jueves, 19 de marzo de 2009

19 marzo 2009

Tratado de hechicerías y sortilegios

Nacido alrededor de 1480 en Oña, cerca de Burgos, España, fray Andrés de Olmos sobresale significativamente entre las figuras más importantes de la historia de la Nueva España. Su interés en las primeras labores de evangelización, y de la educación tanto de indios como de misioneros y religiosos en la Nueva España nos ha dejado por lo menos una gramática de la lengua náhuatl –considerada la primera y escrita en 1547-; se sabe con certeza que debió escribir otra más en lengua totonaca y otra en lengua huasteca, ambas perdidas hasta el día de hoy.
Entró en la orden franciscana hacia el año 1500, cuando él contaba con veinte años de edad. La etapa que sigue a continuación la pasaría dedicado a la vida conventual y el estudio, hasta que en 1527 fue llamado por fray Juan de Zumárraga para que le ayudase en un asunto grave y delicado: la extirpación de la brujería de la Vizcaya. Para estas fechas, fray Andrés ya era ampliamente reconocido como experto en brujería y demonología. Al parecer dicha labor terminó con éxito: Zumárraga era experto en lengua vasca, y Mendieta anota que dicha labor se realizó ‘con mucha rectitud y madureza’. 
Para ayudarse en dicha empresa, de Olmos recurrió a una obra escrita en ese mismo año, por uno de sus colegas y también especialista en las ciencias diabólicas: el ‘Tratado de las supersticiones y hechicerías’ escrito por fray Martín de Castañega. Georges Baudot expresa su sospecha de la coautoría de Olmos en dicha obra, y no duda en afirmar que ambos trabajaron en consulta permanente y de mutuo acuerdo sobre el tema que les atañía: la extirpación de la brujería.
A finales de 1527 fray Juan de Zumárraga recibe la noticia de que había sido electo primer obispo de México por Carlos V, y habiendo visto la capacidad de fray Andrés, Zumárraga opta por hacerlo a la vez compañero y colaborador en la empresa que recién se le encomendaba: la evangelización de los recién conquistados, y la extirpación de su idolatría. Vemos llegando a fray Andrés el 6 de diciembre de 1528 a la antigua capital de México-Tenochtitlán. A partir de esta fecha, su estadía en las nuevas tierras se torna casi imposible de seguir, estancias prolongadas y cambios frecuentes de residencia le permiten apreciar y sopesar la cultura y los retos a que ha de enfrentarse en su tarea de extirpar las creencias erróneas e idólatras de los indígenas.
Fray Andrés de Olmos comienza a escribir su tratado en una época tan temprana como lo es 1533, y terminaría su escritura hacia 1553, poco antes de pasar a la región de la Huasteca, donde a pesar de su ya entonces avanzada edad, no cejó en empeño misionero.
Sólo se conoce un único manuscrito de este texto, mismo que radica en la Biblioteca Nacional de México, catalogado como ‘Manuscrito número 1488’ del volumen VIII de los ‘Sermones en mexicano’, folios 388r – 407v. Ya Ángel María Garibay Kintana lo analizó y revisó sucintamente, afirmando ser una ‘obra didáctica, a mi juicio la mejor que se nos transmitió en náhuatl’. Después, Roberto Moreno la describió al detalle en las páginas 101 a 106 de su ‘Guía de las obras en lenguas indígenas existentes en la Biblioteca Nacional’, publicado por la Biblioteca Nacional de México en 1966.
La disposición de los temas tratados en el libro de fray Andrés no permiten duda alguna sobre la correlación entre el libro de Castañega y el suyo: la colocación de los capítulos es la misma, salvo pequeñas divergencias de detalles y ‘algunas adiciones propias de fray Andrés’, como bien lo ha indicado Baudot. Los títulos y subtítulos de los mismos enuncian claramente qué contiene cada capítulo. Podemos leer una ‘Exortación al Indiano lector’, ‘Del templo y naturaleza, potencia y astucia del diablo’, ‘De cómo ay sacramentos en la Yglesia Cathólica y en la Diabólica execramentos’, ‘Quáles son los ministros del demonio’, ‘Cómo los consagrados al demonio pueden andar por los ayres’, ‘De los sacrificios que al demonio ofrecen sus ministros’, ‘De cómo se puede heredar la familiaridad del demonio’, por mencionar los más curiosos y llamativos.
