jueves, 25 de junio de 2009

25 junio 2009

Ciencia, literatura y música

Barriles de petróleo y fábula
En 1990 apareció el álbum ‘En attendant Cousteau’ [Esperando a Cousteau] de Jean-Michel Jarre. Considerado como un representante avant-garde de la música electrónica, formó parte del Groupe de Recherche de Musique Concrète fundado en 1951 por Pierre Schaeffer, con quien trabajó a mediados de los sesenta. A principios de los noventa viajó por diferentes islas caribeñas, hasta encontrar una donde los marines norteamericanos dejaran una herencia por demás desagradable, y nada acorde con los movimientos medioambientalistas que en ese entonces comenzarían a cobrar dimensiones globales: doscientos contenedores de hidrocarburo vacíos, a la orilla de la playa. Nadie tenía los medios de reciclar, retirar, mover siquiera esos tambos metálicos; lo que tenían los habitantes de la isla era sólo el ritmo. La música en la sangre.
Jarre emprende un proyecto que sólo le ocupó 4 meses orquestar, diseñar, y llevar hasta los estudios de grabación: ‘Calypso’. Los habitantes de la isla cortaron los contenedores de petróleo, los pulieron, abrillantaron, y habilitaron como enormes tambores, dando un concierto sobre una plataforma a los espectadores congregados en la orilla de la playa.
El nombre de Calypso dado a la pieza principal del álbum tiene una triple justificación: es el nombre de la nereida que mantuviera preso a Ulysses u Odysseus, también es el nombre que la tradición ha dado a la isla mediterránea donde se supone habría tenido lugar el cautiverio del héroe homérico, así como el nombre dado a un género musical netamente antillano, popular en Jamaica y Trinidad y Tobago. Un solo nombre en manos de Jarre fue capaz de congregar tradición literaria, tradición musical y tradición geográfica con la música electrónica y los efectos ocasionalmente devastadores del crecimiento económico y los avances científicos, representado en aquellos tambores metálicos, contenedores de petróleo vacíos.

Ciencia, Literatura y Música
Los orígenes de la literatura científica se confunden con la narrativa y la poética. Las teogonías griegas proponen explicaciones de fenómenos cotidianamente observables por los hombres, echando mano del verso –con fines eminentemente pedagógicos- y figuras literarias bien definidas: apenas el hombre comienza a escribir aquello que es capaz de hablar, aparece la metáfora, el oxímoron, o la sinestesia. En el Medioevo el panorama no era muy distinto, el Trivium y el Quadrivium son herencia de aquellos modelos pedagógicos: antes de ‘pensar correctamente’ el estudiante debía aprender a ‘escribir correctamente’. Y el desarrollo científico tardó aún varios siglos antes de sufrir el divorcio forzado de la literatura; Newton y Leibniz aún escribieron en un latín culto y para cultos, con la intención de agradar tanto al intelecto como al buen gusto de sus interlocutores. Al poco tiempo de la emancipación lingüística respecto del latín en el siglo XIX, se comienza a llevar a cabo la separación total de lo que será la narrativa de la ciencia propiamente dicha. El saber científico adquirió tales niveles de especialización y abstracción, que los hombres capaces de entenderlo eran minoría, y aunque los libros escritos a raíz de determinadas investigaciones o descubrimientos científicos seguían teniendo tiradas de un par de centenares de ejemplares, los hombres capaces de entenderlos rara vez superaban un par de decenas.
Así, el científico se vio obligado a escribir sus descubrimientos en libros donde comenzaba por expurgar cualquier tipo de afectación retórica, mientras los escritores literarios miraban con recelo cualquier asunto que tuviera como base el avance científico, sus abstracciones, predicciones y problemas, considerando a la ciencia alejada de la vida del hombre común y corriente, a quien pretendían bosquejar en sus distintas obras. Para retratar el alcance de estas disquisiciones, basta con recordar al filósofo español Ortega y Gasset, quien retrocede aterrorizado ante la figura de ese científico que inmola su vida por descubrir el punto o la coma que cambiará el sentido de una ecuación, o la detección de un error mínimo en la obra de alguno de sus predecesores: ‘La máxima especialización equivale a la máxima incultura’ escribió. La especialización científica se confunde con la barbarie más abyecta.

