jueves, 28 de enero de 2010

LLL. SS. II. Una partida de ajedrez

Una partida de ajedrez

Debimos haber estado charlando casi dos horas.
Lo que aquí reproduzco es sólo un resumen
de lo que me contó el doctor B.,
quien abundó en pormenores
mucho más explícitos.


Stefan Zweig publicó en 1941 una de sus novelas más reconocidas. Su título original es ‘Schachnovelle’, que literalmente significa en castellano: ‘Novela de ajedrez’, y aunque la traducción literal es correcta, Schachnovelle también puede traducirse como ‘Lavado de cerebro’ o ‘Cerebro nuevo’. Su nombre alternativo en español -ampliamente utilizado- es el de ‘Una partida de ajedrez’.
Metáfora del embrutecimiento económico y la genialidad autodestructiva, Zweig consigue en un centenar de páginas retratar cuidadosamente el ambiente imperante durante la Segunda Gran Guerra, con sus personajes sutilmente aderezados con minuciosos rasgos psicológicos.

El juego de los hombres
La ambientación estremece, al ser muy viva y exacta. Para presentarnos a Czentovic se vale de una conversación magistralmente llena de espontaneidad, sin afectaciones. En un par de páginas relata la historia de ese ‘hijo del remero’ en un pueblo anónimo, quien era incapaz de aprender nada fácilmente y aún a los 14 años realizaba los cálculos más simples sirviéndose de los dedos de las manos, a quien el cura bajo cuyo servicio estaba, acerca al mundo del ajedrez por error.
Embarcados en un viaje que durará doce días, de New York a Rio de Janeiro, el azar sitúa al campeón mundial de ajedrez en el mismo barco donde un anónimo viajero puede darle batalla, y aún incluso arrebatarle los laureles.
Fue un norteamericano, McConnor, quien organizó la primera partida –por la que pagó doscientos cincuenta dólares- contra Czentovic. Se hace acompañar del narrador, y enfrenta al monstruo taciturno, ‘incapaz de escribir sin errores ortográficos más de 3 palabras en cualquier idioma’, pero poseedor de una pesadísima máquina de cálculo ajedrecístico empotrada en el cerebro.
Al perder aquella primera partida, pide la revancha, haciéndose acompañar de otros pasajeros, atentos a esa segunda partida donde, tras una docena de movimientos realizados, se muestran signos gravísimos de una cercana derrota.
Czentovic usa una trampa, dejando llegar a un solitario peón a sólo una casilla de distancia de la coronación. Entonces la voz angustiada de un pasajero cambia la partida: al hacer esa jugada, en nueve o diez movimientos la partida se perderá irremediablemente. ‘Aún hay manera de conseguir un honorable empate’ vaticina.
Y lo consiguió.

El juego de los reyes
El narrador, compatriota de aquel notable jugador anónimo, consigue en una charla convencerlo de jugar nuevamente contra Czentovic. Esta vez la partida será sólo de ‘El Dr. B’ contra Czentovic. McConnor pagará gustoso los 250 dólares que pide el campeón mundial por esa nueva partida.
Obtenido el acuerdo y concertada la cita, el Dr. B. relata su historia, que al inicio es independiente del ajedrez. Abogado como su padre, el pequeñísimo e insignificante bufete jurídico que ambos dirigen es el lugar donde los movimientos financieros y económicos de la monarquía austríaca se llevan a cabo: traspasos bancarios, cambios de escrituras, pactos entre la iglesia y el estado. El anonimato asegura el éxito de sus funciones.
Entonces, un mínimo empleado que hace las veces de mensajero y secretario pone en aviso a la Gestapo, quienes aprehenden al Dr. B. y lo recluyen en un cuarto de hotel. No pueden darse el lujo de enviarlo a un campo de concentración, la reclusión en el cuarto de hotel es la forma sutilísima que tienen de atormentarlo buscando que diga en verdad dónde están guardados los documentos que buscan, quiénes son los poderosos a quienes protege, números de cuentas bancarias y direcciones domiciliarias.
El encierro fatal le pone en las manos, en el cuarto mes, un librillo, con el que podrá sobrellevar aquel cruel y despiadado encierro. Mas el destino quiso que el librillo fuese un tratado de ajedrez, que no incluía ni siquiera un prólogo, o unas palabras del autor.

