jueves, 23 de julio de 2009

23 julio 2009

Se llevaron el cañón para Bachimba

Contra ellos íbamos a pelear con nuestros soldados, vestidos unos de azul desteñido en mezclilla, otros de amarillo sucio en caqui, los más, de trapos de color indefinible, provistos de armas diferentes, unas largas, otras cortas, viejas carabinas Winchester amarradas con alambre en la culata rajada, rifles Máuser desechados por el ejército, raspados como suela de zapato. Había que darles órdenes a gritos, porque no entendían toques de corneta y podían equivocarse en lo que debían hacer. Por último, si todos eran hábiles en el tiro de fusil, no había nadie que supiera manejar una ametralladora.


Cansancio y mito
El puntual retrato de Rafael F. Muñoz no se debe a una afortunada descripción de hechos basada en dos o tres lecturas y un puñado de entrevistas. ‘Se llevaron el cañón para Bachimba’ es la segunda gran novela de este escritor, autor también de la mítica ‘Vámonos con Pancho Villa’.
Y en esta, curiosamente, se ensalza a quienes en su otra novela dedicara el papel antagonista. La voz de Álvaro Abasolo va hilando las correrías de Marcos Ruiz, su fidelidad incondicional al general Campa, y a través de él, a Orozco.
El combate se libra a nivel del suelo. No hay grandes divagaciones sobre las corrientes históricas, sobre la política nacional: los combates se dan entre distintos grupos de hombres, cada quien peleando por lo que considera propio –y que puede ser, o nó, ‘justo’- y se enfrenta al enemigo conciente de su desventaja técnica –cuando el enemigo es el ejército federal, pulcro y bien organizado- y haciendo cálculos rápidos y precisos, nacidos en el diario trajinar, cuando se trata de otras facciones igualmente enemigas.
A Pancho Villa se le divisa desde lo lejos, adivinándosele por esos racimos de hombres que va dejando aquí y allá, prestos a morirse con el fusil en las manos, y que disparan hasta el último cartucho antes de dejarse abatir por las balas de ‘los Colorados’. Álvaro mismo comienza a ser, además de testigo ‘facultado’ -pues sabe leer y escribir bien, y habla inglés y francés- parte de esa Revolución, si bien de forma tempranamente conciente. Ya en el principio de la novela se advierte que nadie lo toma en serio por su cortísima edad, una trecena de años, mas andando el tiempo irá ascendiendo poco a poco, hasta llegar a ser Teniente de Marcos Ruiz.
Batalla tras batalla, escaramuza tras escaramuza, el cansancio de la tropa arrecia, es inevitable. Las travesías que culminan tienen en el pillaje de pueblos y caseríos su desenlace natural, la arrogancia de los Colorados es también la conciencia de sus limitaciones. Habiendo perdido el camino, a mitad entre Durango y Parral, Chihuahua, llegan a caseríos desconocidos. ‘Jamás preguntes’, le dice Marcos a Álvaro: ‘compórtate siempre como si supieras en todo momento lo que haces, en dónde estás, y hacia dónde vas’.
Ejemplo práctico, la mitología de la reciedumbre de aquellos revolucionarios fue fraguándose a punta de sudor y sangre, ayunos y desvelos.

Soldaditos de plomo
En el personaje de Álvaro se advierte el crecimiento forzado; su adolescencia termina con la muerte del criado de su casa inundada de pronto por los revolucionarios: Aniceto pasa al final de un corredor cuya pared, en lo más recóndito de la casa, servirá para que Marcos Ruiz enseñe a Alvarito a disparar la pistola. Aniceto no prevé la muerte, se atraviesa en el pasillo en el momento mismo en que comienza a disparar el entonces tutor de Alvarito, y cae abatido por las balas. Marcos no se inmuta, termina su carga y todos los disparos dan en el blanco. Pero Alvarito termina perdiendo el último lazo que le ligaba a la casona que fuese de su padre, y su abuelo y bisabuelo.
La narración de Rafael Muñoz es ágil, muy breve y rápida. Sin grandilocuentes discursos reflexiona tal como lo haría cualquier hombre de campo: las raíces bien enclavadas en la tierra, el olor del campo en la ropa, el furor del sol sobre los hombros. Así es como Alvarito -quien a su vez añora los juegos infantiles de sus soldados de plomo ‘con sus cuerpos siempre en tres posiciones-, desecha casa, juegos y pasado para enredarse una cinta roja en el sombrero, y seguir a ese grupo de hombres que por fin le otorgan una identidad, irrevocable, inexpropiable.
Cuando los hombres al mando de Marcos Ruiz abandonan la casona, él es el último en salir, no por debilidad o alguna momentánea flaqueza sentimental, sino porque no alcanza a ensillar a tiempo su caballo. De allí en adelante no hay regreso, a medio camino entre la retaguardia del grupo y la casona, recuerda que no echó llave al edificio. Sin importarle prosigue su camino: la casa se quedará allí, vigilando el ya maltratado y raquítico inmobiliario, con las puertas abiertas a un futuro próximo impredecible, mas avasalladoramente vivo y cálido.
Sus primeras escaramuzas las vive con el aplomo de la ignorancia: ‘No sé si eres un valiente o un bruto’, le dice Marcos cuando terminan la primera batalla en la que Alvarito participa, y donde quedara erguido, sobre el caballo de pie, en medio de la balacera. Es en esos momentos cuando Alvarito deja de serlo, y exige que se le llame Abasolo. Abasolo y nada más.

