jueves, 7 de mayo de 2009

07 mayo 2009

La Biblioteca Utópica de Umberto Eco


25 años… 30 años…
Libros viejos, recubiertos de polvo, tapas ennegrecidas por humedad y moho: el deleite de bibliófilos y pesadilla de bibliotecarios y curadores ha sido un tópico constante en la obra de Umberto Eco, quien hace casi treinta años dictó una conferencia titulada ‘De bibliotheca’, misma que fuera traducida y publicada en el número 9 de la hoy desaparecida revista ‘Biblioteca de México’, en 1992.
En aquel lejano 10 de marzo de 1981 la conmemoración tenía lugar alrededor del vigésimo quinto aniversario de la Biblioteca Comunal de Milán, y con un don de profecía no exento de buen humor y reflexión profunda, Umberto Eco vislumbró el futuro próximo de las bibliotecas, su funcionamiento, y su pervivencia con características muy diferentes a las que entonces podían apreciarse en cualquier recinto bibliotecario alrededor del mundo.

La biblioteca nocturna
“Hice una breve inspección en las únicas bibliotecas a las que tenía acceso, porque permanecen abiertas también durante las horas nocturnas: la de Asurbanipal en Nínive, la de Polícrates en Samo, la de Pisístrato en Atenas, la de Alejandría, que ya en el tercer siglo tenía 400,000 volúmenes y luego en el primer siglo con la del Serapeo, tenía 700,000 volúmenes, luego la de Pérgamo y la de Augusto (en la época de Constantino existían 28 bibliotecas en Roma). También tengo cierta familiaridad con algunas bibliotecas benedictinas, y he comenzado a preguntarme cuál puede ser la función de una biblioteca.”
Umberto Eco juega y nos invita a jugar, porque sabe también que el juego encierra verdades irrefutables: apenas iniciada su conferencia pide a los asistentes que, religiosamente, escuchen un pasaje de El Libro.
No, no se trata de la Biblia, como bien podemos pensar, sino de ‘La Biblioteca de Babel’, texto escrito por Borges en forma de cuento donde se perfilan las características de la Biblioteca Arquetípica. Poco queda por hacer ante ese arquetipo vuelto cuento, y Eco se lanza remando a contracorriente, pasando de la clarificadora visión de Borges a la tiniebla de la mala biblioteca, de la peor biblioteca, de la biblioteca infernal, de la biblioteca de pesadilla.

Infierno de papel
Axiomáticamente postula 21 puntos, los nadires de toda biblioteca perfecta, y va desmontando punto por punto la ideal existencia de esos recintos atiborrados de libros. Algunos son demoledores:
‘G) En lo posible que no haya absolutamente ninguna máquina fotocopiadora; sin embargo, de existir una, el acceso a ella debe ser muy demorado y penoso, el gasto superior al de librería, la reproducción limitada a dos o tres páginas solamente.
H) El bibliotecario debe considerar al lector un enemigo, un haragán (de no ser así estaría trabajando), un ladrón en potencia.
P) No debe ser posible volver a encontrar el mismo libro al día siguiente.
Q) No debe ser posible saber quién tiene prestado el libro faltante.
R) Ojalá no haya excusados.’
Y por si esto fuera poco, añade un inciso ‘Z’, el más tajante y radical de todos: ‘Idealmente el usuario no debería poder entrar a una biblioteca; admitiendo que entre allí, usufructuando de manera escrupulosa y antipática de un derecho concedido con base en los principios de 1789, sin embargo no asimilados todavía por la sensibilidad colectiva; de todas maneras, a excepción de los rápidos recorridos por la sala de consulta, no debe ni deberá penetrar nunca hasta las entrañas del recinto donde están los anaqueles’.
Irónicamente pregunta a la audiencia si aún existen bibliotecas de este tipo. Sabe de antemano que la respuesta será afirmativa, por lo menos alguna biblioteca en el mundo tendrá por lo menos alguna característica enumerada en su lista infernal.