El cerebro blanco y el cerebro negro
En el encierro recrea las jugadas una por una, y se propone llevar un ritmo: un par de jugadas repasadas en la mañana, un par de jugadas repasadas en la tarde, y una jugada de repaso en la noche. Nada más.
El libro contiene sólo 150 partidas magistrales y tarde que temprano debían agotarse. Cuando ello sucede, el Dr. B. se ve obligado a jugar contra sí mismo, y comienza a desarrollar una doble personalidad, capaz de aislar los movimientos de un contrincante hipotético que es él mismo. Según el color que juega, utiliza su ‘cerebro blanco’ o ‘su cerebro negro’, lo cual no es fácil:
‘Sería necesario que jugando en función del blanco, pudiese olvidar totalmente, como siguiendo una orden, lo que un minuto antes había querido e intentado representando el contrincante negro. Semejante pensamiento doble supondría en realidad una división absoluta de la conciencia, un abrir y cerrar a discreción de un como obturador del cerebro, similar al de un aparato mecánico; querer jugar contra sí mismo significa, pues, en materia de ajedrez, igual paradoja que saltar sobre la propia sombra.’
Al encierro y recreación intelectual en el ajedrez más abstracto prosigue el delirio, el shock y el descanso. Algunos meses después lo dejan ir: Hitler tiene puesta su mira en otros lugares, y deja a Austria bien resguardada aunque sin la omnipresente Gestapo.

Codicia y neurosis
El Dr. B. está consciente del riesgo de que su enfermedad vuelva a brotar nuevamente, con la primera provocación. Acepta el reto de la partida sólo como el trámite necesario para verificar que está curado. Ya tiene veinte… o veinticinco años sin jugar, tratando de no pensar en el ajedrez.
Czentovic ha leído, no obstante, en el semblante y perfil de su contrincante su principal debilidad: la rapidez, que se traducirá en impaciencia, y más aún, en desesperación.
Ataca lentamente, poco a poco, la partida dura 3 horas y los asistentes pierden interés. La última jugada temeraria del Dr. B. no puede ser contrarrestada por Czentovic, quien abandona la partida, mas propone al ya inestable Dr. B. una nueva partida que se lleva a efecto inmediatamente después.
Se marcan entonces lapsos obligatorios de 10 minutos como máximo para cada movimiento, lapsos que Czentovic agota uno por uno. Mientras tanto, movimiento a movimiento el Dr. B. agrava su situación, llegando al punto de gritar, en un momento determinado, ¡Jaque al rey! Los asistentes miran el tablero, donde la jugada decisiva está lejos de aparecer: la febril actividad de su cerebro ha desconectado su intelectualización del juego, de la presencia física de piezas, tablero y adversario.
Czentovic sonríe, ha logrado su cometido y el Dr. B. se aleja, ofreciendo sus disculpas a los asistentes. Sólo el narrador conoce cuál será el final del Dr. B.: jamás volverá a jugar ajedrez, nunca más ha de volver a mover una sola pieza sobre el tablero.
Suele decirse que ‘Una partida de ajedrez’ contiene rasgos autobiográficos de Zweig. Él se suicidaría en 1942, en Río de Janeiro, y a su modo, el Dr. B. sabía que no era posible salir victorioso de aquella prueba autoimpuesta: quizá ganaría la partida, pero aún así, su destino ya había sido sellado más de veinte años antes:
“Como no tenía más que ese juego insensato contra mí mismo, mi rabia, mi afán de venganza, se abalanzaron fanáticamente sobre ese juego.”
La visión y la crítica de Zweig al nacionalsocialismo que asoma en las páginas de esta novela es la de un hombre culto, erudito, minucioso, dueño de una escritura magistralmente refinada. Y quién sabe si su descenso hasta los infiernos sutiles de la tortura psicológica, de la patología angustiante y la avaricia descarnada fueron las señales inequívocas de una partida perdida de antemano: al final del juego siempre nos aguarda la muerte de un rey.

