser desterrada.




XXVIIII LLL - 21 MAYO 2009 - El Nombre de La Rosa-Una Novela de Protesta
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jueves, 14 de mayo de 2009

14 mayo 2009

De Paz a Gimferrer: un epistolario

El hombre
Desgarradora, inmediata y lúcida, la correspondencia de Octavio Paz con el poeta Pere Gimferrer –mantenida a lo largo de 30 años- cubre una gama amplísima de emociones y reflexiones sobre la poesía y el quehacer literario. Hechos a la idea de considerar al poeta mexicano como un hierofante que desvela uno tras uno los más oscuros secretos del espíritu poético, en sus cartas puede observarse el complejo desarrollo que se obró en el interior de Octavio Paz y que fructificó en las obras memorables cuyo nombre se une indisolublemente a la historia de la Literatura en México.
Salpicadas con anécdotas, peticiones casi desesperadas de consejos y pistas así como de una entrañable simpatía con el poeta español, las cartas fueron reunidas en un volumen que lleva por título ‘Octavio Paz: Memorias y palabras. Cartas a Pere Gimferrer 1966-1997’.

Las primeras cartas
Al parecer, Pere es quien abrió la comunicación entre ambos. La primera carta de Paz es un laberinto dentro de otro laberinto: Paz se dirige a Gimferrer como a un discípulo que está a punto de encontrar su propia voz. Le agradece la carta y el envío del libro ‘Arde el Mar’ y resalta la sensación de ‘reconocimiento’ que le causó la lectura de ese poemario. A continuación discurre sobre la poética de Huidobro y de Cernuda, diferenciando ‘la pasión de las palabras’ de ‘las palabras de la pasión’. Entre pares, Paz se permite emitir un juicio inmisericorde, refiriéndose a ‘Altazor’ la califica como ‘ese magnífico y malogrado poema’. Octavio Paz habla con el arrebato encendido de los días que le han tocado vivir, está reciente [o casi a punto] la publicación de El laberinto de la Soledad, El arco y la lira, Puertas al campo, Corriente alterna, La hija de Rappaccini, Las peras del olmo, Los signos en rotación… Deja establecida, de una vez por todas, la admiración que irá aumentando conforme pase el tiempo, por la obra del poeta barcelonés. Estamos en 1966.

Escritos por encargo
Quién pudiera pensar que el poeta se viese obligado a escribir por encargo, y esto es lo que manifiesta a su amigo Pere apenas siete años después, en noviembre de 1973: ‘Un consejo fraternal: no te dejes ganar por los compromisos editoriales y escribe sólo sobre lo que a ti te guste o te apasione. Te lo digo porque este año y el anterior acepté, por debilidad a veces y otras por amistad, escribir prólogos, presentaciones, y textos de encargo’.
El tono de estas cartas es más personal y fluido, lejísimos de aquel ‘Señor don Pedro Gimferrer’ con que iniciara este intercambio epistolar. En estas fechas, existe una especie de colaboración, Paz invita a Pere a participar en varias ‘Plural’, y Gimferrer le envía un ‘suplemento´ -especie de monografía- sobre Llull, a quien Paz confiesa haber leído en su juventud, ‘pero no lo suficiente’. Abundan pequeños detalles y confesiones editoriales, Paz negocia sus conferencias dictadas en Harvard para publicarlas fuera de la editorial universitaria, se interesa por vez primera en los cristales aislantes que permiten el paso de la luz pero anulan todo sonido proveniente del exterior. ‘Espero tus noticias sobre los cristales aislantes’ es la frase con que se despide en una carta del 30 de agosto de 1973.

