jueves, 6 de agosto de 2009

06 agosto 2009

Ceguera, Nacionalismo e Historia


Un agravio histórico
1959. Estados Unidos de Norteamérica. Conmemorando y revalorando vida y obra de uno de los más grandes historiadores que ha surgido de esa nación, la Hispanic American Historical Review organizó un memorial en torno a la figura de William Hickling Prescott: era la conmemoración de su primer centenario luctuoso.
Con ocasión de este evento se dictaron conferencias, se invitó a diferentes historiadores de prestigio mundial, entre ellos el historiador peruano Guillermo Lohman Villena quien con sus Notas reinterpretó el monumental volumen escrito por el historiador bostoniano en torno a la Conquista del Perú.
Los historiadores mexicanos no fueron incluidos en tal evento. La Historia de la Conquista del Perú y la Historia de la Conquista de México se consideran, con la Historia del Reinado de los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel, verdaderos monumentos históricos escritos en el siglo XIX, y no sólo dentro de los países de habla hispana, sino también dentro de los Estados Unidos. Se consideró, por lo menos durante la segunda mitad del siglo XIX que la Historia de la Conquista de México era el mejor libro de historia escrito jamás en los Estados Unidos. Su éxito fue tal, que llegó a hacerle competencia a títulos de la talla de ‘La cabaña del Tío Tom’, alcanzando popularidad y reconocimiento no sólo de estudiosos y eruditos, sino del lector común, acostumbrado a libros con temáticas no tan especializadas.
Juan A. Ortega y Medina comienza sus notas introductorias a la versión traducida magníficamente por José María González de la Vega con un dejo de amargura por tal agravio. ‘Por merecimiento más que propio’ México debió estar representado por algún historiador mexicano de renombre, y sólo participó un párrafo de las Notas de José Fernando Ramírez. Dicha nota no abarcó ni siquiera el total de una página completa: a México no se le permitió participar en el homenaje a quien brindara sus mayores esfuerzos por exaltar, profundizar y actualizar la historia de conquistados y conquistadores, a cambio de los cuatro volúmenes con 1762 páginas que abarca su Historia de la Conquista de México [en la edición de W. H. Munro, publicada en 1904], Prescott sólo recibió en su homenaje una misérrima hoja de papel, escrita por un solo lado.

Ceguera e imaginación
Prescott nació el 4 de mayo de 1796, en Salem, Massachusetts. Recibió una educación esmerada, graduándose en Harvard en 1814. Abandonó su carrera de abogado para dedicarse exclusivamente a la literatura.
En algún momento de su juventud temprana y mientras aún cursaba sus estudios de abogacía, una costra de pan le cayó en un ojo. Los efectos de ese accidente fueron tales que le privarían de la vista de dicho ojo, debilitando con el paso de tiempo al otro. Periodos hubo en que las molestias eran tantas que le impedían realizar cualquier actividad, inhabilitándolo por completo.
Sufriendo los altibajos de sus problemas visuales, se dio tiempo para realizar estudios e investigaciones que fructificarían diez años después con la publicación sobre los Reyes Católicos, impresa en 1837. Si tenemos en cuenta que sólo seis años después estaría dando a la imprenta su colosal Historia de la Conquista de México [1843], y que pasados otros cuatro años publicaría su Historia de la Conquista de Perú [1847], se observará que el ritmo de trabajo del historiador bostoniano era literalmente hablando, inhumano.
Inmerso en su tiempo y en la tradición literaria surgida directamente de las más puras raíces del Romanticismo Europeo, su visión de la Historia como tal –y su visión de los libros de historia- estuvo impregnada de la descripción heroica, detallista y minuciosa, con características tomadas directamente de la novela, para lograr acercar al lector a los sujetos principales de sus libros, además de pretender situarlo con una visión muy clara y exacta ante los hechos presentados, permitiéndole obtener y fabricarse un juicio propio.
Su obra entera fue manuscrita, para poder escribir sin ayuda de amanuenses y sin ataduras de tiempo y circunstancias, Prescott hizo uso de un utensilio práctico y a la vez ingenioso: el noctígrafo. Consistía en una carpeta adaptada para contener exactamente las hojas de papel en las que se escribiría, situando de una manera firme y cómoda una rejilla que dejaba sendos espacios de un renglón, que servía de guía para poder escribir cómodamente aún en la ausencia total de iluminación.
Además del trabajo histórico y narrativo de William, nos encontramos ante una de las más asombrosas tareas emprendidas jamás por la memoria humana: su imaginación le permitió realizar con sus descripciones la reconstrucción fabulosa de reinos, periodos y personajes históricos que tenemos la fortuna de poder encontrar en sus libros, contando solamente con la ayuda de secretarios que le leían en voz alta. Se tiene por cierto que su memoria era prodigiosa, permitiéndole -sin mayor problema- recordar exactamente medio centenar de páginas escuchadas al finalizar cada sesión de lectura.