Ad notanda: El libro robado

El retrato psicológico que Zweig hace de los jugadores continúa mereciendo un lugar aparte entre las obras donde el Juego de reyes es citado como artificio accidental, o como sustento para la trama. La proeza conseguida al dar a sus personajes una personalidad bien definida, la oscura recreación de la tortura psicológica nazi, y la disección de la neurosis de uno y la codicia de otro jugadores habría exigido, con una pluma menos afortunada, fácilmente el doble o triple de extensión.
Y si la exaltación del Juego de reyes es evidente, Zweig brinda un homenaje emotivo e inolvidable a los libros, con frecuencia olvidados e ignorados en anaqueles y bibliotecas que nadie visita.

‘Sin saberlo casi, me arrimé más y más. Afortunadamente, el centinela no prestó atención a mi actitud, por supuesto extraña; acaso también le parecía natural que después de dos horas de estar de pie, un hombre procurase apoyarse contra una pared. Ya me había colocado cerca del abrigo, cruzados los brazos intencionalmente sobre la espalda, a fin de poder tocar aquella prenda sin despertar sospechas. Toqué el género y, realmente, a través del mismo palpé un objeto rectangular, flexible, y que crujía suavemente... ¡un libro! ¡Un libro! Y me atravesó como un tiro la idea: ¡roba ese libro! Quizá lo consigas y entonces podrás llevártelo, esconderlo en tu habitación y ¡leerlo, leer, por fin volver a leer una vez! Tan pronto como la idea se hubo posesionado de mí, obró a modo de un veneno fuerte; de repente, mis oídos empezaron a zumbar, y el corazón, a golpear con vehemencia, mis manos quedaron heladas y no me obedecían más.‘

Pocas veces dentro de la literatura universal puede hallarse un ejemplo tan vivo de la emoción experimentada por aquellos que encuentran en libros y literatura la redención liberadora, que abate encierro, vacío y soledad.
Zweig escribió su novela con un perfecto conocimiento de causa, tan es así que es posible identificar la partida que sirve como base para el relatado primer encuentro, entre McConnor, el narrador y el entonces aún incógnito Dr. B., en contra de Mirko Czentovic:
Alekhine, Alexander - Bogoljubow, Efim [C84]. Bad Pistyan (15), 1922.
Y si la novela de Zweig repasa las situaciones más extremas del genio capaz de autodestruirse y del genio que sólo ve utilidad y beneficio en talento propio, también es una metáfora de la riquísima y extraordinaria capacidad de resistencia que tiene el ser humano. A fin de cuentas eso –y así- es el Ajedrez.




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jueves, 21 de enero de 2010

LLL. SS. I. Una Enciclopedia del siglo XII

Una Enciclopedia del siglo XII

La época histórica comúnmente denominada ‘Ilustración’ encierra bajo ese nombre una serie de ideas, pensamientos, proyectos y obras que fueron decisivos en el desarrollo cultural e intelectual no sólo de Francia, sino del mundo entero. El humanismo o la filantropía fraguó en aquella Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y la parte teórica dio por resultado una obra que modificó rotundamente la estructura del conocimiento humano: la Enciclopedia.
Dicha obra, de corte netamente secular, se fundamenta en una visión laica del conocimiento, arrancándolo definitivamente de los imperativos impuestos por la religión cristiana -y sus distintos credos-, y erigiendo a La Razón como nueva diosa en un mundo que se soñaba a punto de alcanzar la perfección.
Y aunque la Enciclopedia constituye uno de los principales símbolos de la edad moderna y contemporánea, sus características más generales y esenciales ya fueron anheladas y buscadas en épocas tan lejanas como el siglo doce. Específicamente, en el año 1165.

