jueves, 3 de septiembre de 2009

03 septiembre 2009

El editor francés

“Un hombre, para ser completo, ha de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.” Esta frase se atribuye comúnmente al poeta cubano José Martí, aunque por su factura, inmediatez y equilibrio, es más factible que José Martí haya sido tan sólo el recopilador de un adagio perteneciente a la sabiduría popular.
Posiblemente el abad francés alguna vez plantó un árbol, siquiera en sus días de seminarista. Lo de tener descendencia carnal es harto improbable, y no porque tuviese problemas de índole reproductiva, sino por el ritmo vertiginoso de trabajo que se impondría, y que le permitiría cumplir, con creces, la parte del adagio tocante a escribir libros.

El maestro de escuela
Nacido el 25 de octubre de 1800 en Saint-Flour (Cantal), Francia, Jacques Paul Migne tuvo una infancia y adolescencia muy acorde con la tendencia de los jóvenes llamados a la vida eclesiástica: descubriría su vocación sacerdotal hasta los 17 años, dándose a partir de entonces con una dedicación ejemplar, a los estudios eclesiásticos, ‘para compensar el tiempo perdido’. Cursó sus estudios de teología en Orléans, y al mismo tiempo ejerció la docencia al encargarse del grupo de cuarto grado, en el colegio de Châteaudun, de 1820 a 1824, año en el que recibió las órdenes sacerdotales. Esos primeros años fueron difíciles, enviado como párroco a Auxi, duró poco en este lugar, siendo transferido a Puiseaux, para cubrir el retiro del abad Pannier que contaba entonces 73 años. En ese tiempo se presentan cambios en la dirección política de Francia: Migne, monarquista convencido, entra en pugna con el pueblo, marcadamente republicano. Aun así, consta que en los primeros años que pasó en Puiseaux Migne desarrolla gran actividad, siendo ampliamente aceptado y estimado por la población, resaltando sobre todo por su carácter enérgico y autoritario.
Aceptando de mala gana el nuevo régimen, es invitado a bendecir una casa de descanso, mas como estuviera adornada con bandas tricolores de la república, él indica que sólo aceptará adornos blancos, monárquicos. Se rehúsa a llevar a cabo el rito, dejando plantados a anfitriones e invitados, que emprenden camino hacia la parroquia, para encontrarse con las puertas cerradas, que permanecieron así el resto del día. Mientras tanto sus opiniones bien delineadas lo llevan a escribir y publicar un libro, ‘De la liberté, par un prêtre’ [De la libertad, por un sacerdote], que no tiene repercusiones inmediatas: su impresión coincide con una epidemia de cólera que azota inclementemente a Puiseaux y las comarcas vecinas. Migne organiza una procesión de proporciones titánicas: veintitrés parroquias salen a las calles llevando las reliquias de San Roque, protector contra la peste y las epidemias. Le ofrecen una nueva urna para sus restos.
El éxito de la procesión, inolvidable y asombrosa, no hizo mella en sus superiores: el obispo de la diócesis, monseñor Brunault de Beauregard, le obliga a presentar su dimisión parroquial a causa del libro escrito y publicado y en 1833 le ordena que se traslade a Paris. Su ministerio en Puiseaux duró siete años.
En ese mismo año, el 3 de noviembre, funda su primer periódico, L’Univers religieux que acortaría su nombre más tarde a L’Univers, donde reafirmaba su fuerte espíritu de polémica y vastedad: la intención de este periódico era la presentación neutral de diferentes noticias, siempre salvaguardando la óptica católica. En pocas semanas Migne logra hacerse de 1800 abonados: estamos ante el comienzo de una carrera editorial increíble.