Entre la Novela Romántica y la Historia Clásica
Pesimita, estoico y puritano, Prescott trabó no obstante amistad con otro gran historiador de los asuntos mexicanos: Humboldt. Ambos se conocieron y se profesaron admiración mutua, con todo y la diferencia abismal de su carácter personal. Prescott se embebió en la reflexión filosófica, retomando la idea de la dialéctica hegeliana y la novela puramente romántica al estilo de Walter Scott, guardando distancia de los críticos de su tiempo, que veían la Conquista de México como un periodo de estancamiento, un grave tropiezo, en el afán de liberación y progreso de la sociedad mexicana. Prescott enfatiza el proceso que conlleva a la superación de tales puntos de vista, ensalzando el progreso encerrado en el devenir aparentemente caótico y falto de seguimiento que se observaba en el sinfín de escaramuzas en el Nuevo Mundo, y la lucha de Cortés al mando de sus hombres, por mantener en orden y sujeta la población de las nuevas tierras, debidas finalmente a la Corona de España. ‘Más que la lanza o la espada, es la palabra el arma decisiva de Cortés’.
La mesura y equilibrio de su Historia no es fortuita, Prescott mismo sostenía que
‘el novelista tiene que ser fiel a los caracteres que dibuja y mantener el interés en la trama; el historiador tiene que proceder lentamente en el examen y descifre de sus fuentes para obtener, mediante la técnica judicial y siguiendo el trillado rastro de los eventos, un juicio imparcial’.


De héroes y caudillos
La capacidad de síntesis y conciliación del historiador norteamericano tuvo en el conquistador español la oportunidad idónea para alcanzarse un lugar innegable en el horizonte histórico-literario del siglo XIX. Vemos a Cortés negociando, convenciendo, enfrentándose a problemas interminables y brindándoles soluciones rápidas y prácticas, el destino histórico realizándose con la fuerza de voluntad, el temple y la decisión del español. No ahorra detalles en la descripción de los acontecimientos, que pinta al vivo con los colores más agrestes, y sin maquillaje alguno. En el capítulo VII del libro III leemos, refiriéndose a la matanza de Cholula en 1519:
“Dióse entonces la fatal señal, el tiro de un arcabuz. En un instante asestáronse todos los mosquetes y ballestas a los infortunados cholultecas que se hallaban en el atrio, y se les dirigió una horrible descarga estando reunidos en el centro como una manada de venados” […they stood crowded together like a herd of deer in the centre].

El episodio del inevitable encuentro entre Cortés y Cuauhtémoc es verdaderamente épico. Rescatando la observación excelente de Ortega y Medina,
‘El encuentro Cortés-Cuauhtémoc es choque de dos titanes; símbolos de la lucha entre dos principios, dos razas, dos culturas, dos religiones, dos contrastes (médula de todo sistema romántico que se respete). Cuauhtémoc es además, el héroe que lucha por un estilo peculiar de vida, que combate por la libertad de su pueblo, lo que le agranda románticamente a los ojos de Prescott ‘.

Entrado ya de lleno en la narración de la conquista y caída de la Gran Tenochtitlán, Prescott ensalza el gobierno, la civilización, la organización política de los indígenas, reflexionando largamente sobre los temores y dudas que embargaron al conquistador español. Imprime en la narración de los hechos la dinámica de su propio espíritu, ensalzando las cualidades y virtudes que más le resultan simpáticas y que encuentra alternadamente en Cuauhtémoc y Cortés. Los combates son narrados con intensidad, dando paso también a la reflexión y análisis exacto:
“Peléabase con furor por ambas partes: levantábase de los muros del palacio una nube constante de llamas y humo; y los gemidos de los heridos y moribundos se perdían en los feroces gritos de los combatientes, en el estruendo de la artillería, en el estallido de la mosquetería y en el silbido de las armas arrojadizas indias. Era el conflicto del europeo con el americano, del hombre civilizado con el salvaje, de la ciencia del uno con las toscas armas y disciplina militar del otro; y sacudiéndose los antiguos muros de Tenochtitlán al trueno del cañón, anunciaban que el destructor hombre blanco había fijado en ella su planta”.