Enciclopedias y Summas
Aunque existen diferentes obras de proporciones monumentales -como la Summa Theologica de Tomás de Aquino que encierra todo el saber teológico escolástico y discurre sobre la creación del mundo y el sentido de la vida del hombre-, la diferencia entre una Enciclopedia y una Summa radica en sus intenciones respectivas.
La Summa busca abarcar todo lo abarcable de una materia determinada y su afán totalizador sólo tiene validez dentro de un dominio específico dentro del cual ningún aspecto por nimio o insignificante que pudiera parecer, queda intacto. Por ello no es extraño encontrar en la Summa referencia a las esencias angélicas, o disertaciones sobre el tiempo, o sobre lo que será la segunda llegada del Cristo, todo ello dentro de una concepción teológica cristiana.
En cambio, la Enciclopedia pretende fijar los conocimientos más esenciales y generales de todo el saber humano, brindando definiciones racionales y guiadas por una lógica intachable, que permitan deducir a su vez las diferentes situaciones inclusivas y exclusivas de cualquier materia tratada. Por ello la Enciclopedia se erige como representante de la razón humana que se vale de este medio para alcanzar un dominio y comprensión del universo semejante a la de un abstracto Creador del mundo. Es decir: si realmente existe un Creador que ha fabricado el mundo en el cual vive el hombre, el papel que corresponde al hombre es el de ordenar dicho mundo, entenderlo y hasta cierto punto usufructuarlo -o administrarlo si se quiere-.
El anónimo compilador de esa temprana enciclopedia no se proponía encontrar las razones últimas o primeros principios de los fenómenos físicos del mundo –daba por sentado la existencia de un Primer Motor Inmóvil- sino que sólo buscaba organizar de una manera sistemática el caudal de conocimientos necesarios para interactuar adecuadamente con un mundo organizado, cuyo orden y principios eran indudables e intachables: habían sido dictados y determinados por Dios.

El documento
Se trata de un manuscrito catalogado con el número 1097 en la Biblioteca Municipal de Trèves, descrito a continuación: ‘F° 1-75: Honorius Augustodunensis presbyter Clavis seu Apex Physicae. Rubrum. Honorius Augustodunensis Ecclesiae presbyter et Scholasticus, vir omnium scripturarum studiosissimus.’ Esto se traduce como sigue: ‘Folios 1 – 75: La Clave o la Cumbre de la Física del Presbítero Honorio Augustodunense. Rubro: Honorio Augustodunense presbítero de la Iglesia y escolástico, varón estudiosísimo de todas las materias’.
La primera noticia contemporánea sobre este manuscrito, resguardado en el secreto del olvido, se debió a Heinrich Schipperges quien creyó encontrar un manuscrito inédito perteneciente a dicha obra, en 1958, que aún permanecía inédita. Algún tiempo después apareció una primera edición del manuscrito, publicado con el título de ‘Honorius Augustodunensis, Clavis Physicae’, en la serie Storia e litteratura, Temi e testi 21, Roma, 1974, revisada por Paolo Lucentini.
En ese mismo tiempo un estudioso canadiense, R. D. Crouse buscaba material para sus estudios relacionados con la Clavis Physicae, y al recibir los microfilms del manuscrito se llevó una agradable sorpresa: era una enciclopedia del siglo XII, que al parecer había sido ignorada por los estudiosos e investigadores anteriores. No obstante, un hecho llamó su atención, y fue que aunque el título atribuía el trabajo a Honorio, los folios encuadernados no mencionaban a Honorio ni a alguna de sus obras: se argumentó que dicho manuscrito había sido formado en el siglo XIV, y las obras ‘Imago mundi’ y ‘De libero arbitrio’, ambas escritas por Honorio, hacían las veces de introducción al libro mas eran independientes del corpus. La fecha escrita era un error evidente del copista, y una copia del manuscrito resguardada en Londres que había sido hecha pública en el siglo trece, posteriormente se dató como perteneciente al siglo XII, permitiendo establecer que el manuscrito de Trèves también fue redactado en el siglo XII.
Ambos manuscritos proceden de la misma abadía, y fueron escritos por un monje alemán experimentado; la puntuación y los adornos son comunes a la escritura de ese tiempo -aunque no incluyen adornos caligráficos góticos-, y el estilo plagado de abreviaciones escolásticas permiten conjeturar que el escriba era de edad avanzada y su etapa de aprendizaje había quedado considerablemente lejos.
Otra copia del manuscrito, ligeramente tardía, se conserva en el Vaticano, mas los tres presentan el mismo orden y se encuentran en el mismo estado.
Marie-Odile Garrigues publicó un artículo titulado ‘L’Apex Physicae. Une encyclopédie du XIIe siècle’, que apareció en las ‘Mélanges de l’Ecole française de Rome. Moyen-Age, Temps modernes, Année 1975, Volume 87, Numéro 1, pp. 303-337’. En su artículo explicita 14 manuscritos diferentes que guardan relación directa con el Apex, y manifiesta la imposibilidad de que dicha obra pueda ser atribuida a un solo autor. Entre los posibles autores consultados para su redacción destaca a Burgundio de Pisa, el Master Hugo, Gillaume d’Hirsau, Honorius, Alcantarus, Johanisius, y Nemesius d’Emèse.
Marie-Odile también apunta un detalle por demás extraño: aún cuando el manuscrito de Londres y el de Trèves pueden ser tomados como base de otras copias y contienen los mismos términos y el mismo estilo, los distintos ejemplares y las demás copias no son intercambiables.
Ejemplifica, sólo para dar una idea, el caso del ‘Incipit’ [Así inicia, o Comienza]: en el ejemplar de Paris se lee ‘Gratia Deo primo sine principio, ultimo sine fine, qui fuit ante Omnia et erit post Omnia, eternus. Nemo sua consideratione qualitatem huius persequitur…’. En el manuscrito de Londres se escribió: ‘Gloria Deo principio sine principio, fini sine fine qui fuit ante Omnia et erit post Omnia, eternus ad cuius qualitatis considerationem humanus sensus non pertingit’. Y más aún, en el manuscrito de Florencia tenemos: ‘Gloria Deo principio et fini, eterno. Numquam in eius qualitatis consideratione humana investigatio non succumbit…’ Todas estas formas poseen el mismo significado [Gloria a Dios principio y fin, Que existe antes de todo y existirá después de todo, Cuyos atributos escapan al conocimiento humano…], y manifiestan una independencia de estilo, sintaxis y gramática más acordes con los trabajos de los enciclopedistas de la Ilustración que con las tareas arduas y monótonas de los copistas conventuales.

