jueves, 23 de abril de 2009

23 Abril 2009

Un Renacimiento sin Leonardo ni Miguel Angel


El libro
La Cultura del Renacimiento en Italia [Die Kultur der Renaissance in Italien] es el nombre que en 1860 diera Jacob Burckhardt [1818-1897] al estudio detallado que hizo sobre esa época histórica, sus ideales y figuras. La tesis que defiende es muy sencilla, y en su día causó revuelo: el Renacimiento italiano –época donde se sitúa a Leonardo Da Vinci y Miguel Angel, Dante y Maquiavelo- fue una época donde el concepto de ‘individuo’ adquirió tal importancia, que el desarrollo posterior de las artes, la política y la vida social seguiría por senderos ni siquiera imaginados en el Medioevo, y donde los temas sacros serían desplazados por las inspiraciones ‘mundanas’ del amor, la vida en la corte, y el conocimiento empírico de la naturaleza. 
Tal premisa causó furor, e inmediatamente suscitó una oleada de estudios con una visión diametralmente opuesta de la historia casi inmediata del pasado europeo, y la revaloración que se hizo respecto a la historia italiana se desplazó hacia otros campos, incluida la historia de la Reforma y la Contrarreforma.

Un mundo sin Dios
Las implicaciones inmediatas de un libro como este son casi monstruosas: el hombre renacentista, seguro de sí mismo, se permite bromear con los dogmas de fe, siendo incrédulo y algunas veces prácticamente ateo, se afana en la gloria personal y olvida prontamente las antaño apreciadas virtudes de la humildad, el recato y el respeto de lo sagrado.
En su lucha por liberarse del yugo opresor de la Iglesia su comportamiento frecuentemente roza la impiedad, la idolatría, el paganismo e incluso el satanismo: ya no se espera de Dios la ayuda en favor de una ciudad sino que al Maligno se le piden, y exigen, favores:
“El misterio y el alejamiento de Dios de tales existencias cobró nuevo y peculiar matiz en la imaginación de los contemporáneos en virtud de la notoria superstición astrológica y la incredulidad de algunos tiranos. Cuando el último Carrara no podía defender ya los muros y puertas de su Padua (1405), sitiada por los venecianos y asolada por la peste, su guardia personal le oía por la noche invocar al diablo y pedirle que le matara”.


Nueva sociedad, nuevos valores
Por si fuera poco, el trato entre los hombres renacentistas –y especialmente entre aquellos que ostentaban algún cargo público, o cuyas familias poseían bienes y títulos nobiliarios- cambió rotundamente dejando libre paso a nuevas concepciones sobre la amistad, el amor y la familia, que se impusieron poco a poco. La crueldad, por ejemplo, era tenida por una virtud utilísima, a tal grado que no existía ningún remordimiento cuando se trataba de aplicar medidas severísimas de castigo contra el pueblo. Burckhardt comenta a propósito del hijo del tirano Giangaleazzo:
Giovan María se hace también famoso por sus perros. Pero no son ya perros de caza, sino animales amaestrados especialmente para despedazar seres humanos, y cuyos nombres nos han sido transmitidos, como los nombres de los osos del emperador Valentiniano I”.

Es en este contexto donde el precepto más conocido de Maquiavelo adquiere notoriedad y un uso práctico estremecedor: Ezzelino da Romano es un ejemplo clarísimo de ello. 
Hasta entonces, en la Edad Media, toda conquista y usurpación se fundaba en una herencia real o supuesta y en otros derechos, o bien se llevaban a cabo en nombre de la causa contra infieles y excomulgados. Por primera vez se intenta aquí fundar un trono recurriendo al asesinato en masa y a un sinfín de atrocidades, es decir, apelando a todos los medios teniendo únicamente en cuenta el objetivo que se persigue. Nadie, después, igualó a Ezzelino en la magnitud de sus crímenes, ni siquiera César Borgia; pero se había dado el ejemplo, y la caída de Ezzelino no supuso para los pueblos el restablecimiento de la justicia ni sirvió de advertencia para posteriores delincuentes”.


Entre Dios y el Diablo
Los extremos que encontramos en varios personajes, con una concepción lata de la religión y una condescendencia escandalosa ante los más grandes excesos, nos resultan perturbadoramente familiares. 
En Milán, el duque Giovan María Visconti fue asesinado (1412) a la entrada de la iglesia de San Gotardo, y en 1476 el duque Galeazzo María Sforza, en la iglesia de San Stefano. Y Ludovico el Moro escapó al puñal de los partidarios de la duquesa Bona (1484) por haber penetrado en la iglesia de San Ambrosio por una puerta distinta de la en que aguardaban los conjurados. No había impiedad en todo ello. Los asesinos de Galeazzo, antes de su acción, rezaron al santo tutelar de la misma iglesia y aún oyeron misa primero”.