Orozco, la Historia y El hombre
El retrato de Orozco ocupa algunas de las páginas más memorables de esta novela. Alrededor de él, los revolucionarios, y sus hombres de confianza -sus más allegados-, lanzan vítores en la frenética celebración del héroe revolucionario. Pero Abasolo no se deja llevar por el júbilo inicial, observa de cerca al héroe, su mutismo, la quietud y ese carácter recio representado por sus quijadas apretadas.
Alto, flaco, más aún, casi seco, ojos opacos, sonrisa ausente. Abasolo no se decide a gritar ‘Viva Orozco’ cual hacen quienes le rodean. Opta por su propia proclama: ‘Arriba los Colorados’. Al parecer nadie le sigue, es una voz más perdida en la revuelta absurda donde hoy se es fiel a determinado general, y donde el día de mañana terminará luchándose contra el mismo.
La idea de Rafael Muñoz se traduce en otras ideas, otras posturas, cuya finalidad es realzar la diferencia que existía entre la figura que de la Revolución se forjaron los mismos hombres que la hicieron –batallas grandiosas, lluvias de balas a granel, jornadas heroicas sobre el lomo de los caballos- y la figura realista de esas mismas escaramuzas: una desordenada tropa disparando hacia donde sea al entrar en los pueblos, hambrientos, ignorantes de otra cosa que no sea disparar el fusil o tomar en sus manos el arado, con una cinta roja que a lo mejor algo quiere decir, pero nadie sabe a ciencia cierta qué cosa.

Dos novelas, los mismos hechos
Rafael Muñoz escribió solamente dos novelas: ‘Vámonos con Pancho Villa’ y ‘Se llevaron el cañón para Bachimba’. En ambas retrata los mismos hechos, los mismos temas, y sus mismas obsesiones. Su literatura es tan ligera y amena que comúnmente suele afirmarse que su obra precede y preludia a la de Rulfo, y que no es necesario ser un especialista en la Historia del México Revolucionario para leerla: su novela puede leerse incluso ignorando los pormenores que rodearon a la alzada Orozquista, sin detrimento de la Historia ni de la novela misma.
Pero su literatura está muy lejos de la de Rulfo. Rulfo resulta más ‘surrealista’ –si tal término puede aplicarse a El llano en llamas o a Pédro Páramo- y su vocabulario está fuertemente henchido del sabor de los Altos de Jalisco. Su gente habla como si aún viviera en la Colonia o Virreinato, sus modismos son muy jaliscienses, pero a veces lo son tanto que parecieran ser de otro país y no de México.
Muñoz, en cambio, opta por un discurso más libre, utilizando al mínimo el folklorismo, y haciendo que sus hombres hablen, se pregunten y se respondan con un lenguaje mucho más amplio, y minuciosamente libre de toda afectación.
Su novela puede ser leída como una reflexión profunda sobre aquello que la Revolución dejó en quienes atrapó, a quienes cegó con sus caras multiformes: el desencanto por un orden social que aparentemente siempre será dictado por los federales, encarnados en ese ejército de soldados bien alineados, el cansancio de luchas y escaramuzas que nadie sabía si se ganaban o perdían, el regreso a las ruinas de lo que fuera el pueblo, la ciudad o el caserío de donde se salió, sólo para confirmar que ya no pertenecemos más a ese lugar, ni a ningún otro.
Las páginas finales de la novela relatan este desencanto en los agrestes episodios que nos muestran a un Marcos que huye de Abasolo, como si Abasolo fuese a la vez que el amigo, el juez y el jurado inclemente que habrán de echarle en cara lo inútil de su lucha. Y cuando Abasolo parte en su búsqueda, los mismos federales lo desarman, dando por hecho que Abasolo se ha rendido.
‘Pasa a la ciudad de Chihuahua a presentarse en el Cuartel General, el ex orozquista Álvaro Abasolo, que se ha rendido. -El capitán segundo, del Séptimo Regimiento de Caballería...’ le escriben en un papel, dándole la libertad de que él mismo se presente en el cuartel, mientras los federales siguen en la persecución de Marcos Ruiz.
Como reza su título, la Revolución y los federales no sólo ‘se llevaron el cañón para Bachimba’, también se llevaron vidas, sueños, anhelos, la urgencia de un nuevo orden social y la exigencia de justicia a favor de los más oprimidos. Marcos, al despedirse de Abasolo, le ve ya no como un compañero de armas, un protegido dispuesto a imitarle los gestos –‘Marquitos’ le llamó la soldadesca alguna vez-, sino como el responsable de retomar, algún día, la lucha –responsabilidad que también a nosotros nos incumbe y alcanza-:
No mires la guerra como una belleza, sino como un horror. Es el último extremo, el recurso que queda ante el fracaso de todos los otros. Es la desesperación. Aunque el pueblo siempre la comienza, su enemigo es siempre quien la provoca. Cuando puedas hablar, habla; y di que no por temor, sino por afecto, por justicia, hay que sacar al pueblo de la miseria. Si todos están callados, grita; si todos gritan, únete al coro, que no sobrará ni una voz, que no se perderá una palabra, como no se pierde una sola gota del agua que llueve sobre los sembrados. Ayuda, ayuda siempre Dondequiera que estés, alto o bajo, poderoso o débil, rico o pobre, ilustrado o ignorante, siempre podrás hacer alguna cosa en favor de los que se mueren de hambre...

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