L’Imprimerie Catholique
L’Univers se publicó hasta 1836. Y durante sus tres años de vida, Migne se dio a la tarea de meditar y planear cuidadosamente lo que serían sus próximas empresas. La idea era bastante clara: editar y publicar para la clerecía trabajos antiguos y también recientes relacionados con la teología, que tuvieran precios módicos y grandes tirajes. Buscaba con esto ganarse un lugar entre los estudiosos y hombres de ciencia de su tiempo, y para tales efectos funda, en el suburbio de Petit-Montrouge, una imprenta de grandes proporciones, que contaba con espacios dedicados para sus distintos departamentos, y a la que bautizó con el ambicioso, clarísimo y decidido nombre de Imprimerie Catholique. Imprenta Católica.
Al poco tiempo de comenzar sus funciones, contaba con una nómina superior a los trescientos trabajadores, a partir de entonces ya no cejaría en su empeño y se daría a la edición e impresión de libros en cantidades verdaderamente asombrosas, incluso para cualquier otra imprenta de la época. En su momentos más gloriosos, la imprenta podía arrojar tirajes de entre seis y ocho volúmenes por semana, cada uno con varios cientos –e incluso miles- de ejemplares.
Sería en 1844 cuando Migne emprendería una de las mayores tareas editoriales jamás vista: la edición e impresión del Patrologia Latina Cursus Completus [Patrologia Latina, Curso Completo]. Su impresión constó de dos series, aparecidas entre 1844 y 1855, teniendo al finalizar la cantidad de 217 volúmenes. Este corpus incluye textos de los escritores eclesiásticos desde el siglo II hasta el siglo XIII, que cierra el papa Inocencio III. La sola elaboración de los índices de semejante colección se efectuó entre los años 1862-1864, y constó de 4 volúmenes, lo que situó la serie en los 221 volúmenes que posee actualmente.
No satisfecho con esto, arremetería la edición y publicación de otras dos grandes series: la Patrologia Graeca Cursus Completus [Patrología Griega, Curso completo] que tuvo una historia más accidentada que su antecesora. Este corpus incluye textos de escritores eclesiásticos griegos desde los primeros siglos de nuestra era hasta culminar con el Concilio de Florencia, que se llevó a cabo entre 1438 y 1439.
La primera serie de la Patrología Griega constó de 81 volúmenes, que no contenían textos griegos sino sólo traducciones al latín, y que apareció entre 1856 y 1861. La segunda serie está formada de 161 volúmenes, y en esta se cuenta ya con el texto griego y su traducción latina, viendo la luz entre 1857 y 1866. En el caso de la Patrología Griega, la segunda serie ha sustituido rotundamente a la primera, y ha quedado como referencia ampliamente aceptada.

Accurante J.-P. Migne
‘Presentado por J. P. Migne’, es la frase que aparece al pie en cada uno de los volúmenes que conforman sus Patrologías. Y no sólo en ellas: simultáneas a la publicación de su Opus Magnum, Migne se da tiempo para imprimir grandes trabajos monográficos, enciclopedias de distintos tipos y autores, así como las Opera Omnia de autores eclesiásticos como Tomás de Aquino y Agustín de Hipona. La intención de Migne es la creación de una verdadera Biblioteca Universal Eclesiástica que constaría de unos dos mil volúmenes –según sus cálculos-, y que incluyese todo el saber eclesiástico de su época. No alcanzó a cumplir su cometido: de esta proyectada e inmensa Biblioteca Eclesiástica alcanzó a imprimir un millar de títulos, los que circularon ampliamente en distintos círculos, y pronto rebasaron la idea original de estar dirigidos sólo a los hombres de la clerecía.
Los precios económicos aunados a los tirajes en grandes volúmenes ayudaron muchísimo, aunque también, por las mismas razones, la materia prima de que se echó mano resulta hoy día difícil de manejar. El papel en que fue impresa la mayoría de la obra de Migne es papel de calidad inferior, así como la tinta, que propiciaba pequeños escurrimientos a lo largo de volúmenes enteros.
Por si esto fuera poco, ya en su tiempo Migne conoció los apuros de las acusaciones de plagio y enredos con los derechos de autor: dispuesto a publicar millares de artículos en sus distintos corpus latino y griegos, indistintamente combinó en cada volumen las versiones y ediciones más recientes al lado de versiones que ya eran prácticamente del dominio público y podían ser libremente reimpresas según las leyes francesas en boga, las cuales aseguraban derechos de autor por diez años, y se extendieron hasta alcanzar el plazo de veinte años a partir de la fecha de la muerte del autor.
Su gran mérito, con todo, radica en la lucidez y visión necesarias para sacar adelante un proyecto de tales dimensiones: gracias a las ediciones de Migne vieron la luz una lista interminable de autores, y artículos casi olvidados y a punto de desaparecer fueron rescatados y ordenados sistemáticamente; sus editores más sobresalientes como Dom Pitra, editor en jefe de las patrologías, realizaron labores de conservación aún hoy admirables.
Comisionado para realizar viajes ‘de descubrimiento’ a Italia y distintas partes de Francia, Pitra consiguió modificar la política francesa en lo tocante a la conservación de documentos importantes: habiendo encontrado en un antiguo convento templario ciertas pinturas, se topó en el arsenal de Metz con varios tantos de papel: eran manuscritos confiscados a los conventos cartularios de Metz, Toul y Verdun, en tiempo de la Revolución Francesa, con la finalidad de servir de cartuchos y empaques. Inmediatamente escribió sendos memorándums al Ministro de Instrucción Pública y al Ministro de la Guerra, quienes en pocas semanas darían la orden de que todo manuscrito que estuviese en poder de los militares fuese enviado a la biblioteca de Metz. A su vez Pitra los trasladó a Estrasburgo, y su valor histórico era tal que, por poner sólo un ejemplo, la ‘Llave de Melitón’, que los estudiosos de entonces habían buscado sin éxito muchísimo tiempo, se encontró entre ellos.