Si tenemos en cuenta que el más alto grado del humanismo renacentista era contemporáneo de estas acciones, tendremos un panorama muy diferente de lo que comúnmente se piensa al escuchar la palabra ‘Renacimiento’. Se verá que la delicada y erudita sabiduría de hombres como Tomás de Aquino, Savonarola, Petrarca y Ariosto, representa poco menos que una esfera perdida en el océano de tumultos, desórdenes y vendettas que cimbraban los principados italianos, sin excluir el Papado.

Como una obra maestra frente a un boceto
Algo difícil de digerir, a pesar de lo ameno y vigoroso de su libro, es la inclusión que hace Burckhardt de un aparato erudito apabullante. No hay prácticamente página alguna que no esté adornada con una nota al pie, y hay notas que incluso parecieran ser pequeñas apostillas al texto más que meras anotaciones marginales. Rescata en sus páginas una interminable galería de personajes hoy casi oscuros, y en su intento de clarificar el panorama no duda en mermar el papel que jugaron en su momento Leonardo y Miguel Angel, o Maquiavelo y el papa León X, a quienes dedica párrafos brevísimos.
El hombre renacentista que Burckhardt tiene en mente al escribir su libro está lejos del polifacético Leonardo: su nombre es Leone Battista Alberti.
El cuadro que nos transmite Burckhardt, rozándose con el elogio y el encomio, es deslumbrantemente hermoso: Leone es capaz de obrar maravillas gimnásticas que aún hoy son difíciles de conseguir, como el hecho de poder saltar con los dos pies juntos y pasar encima de un hombre completamente erguido, o la extrema fortaleza física que le permitía tomar una moneda y elevarla en el aire hasta que esta resonaba en las bóvedas más altas de la catedral florentina. 
Autodidacta excelso, aprendió por su propia cuenta música y sus composiciones eran estimadas por los más entendidos en la materia. Estudió también ‘los dos derechos’ [civil y eclesiástico], física, matemáticas y pintura, y como escritor dejó un legado de obras que son aún hoy de consulta obligada para quienquiera que desee hacerse una idea exacta de la historia de la literatura italiana.
Y quizá las virtudes que más asombran a Burckhardt son aquellas que tienen que ver con el carácter jovial, alegre y franco de este personaje, que no le impedía reconocer cuanto había de grande en las obras de los demás, y le disponía a enseñar sin resguardo a quien le preguntase sobre cualquier cosa que él supiese. Su conocimiento de los hombres y sus pasiones más íntimas le permitieron pronosticar con bastante exactitud eventos políticos, y se le tuvo hasta cierto punto como un vidente: parece que predijo algunas crisis que vivieron familias de notables, y también tuvo gran acierto al vaticinar el destino de Florencia y del Papado por una serie indeterminada de años.
Aún con la grandeza de Battista, y la imagen fulgurante que Burckhardt toma de Vasari, no puede el historiador sentir lástima por no poseer un retrato tan vivo de lo que fuera en su día Leonardo. Esa es la razón de que Jacob tome a Leone por modelo y no a Da Vinci: se percibe con bastante exactitud que el libro habría tenido un carácter muy distinto de poseer una descripción detallada y contemporánea de la personalidad de Leonardo. En palabras del propio Burckhardt, ‘Comparado con Alberti, era Leonardo da Vinci lo que es la obra perfecta y acabada respecto del boceto, lo que es el maestro respecto del aficionado. ¡Ojalá encontrásemos completado el libro de Vasari con una descripción, como en el caso de Leone Battista! Pero no podemos jamás sino presentir de lejos los grandiosos contornos de la personalidad de Leonardo.

El hombre: cifra del universo
Buscando el equilibrio, Burckhardt traza un panorama que sería duramente criticado por Johann Huizinga y otros historiadores a principios del siglo XX. La crítica histórica que permanece respecto a su tesis central de ‘El Renacimiento como origen de la personalidad individual contemporánea’ ha quedado matizada reconociéndose la enorme galería con que nutre su libro como una parte esencial y complementaria de las grandes fuerzas históricas medievales, más que una superación real y absoluta de una cosmovisión medieval.
No obstante, ese libro que en su edición castellana consta de apenas trescientas páginas merece no una, sino varias lecturas en las que seguirán apareciendo los rasgos y gestos de una época, con sus miedos y ambiciones, con sus creencias y abjuraciones.
Los hombres, si quieren, lo pueden todo’ parece decirnos también Jacob Burckhardt al lado de Battista Alberti y los demás grandes hombres renacentistas que admiró una y otra vez en las páginas de su libro.

Referencias:
  • Jacob Burckhardt, ‘La Cultura del Renacimiento en Italia’. Prólogo de Werner Kaegi, traducción de Jaime Ardal. Editorial Porrúa, S. A., Colección ‘Sepan cuantos…’ Num. 441. Primera edición. México, 1984
  • El comentario de Burckhardt sobre Leone Battista Alberti puede encontrarse en Scribd.
  • Jacob Burckhardt. 'The Civilization of the Renaissance in Italy'. Trans. by S. G. C. Middlemore, 1878. Disponible en Scribd


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XXV LLL - 23 ABRIL 2009 - Un Renacimiento Sin Leonardo Ni Miguel Angel
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