jueves, 13 de noviembre de 2008

13 noviembre 2008

El arte de la memoria

Antes de la aparición de los primeros libros impresos -mediados del siglo XV-, las bibliotecas eran bastiones del conocimiento resguardados celosamente por órdenes religiosas o familias con grandes fortunas; para un ciudadano común tener acceso a una de estas bibliotecas resultaba prácticamente imposible. Y cuando tal acceso era posible no podía obtenerse una copia íntegra de un libro, tampoco llevarlo a casa para consultarlo después. En estas circunstancias los hombres estudiosos se veían forzados a ejercitar constantemente una facultad del intelecto infravalorada hoy día: la memoria.
Si bien es cierto que la mnemotécnica ya contaba con más de dos mil años de estar siendo cultivada, también lo es que hasta el siglo XVI no se le dio la importancia que tendría hasta el punto de permitir a Giordano Bruno subsistir de las clases dadas a particulares -por lo general miembros de familias nobles pertenecientes a diferentes cortes europeas- sobre cómo dominar el Arte de la memoria.
Con dicho Arte se buscaba ‘aprehender’ desde los conceptos ordenados y consecutivos de un discurso –uso que se le daba inicialmente a esta técnica al ser considerada como una de las partes fundamentales de la Retórica clásica- hasta la imagen completa de un lugar determinado en un determinado día a determinada hora. Este fin, que a los hombres actuales resulta difícil de entender, sólo puede ser vislumbrado si entendemos que una imagen del mundo consistía precisamente en una ‘toma instantánea’ que fuese capaz de incluir todos sus elementos simultáneamente, y que dicha toma también fuera susceptible de ser recuperada por nuestra memoria en el momento en que lo deseáramos, sin importar si sólo habían transcurrido algunos minutos u horas, o meses y años.
Entre los predecesores más insignes de Bruno podemos encontrar al poeta griego Simónides de Ceo, a quien se considera fundador de la Mnemotécnica, Cicerón, Alberto Magno y Tomás de Aquino, Raimundo Llull, y Giovanni Pico Della Mirandola.
De Tomás de Aquino se sabe que escribió la obra culmen de la Teología Escolástica, la ‘Summa Theologica’, sin tener un solo libro a la mano, en lo más recóndito de su celda, y citando autores y obras y versos de la Escritura sin equivocarse jamás y ‘como si tuviese los libros a la vista’. Aquino parte de la experiencia misma entendida la facultad de ‘sentir’ para fundamentar su libro ‘De sensu et sensato’ [‘De la sensación y el sentido’] al dictaminar: “Et ex hoc concludit quod sola animalia, quae possunt sentire tempus, memorantur: et illa parte animae memorantur, qua et tempus sentiunt: et de hoc in sequentibus inquiret.” [“…Por tanto se concluye que sólo los animales, que pueden sentir el tiempo, recuerdan: y aquella parte del alma que recuerda, es la que siente el tiempo: y de esto se indagará en lo siguiente”.] Aquino postulaba así una memoria ‘sensitiva’, ligada a la percepción del entorno, y a la sucesión temporal y ordenada de distintos momentos.
A este esquema general tiende a llamársele ‘método o forma Arquitectónica’: exigía el uso de un lugar conocido por quien ejercía el arte de la memoria, y podía ser su casa, el lugar de trabajo, el templo, cualquier recinto que se conociera a la perfección. Se asignaba después a cada cuarto y a cada rincón un recuerdo o carácter específico, buscando tener un acomodo que facilitara después mediante el recorrido ‘de la casa’ recuperar lo que se había guardado y acomodado previamente según las normas seguidas.
El sistema de Llull [Ars Magna ó Ars Generalis Ultima, c. 1275] pasó de la forma arquitectónica de la memoria a una forma abstracta que echaba mano de conceptos representados con las letras del alfabeto, incluso con signos astronómicos: Llull sobrepasa el sistema arquitectónico son sus esquemas móviles, inscribiendo alfabetos en ruedas concéntricas que giran sobre un solo vértice arrancando a la memoria de su plano fijo y visual –el modo arquitectónico– y llevándola a un plano puramente intelectual –signos en movimiento-.
Con Bruno [De Umbris Idearum, 1582; Ars Memoriae, 1582] esto adquiere una complejidad pasmosa: usando el método arquitectónico puso los conceptos clásicos en las ruedas lulianas y sobre estas instaló un sistema de geometría mágica, permitiendo en teoría abarcar el universo con todos sus fenómenos, con todos los seres, animados e inanimados, y el total de acciones y afecciones humanas.
Por eso mismo es que las acusaciones de herejía que lo llevarían al cadalso -y a su ejecución en los campos de Fiori la mañana del 20 de enero de 1600 después de casi ocho años de encarcelamiento- fructificaron con el temor imperante en todos los jueces: la intención de Bruno era el brindar a la mente humana los medios para igualarse a la Mente Divina, al poder comprender y abarcar todos los fenómenos en su sucesión espacio-temporal, y sin olvidar jamás aquello que ha sucedido, que se ha experimentado.
En la actualidad, la memoria como una facultad del intelecto humano ha decrecido indeciblemente. Antaño considerada como un utensilio de primer orden a la memoria humana hoy día la suplen infinidad de artefactos mecánicos: agendas, cámaras fotográficas y de video, computadoras portátiles y de escritorio, bibliotecas públicas y hemerotecas tradicionales y virtuales.
Sólo podemos entender la importancia que tenía entonces el Arte de la memoria si revisamos la importancia que aún tiene la memoria colectiva: ¿qué sería de nosotros sin el recuerdo de la familia, de la ciudad donde crecimos, sin libros, sin el alfabeto, sin la capacidad natural que permite aprender una lengua cualquiera? La memoria humana se ha debilitado considerablemente pero aún conserva esa chispa y esas cualidades divinas que le permiten al hombre de una u otra forma, comprender, entender, asimilar e interactuar con el universo sin perder su propia conciencia.

