jueves, 12 de noviembre de 2009

12 noviembre 2009

Un sueño barroco

Nutrida con frecuencia de las más oscuras, olvidadas y ocultas elucubraciones de la psique, la cantidad de obras literarias que giran en torno a los sueños sólo pueden ser superadas en número por las debidas a la muerte y al amor, eternos antagonistas.
Desde las primeras y más tempranas aproximaciones a este género, como el ‘Somnus Scipionis’ escrito por Cicerón, hasta las más intrincadas y difíciles como ‘Sylvie and Bruno’ de Lewis Carroll, las obras de carácter onírico denotan una extraña cantidad de rasgos comunes que pueden resumirse en la libertad incondicionada del mundo soñado como contrapuesta a la asfixiante realidad de un mundo oprimido por sinfín de normas y reglas y no obstante, tanto o más absurdo que el otro.

El sueño de la razón
Enigma entre enigmas, el Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz se yergue en su obra como si fuese un obelisco, retrato exacto de algún dibujo tomado de los libros de Atanasio Kircher. Sor Juana llegaría a afirmar retóricamente que su obra completa se debía a peticiones y encargos expresos, exceptuando el Primero sueño: ‘Yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos, de tal manera que no me acuerdo haber escrito por mi gusto si no es un papelillo que llaman el Sueño’. La exageración de esta afirmación resalta no el gusto descuidado y distraído, sino la concentración y el empeño de quien se esmera y vierte su mayor esfuerzo sobre una obra cualquiera.
Se considera al Primero sueño como un poema filosófico, más a tono con la poética filosófica o filosofía poética clásica griega y latina, que como un poema lírico, escrito en un arrebato sentimental o melancólico.
Las aproximaciones que se han vertido en los últimos cien años sobre el texto han podido esclarecer un tanto –sin agotar- el sentido del poema, que sólo puede ser aprehendido cabalmente si se toma en cuenta el monstruoso caudal de conocimientos que en el momento de su escritura Sor Juana empleó en los versos, y si no se excluye el análisis profundo de la situación de la mujer y la valía de su intelecto en la época histórica que le toca vivir.
Octavio Paz en su magnífico ensayo ‘Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fé’ aborda el Primero sueño desde una perspectiva simbólica, elaborando una hermenéutica que debe mucho a los emblemas de Pierio Valeriano y a la imaginería sorprendente que Sor Juana toma directamente de los libros de Kircher y la tradición hermética.
Un par de años después, otro estudioso del poema de Sor Juana nos legaría su análisis, esta vez desde el punto de vista científico, demostrando una vez más las profundas raíces del saber enciclopédico de Sor Juana. Elías Trabulse dedica varias notas marginales del tomo segundo de su ‘Historia de la ciencia en México’ a explicarnos por qué ese poema no tiene equivalente en su tiempo: ‘Los conocimientos considerados heterodoxos se desarrollaron a la callada y tuvieron como paradigma las creencias mágicas introducidas a través del jesuita Kircher, de quien Sor Juana era vehemente lectora, en su Musurgia Universalis que inspiró la sección científica del Primero sueño.’

