jueves, 13 de agosto de 2009

13 agosto 2009

De mitologías, matanzas y recuerdos

Estudiantes y tanquetas
A las interminables páginas que se han escrito sobre el movimiento estudiantil de 1968 aún faltan por agregarse varias, quizá las más esclarecedoras: de qué sirvió aquella movilización estudiantil, hasta qué punto era factible que dicho movimiento pudiese cambiar el ‘status quo’ imperante en el México de entonces, hasta dónde influyó realmente la lectura de Marx, Engels y los revisionistas en boga.
Algunos intentos de escritura sobre dicha época se han dado, originando que en el México a últimas fechas tan poco inclinado a la lectura, sigan manteniéndose como verdaderos best-sellers, sobre todo cuando los cursos escolares están por comenzar, y resulta anonadadoramente cercano el 2 de octubre.
Ente ellos sobresalen ‘La noche de Tlatelolco’ de Elena Poniatowska, ‘Regina’ de Antonio Velasco Piña, y una novela injustamente olvidada, ‘La cripta del espejo’ de Marcela del Río.
Las visiones de tales novelas, o documentos, es diversa como diversas son las declaraciones, las reconstrucciones, las invenciones en torno al suceso, en todas ellas el común denominador es el asesinato de estudiantes perpetrado directamente por el presidente de la República, y la imposibilidad de obtener por parte del gobierno, el justo castigo para quienes obraron en contra de México.

In principio erat imago
Poniatowska publicó ‘Tinísima’ en 1992. Novela situada exactamente durante la primera mitad de Siglo XX, relata la vida de Tina Modotti, a quien le tocara en suerte ver morir asesinado a ‘alguien que era más que su amante’ –Julio Antonio Mella, fundador del Partido Comunista Cubano-, a balazos, por el hecho de ser opositor al régimen del entonces gobernante cubano Gerardo Machado. La vida de Modotti resalta con una claridad quizá sólo semejante a la de Kahlo, la lucha que se vivió en México cuando la mujer comprendió que los derechos y privilegios que gozaban los hombres no eran solamente conquistas de género, sino de especie: a ellas también les correspondía trabajar, buscar y encontrar el placer en el propio cuerpo y en el ajeno, también les correspondía alcanzar el reconocimiento como profesionistas y no quedar relegadas a los rincones más oscuros e ingratos del hogar. Si la vida quasi cinematográfica de Modotti causó revuelo y escándalo, la segunda mitad del siglo se encargaría ver malograrse las aspiraciones que apenas un par de generaciones después llevarían a los movimientos estudiantiles a situarse ante las fuerzas castrenses buscando derrumbar un sistema político y envilecido, con la idea de que el cambio de México se encontraba a la vuelta de la esquina. El trabajo fotográfico de Modotti enfatiza este contraste: retrata fielmente a un México que surge de las sombras revolucionarias, y que no se decide aún del todo a entrar de lleno en ‘la moderna prosperidad’.
Antes de ‘Tinísima’, Poniatowska escribió en 1971 ‘La noche de Tlatelolco’, a la que se agregó como subtítulo ‘Testimonios de historia oral’. La distancia entre ambos libros es de una veintena de años, poco menos que la distancia entre las fechas de la muerte de Modotti y el movimiento estudiantil. Cinco de enero de mil novecientos cuarenta y dos es la fecha que marca el fin de la vida de Modotti, dos de octubre de mil novecientos sesenta y ocho es la fecha que marcó el fin de la esperanza estudiantil, al ser aplastada por las tanquetas militares.

Charlatanería desencantada
Si la obra de Poniatowska en torno a la matanza de Tlatelolco resuma ante todo coherencia y objetividad, la obra principal de Antonio Velasco Piña resulta verdaderamente indigesta.
Tomando como punto de partida la figura de una edecán de los Juegos Olímpicos de México ’68 –‘Regina’-, elabora la odisea épica de una joven que se presume habría sido encontrada y educada por un Lama en el Tíbet, y que llega a México a encontrarse con los guardianes de las cuatro grandes culturas indígenas, quienes la recibirían como una emperatriz, y a quien encargarían ni más ni menos que la misión de despertar de su letargo al pueblo de México; no en balde la fecha de su nacimiento coincidió con una fecha tan providencial como el inicio de la ‘Era de Acuario’, al clausurar la ‘Era de Piscis’.
Los recursos de que echa mano la desatada fantasía de Velasco Piña son tantos y tan burdos, que sería cansino traerlos siquiera a cuento. Su novela completa, más de medio millar de páginas –generalmente unas setecientas-, se fundamenta sobre la afirmación ‘innegable’ de que la muerte de Regina sería una especie de ofrenda o sacrificio que pondría en marcha el despertar de la nación mexicana permitiéndole entrar en una nueva era de crecimiento y madurez espiritual.
Iniciado ya este milenio se llevó a cabo el proyecto de musicalizar tremendo argumento, invirtiéndose dinero en cantidades de ensueño –comparándola con cualquier otra obra de teatro en México- en la producción y puesta en escena de dicho musical. No tuvo el éxito esperado, sólo soportó un par de meses en escena, y nadie volvió a hablar de dicho proyecto. Las razones pueden resumirse en una sola, indiscutible y plenamente tangible: dicho despertar de la sociedad mexicana jamás se llevó a cabo. Y no porque la matanza de Tlatelolco hubiera sido una ficción o una exageración histórica, sino porque la sociedad actual ha seguido su propio rumbo y su propio ritmo, cargando con el lastre de distintas problemáticas a las que aún hoy no encontramos una solución cabal.