Estudiantes, libros, Civilización Xerox
Dejando de lado abstracciones y definiciones negativas, Eco repasa las características de dos bibliotecas que se encuentran entre sus favoritas, la Sterling Library de Yale y la Biblioteca de la Universidad de Toronto, ambas ‘a medida del deseo, que amo y trato de visitar cuando puedo’.
Consulta de los libros en las estanterías, servicio de préstamo, intercambio de volúmenes con otras bibliotecas, dispositivos magnéticos, carnets y lectores ópticos, fotocopiadoras y fichas bibliográficas indexadas electrónicamente, elevadores y horarios extendidos: no son bibliotecas perfectas, mas el uso de las mismas se facilita muchísimo a los visitantes, sean estudiantes o investigadores.
Y es mirando de frente a los estudiantes que Eco va obteniendo conclusiones proféticas, hoy visibles por quienquiera que esté interesando en las cuestiones de ‘derechos de autor’, ‘costos’ y ‘almacenamiento’. Los usuarios finales de muchísimas bibliotecas son los estudiantes, quienes desde sus diferentes niveles de consultas e investigaciones, visitan y siguen leyendo los libros resguardados en las bibliotecas, y quienes originan, en mayor o menor medida, la aparición de nuevos problemas y altercados que se prevé existen en otras bibliotecas: disponibilidad de volúmenes contra consulta, fotocopias contra adquisiciones extras, fondos antigüos contra labores de preservación.
Estamos ante la Civilización Xerox [Xeroxciviltà, o ‘civilización de la fotocopiadora’]: un estudiante que quiera obtener una copia completa de un libro se encontrará frente a un rotundo NO por parte del personal encargado del departamento de fotocopiado, empero dicha negativa desaparece ante la fotocopia de una fotocopia. Es decir, el libro original no puede ser fotocopiado por las leyes vigentes que protegen los derechos del autor, mas no hay leyes que restrinjan el obtener una fotocopia a partir de una fotocopia. Mencionando el caso de un grupo suyo, donde una alumna le comenta que es imposible obtener las treinta copias fotostáticas del libro necesario para sacar adelante el curso, Eco responde: ‘manden hacer una fotocopia, devuelvan el libro a la biblioteca, y luego pidan veintinueve copias de una fotocopia: una fotocopia no está amparada por derechos. […] En efecto, veintinueve fotocopias de una fotocopia cualquiera las hace’.
Las casas editoriales están plenamente conscientes de este cambio en el mercado, los libros que se editan últimamente tienen tirajes reducidos, apenas dos mil o tres mil ejemplares, pensados para ser adquiridos por grandes centros universitarios. Los editores saben que estudiantes e investigadores leerán el libro… a través de las fotocopias del mismo:
‘Esto ya ha influido en la política de las casas editoriales. Todas las de tipo científico ahora publican los libros a sabiendas que serán fotocopiados. Por lo tanto, los libros solamente con mil o dos mil copias cuestan ciento cincuenta dólares, serán comprados por las bibliotecas y después los demás los fotocopiarán. Las grandes casas editoriales holandesas de lingüística, filosofía, física nuclear, ya publican libros de cinto cincuenta páginas que valen cincuenta y sesenta dólares, libros de trescientas páginas que pueden costar doscientos dólares, son vendidos al círculo de las grandes bibliotecas, después de lo cual el editor sabe con certeza que todos los estudiantes e investigadores trabajarán solamente con fotocopias’.

La neurosis de la fotocopia y la biblioteca utópica
Cifra de nuestros días, Eco previó precisamente el lado más agreste, descarnado y oscuro de un sistema donde la fotocopia pareciera ser la única salida a la raquítica pervivencia de los libros y la lectura.
Las casas editoriales han tomado la parte que les corresponde, imprimiendo tirajes con materiales de muy bajo costo que terminarán pulverizándose entre los dedos apenas cuarenta o cincuenta años después de impresos, y a nivel usuario –o lector- el afán de obtener una fotocopia de un libro completo tendrá al igual que una moneda, una doble cara imposible de ignorar: por un lado el lector que fotocopia un libro completo tiene la sensación de que se ha ‘adueñado’ del contenido mismo del libro, aunque por otro lado, sabe con certeza que nunca leerá completamente el total de fotocopias obtenidas: ‘Antes de la civilización del Xerox, la persona compilaba a mano largas fichas en aquellas enormes salas de consulta y algo se le quedaba en la cabeza. Con la neurosis de fotocopia se corre el riesgo de que se pierdan jornadas en la biblioteca para fotocopiar libros que después no serán leídos’.
La salud, el bienestar tanto para bibliotecas y lectores radica en la persecución de la biblioteca utópica, la biblioteca ideal, ‘a medida del hombre’.
Es imposible no reproducir la visión y el anhelo utópico de Eco con que cierra su conferencia, hablando de este tipo de bibliotecas: ‘Procuremos transformarla en un universo a medida del hombre, e insisto, a medida del hombre significa también alegre, aún con la posibilidad de tomarse un capuchino, y con la posibilidad de que dos estudiantes se sienten una tarde sobre el sofá, no digo para darse indecentes abrazos, sino para llevar a cabo parte de su coqueteo en la biblioteca, mientras toman o devuelven a los estantes algunos libros de interés científico; es decir, una biblioteca que despierte el deseo de visitarla y se transforme gradualmente en una gran máquina para el tiempo libre, como lo es el Museum of Modern Arts donde se puede ir al cine, pasear por el jardín, mirar las esculturas y consumir una comida completa’.
Umberto Eco en aquel ya lejano 10 de marzo de 1981 preguntó a la audiencia: ‘¿Lograremos transformar la utopía en realidad?’ Ignoramos si alguien entre los asistentes se levantó de su lugar y contestó algo. Ignoramos siquiera si alguna autoridad invitada hizo el intento de esbozar una respuesta. Y hoy, casi treinta años después, la pregunta de Umberto Eco, visitante, enamorado y defensor de las bibliotecas, sigue resonando con toda su fuerza y vigor, esperando una respuesta.

Referencia:
  • Umberto Eco. ‘De Bibliotheca’. Disponible en Scribd.

  • Versión en castellano disponible también en Scribd.




XXVII LLL - 07 MAYO 2009 - La biblioteca utópica de Umberto Eco
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