Dos abejas coléricas
El ritmo de trabajo, viajes, conferencias, publicaciones y cursos resultó aplastante. En 1975 Pere escribió un artículo donde hablaba de ‘El mono gramático’ y lo envía a Paz. Este lo recibe con una mezcla extraña de alegría y terror, de regocijo y miedo. ‘Exageras, sí, y mucho; no importa: tu generosidad no me envanece –me anima. Tu influencia ha sido milagrosa: tu artículo llegó en días de depresión –padezco periódicos momentos de abulia, decaimiento, y melancolía o, como llamaban los antiguos a esa enfermedad del espíritu y la voluntad: acedia- y me levantó el ánimo. Gracias de verdad.’
Dejando de lado el tono de poeta consagrado, de ensayista consumado y crítico certero, las confidencias se suceden una a una: la susceptibilidad que le agobia no es un problema menor. Apenas manifestada la alegría, habla del terror y la parálisis. ‘Mi primera reacción fue la parálisis. Después de un texto como el tuyo es difícil volver a escribir incluso una carta’.
A primera vista parece que los innumerables compromisos hacen mella en el ánimo del escritor. Pocas líneas después aparece la razón, los motivos dolorosos. ‘Algo de lo que nunca te he hablado pero de lo que estás tal vez enterado: la persecución de mi hija y de su madre. Ahora están en Madrid y desde allá, como siempre, oigo el zumbar furioso de las dos abejas coléricas. Cada vez que pueden, me clavan sus aguijones envenenados y no cesan de urdir tretas y calumnias para extorsionarme, sacarme dinero, arruinarme y deshonrarme… Es horrible sentirse odiado. Perdona esta confidencia –y olvídala.’
El ritmo y el tono de Paz en sus cartas es vertiginoso. No hay otra forma de definir ese brinco de las más íntimas, oscuras y dolorosas confidencias personales, hasta el brío incansable que le embarga cuando retoma los temas que le son tan queridos: libros, reseñas, proyectos de números especiales de la revista ‘Plural’. 

Bolitas de algodón
Amén de problema prácticos, envíos de revistas, libros y colaboraciones, visitas a amigos y cursos en diferentes universidades, de vuelta en nuestro país Octavio Paz se topa frente a frente con un problema –o con algunos de los problemas- más agudos y acuciantes del gobierno mexicano y la Ciudad de México: no puede dormir por el ruido de motores y autos. La solución la encuentra siguiendo el ejemplo de Ulises, ‘con unas bolitas de algodón y cera en los oídos’. Como si se tratara de una broma cruel y macabra, el gobierno de México prohíbe su importación argumentando que con esta medida favorecerá la industria nacional. ‘¡Pero en México nadie las fabrica!’ explota desesperado en su carta. 
Momentáneamente ha paliado algo de su martirio acústico usando bolitas de algodón norteamericano, y descubre que los anglosajones tienen las orejas ‘más grandes que nosotros, no sólo los pies’. Para usar esas bolitas de algodón necesita cortarlas por la mitad, añadiendo más trabajo a la tarea penosa de conseguirlas. Pide encarecidamente a Pere el envío de cajitas marca ‘Nohisent’, fabricadas en Barcelona. ‘Yo te enviaré el importe, incluso lo del franqueo aéreo, apenas me lo digas. Pedro: perdona este abuso de confianza. ¡Muchísimas gracias!’

Papel y libros
Buscando publicar su libro sobre Sor Juana, a mediados de 1981 escribe a Pere preguntándole sobre cuestiones prácticas: qué tan factible resulta que el libro lo pueda editar la Seix Barral. El tamaño del libro, además la necesidad de incluir algunos grabados de documentos y otros libros pudieran quedar fuera de los formatos que maneja la editorial. 
Cerrando proyectos y comenzando otros, en 1984 hace una rápida mención de la novela que él escribiera en los años 40. ‘P. D. La novela sigue en su cajón. Espero un momento propicio para hacer el signo de la resurrección’.
Un año más tarde, en julio de 1985, escribiría en sus cartas rescatando sus recuerdos de Borges.
‘No sé si te conté que mientras estuve en Buenos Aires vi muchísimas veces a Borges. Hablar con él –o más bien: oírlo- es pasearse por los corredores de su memoria. Sus recuerdos son casi siempre librescos, incluso cuando habla de gente que trató, como Lugones, o de la que fue amigo, como Reyes. Pero esa literatura se vuelve vida en su conversación. Letras vividas. Oír el relato de una de sus lecturas es como oír el relato de una aventura o una expedición.’
Con el paso del tiempo, las cartas de Paz van aumentando su extensión, permitiéndose confidencias más constantes, y abundar sobre temas y tópicos relacionados con sus libros y sus vivencias con una frecuencia cada vez mayor, esto a pesar de las dificultades que van presentándose. En febrero de 1987 escribe: ’Cada vez se hace más difícil sostener una correspondencia con los amigos. Demasiadas interrupciones entorpecen nuestro trato amistoso: desde hace más de un mes tenía el propósito de escribirte una larga carga y sólo hasta ahora puedo hacerlo y toda ella sobre asuntos de orden práctico’. 