La intención del fraile no era otorgar autoridad a aquello contra lo que luchaba y se oponía rotundamente, sus contemporáneos reconocían en él un dominio asombroso del náhuatl, a la vez que una discreción, prudencia y modestia ejemplares. Quizá influyó en su Tratado ese sentimiento de que las labores de evangelización que tantas esperanzas levantasen en el primer tercio del siglo XVI hayan hasta cierto punto fracasado: su demonio no es una deidad o entidad indígena, se trata al decir de Baudot de ‘un diablo cristiano’, que frecuentemente se acerca a un ‘diablo político’ más que a una entidad demoníaca; fray Andrés pinta en su relación de las apariciones diabólicas la figura característica de una personalidad indígena, cuando se manifiesta a los nativos su apariencia es ‘la de un señor de la nobleza aborigen de la época precolombina, vestido con la indumentaria propia tal y como aparece en los códices’.
En su intento por cristianizar a los indígenas la obra echa mano una y otra vez tanto de la Sagrada Escritura, como de historias y leyendas netamente españolas. Citando un ejemplo, en el fol. 394r escribió ‘Yequene cenca quimiztlacahuia yn Diablo ynaquique conmatiznequi yn tleyn ychtaca chioalo anoço ychtaca nemiliztli anoço yn tleyn tepanchioaz. Huel yc oquiztlacahui yn Diablo ce tlacatl tlatoani ytoca Saúl. Ynoquitocac ce çiuatl teyxcuepani ynic quilhuiz ynic quilhuiz yn tleyn ypan mochioaz yn ompa yaoc ynompa yaznequia yehuatl. Ypampa oquimonequilti Dios yn ompa yaopan huel temac omomiquili yn tlatoani yoan miequintin ymacehualhuan; yoan miec opoliuh yn intlatqui Iudiome.’ [Por fin mucho engaña el Diablo a aquellos que quieren saber cómo están hechas las cosas secretas, o aun conocer acaso el secreto de la vida, o acaso las cosas que ocurrirán más tarde. Por ello mucho engañó el Diablo a un hombre, a un rey llamado Saúl. Fue a ver a una mujer de engaños para que ella le dijera lo que había de pasarle allá en la guerra, allá donde quería ir. Por esta razón quiso Dios que allá, en la guerra, fuera muerto el rey y con él muchos de sus hombres del pueblo, y que fueran muy destruidos los bienes de los judíos.] La extraña sensación experimentada al ver nombres hebreos mezclados con el nombre castellano del Diablo, y el ritmo y la tónica netamente indígena, muestran claramente los alcances de la obra del fraile, y la importancia de su libro como un modelo ejemplar de la literatura religiosa de los primeros años de la Colonia Novohispana.
Para establecer el texto definitivo de este manuscrito, Georges Baudot se apoyó en los estudiantes del seminario de investigaciones sobre la lengua y literatura nahuas, que fundara en la Universidad de Toulouse, intentando una primera traducción al francés como resultado de las traducciones individuales de la obra hechas por los distintos estudiantes involucrados en el proyecto. Dicha traducción prosperó y fue publicada en 1979, agotándose rápidamente. Para la traducción española Baudot se sirvió de aquel primer trabajo sin dejar de acercarse una y otra vez al texto náhuatl, y tal ha sido la calidad de esa traducción terminada en mayo de 1988, que apareció en la colección de Facsímiles de Lingüística y Filología Nahuas, ostentando el número 5, en 1990.
Fray Andrés de Olmos murió el 8 de octubre de 1571, en el actual Tampico, Tamaulipas, y Georges Baudot el 28 de abril de 2002, en Toulouse, Francia. Europeos ambos, sintieron por igual el amor de la cultura y la lengua náhuatl, consagrándole a ella su estudio profundo y ardiente, y rescatando en sus escritos y obras una parte de esa historia que aún continúa corriendo por nuestras venas.





XX LLL - 19 MARZO 2009 - Tratado de hechicerías y sortilegios
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