México desde afuera
La novela de Marcela del Río representa una arriesgada y bien librada empresa en el intento de retratar los sucesos políticos del México de la segunda mitad del siglo XX. Para ello se vale de personajes que, si resultan hasta cierto punto arquetípicos, logra dotar de presencia y fuerza de convicción. Tenemos las voces de un embajador mexicano y su esposa en Checoslovaquia, la voz de Cayetana -la sirvienta- que también les acompaña, y la voz del hijo de dicho embajador. En los viajes diplomáticos, que parecieran ser verdaderos viajes rituales de tlatoani precolombino, se van destrabando los distintos destinos con las distintas formas de ver lo que sucede. Por un lado, la sirvienta que se emociona al encontrar una mínima y solitaria lechuga con la que elabora un banquete más que suculento; el embajador que asiste a los juegos sucios, las zancadillas y los caprichos de los presidentes en turno; Gustavo, el hijo que busca entre abrazos y noches de licor y caricias furtivas las razones que le han llevado a seguir caminos tan distantes de sus padres, reconociéndose en los demás jóvenes checos.
La narrativa de Marcela del Río permite pocas, poquísimas concesiones. En algunos puntos de la novela empapa las páginas de una melosidad que recuerda la prosa poética de los escritores de principios del siglo XX, en otros lados, leemos diálogos de una crudeza espantosa, como extraídos de una película documental filmada caseramente:
‘-¿Ya se les olvidó el zafarrancho que armaron en la escuela?
-No fuimos nosotros quienes lo armamos, sino los reservistas que llegaron a disolver nuestra asamblea, otros cabrones como ustedes…
Un soldado le rompe los dientes a Ricardo de un culatazo para callarlo.
La sangre salpica al de camisa amarilla.
-Con esto aprenderás a no hablar más de la cuenta. En el cuartel te enseñaremos a cuidar tu vocabulario.’

Mitología y sangre
La razón y el sentido común establecen que un estudiante carece de fuerza y presencia política, por el hecho mismo de ser un estudiante incapaz de subsistir por sí mismo, y depender en gran parte, aún, de la casa paterna. La conciencia de un pueblo que sufre, de las estructuras políticas y sociales que matan y ejecutan, de la economía que pisotea al que menos tiene y genera jugosísimos dividendos a quien se presta a oscuros manejos, incluso la apertura sexual representada por la minifalda y desaparición del sostén femenino, pudieron ser efectivamente los detonantes que fraguaron en el movimiento estudiantil mexicano ya mencionado.
Hoy, a cuarenta y un años de distancia, podemos ver sin engaño que el movimiento estudiantil estuvo impregnado de no poco ensueño utópico. El ‘Pliego petitorio’ era efectista, y también ingenuo, casi infantil. Las marchas se sucedieron retando a un gobierno que respondió de la única manera que sabía responder: matando, ejecutando, acallando. Vemos a los diferentes grupos estudiantiles ir como ovejas al matadero, con el seso repleto de ideales revolucionarios y anhelos de mejoría social, pero también empapados de una inocencia y candor que contrasta aún más con el ordenado proceder de la fuerza militar que disparó en su contra.
México repite su historia una y otra vez, sigue ciertos patrones conductuales innegables y será imposible deshacerse de ellos si seguimos empeñados en ver la historia como algo vergonzoso que ha de ocultarse, necesaria y fatídicamente. Y México aún no sana de aquellas heridas; avejentadas y marchitas, siguen supurando y exigiendo su cuota de justicia y re-valoración.
Poniatowska con su lucidez, Velasco Piña con su exacerbada fantasía New Age, Del Río con su visión objetivamente poética: los tres escritores han buscado la raíz de nuestra memoria, la fuente de las nuevas mitologías, el punto donde nacieron nuestros dioses y héroes actuales. Porque seguimos olvidando que Modotti, que el presidente de la República con su comitiva, que los estudiantes masacrados, que los padres de familia que siguen buscando a sus hijos, que los atletas olímpicos y los poco más de cien millones de mexicanos actuales, somos seres humanos a quienes enlaza la misma sangre, la misma piel, los mismos huesos.
En la parafernalia actual, y aunque a muchos pese, la figura de Díaz Ordaz ha alcanzado la categoría de verdadero villano mitológico, oscuro demiurgo que jugaba con la vida de sus contrincantes. Igual sucede con Modotti, con Kahlo, con Rivera, con Orozco, Siqueiros: todos ellos figuran en el nuevo Panteón mitológico mexicano. Cuando nos decidamos a mirar de frente nuestra historia, a enterrar honrosamente lo que haya de ser enterrado -salvaguardando aquello digno de resguardarse- estaremos un poco más cerca de conseguir hacer realidad lo que aquellos muchachos gritaban y exigían poco antes de caer abatidos por la artillería militar. Marcela del Río escribió:
‘-Algunos, señor Palacios, prefieren morirse en la raya. Son tercos o masoquistas, vaya uno a saber.
-Cada quién tiene su talón de Aquiles. Para eso se le paga, para averiguarlo.
-Es que… a pesar de las precauciones que se tomaron para que no descubrieran el lugar donde los mataron, algunos ya empezaron a hablar de la ‘matanza de Xochicalco’ y a decir que si hallaron casquillos de calibre cuarenta y cinco, que es el reglamentario del Ejército, que si las piedras ensangrentadas, que si la maleza donde los arrastraron, que si la madre…
-Es que, no’s que, la’s que, tu’s que… Que los desmientan los otros. Todo el mundo cree lo que aparece en los diarios, mientras todos digan lo mismo, pero si se contradicen, la gente dudará hasta de que hayan existido.’

La memoria crítica deviene en experiencia y sabiduría. La memoria displicente en olvido y confusión. México necesita, más que nunca, aprender a recordar.






XLI LLL - 13 AGOSTO 2009 - De mitologías, matanzas y recuerdos
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