Adolescencia y vejez
Las últimas cartas de este epistolario son breves y concisas. La que cierra el libro es eminentemente práctica, broche perfecto de aquel intercambio epistolar. Octavio pregunta por un tratadista español, de fines del siglo XIX, ‘Campillo’ es todo lo que recuerda de su nombre. Al decir de Gimferrer la memoria de Paz continuaba siendo exacta, el nombre del tratadista sevillano era ‘Narciso Campillo y Correa, amigo y editor de Bécquer, autor de Retórica y poética (1871)’. 
De ese último periodo epistolar, hay una carta que en su rápida escritura sobresale entre las demás. Escrita el 7 de abril de 1994 confiesa que la nostalgia de sus días de adolescente lo llevó de nuevo a la lectura de Alberti y Neruda. A este último lo califica como: ‘Un gran cetáceo que nada en las profundidades con ojos que perforan la obscuridad’.
Como quien está dispuesto a cerrar el ciclo saldando deudas, otorgando honores y reconocimientos, y sosteniendo sus simpatías y rechazos, al hablar sobre Guillén y su ‘Cántico’ manifiesta cuál es su postura ante la vida, a partir de un verso de Valéry: ‘Il faut tenter de vivre… ¡Qué exacto! La vida se vive no tanto frente a la muerte como en ella: la vida nos tienta y su tentación se llama muerte. Hay que aceptar el reto, abrazarla y caer con ella en la yerba.’
Resulta difícil encontrar en la obra de Octavio Paz mejores palabras que estas para resumir lo que fue su vida: tránsito entre pasiones, libros, poesía y pensamiento, crítica, análisis y reflexión. Resulta difícil, porque sus palabras encierran lo que debiera ser el ideal de todo ser humano: vivir hasta las últimas consecuencias, cediendo jamás ante los retos.



XXVIII LLL - 14 MAYO 2009 - De Paz a Gimferrer - Un Epistolario

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jueves, 7 de mayo de 2009

07 mayo 2009

La Biblioteca Utópica de Umberto Eco


25 años… 30 años…
Libros viejos, recubiertos de polvo, tapas ennegrecidas por humedad y moho: el deleite de bibliófilos y pesadilla de bibliotecarios y curadores ha sido un tópico constante en la obra de Umberto Eco, quien hace casi treinta años dictó una conferencia titulada ‘De bibliotheca’, misma que fuera traducida y publicada en el número 9 de la hoy desaparecida revista ‘Biblioteca de México’, en 1992.
En aquel lejano 10 de marzo de 1981 la conmemoración tenía lugar alrededor del vigésimo quinto aniversario de la Biblioteca Comunal de Milán, y con un don de profecía no exento de buen humor y reflexión profunda, Umberto Eco vislumbró el futuro próximo de las bibliotecas, su funcionamiento, y su pervivencia con características muy diferentes a las que entonces podían apreciarse en cualquier recinto bibliotecario alrededor del mundo.

La biblioteca nocturna
“Hice una breve inspección en las únicas bibliotecas a las que tenía acceso, porque permanecen abiertas también durante las horas nocturnas: la de Asurbanipal en Nínive, la de Polícrates en Samo, la de Pisístrato en Atenas, la de Alejandría, que ya en el tercer siglo tenía 400,000 volúmenes y luego en el primer siglo con la del Serapeo, tenía 700,000 volúmenes, luego la de Pérgamo y la de Augusto (en la época de Constantino existían 28 bibliotecas en Roma). También tengo cierta familiaridad con algunas bibliotecas benedictinas, y he comenzado a preguntarme cuál puede ser la función de una biblioteca.”
Umberto Eco juega y nos invita a jugar, porque sabe también que el juego encierra verdades irrefutables: apenas iniciada su conferencia pide a los asistentes que, religiosamente, escuchen un pasaje de El Libro.
No, no se trata de la Biblia, como bien podemos pensar, sino de ‘La Biblioteca de Babel’, texto escrito por Borges en forma de cuento donde se perfilan las características de la Biblioteca Arquetípica. Poco queda por hacer ante ese arquetipo vuelto cuento, y Eco se lanza remando a contracorriente, pasando de la clarificadora visión de Borges a la tiniebla de la mala biblioteca, de la peor biblioteca, de la biblioteca infernal, de la biblioteca de pesadilla.