Referencias:





Iiii Lll - 13 Noviembre 2008 - El Arte de La Memoria

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2 comentarios:

Ahora Que Hice dijo...

toda mi lectura iba bien hasta que llegué a lo de "...un sistema de geometría mágica". No me puedo figurar la naturaleza de ésa técnica de memorización. El nombre es lo de menos, la parte práctica es la que me resulta confusa.

Saludos.

Francisco Arriaga dijo...

En el caso de Bruno, la magia, la memoria y la matemática iban unidas y formaban parte de un todo.

Uno de sus escritos fundamentales es precisamente 'De Magia Mathematica'.

El primer postulado dice:

I. Influit Deus in angelos, angeli in corpora caelestia, caelestia in elementa, elementa in mixta, mixta in sensus, sensus in animum, animus in animal. Ascendit animal per animum ad sensus, per sensus in mixta, per mixta in elementa, per elementa in caelos, per hos in daemones seu angelos, per istos in Deum seu in divinas operationes.

"I. Influye Dios en los ángeles, los ángeles en los cuerpos celestes, los celestes en los elementos, los elementos en los mixtos, los mixtos en los sentidos, los sentidos en el ánimo, el ánimo en el animal. Asciende el animal por el ánimo a los sentidos, por el sentido a los mixtos, por los mixtos a los elementos, por los elementos a los cielos, por estos a los daemones o ángeles, por estos a Dios o a sus operaciones divinas.


Se trataba entonces del manejo efectivo de las fuerzas naturales -u 'operaciones' de Dios- mediante un método específico: la magia.

Si advertimos la casi infita serie de elementos y circunstancias que entrarían en juego, para el funcionamiento perfecto de este sistema sería necesaria una memoria absoluta, que permitiese estructurar los elementos de una manera determinada, y también constatar cualquier error en el método a seguir.

Diciéndolo llanamente: se trataba de automatizar a tal grado ciertos procesos mentales o intelectuales que el resultado deseado fuese inmediato, y sin la omisión o adición innecesaria de elementos en el proceso íntegro, haciendo uso de la memoria como rectora de la inverosímil cantidad de cálculos resultantes en el inter.

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