jueves, 17 de septiembre de 2009

17 septiembre 2009

Saramago o la terrible grandeza de lo simple

Francisco Ayala Silva reseñó ‘Todo para El Salvador’, un libro con cuentos publicado en el 2002 con la finalidad de brindar ayuda a los damnificados por la serie de terremotos que sufriera aquel país. Entre los cuentistas reunidos en el volumen reseñado se encuentra José Saramago, de quien se tomó el cuento ‘Desquite’.
Ayala Silva se contenta con resumir ese cuento en una sola, ‘oscura’ frase: ‘Desquite, de José Saramago, es una narración onírica cuya relación título-narración es un misterio.’
Ya en junio de 1991 Joaquim Matos había reseñado ese mismo libro, yendo mucho más allá que Ayala Silva, al expresar: “O último conto, Desforra, apenas com três páginas, é a afirmação do amor, despido até à simplicidade da natureza, em contraste com a castração - a «desforra».”
La traducción literal del texto es: El último cuento, Revancha, con tres páginas apenas, es una afirmación del amor, desnudo ante la simplicidad de la naturaleza, en contraste con la castración – la ‘revancha’.
Como se aprecia, la reseña de Matos es mucho más esclarecedora, y paradógicamente, mucho más compleja que la misteriosa reseña de Ayala Silva.

El cuento
Si el ‘complejo de castración’ al modo de los psicoanalistas pareciera ser la forma idónea de acercarse a este texto, la escritura y desarrollo del mismo deja claro que sería una forma quizá ‘adecuada’, pero irremediablemente errónea.
Ayala Silva cae en la trampa cuando observa que la relación entre el título y el texto pareciera no existir. En todo caso, si existiese tal relación estaríamos ante un mal cuento: el cerdo castrado debería haber tomado revancha sobre sus victimarios, cosa que nunca sucede.
El inicio del cuento enclava, práctica y rápidamente, la atención del lector en un paisaje por demás claro, minuciosamente dibujado. La barcaza de la que baja el muchacho, con los remos al hombro, la camisa abierta sobre el pecho adolescente aún, la ladera sobre la que cae un sol a plomo, el camino hacia lo alto, la casa aquella a la que atraviesa pared por pared una franja de color oscuro, ‘ocre’. El símbolo de la sangre seca es evidente, el cordón umbilical que ata a la madre.
Pero Saramago no se contenta con lidiar a los psicólogos y sus teorías en el centro del ruedo, va mucho más allá, dejando que el muchacho, cansado, sólo encuentre reposo al pisar el suelo arcilloso y fresco de la casa. Ensimismado, sintiéndose en el palpitar del corazón, en el sudor escurriendo y renovándose en cada poro de la piel, recuerda a la muchacha que se encuentra del otro lado del río a quien acaba de saludar, se toma el tiempo necesario para re-instalarse en la casa donde tantas veces ha estado y que esta vez le recibe con una serie de susurros, palabras a media voz, que se quiebran y dejan paso a los gritos a borbotones, en crescendo, de un cerdo amarrado.
El muchacho aún no sabe el rito que está por llevarse a cabo. Son necesarios dos hombres para sujetar al animal, una mujer asiste como espectadora involuntaria al salvaje protocolo, apenas saliendo de la casa se encuentra de lleno plantado en el patio, mirando cómo uno de los testículos del cerdo ha sido arrancado ya, y cómo uno de los hombres abre el escroto buscando el otro, retorciendo, estirando, arrancando a tirones mientras el cerdo daba ‘outros gritos, agudos, raivosos, uma súplica desesperada, um apelo que não espera socorro.’ […otros gritos, agudos, rabiosos, una súplica desesperada, una petición que no espera auxilio].
‘A mulher tinha o rosto pálido e crispado.’ Saramago consigue en una sola frase reconstruir el universo alrededor de aquella mujer anónima, que asiste a la castración y alcanza a sobrepasar con creces los linderos de la mera figura o metáfora literaria: el sometimiento femenino ante la líbido masculina juega constantemente con la idea de la castración del hombre –y transfiere dicho temor hacia el hombre mismo, que enfrenta sin cesar el temor de encontrarse, alguna vez, ante una vagina dentada-, pero la imagen misma que observa es atroz, tal como quiere Saramago que la perciba el lector. La sexualidad que humilla, hiere y esclaviza, también puede ser matada, arrancada de tajo; el dolor de una será igual que el dolor del otro. ‘La mujer tenía el rostro pálido y crispado’: se encuentra ante un espejo de lo que es su propio dolor, su propia miseria, proporcionado por una Naturaleza que iguala al hombre y a la mujer en la misma carne, en un solo momento: el de la cópula.