Infierno de papel
Axiomáticamente postula 21 puntos, los nadires de toda biblioteca perfecta, y va desmontando punto por punto la ideal existencia de esos recintos atiborrados de libros. Algunos son demoledores:
‘G) En lo posible que no haya absolutamente ninguna máquina fotocopiadora; sin embargo, de existir una, el acceso a ella debe ser muy demorado y penoso, el gasto superior al de librería, la reproducción limitada a dos o tres páginas solamente.
H) El bibliotecario debe considerar al lector un enemigo, un haragán (de no ser así estaría trabajando), un ladrón en potencia.
P) No debe ser posible volver a encontrar el mismo libro al día siguiente.
Q) No debe ser posible saber quién tiene prestado el libro faltante.
R) Ojalá no haya excusados.’
Y por si esto fuera poco, añade un inciso ‘Z’, el más tajante y radical de todos: ‘Idealmente el usuario no debería poder entrar a una biblioteca; admitiendo que entre allí, usufructuando de manera escrupulosa y antipática de un derecho concedido con base en los principios de 1789, sin embargo no asimilados todavía por la sensibilidad colectiva; de todas maneras, a excepción de los rápidos recorridos por la sala de consulta, no debe ni deberá penetrar nunca hasta las entrañas del recinto donde están los anaqueles’.
Irónicamente pregunta a la audiencia si aún existen bibliotecas de este tipo. Sabe de antemano que la respuesta será afirmativa, por lo menos alguna biblioteca en el mundo tendrá por lo menos alguna característica enumerada en su lista infernal.

Estudiantes, libros, Civilización Xerox
Dejando de lado abstracciones y definiciones negativas, Eco repasa las características de dos bibliotecas que se encuentran entre sus favoritas, la Sterling Library de Yale y la Biblioteca de la Universidad de Toronto, ambas ‘a medida del deseo, que amo y trato de visitar cuando puedo’.
Consulta de los libros en las estanterías, servicio de préstamo, intercambio de volúmenes con otras bibliotecas, dispositivos magnéticos, carnets y lectores ópticos, fotocopiadoras y fichas bibliográficas indexadas electrónicamente, elevadores y horarios extendidos: no son bibliotecas perfectas, mas el uso de las mismas se facilita muchísimo a los visitantes, sean estudiantes o investigadores.
Y es mirando de frente a los estudiantes que Eco va obteniendo conclusiones proféticas, hoy visibles por quienquiera que esté interesando en las cuestiones de ‘derechos de autor’, ‘costos’ y ‘almacenamiento’. Los usuarios finales de muchísimas bibliotecas son los estudiantes, quienes desde sus diferentes niveles de consultas e investigaciones, visitan y siguen leyendo los libros resguardados en las bibliotecas, y quienes originan, en mayor o menor medida, la aparición de nuevos problemas y altercados que se prevé existen en otras bibliotecas: disponibilidad de volúmenes contra consulta, fotocopias contra adquisiciones extras, fondos antigüos contra labores de preservación.
Estamos ante la Civilización Xerox [Xeroxciviltà, o ‘civilización de la fotocopiadora’]: un estudiante que quiera obtener una copia completa de un libro se encontrará frente a un rotundo NO por parte del personal encargado del departamento de fotocopiado, empero dicha negativa desaparece ante la fotocopia de una fotocopia. Es decir, el libro original no puede ser fotocopiado por las leyes vigentes que protegen los derechos del autor, mas no hay leyes que restrinjan el obtener una fotocopia a partir de una fotocopia. Mencionando el caso de un grupo suyo, donde una alumna le comenta que es imposible obtener las treinta copias fotostáticas del libro necesario para sacar adelante el curso, Eco responde: ‘manden hacer una fotocopia, devuelvan el libro a la biblioteca, y luego pidan veintinueve copias de una fotocopia: una fotocopia no está amparada por derechos. […] En efecto, veintinueve fotocopias de una fotocopia cualquiera las hace’.
Las casas editoriales están plenamente conscientes de este cambio en el mercado, los libros que se editan últimamente tienen tirajes reducidos, apenas dos mil o tres mil ejemplares, pensados para ser adquiridos por grandes centros universitarios. Los editores saben que estudiantes e investigadores leerán el libro… a través de las fotocopias del mismo:
‘Esto ya ha influido en la política de las casas editoriales. Todas las de tipo científico ahora publican los libros a sabiendas que serán fotocopiados. Por lo tanto, los libros solamente con mil o dos mil copias cuestan ciento cincuenta dólares, serán comprados por las bibliotecas y después los demás los fotocopiarán. Las grandes casas editoriales holandesas de lingüística, filosofía, física nuclear, ya publican libros de cinto cincuenta páginas que valen cincuenta y sesenta dólares, libros de trescientas páginas que pueden costar doscientos dólares, son vendidos al círculo de las grandes bibliotecas, después de lo cual el editor sabe con certeza que todos los estudiantes e investigadores trabajarán solamente con fotocopias’.