Del honor y de la envidia
El libro de sobre la Historia de los Reyes Católicos abrió para Prescott las puertas celosísimas del reconocimiento europeo. Mas el libro que le encumbraría y conquistaría un lugar propio, al lado de Ranke, Burckhardt, Michelet, Humboldt y Gregorovius fue sin duda su Historia de la Conquista de México. La fama y el reconocimiento en delante jamás le abandonarían.
Con todo, en su propio país Prescott recibió, en vida, los ataques fruto de la envidia y de la mala fe de algunos contemporáneos, el más sobresaliente de estos el pseudo-historiador –y abogado también- neoyorkino originario de Rochester, R. A. Wilson. El atrevimiento de éste llegó a tal grado que personalmente le solicitó en préstamo ‘algunos libros’ a Prescott, comentándole que escribiría una Historia de la Conquista de México a la que expurgaría de toda fábula. Y publicó en efecto ‘A new History of the Conquest of Mexico’ en 1859, plagada de inexactitudes, errores y exageraciones, y fue leída por sus contemporáneos como una violenta diatriba anticatólica y antiespañola.
La visión de la Historia de la Conquista de México que tuvo Prescott puede haber sido superada, académicamente hablando. La exactitud, elegancia, amenidad y reflexión que encontramos en sus libros difícilmente encontrarán contrincante, aún en nuestros días. A tal punto llegó el aprecio por sus libros de historia, que eran prácticamente lectura obligada para los soldados de los dos ejércitos invasores que se ufanaron de ‘haber entrado a caballo en la sala de Moctezuma’, y pensaban en la invasión como en la ‘Segunda Conquista de México’.
Nacionalismo neto y encendido, los invasores conocían muy bien la historia antigua del país que pretendían conquistar. Nacionalismo necio y fácil, los mexicanos hemos relegado al olvido un libro que bien debiera ser lectura obligada en aulas de instrucción básica en nuestro país. Nuestra historia en todo su esplendor, pocas veces pudo ser escrita con mayor tino. Quizá la Hispanic American Historical Review tuvo razón en no invitar a representantes mexicanos: en México, tristemente ya no se lee a Prescott. No teníamos nada qué hacer allí.

Referencias:

William H. Prescott, 'History of the Conquest of Mexico'. Montezuma Edition [4 vols.]. Edited by Wilfred Harold Munro, Professor of European History in Brown University and comprising the notes of the edition by John Foster Kirk. Philadelphia and London. J. B. Lippincott Company. 1904.


  • History of the Conquest of Mexico, Vol. I.
  • History of the Conquest of Mexico, Vol. II.
  • History of the Conquest of Mexico, Vol. III.
  • History of the Conquest of Mexico, Vol. IV.



XL LLL - 06 AGOSTO 2009 - Ceguera, Nacionalismo e Historia
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3 comentarios:

Ernesto Cisneros-Rivera dijo...

Brillantísimo artículo, Francisco.

No olvidemos que México es el país del olvido...

Gracias por escribirlo.

Te dejo un fuerte abrazo y mi admiración.

Francisco Arriaga dijo...

Estimado Ernesto:

Agradezco tu comentario, a la vez que también comparto tu punto de vista, y quizá tu tristeza.

México es el país del olvido, y agregaría muy a mi pesar: de la ingratitud también.

Es algo idiosincrático, que habremos de extirpar con empeño si es que queremos salir del tremendo atasco histórico que nos ha tocado vivir.

Lamentable que una lectura tan provechosa, amena y útil, se esté consumiendo por la polilla en infinidad de bibliotecas públicas, cuando en ella está explicado, claramente, el por qué somos como somos actualmente.

Dicen que en ciertas ocasiones lo más recomendable es tomar distancia y observar los problemas desde fuera, y qué mejor oportunidad que esta, para advertir cómo nos ve desde afuera un país que aún hoy día sigue poniéndonos el pie en el pescuezo.

Prescott merece nuestra admiración, ya que no cedió a los intereses ruines de vernos como un pueblo que 'necesita' una segunda conquista para hacerlo progresar. Advirtió la grandeza de nuestros ancestros, y todo lo que perdimos dolorosamente con la Conquista y la Colonia. Pero eso mismo es algo que nosotros mismos somos incapaces de seguir haciendo: los indígenas nos avergüenzan, y quisiéramos todos hablar inglés desde el kinder... es más, hasta un partido político quería que nos becaran a todos para 'aprender lenguas extranjeras'.

Lamentable que olvidemos, lamentable que dejemos de leer, y más lamentable aún, nuestra ingratitud.

Recibe un fuerte abrazo, y de nueva cuenta, mi agradecimiento por tu comentario.

Francisco.

Ernesto Cisneros-Rivera dijo...

Ciertísimo, Francisco. México es olvido e ingratitud.

La distancia, sobre todo en la historia tiene dos vertientes. Como no vivió uno el momento, siempre faltará la parte emocional del conocimiento. La razón es nuestra única forma de acercamieto analítico a dicho momento. Para compensar, nuestras fuentes, si directas y frescas al susceso o momento histórico, han de ser lo más objetivas posibles (sin manejos maniqueístas de buenos y malos). Como muy bien resaltas, Prescott es un buen ejemplo de ello (como lo fue en su área, von Humboldt). En Prescott es de agradecerse por dos, al venir de un país que ha sido y es una gran pesadilla para nosotros.

Gracias, Francisco, por tus luces.

Te dejo un fuerte abrazo.

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