La física y el jeroglífico
Octavio Paz no puede dejar escapar a la tentación de ver en el Sueño de Sor Juana la lucha y búsqueda incesante del alma que pretende alcanzar las esferas superiores, esas que por su naturaleza misma –mujer y más aún, ‘mujer de claustro’- le estaban vedadas en un mundo marcado por la exclusión sistemática de lo femenino. Y en todo caso, cuando lo femenino aparece en escena, estará siempre supeditado a lo masculino, jamás en rivalidad, y mucho menos en superioridad evidente.
La única salida que tiene esta mujer la obliga a saltar sobre cualquier convencionalismo, transgrediendo las reglas mismas y el orden establecido, al escribir un poema que bajo el engañoso título de ‘Sueño’ engarza pieza por pieza la escala que le permitirá no sólo sobresalir en el mundo masculino en el que se desenvuelve, sino más aún, alcanzar lo que a todo interlocutor vecino está prohibido. Si la simpatía que siente por el sabio jesuita alemán aparece en gran cantidad de versos de este poema, ella supera el argumento de los libros leídos y aprendidos de memoria para hacer de su poema un verdadero espejo del mundo y de la razón empeñada en sobrepasar la esfera de la materia.
Sería en 1983 cuando Elías Trabulse emprendería su aproximación al Sueño, con métodos que al mismo Octavio Paz pudieron haber resultado, si no escandalosos, sí por lo menos reprobables: en vez de analizar uno por uno los 976 versos que componen el poema, inicia con la sección más ‘científica’ del texto [a partir del verso 192], resaltando y rescatando cada uno de los elementos que Sor Juana introduce y explicando también hasta que punto la visión del alma atormentada del poema es la imagen fiel del intelecto acuciado por las distintas dudas, incertezas, y también seguridades, creencias y confianzas.
Ambos, Paz y Trabulse, son los extremos del amplio especto de interpretaciones, aproximaciones y explicaciones que se han hecho sobre el mismo texto.

El claustro y el laberinto
De habérsenos conservado una copia de ‘El caracol’ probablemente poseeríamos dos obras cumbre en la amplia producción literaria de Sor Juana. El caracol pretendía ser un compendio de armonía; se sabe que Sor Juana fue ejecutante de varios instrumentos musicales, y algunos poemas que se nos han conservado versan directamente sobre el asunto de la música, demostrando el dominio que poseía sobre esta materia.
Pamela H. Long en su ensayo ‘De la música un cuaderno pedís: Musical Notation in Sor Juana’s Works’ clarifica estos asuntos:
“Sor Juana Inés de la Cruz (m. 1695, México) vivió, escribió, estudió y compuso música durante una época de intensa experimentación en los aspectos prácticos de la música, sobre todo en lo relativo a armónica (sic), notación, composición e instrumentación, además del desarrollo de la ópera. Lorente, Mersenne, Ronsard, Galilei, Zarlino, Cerone y Kircher habían intentado codificar el sistema de la representación de las notas musicales, y Sor Juana versó sobre muchos aspectos relativos a la práctica de la notación musical. Compuso un tratado titulado El caracol, en el cual procura simplificar el sistema de la escritura musical como se practicaba en la época.”
El caracol es laberinto y conlleva también, siempre, una salida.
Esta faceta de la vida de Sor Juana, minimizada frecuentemente sobre todo por la crítica con tintes meramente literarios, nos obliga a reflexionar el papel que la ciencia y la razón juega a lo largo de la obra de Sor Juana. Si bien es cierto que varios poemas y versos de la pluma de Inés se debieron a encargos explícitos de la nobleza virreinal, también es cierto que estos mismos encargos le valieron la posibilidad de escribir sobre temas que no siempre tocaban el amor y asuntos sacros, incluyendo con frecuencia temas eminentemente profanos y cortesanos en sus escritos.
El que sería un discurso filosófico, Imago mundi, toma forma de poema, permitiendo a la poetisa establecer de una vez por todas su valía entre los grandes de su tiempo, atacando no de frente –hecho imposible debido a las vigentes restricciones del Nihil obstat imperante y en manos de clérigos cuyo saber dejaba mucho que desear- sino desde el bastión de lo femenino –la poesía- a lo masculino –el discurso escolástico-, dejándola bien librada en este trance.
En cambio, el pretendido compendio de armonía al parecer se trataba de una obra más acorde con los manuales escolares y libros de texto en uso, lo que a su vez sería simultáneamente fuerte restricción y gran reto: abordar científicamente lo que en el papel y la teoría puede ser abarcado con leyes que deben mucho a la escuela pitagórica, aunque la ejecución y vivencia se deba sobre todo al estado anímico del ejecutante.
Sor Juana pudo hacer, mediante un virtuoso y bien afinado olfato para las cuestiones prácticas, un coto en el convento que le permitió escribir en el como si estuviese en su bastión más seguro y emprendiendo no obstante, a cada momento escaramuzas fuera de la seguridad de aquellos muros, escaramuzas que llegó a ganar ante el público, y que le acarrearían los dolores, altibajos y tropiezos que son ampliamente conocidos.
Citando de nuevo a Trabulse:
‘La importancia que Sor Juana da a los números como clave, nos indica su inmersión (no sabemos si explícita) en las doctrinas pitagóricas. Lo mismo ocurre con su interés por las proporciones y sus explicaciones basadas en el orden de las vibraciones musicales. Debe considerarse seriamente el estudiar estas influencias pitagóricas y herméticas de la poetisa para poder entenderla cabalmente, pues son inseparables de su afición a observar fenómenos particulares, la cual sería la nota más “moderna” de su criterio científico.’