La neurosis de la fotocopia y la biblioteca utópica
Cifra de nuestros días, Eco previó precisamente el lado más agreste, descarnado y oscuro de un sistema donde la fotocopia pareciera ser la única salida a la raquítica pervivencia de los libros y la lectura.
Las casas editoriales han tomado la parte que les corresponde, imprimiendo tirajes con materiales de muy bajo costo que terminarán pulverizándose entre los dedos apenas cuarenta o cincuenta años después de impresos, y a nivel usuario –o lector- el afán de obtener una fotocopia de un libro completo tendrá al igual que una moneda, una doble cara imposible de ignorar: por un lado el lector que fotocopia un libro completo tiene la sensación de que se ha ‘adueñado’ del contenido mismo del libro, aunque por otro lado, sabe con certeza que nunca leerá completamente el total de fotocopias obtenidas: ‘Antes de la civilización del Xerox, la persona compilaba a mano largas fichas en aquellas enormes salas de consulta y algo se le quedaba en la cabeza. Con la neurosis de fotocopia se corre el riesgo de que se pierdan jornadas en la biblioteca para fotocopiar libros que después no serán leídos’.
La salud, el bienestar tanto para bibliotecas y lectores radica en la persecución de la biblioteca utópica, la biblioteca ideal, ‘a medida del hombre’.
Es imposible no reproducir la visión y el anhelo utópico de Eco con que cierra su conferencia, hablando de este tipo de bibliotecas: ‘Procuremos transformarla en un universo a medida del hombre, e insisto, a medida del hombre significa también alegre, aún con la posibilidad de tomarse un capuchino, y con la posibilidad de que dos estudiantes se sienten una tarde sobre el sofá, no digo para darse indecentes abrazos, sino para llevar a cabo parte de su coqueteo en la biblioteca, mientras toman o devuelven a los estantes algunos libros de interés científico; es decir, una biblioteca que despierte el deseo de visitarla y se transforme gradualmente en una gran máquina para el tiempo libre, como lo es el Museum of Modern Arts donde se puede ir al cine, pasear por el jardín, mirar las esculturas y consumir una comida completa’.
Umberto Eco en aquel ya lejano 10 de marzo de 1981 preguntó a la audiencia: ‘¿Lograremos transformar la utopía en realidad?’ Ignoramos si alguien entre los asistentes se levantó de su lugar y contestó algo. Ignoramos siquiera si alguna autoridad invitada hizo el intento de esbozar una respuesta. Y hoy, casi treinta años después, la pregunta de Umberto Eco, visitante, enamorado y defensor de las bibliotecas, sigue resonando con toda su fuerza y vigor, esperando una respuesta.

Referencia:
  • Umberto Eco. ‘De Bibliotheca’. Disponible en Scribd.

  • Versión en castellano disponible también en Scribd.




XXVII LLL - 07 MAYO 2009 - La biblioteca utópica de Umberto Eco
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