martes, 12 de mayo de 2015

Raída que fuiste nube: Última advertencia.


Última advertencia.

La obra poética de Simitrio Quezada se nutre directamente de la lírica grecorromana y de los poetas más osados y atrevidos del Siglo Veinte. Por ello, no es fortuito que Raída que fuiste nube sea un poema difícil -visceral en su intelectualidad meticulosa-, que exige la atención total del lector y el análisis microscópico de una segunda lectura.
El principio y el final confluyen en el mítico escarabajo sacrificado y asfixiado, que vincula en una sola acción la narrativa de Poe y el Libro de los muertos, el ritual funerario hierático y la cotidiana degradación del cementerio. Es en este vaivén que el poema, desgarrada confesión de una derrota resignada, funge como hommage y epitafio a la vez. Las correspondencias de Sor Juana, la Gran escala de los seres isabelina y la Tradición Hermética se actualizan en el balcón deslucido, ante la mirada impotente de los amantes que se saben separados por la piel y muy a su pesar, unidos en la memoria etérea y sensible del tomillo, del ají y del comino.
Mercenarios de la tierra que ya sólo ofrece amargura en sus frutos y saqueado hasta el último recoveco de la memoria y la nostalgia, sólo queda la palabra, un susurro cuyo devaneo entre el símbolo y la sentencia es incapaz de mantener firmes las amarras de los puentes, y termina cediendo ante el silencio y la sombra.
El recuerdo está hecho de eso: silencio y sombra. Poco importa si la memoria de las voces irrepetibles -perdidas y ahogadas en las arenas del reloj- nos llega en la forma de una letra, del grabado en una losa o en el gesto de la estatua que jamás volveremos a ver: la palabra yace cautiva del tiempo y nuestra visión es una visión de lo fugitivo, del presente arrancado a pedazos y devorado por un pasado siempre hambriento y del amor hecho girones por la sistemática transgresión de todos los límites.
Curiosamente, este respeto por la tradición y el uso de vocablos unívocos y ceñidos a situaciones perfectamente delineadas permite a Simitrio Quezada revindicar el sentido último de la Historia, entendida como testimonio que sobrepasa el mero trazo académico y cristaliza en la metáfora viva y ágil, vuelta escritura de caligrafía exquisita.
Es por ello que el cronista más aplicado es capaz de profetizar al escribir de aquello que yace bajo los sedimentos de la historia. Los amantes saben que después del beso y la caricia sólo queda el dolor de la separación, que después del lecho y las almohadas sólo hay una sepultura y una lápida. Relatar las dichas pretéritas es también justificar la abrupta interrupción del sueño y el regreso a una vigilia henchida de ausencias y reproches.
Pueden exorcizarse todos los demonios, pero jamás podrá exorcizarse la muerte.
Esta profecía limpísima no agota el resto de las profecías y advertencias taciturnas que asoman a lo largo del poema: todos los besos y los abrazos, las caricias maternas y las bendiciones paternas, todas las miradas cautivantes y cautivas han sido dadas ya.
Después de ceder sin oponer resistencia alguna a la desilusión de la memoria que no logra preservar la esencia del amor, sino únicamente la forma etérea de un rostro que ha sido para nosotros la suma y la superación de todos los rostros, sólo queda el último dictamen, la última advertencia:
“…ya nada será como lo sueñas”.

Francisco Arriaga
México, Frontera Norte.
23 febrero 2015


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