Un admirable escritor anónimo
Garrigues anota con melancolía y tristeza que es imposible determinar quién fue el escritor de dicha obra. Tal melancolía se debe al perfil extraordinario de ese temprano enciclopedista: ‘El autor del Apex Physicae era un cristiano occidental que utilizó las fuentes árabes conocidas por las traducciones de Toledo, y empleó las fuentes griegas al uso en Constantinopla, Palermo, y en la Escuela de Salerno aunque parece no ser él mismo versado ni en árabe ni en griego, y que no ignoró la antigua tradición católica –Agustín, Ambrosio, Gregorio, Isidoro- ni la reciente –Guillaume de Conches, Honorius y a través de este, Juan Escoto Erígena-, escribiendo después de 1162. Podemos suponer que se trató de un europeo de la región centro-norte –renano, francés o inglés-, puede conjeturarse que se trató de un clérigo quien vivía en la proximidad de una moderna y viva biblioteca más que ser él mismo un gran –y pudiente- coleccionista de libros: esto nos lleva a pensar que él viajó, y que si no se trataba de alguien dado a la enseñanza, por lo menos contaba con la lucidez y eficacia de la pedagogía en la transmisión del saber.’
Este anónimo escritor del siglo XII merece por derecho propio el título que llenaría de orgullo a los hombres más ilustres de la Ilustración francesa: Enciclopedista, y su obra es una temprana Enciclopedia digna de nuestra admiración.