Incendie de l’imprimerie Migne
La revista bibliográfica Polybiblion, en su primer tomo y primer año, publicada en 1868, da una reseña sombría y pesimista de esta tragedia. El doce de febrero, un incendio que comenzó en los departamentos de las prensas tipográficas se propagó a todo el edificio, arrasando con la mayoría de enseres que allí estaban. Los valores del inmueble y la utilería, talleres, tipografías, planchas, papel y demás, rondaban los doce millones de francos. Era una verdadera fortuna, que las compañías de seguros no quisieron cubrir, destinándole a Migne la cifra de, según unos autores, seis, y según otros, siete millones de francos. Se dice que sofocado el incendio, que duró toda una noche, de los tipos móviles empleados en la impresión de las patrologías y demás obras sólo se recogió una mole de plomo de más de seiscientos kilogramos; las placas de impresión destruidas alcanzaron el número increíble de 667,855.
« …Il est peu probable qu’il puisse songer à refaire tout ce que l’incendie vient d’anéantir» [es poco probable que el pueda considerar el rehacer lo que el incendio vino a destruir] comentó el anónimo autor de la reseña publicada en Polybiblion. Más que la fuerza de voluntad, la fortuna le fue adversa: la guerra entre Francia y Prusia de 1870 le genera más pérdidas, y su vista merma considerablemente. Los últimos años de su vida vemos al abad traficando con las intenciones de las misas, y siendo amonestado seriamente por su obispo. Dichas amonestaciones poco importan al empecinado editor: no ceja en su empeño, lo que le vale la suspensión de su ministerio.
Irónicamente, el 25 de julio de 1874, un año antes de su deceso, se hace público el decreto firmado por el papa Pío IX que condena el uso de los estipendios de las misas en la compra de libros, citándose expresamente al abad Migne y sus publicaciones: tan conocida era su obra y su empresa que el mismo papa se vio obligado a tomar cartas en el asunto. Prácticamente ciego, Migne muere sin haber alcanzado nuevamente la prosperidad que viviese en sus primeros años, el 24 de octubre de 1875.
Ante una vida y obra como la de Migne, incluso el redactor de la nota de Polybiblion no puede menos que sentir admiración: «L’abbé Migne, dit-on, n’est point découragé; [...] mais pour recommencer une semblable entreprise, il faudrait à l’abbé Migne une seconde existence, aussi longue que celle qu’il a faire preuve» [El abad Migne ha dicho que de ninguna manera está desanimado, aunque para reiniciar semejante empresa el abad Migne necesitaría una segunda vida tan larga como la que ya ha vivido.]
Más aún: Migne vivió la vida del editor, del corrector de pruebas, del escritor, del publicista… dejando no uno, sino un millar de hijos que aún hoy día, no dejan de admirarnos.
XLIV - 03 SEPTIEMBRE 2009 - El editor francés
Los derechos sobre la cabecera, tipografías, diseño, colores, perfiles de color, gráficos y fotografía de los artículos ya impresos pertenecen única y exclusivamente a El Diario NTR Zacatecas.

Todos los derechos sobre el texto quedan reservados a su autor.

2 comentarios:

Ernesto Cisneros-Rivera dijo...

Interesantísimo artículo, Francisco.

No cabe duda de que los grandes valores de la cultura son intemporales y el abad Migne es uno de ellos. Su aportación al acervo de la cultura humana es invaluable y no debe olvidarse. Tú lo has traído hacia este siglo XXI.

Enorme abrazo.

Francisco Arriaga dijo...

Ernesto:

Tienes razón al mencionar a Migne como alguien que escapa del tiempo, aunque hay libros que tratan de mermar el mérito del abad -haciéndole la acusación de 'plagio' cuando dicho concepto era poco menos que un neologismo, y los métodos y formas de transmisión del saber humano eran bien distintos de los actuales- su figura sigue resaltando y merenciendo un nicho especial en la historia de la bibliografía moderna.

También es curioso que, si bien la observación que hacen estudiosos y especialistas en temas de patrologías y teologías es que varios textos de Migne hoy día resultan 'obsoletos', la mayoría de esos mismos especialistas vuelven una y otra vez a los mismos textos que critican, y que invariablemente son citados en las nuevas y contemporáneas ediciones críticas.

El sólo hecho de que sin las modernas prensas capaces de tirar millares de libros en una sola jornada, hubiera sido capas de 'procesar' media docena de volúmenes a la semana, es algo casi inhumano, digno de mérito por sí mismo.

Gracias por el comentario, Ernesto, recibe también un afectuoso abrazo.

Francisco.

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