Libros, matemáticas y música
‘The Two Cultures and the Scientific Revolution’ es el título del libro que apareció en 1959 donde Charles Percy Snow advertía sobre los peligros de esa incomunicación o divorcio voluntario entre las humanidades y la ciencia. Dicho libro tiene su origen en la conferencia que el mismo Snow dictara el 7 de mayo de ese año en Cambridge. Snow hablaba con ‘conocimiento de causa’, científico él mismo y novelista de éxito, podía alternar entre ambos grupos y advertir claramente los riesgos de esas rencillas y desencuentros constantes. Y no solamente en terrenos de la ciencia y la literatura, o la ciencia y las humanidades en general se dio este distanciamiento, el campo de la música también tuvo sus altibajos, y alguien que con su obra acercó al gran público a la ciencia matemática fue el músico griego Iannis Xenakis.
Nacido en 1922 le tocó participar activamente en la Segunda Gran Guerra, perdiendo un ojo y sufriendo severas lesiones en el rostro, al explotar un obús cerca de él. No obstante, a los treinta años comienza su estudio formal de composición musical, de la mano de Messiaen. Antes hizo el intento de estudiar con Honegger y Milhaud, mas dichos intentos no fructificaron. Su primera gran obra sinfónica, ‘Metastasis’ sirvió para establecer su punto de vista sobre la escuela ‘serialista’ y la superación del serialismo como una forma de composición ‘de avanzada’. Su argumento era simple: al contrapunto más delicado y detallado -formalmente correcto- de la tradición musical más clásica y conservadora puede destruírsele por medio de la multiplicación. Si pensamos en un cuarteto de cuerdas interpretando ‘El arte de la fuga’ de Bach escucharemos cada instrumento y el desarrollo musical de los temas compuestos por Johann Sebastian muy claramente. Si pensamos en ‘El arte de la fuga’ como una interpretación donde se añadiera cuarteto tras cuarteto con los mismos intervalos de tiempo de desfase [según los procedimientos serialistas más canónicos], bastarán un par de decenas de cuartetos interpretando simultáneamente para que el contrapunto desaparezca, y surja el caos acústico: obtendríamos una masa de sonidos y nada más.
Xenakis defiende precisamente esa masa de sonidos, y aduce que la matemática proporciona ‘soluciones’ a los problemas contrapuntísticos de la música serialista. Proponiendo el ejemplo de un campo repleto de cigarras donde cada una lleva su propio canto independientemente de los millares de voces que le rodean, y donde a pesar de todo se advierten movimientos periódicos de crescendos y decrescendos que tienen resultados musicales irrefutables, es capaz de ensamblar sus obras orquestales siguiendo patrones matemáticos y científicos que poco o nada dejan al azar, así, un redactor anónimo de la Wikipedia apunta respecto a Xenaquis: Algunos de los procedimientos utilizados en sus composiciones incluyen la teoría de probabilidades (teoría cinética de gases de Maxwell-Boltzmann en Pithoprakta, distribución aleatoria de puntos en un plano en Diamorphoses, restricciones mínimas en Achorripsis, distribución gaussiana en ST/10 y Atrées, cadenas de Márkov en Analogiques), la teoría de juegos (en Duel y Stratégie), la teoría de grupos (en Nomos Alpha), y el álgebra booleana (en Herma and Eonta). En consonancia con su uso de teorías probabilísticas, muchas de la piezas de Xenakis son, en sus propias palabras, "una forma de composición que no es el objeto en sí, sino una idea en sí, esto es, los comienzos de una familia de composiciones".
Xenakis fue también uno de los primeros compositores en incluir algoritmos de computación en sus obras.

Historia, presente y futuro
Reflexionando sobre la literatura, música y la ciencia como partes inherentes del espíritu humano, se advierte que no será un movimiento ‘espontáneo’ lo que haga posible el aparecimiento de esa ‘Tercera cultura’ tan añorada por humanistas y científicos, y propugnada por diversas iniciativas actuales. Al igual que la poesía sirvió para narrar la creación del mundo helénico, y tal como la música –o el canto- era elemento indispensable en la Ilíada cuando los rapsodas ambulantes la declamaban ante ‘el gran público’, de la misma forma el espíritu humano actual no puede prescindir de cualquiera de ellos sin mutilarse, privándose de parte de su esencia.
El mayor esfuerzo de Jarre ha sido incluir los avances científicos en el diseño y construcción de sus escenarios: láseres, instrumentos ergonómicos, distintos artefactos –algunos diseñados y construidos exclusivamente para él, como el ‘monochordion’- animan al espectador y oyente a estar pendiente de los nuevos descubrimientos científicos. 
Las portadas de las grabaciones de distintas obras orquestales de Xenakis ofrecen gráficos de matrices matemáticas con llamativas paletas cromáticas, permitiendo al oyente encontrar la belleza encerrada tras las más áridas fórmulas numéricas.
El surgimiento de esa Tercera cultura se dará como el esfuerzo conjunto de humanistas y científicos de sobrepasar la validez de sus diferentes puntos de vista, advirtiendo lo perjudicial que resulta el divorcio conciente y voluntario de la ciencia y las humanidades en cuanto tales. Atisbos de esos ímpetus, la obra de Snow ha fructificado en la imagen de distintos escritores y científicos preocupados por acercar recíprocamente literatura y ciencia: la novela del alemán Marcel Beyer ‘El técnico de sonido’ aúna la descripción de la caída del régimen nazi con las reflexiones profundas sobre los alcances físicos y el trasfondo psicológico y sociológico del acto mismo del habla. Neal Stephenson en su Criptonomicón echa mano de la historia de la criptografía, la construcción de las primeras computadoras y el análisis del desarrollo actual de las comunicaciones y la ciencia a favor de nuevos e invisibles imperios económicos y tecnológicos, incluyendo también la descripción detallada de las primeras computadoras que trabajaban con tarjetas perforadas, o diferentes aplicaciones de los campos electromagnéticos con fines cibernéticos y computacionales.
Hace cincuenta años todo lo que recibió Snow cuando preguntó a un grupo de literatos si podía enunciar la Segunda Ley de la Termodinámica fue el silencio desaprobatorio de los oyentes. ‘Yet I was asking something which is about the scientific equivalent of: Have you read a work of Shakespeare's?’ [Lo que preguntaba era algo así como el equivalente científico de: Ha usted leído alguna obra de Shakespeare?].
El reto del hombre actual consiste no sólo en leer a Shakespeare, sino también a Einstein y a Hawking. No es posible que el hombre siga enorgulleciéndose de su ignorancia humanista y/o científica: humanismo y conocimiento científico son el legado que la posteridad ha dejado a las generaciones actuales, y tenemos el compromiso de no permitir que dicho legado se pierda.


Referencias:

  • The Two Cultures and the Scientific Revolution. Book by C. P. Snow; Cambridge University Press, 1959. 60 pgs. Versión electrónica del texto disponible aquí.
  • Jean Michel Jarre au GRM (1969/1971). Artículo disponible aquí.






XXXIIII LLL - 25 JUNIO 2009 - Ciencia, literatura y música
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