Ad notanda

Aún cuando suele reconocerse a la Enciclopedia organizada por colaboradores tan renombrados como Didedot, D’Alembert y Voltaire como la primera enciclopedia del mundo moderno, esto no significa que no hayan habido intentos similares a ella, algunos de los cuales la antecedieron en varios siglos.
Una obra que bien puede considerarse como la primera enciclopedia es la de Plinio el Viejo conocida como ‘Historia natural’, escrita muy probablemente entre el año 77 y el 79 de nuestra era. Consta de 37 libros, cuya estructura general es la siguiente:
Tomo I, Prefacio, tablas de contenidos y una lista de autoridades; II, Matemáticas y descripción del mundo físico; III - VI, Geografía y etnografía; VII - XI, Zoología; XII - XXVII, Botánica, agricultura, horticultura y farmacología botánica; XXVIII – XXXII, Farmacología general; XXXIII - XXXVII Minería, mineralogía, manipulación del oro, de la plata, fabricación de estatuas en bronce, pintura, modelado, escultura en mármol, y tallado de gemas y piedras preciosas.
Y también la obra de Isidoro de Sevilla [c. 560 - 636] llamada ‘Etimologías’ mostraba ya un orden muy acorde a las modernas enciclopedias: constaba de 20 libros los cuales incluían el total de 448 capítulos, y tan sólo entre los años 1470 y 1530 fue impresa en por lo menos 10 ediciones distintas.
No obstante, el término de ‘Enciclopedia’ aparecería hasta el siglo XVI, disputándose tres obras el honor de ser la primera con este nombre. Según lo que la Gran Enciclopedia Rialp en su edición de 1991 explicita en su entrada sobre la Enciclopedia, tenemos que ‘Jacobus Philomusus en su Margarita philosophica encyclopaediam exhibens (Estrasburgo 1508) utiliza la palabra enciclopedia como sinónimo de artes liberales. Parece ser, según los ingleses, que el primero que utilizó la voz enciclopedia, en la Edad Moderna, fue Thomas Elyot en The Governour (1531). Este autor define la enciclopedia diciendo que comprende todas las ciencias y estudios liberales. El humanista croata Paulus Scalichius de Lika o Pablo Skalic publicó en Basilea (1559) una colección heterogénea de ensayos titulada Encyclopaedia seu orbis disciplinarum tam sacrum quam profanum epistemon.’
Los primeros enciclopedistas buscaban no sólo la conservación del conocimiento humano, sino la transmisión de dicho conocimiento en una forma estructurada a todos los hombres, sin tomar en cuenta estatus social, lugar de residencia, e incluso lengua, ideología política o credo religioso.
La Razón que tanto ensalzaran los hombres de la Ilustración tiene en la Enciclopedia una hija digna, magnánima y eminentemente humana.



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viernes, 15 de enero de 2010

14 enero 2010

El miércoles 13 de enero ya entrada la noche, en una larga conversación con Simitrio Quezada, comenzaron a detallarse algunas cuestiones pendientes sobre Libres Libros de a Libra. El visitante habrá podido notar que el número correspondiente al día 14 de enero de 2010 no incluye colaboración mía, sino un artículo de Nina Kressova.

Simitrio me comentó que dicho artículo aparecería en el Reloj de Arena del día 14, y por algún 'error' los editores gráficos ajustaron todo para insertarlo dentro de LLL. Al entrecomillar 'error' resalto que no creo en las coincidencias y el azar, sino que más bien confío en una fuerza oculta pero sensible que organiza las cosas de maneras que no sospechamos, aunque podemos constatar claramente en nuestra vida diaria.

La inserción de tal artículo cierra la primera serie de LLL y sirvió como puente de transición para lo que será la segunda serie de LLL, que proseguirá su publicación el próximo jueves, si mayores contratiempos no se presentan.

Aprovechando las circunstancias, también ha cambiado el dominio de este blog, que será mucho más fácil de recordar para los lectores asiduos, y da un poco más de formalidad -si es que eso es posible- a las versiones en línea e impresas de este proyecto.

De nueva cuenta, quiero agradecer a Simitrio Quezada por la ayuda invaluable, su tenacidad, empeño y también la fraternal presión que ejerce sobre LLL para que sea mejor en cada número. Su esfuerzo ha sido tan palpable que mi esposa, el día de ayer, me comentó: 'Qué bueno que Simitrio te de carrilla con LLL, gracias a eso has cambiado mucho. Antes no eras así.'

Y no puedo negar que así ha sido: Simitrio ha sido amén de mecenas y protector, el mejor lector que cualquier escritor puede desear: un lector crítico, implacable, y soberanamente justo.

A todo el equipo editorial de NTR Zacatecas, especialmente a Simitrio Quezada, Enrique Laviada y Kutzi Hernández, mi más sincero agradecimiento.

Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
14 enero 2010






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jueves, 14 de enero de 2010

Libres Libros de a Libra. Primera Serie.

La publicación del artículo sobre la Biografía de Darwin cierra un ciclo importantísimo para este proyecto. Existen algunas cuestiones pendientes de resolución que determinarán cómo y de que manera continuará adelante esta iniciativa; como sea, vaya mi agradecimiento para lectores, visitantes y amigos que con sus palabras de aliento fueron aliciente invaluable para el funcionamiento y persistencia de esta sección.





A todos ellos: un abrazo fraternal.

Francisco Arriaga
México, Frontera Norte.
14 Enero 2010




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Apostilla 6: Evangelia Apocrypha.

Apostilla 6: Evangelia Apocrypha. Decir algo que pueda añadir o enriquecer lo ya dicho en esta entrada sería pecar de pedantería y su...