Espejos o referencias?
Saramago escribió ‘Desforra’ en 1978, incluyéndolo en el volumen de cuentos titulado ‘Objecto quase’ [Casi un objeto]. Dicho cuentario ha sido traducido en distintas ocasiones, y con distintos resultados también, a lo largo de estos treinta años. En 1983 Camilo José Cela publica ‘Mazurca para dos muertos’ novela densísima cargada de referencias históricas entrelazadas con la prolífica capacidad creadora del escritor, quien ensambla su venganza haciendo uso de un siniestro, diabólico cerdo.
La mujer en esta ocasión es quien decide la venganza que desea, y da el cuerpo del asesino odiado en un festín sangriento y henchido de odio enconado, al cerdo que come uno a uno los trozos de carne que recibe. Este es el momento en que la mujer decide matar al cerdo, no como una acción malvada en sí, sino como un paso necesario, desafortunadamente imprescindible: lo mata para poder hacer chorizos y jamón que después comerá con una extraña mezcla de gusto y repugnancia.
Con Cela tenemos una de las venganzas más crudas que una mujer puede realizar sobre aquel a quien tanto odia, en Saramago la venganza se torna revancha, la Naturaleza hermana al hombre y a la mujer en el momento más íntimo, y también ofrece desquites insospechados, por más absurdas y violentas que puedan parecer las circunstancias entre las que se llevan a cabo.

La rana
El ambiente onírico que tanto se proclama en las críticas sobre el cuento de Saramago deviene por la aparente tranquilidad, déjà-vu, en la que aparecen la rana que abre los ojos ante la presencia del muchacho y el pájaro azul que cruza veloz el río, claro y bien dibujado la primera vez, mero reflejo la segunda ocasión. Incluso algunos no dudan en afirmar que el cuento relata ‘el descubrimiento del deseo en un adolescente de aldea’, rebajando el hecho mismo de la aparición del deseo al mero impuso animal, por tratarse de un muchacho rudo, perdido en la inmediata vivencia de lo cotidiano: su aldea.
Saramago aquí vuelve a dar otro pase de capote sobre el lector desprevenido y el aprendiz de psicoanalista: la rana es efectivamente la imagen de la Naturaleza misma que observa detenidamente la mudanza obrada en los seres vivos –en el caso del muchacho, un ser además, racional y ‘sensible’- y que apenas si se repara en ella se escabulle, sin permitir jamás que alguien pueda asirla. Con todo, sería ingenuo pensar que Saramago se sirve del color verde de la rana para remitir al verde que la Natura ostenta como color propio: la rana es el puente entre la quietud de la tierra y la realidad oculta bajo las flotantes lamas del río, intermediario entre el inframundo y la conciencia que tenemos del mundo visible que nos rodea.
Pero si la figura de la rana no es fácil de explicar plenamente, la figura del pájaro revestido de azul resulta igualmente sugerente y rica en significados. El ave que cruza el río es un referente magistralmente insertado en el cuento: obra el papel de viva aguja de reloj, que pasea sobre la imagen sempiternamente fija de los números muertos e inmóviles, dejándonos saber con su solo movimiento que el tiempo, la vida –y por añadidura, la muerte- verdaderamente existen, aunque no tengamos plena conciencia de ellos. En el plano de la realidad concreta, tridimensional, la ausencia de cualquier tipo de conciencia se traduce invariablemente en imposibilidad del cambio. Y la extensión de la conciencia sobre los planos tridimensionales se da por medio del fenómeno del tiempo: Saramago ofrece más aún la repetición de dos escenas, los mismos actores, las mismas circunstancias, lo que muda es la intención.