Sor Juana sueña a Inés
Maravillada por la Combinatoria de Kircher, Sor Juana crea un verbo, ‘kirkerizar’: a tanto llegó su asombro y admiración por el jesuita. Y si el sueño puede ser leído como el ascenso del alma y el intelecto desde los más groseros elementos y humores hasta la contemplación extasiada de la gran fábrica del mundo, también es cierto que Sor Juana se permitió soñar a Inés, liberada de su cuerpo de mujer, y remontando sobre la prisión de la materia inerte.
Travesía desgarradora, Sor Juana despierta al final del poema, recluyendo a Inés de nueva cuenta en el claustro, en su cuerpo, en su tiempo. Aunque no todo está perdido: el ‘Sol madeja hermosa’ distribuye su luz al mundo nuevamente iluminado: aún queda la belleza.


AD NOTANDA

Sor Juana Inés de la Cruz y la ortodoxia
Después de 1990, y coincidiendo con la conmemoración del V Centenario de la llegada de Colón a América, comenzaron a ver la luz distintos estudios donde se resaltaba un aspecto ignorado en la vida y obra de la poetisa, y que Paz vislumbró en su ensayo antes mencionado. Comenzó a hablarse de la posibilidad de que la familia de Sor Juana fuese conversa, habiendo sido originalmente una familia judía.
Esto explicaría varias cuestiones que dejan de parecer insolubles si se piensa en la adopción de la vida religiosa más como la mejor opción para disipar las dudas sobre un probable oscuro origen judío, que el mil veces resaltado aspecto práctico de la decisión tomada por una mujer que quiere saber lo que saben los hombres en una época donde esto era prácticamente imposible.
Otra de esas cuestiones antaño insolubles la aborda Robin Ann Rice en un ensayo sin fecha escrito para la Universidad de las Américas, donde abunda sobre el tema de la fuerte influencia que tuvo la Escuela de Alejandría, y más específicamente Clemente, San Gregorio y Orígenes, en la poetisa mexicana:
“En resumen, a mi juicio, sor Juana rompió todos los moldes cuando optó por usar a Narciso como figura cristológica en su auto El divino Narciso. Primero, porque esta figura mitológica en particular no tenía ninguna tradición mística o sagrada como los protagonistas de otros autos como Orfeo, Jasón, etc. Por lo tanto, tuvo que recurrir a Clemente y Orígenes para idear su propia metamorfosis de Narciso en Cristo. El resultado es una transformación fortuita de Narciso en Cristo por medio de la transformación de Narciso en una especie de Logos mundano, un Cristo convertido en Logos que desencadena su propia muerte cuando el Logos crea a una Naturaleza Humana en la imagen de Dios.”
Estamos, en efecto, un paso más allá del judaísmo, aunque este cristianismo simbólico tenga muy poco de ortodoxo.







LIIII LLL [A II No IIII] - 12 NOVIEMBRE 2009 - Un sueño barroco
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