La muchacha
La irrupción del muchacho en la escena del cuento coincide con otro acto de violencia. Brinca de la barcaza para deshacer la calma tranquilidad del lecho del río. Hunde los pies en el lodo, invade paso a paso un entorno que ha de ganar día con día, mediante el ascenso seguro y constante hasta la casa que le espera en lo alto de la colina. En el lado opuesto del río sabe que le aguarda la traducción hecha carne de la apacible tranquilidad de la casa que conquista diariamente. Alza el brazo y saluda a la muchacha que le mira: el deseo no es descubierto, ya estaba allí desde siempre. Sólo que es necesario un acto plenamente voluntario para pasar del mero deseo a la cristalización de ese deseo en una acción, en este caso, la posesión de la muchacha que está allá, al otro lado del río.
El muchacho baja por la colina hasta llegar de nueva cuenta a los márgenes, donde comienza por quitarse la camisa y termina desnudándose por completo. Sólo entonces, al experimentar plenamente la propia desnudez, se echará de lleno al río, comenzando a nadar para llegar a la otra orilla, donde encontrará el cuerpo blanquísimo de la muchacha, desnuda también, que se esconde un poco más entre las hojas de los arbustos.
A Saramago le comentaron varias veces lo maravilloso del gesto que tienen los amantes que protagonizan su ‘Historia del Cerco de Lisboa’: la ventana abierta y cerrada en ciertas ocasiones termina siendo un semáforo sentimental, erótico e ideológico sobre la situación de las relaciones de pareja. Saramago comentó entonces que ese era un descubrimiento de los lectores, y que él no lo había puesto así a propósito. Lo escribió, sí, pero el propósito, la intención de que sirviera como referente directo sobre la historia escapaba de su labor consciente del acto de escribir. Y aunque pareciera a primera vista que el cuento de Saramago resuelve fácilmente el paso del deseo a la acción, el cuento no tiene un ‘final feliz’. Encontrará a la muchacha escondida entre los arbustos, donde cede y se entrega, esperándole complaciente, pero él no podrá corresponder de la misma forma, lleva a cuestas la certeza plena de lo efímero de la carne, presta a devorarse a sí misma, y a quienes la rodean si no es satisfecha de un solo golpe.
Camilo José Cela escribió: ‘Al muerto que mató a mi difunto lo desenterré yo misma con mis manos y con un sacho de hierro bendito para que no se le pegara la peste, me ayudó mi hija Benicia y nadie más, sé bien que Dios sabrá perdonarme el que le robara un muerto, todos los muertos son de Dios, ya lo sé, pero ése era un muerto especial, ése era aún más mío que de Dios, fui la noche del santo abad San Sabas al camposanto de Carballiño y me lo traje en el carro debajo de unos feixes de tojo que olían la mar de bien, tardé mucho en sacarlo de la tierra, más de tres horas, al muerto se le iban cayendo los gusanos y cheiraba a podre condenado, los muertos que tienen el ánima en los infiernos cheiran peor, eché la calaza al cerdo que después comí, sabía a gloria, los lacones por un lado, los chorizos y la cachola por otro, los jamones bien curados al humo de la lareira, el raxo, el unto, no quedó nada, cuando me acordaba del muerto y me venía la repugnancia procuraba pensar en otra cosa, en Nuestro Señor en la cruz o en mi hermano Gaudencio vestido de seminarista o ya ciego y tocando el acordeón, tanto tiene, y bebía un trago de vino, parte del cerdo lo repartí entre los parientes para que a todos aprovechase, se chuparon los dedos, a la señorita Ramona fue a la única a quien conté lo que hice, no abrió la boca pero dejó caer una lágrima, me dio un beso y me regaló una onza de oro.’
Saramago respondió cinco años después: ‘El muchacho miró una vez más el río. El silencio se asentaba sobre la líquida piel de aquel interminable cuerpo. Círculos que se alargaban y perdían en la superficie tranquila, mostraban el lugar donde por fin la rana se había sumergido.’ Ambos estaban, quizá sin saberlo, escribiendo las reglas mudas y universalmente aceptadas de la economía peculiar que emplea la Naturaleza.
La muchacha, el muchacho mismo, sólo son extensiones vivas de la Naturaleza que juega a guardar el equilibrio; la venganza, el desquite, la revancha, sólo son eso: actos supremos de una equilibrista virtuosa.


XLVI - 17 SEPTIEMBRE 2009 - Saramago o La Terrible Grandeza de Lo Simple
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